La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 27 La puerta negra #2
78%

Capítulo 27 La puerta negra #2

Esmeralda miró la mano izquierda del capitán. La llave permanecía oculta debajo de la armadura, sujeta por una cinta de cuero. Necesitaba acercarlo.

—Ligia no conoce la orden.

—Tú puedes enseñársela.

—Tendré que escuchar la puerta. Daruk hace demasiado ruido.

Rashid sonrió debajo de la venda.

—Entonces haré que se calle.

Hundió el puñal en la herida del costado. Morlevo arqueó el cuerpo. La sangre cayó sobre la piedra blanca. Las líneas negras se concentraron alrededor de la hoja y ascendieron por la mano de Rashid. El capitán intentó retirarla. No pudo. Algo debajo de la piel de Morlevo sujetaba el metal.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Al-Manzur.

Rashid tiró con ambas manos. Daruk abrió la boca de Morlevo.

—Recordando su olor.

Las líneas negras saltaron desde la empuñadura hasta los dedos de Rashid.

El capitán soltó el arma y retrocedió, pero una de ellas ya había penetrado debajo de una uña.

Esmeralda se lanzó sobre él. Rashid levantó el brazo para golpearla.

Ella esquivó el puño, introdujo la mano bajo la placa izquierda de la armadura y encontró la cinta.

El capitán le sujetó el cabello. Esmeralda arrancó la llave. Rashid la arrojó contra la puerta.

Su espalda golpeó la piedra. La grieta se ensanchó y durante un instante medio cuerpo quedó dentro de aquella claridad atravesada por caminos.

Vio una ciudad cubierta de nieve. Después un desierto donde sobresalían torres negras.

Una tercera puerta mostraba el interior de una casa en la que una mujer dormía junto a dos niños.

Todos los lugares existían al mismo tiempo, separados únicamente por un paso.

Esmeralda retrocedió antes de caer en uno de ellos. Rashid se abalanzó sobre ella.

Morlevo levantó las cadenas y las cruzó alrededor del cuello del capitán. El movimiento fue demasiado rápido para un hombre que había perdido tanta sangre. Rashid trató de introducir los dedos entre el hierro y su garganta. Morlevo tiró hacia atrás, obligándolo a quedar de rodillas.

—La llave —dijo.

Esmeralda corrió hacia la primera argolla.

—No sé cuál abre.

—Prueba.

Había siete llaves en el aro. Tres eran pequeñas; otras tenían dientes irregulares y manchas de óxido.

La cuarta entró en la cerradura, pero no giró.

Rashid golpeó el rostro de Morlevo con la parte posterior de la cabeza.

La nariz del comandante comenzó a sangrar.

La cadena no se aflojó. Esmeralda probó la quinta llave.

La cerradura se abrió. Uno de los brazos de Morlevo quedó libre.

Lo utilizó para sujetar a Rashid por la mandíbula.

La mano se cerró sobre el lado herido del rostro y hundió los dedos debajo de la venda.

Rashid gritó. Morlevo tiró de la tela. La venda se desprendió junto con una parte de la piel.

La herida que Esmeralda le había causado desde la sien hasta la boca estaba cerrada con puntos negros.

Daruk introdujo los dedos entre ellos y los abrió uno por uno.

—Morlevo —dijo Esmeralda.

Él no la miró. Rashid intentó alcanzar el puñal caído. Morlevo hundió el pulgar en la herida.

—¡Déjalo!

La cabeza del comandante giró hacia Esmeralda. El ojo derecho continuaba negro. En el izquierdo quedaba una franja del color natural.

—Abre la otra cadena —dijo.

Esmeralda sostuvo la llave.

—Primero suelta a Rashid.

—Si lo suelto, te matará.

—No eres tú quien lo está sujetando.

La franja clara del ojo se contrajo. Morlevo miró su mano enterrada en la herida del capitán.

Durante unos segundos pareció no reconocerla.

Rashid aprovechó la vacilación. Tomó el puñal y se lo clavó en el muslo.

Morlevo lo arrojó contra una de las figuras talladas.

El cuerpo golpeó la pared y quedó inmóvil en el suelo.

Dos guardias corrieron hacia el comandante. Daruk levantó el brazo libre.

Las líneas negras salieron de su palma y rodearon el cuello del primero.

El hombre dejó caer la espada. La piel comenzó a oscurecerse desde la garganta hasta el rostro, como si la sangre se hubiera podrido dentro de las venas.

El segundo guardia intentó huir. Al-Manzur le atravesó la espalda con la espada corta que llevaba debajo de la túnica.

—Nadie sale —ordenó.

Los demás soldados cerraron la formación alrededor del rey. Esmeralda introdujo la llave en la segunda argolla. Morlevo sujetó su muñeca.

—No.

La voz era nuevamente suya.

—Acabas de pedirme que te liberara.

—Yo no.

Esmeralda miró el ojo que permanecía cubierto por la oscuridad.

—Daruk sabía dónde estaba la llave.

—Escuchó cuando te lo dije.

—Y quería que la tomara.

Morlevo cerró los dedos con mayor fuerza.

—Las cadenas no solo me retenían a mí.

Un espasmo le recorrió el brazo. La mano se cerró sobre la de Esmeralda y obligó a la llave a entrar en la cerradura.

Ella trató de retirarla. Daruk era más fuerte.

La llave giró. La segunda argolla se abrió.

Morlevo cayó hacia delante. Esmeralda lo sostuvo antes de que golpeara el suelo.

Durante un instante, él permaneció inmóvil contra su cuerpo, con la frente apoyada en su cuello.

—Mírame —dijo ella.

Morlevo levantó el rostro. Ambos ojos estaban negros. La sujetó por la garganta y la empujó contra la puerta. Los guardias avanzaron, pero Al-Manzur levantó una mano.

—Esperen.

Daruk acercó la boca de Morlevo al oído de Esmeralda.

—Ya no tienes que llamarla.

La mano apretó su cuello.

—Puedo hacerlo con tu voz.

Esmeralda clavó los dedos en la herida de su costado. Morlevo no reaccionó al dolor. Las líneas negras rodearon la muñeca de ella y comenzaron a subir por el brazo.

—Morlevo.

No hubo respuesta.

—Dijiste que querías estar dentro de mí cuando todavía pudiera marcharme.

El cuerpo se detuvo. Daruk mantuvo la presión sobre su garganta, aunque los dedos temblaron.

—No vas a utilizar sus manos para retenerme —continuó Esmeralda—. Él sabe que eso no haría que me quedara.

El ojo izquierdo recuperó una pequeña franja de color.

—Corre —murmuró Morlevo.

Daruk volvió a cerrar los dedos.

—No.

Esmeralda apoyó la palma ensangrentada sobre el pecho del comandante.

—Te liberé. Ahora decide qué haces con tus manos.

Morlevo abrió los dedos de golpe. Esmeralda cayó de rodillas y aspiró aire. Él se alejó dos pasos, sujetándose la cabeza. Las líneas negras entraban y salían de su boca.

—No puedo detenerlo.

—No tienes que detenerlo solo.

—No sabes qué es.

Al-Manzur se aproximó, protegido por los soldados.

—Es un animal sin cuerpo. Nada más.

Daruk hizo que Morlevo sonriera.

—Eso fue lo que te permití creer.

El rey dejó de avanzar. La puerta volvió a estremecerse.

En la imagen de la calle, Ligia había conseguido apoyar la mitad del medallón contra la abertura de la muralla.

Samir intentaba separarla, pero cada vez que tiraba de su cuerpo la piedra avanzaba con ella.

Safiya colocó la punta de la espada entre la corona y la pared.

—Cuando te lo ordene, aparta la mano —dijo.

—No puedo.

—Entonces perderás dos dedos.

Ligia la miró.

—Hazlo.

Samir se interpuso.

—No.

—Si esa puerta se abre, entrarán por ella.

—Encontraremos otra manera.

—No queda tiempo.

Safiya cambió el ángulo de la espada. Antes de que pudiera golpear, Naima abrió los ojos.

Sujetó la muñeca de Ligia desde la carreta.

El contacto detuvo el movimiento del medallón.

Ligia cayó de rodillas. Nadira ayudó a Naima a incorporarse.

La mujer tenía el rostro cubierto de sudor y las líneas oscuras continuaban alrededor de su cuello, pero su mirada estaba despierta.

—No cortes la corona —dijo.

Safiya no bajó la espada.

—La está arrastrando hacia el palacio.

—La corona no la arrastra. Daruk lo hace.

Naima colocó la mano sobre la de su hija. El metal dejó de tirar. En la cámara, Morlevo cayó sobre una rodilla. La oscuridad retrocedió desde su boca.

—Madre —dijo Esmeralda junto a la puerta.

Naima levantó el rostro hacia la muralla. Pudo verla.

—Zahra.

Esmeralda sintió el impulso de volver a tocar la grieta, pero mantuvo las manos apartadas.

—Al-Manzur dice que los caminos se abren con nuestra sangre.

—Dice la verdad.

El rey sonrió. Naima continuó antes de que pudiera hablar.

—Pero no te ha dicho para qué fueron cerrados.

La sonrisa desapareció. El silencio alcanzó ambos lados de la puerta.

—Hay ejércitos detrás —dijo Esmeralda—. Armas y pasos hacia otros reinos.

—Hay caminos, depósitos y armas. Todo eso existía antes de que él tomara el palacio.

—¿Qué más hay?

Naima miró a Morlevo. Daruk se agitó debajo de su piel.

—Mi familia no construyó las puertas para desplazarse entre ciudades. Las construyó para dividir una prisión.

Al-Manzur levantó la espada.

—Cállala.

Los soldados se abalanzaron sobre Esmeralda.

Morlevo se interpuso. La primera espada le abrió el hombro.

Él atrapó la muñeca del guardia y la quebró antes de arrancarle el arma.

Las líneas negras volvieron a cubrirle los ojos.

Esmeralda no sabía si la protegía él o Daruk.

El segundo soldado atacó desde la derecha.

Morlevo recibió la hoja entre las manos.

La sangre descendió por sus palmas, pero consiguió desviar el golpe y hundió el codo en el rostro del hombre. El hueso de la nariz se quebró.

Al-Manzur ordenó a los demás que retrocedieran. No quería que Daruk destruyera el cuerpo que todavía necesitaba.

—¿Qué prisión? —preguntó Esmeralda.

Naima apretó la corona contra la mano de Ligia.

—Había algo debajo de estas montañas mucho antes de que levantaran el palacio. No podían matarlo, porque no tenía un solo cuerpo. Cada vez que destruían uno, aparecía dentro de la persona que lo había matado.

Esmeralda miró las líneas negras.

—Daruk.

—Ese no es su nombre. Era el nombre del primer hombre que encontramos con una parte dentro.

Morlevo dejó escapar una risa. La voz que surgió de su boca ya no trató de imitarlo.

—Naima.

Ella cerró los ojos al escucharlo.