La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 27 La puerta negra
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Capítulo 27 La puerta negra

LA PUERTA NEGRA

Atravesaron la sala del trono y descendieron por una escalera oculta detrás del estrado.

Al-Manzur iba delante con una lámpara. Rashid caminaba junto a Esmeralda, tan cerca que la llave oculta bajo el lado izquierdo de la armadura golpeaba el metal a cada paso.

Bajaron más de cincuenta escalones. El aire se volvió frío.

Las paredes dejaron de estar formadas por bloques y se convirtieron en una sola superficie de piedra blanca, cubierta por figuras de mujeres sin rostro.

Cada una sostenía una puerta diferente entre las manos. Morlevo tropezó.

Los guardias tiraron de sus cadenas. Las líneas negras habían alcanzado la garganta.

—Deténganse —ordenó Esmeralda.

Al-Manzur continuó caminando.

—No tenemos tiempo.

—Entonces deja de desperdiciarlo matando a la única persona que lleva una parte de Daruk hasta la cerradura.

El rey se volvió.

—¿Crees que necesito a Morlevo?

—Creo que Daruk sí.

Algo golpeó la pared desde dentro. Las mujeres talladas giraron el rostro hacia el comandante. Los guardias retrocedieron. Al-Manzur observó las figuras y levantó la lámpara.

—Continúen.

Llegaron a una cámara circular. En el centro había una puerta sin bisagras ni cerradura.

Dos coronas partidas habían sido talladas sobre la superficie.

Alrededor se extendían nombres escritos en la misma tinta verde que Esmeralda había visto junto al canal.

Reconoció el suyo. ZAHRA. Debajo apareció otro.

LIGIA. Las letras se formaron mientras ella las miraba.

—Acércate —ordenó Al-Manzur.

Esmeralda no se movió. Rashid sujetó a Morlevo por el cabello y apoyó el puñal sobre su garganta.

—Hazlo.

Ella caminó hacia la puerta. El medallón ardía contra su pecho.

Al tocar la piedra, escuchó cientos de voces pronunciando su nombre desde lugares diferentes.

Algunas provenían de las paredes; otras parecían llegar desde túneles situados a kilómetros de distancia.

Sacó la mitad de la corona. Una ranura apareció en el centro de la puerta.

—Colócala —dijo el rey.

Esmeralda introdujo la pieza. La piedra absorbió el metal.

Un filo surgió alrededor de la ranura y le abrió la palma.

La sangre descendió por la superficie. Todas las figuras talladas en el corredor abrieron la boca.

El palacio entero se estremeció. Esmeralda vio caminos debajo de las montañas, escaleras sumergidas, habitaciones llenas de huesos y puertas ocultas detrás de paredes que nunca habían sido tocadas.

Durante un instante pudo sentir cada una de ellas, cerrada y esperando.

La puerta situada delante de ella permaneció inmóvil. Al-Manzur se acercó.

—Ordénale que se abra.

—No me escucha a mí.

El rey miró el nombre de Ligia.

—Haz que la llame.

—No sé cómo.

Rashid presionó el puñal. Una línea roja apareció sobre el cuello de Morlevo. Esmeralda apoyó ambas manos contra la piedra.

—¡Ligia!

La voz recorrió las paredes. El nombre se multiplicó en todos los corredores, atravesó las galerías, descendió hasta el canal y salió del palacio por las puertas ocultas bajo la muralla. Esmeralda comprendió demasiado tarde lo que había hecho.

—No —murmuró.

Una risa surgió del cuerpo de Morlevo. No pertenecía a él. Las líneas negras cubrieron su garganta y alcanzaron la boca. Morlevo levantó el rostro, aunque sus ojos continuaron fijos en Esmeralda con una lucidez desesperada. Cuando habló, la voz de Daruk salió mezclada con la suya.

—La mayor ha regresado.

Esmeralda trató de retirar el medallón. La piedra no lo devolvió.

—Cierra la puerta.

—Todavía no está abierta.

Daruk sonrió con la boca de Morlevo.

—Ella ya viene.

Desde el otro lado de la muralla, una segunda voz respondió al llamado.

Era Ligia. Las dos coronas talladas sobre la puerta comenzaron a unirse.

Una grieta descendió por el centro de la puerta.

No reveló una habitación al otro lado, sino una claridad blanca que parecía venir de muchos lugares a la vez.

En su interior aparecieron fragmentos de corredores, escaleras cubiertas de agua, jardines nocturnos y murallas que Esmeralda nunca había visto. La voz de Ligia volvió a escucharse.

—Esmeralda.

Esta vez no llegó desde fuera del palacio. Surgió de todas las superficies de la cámara. Esmeralda apoyó la mano ensangrentada sobre la piedra.

—No te acerques a ninguna puerta.

—No puedo alejarme.

La respuesta sonó débil, como si Ligia hablara mientras luchaba contra alguien.

La grieta se ensanchó. Esmeralda vio la calle situada junto a la muralla.

Samir sujetaba a Ligia por los hombros, mientras Safiya mantenía la espada apoyada contra la abertura por la que ella había entrado.

Nadira intentaba despertar a Naima sobre la carreta.

Las liberadas se habían dispersado alrededor de los caballos. Ninguna huía. Todas miraban a Ligia.

La muchacha sostenía la mitad del medallón delante del pecho. La pieza tiraba de su brazo hacia la pared con una fuerza que Samir apenas conseguía contener.

—Suéltala —ordenó Esmeralda—. Deja caer la corona.

Ligia abrió los dedos. El metal permaneció adherido a su palma.

—No puedo.

Al-Manzur se acercó a la grieta. Su figura apareció en la calle como una sombra formada dentro de la piedra. Safiya levantó la espada, aunque la hoja solo golpeó la superficie de la muralla.

—Ligia —dijo el rey—. Tu hermana está conmigo.

—Puedo verla.

—También puedes ver al hombre que intentó salvarla.

Rashid tiró del cabello de Morlevo y expuso la línea roja de su cuello. Ligia trató de avanzar. Samir la obligó a retroceder.

—No lo mires —le dijo—. Escucha a Esmeralda.

—La puerta está dentro de mi cabeza.

—Entonces escucha algo más fuerte.

Samir colocó una mano sobre la mitad del medallón. La piel comenzó a humear en cuanto tocó el metal, pero no la retiró. Ligia gritó. La grieta se extendió otro palmo. Las coronas talladas estaban casi unidas.

—¡Suéltala! —gritó Esmeralda.

Samir separó la mano. Tenía la palma quemada.

—No fui yo.

Ligia se inclinó hacia la muralla. La corona tiraba de ella con mayor fuerza. Al-Manzur observó la escena sin ocultar la satisfacción.

—La sangre de Naima reconoce el camino, aunque su hija todavía no comprenda cómo utilizarlo.

Esmeralda trató de arrancar su mitad de la ranura. La piedra había crecido alrededor del metal y cubría los bordes como una mandíbula.

—Si quieres que Ligia abra la puerta, ordénale a la corona que la suelte.

—No soy yo quien la llama.

—Pero sabías que ocurriría.

—Esperaba que el vínculo fuese fuerte. Admito que ha superado mis previsiones.

Morlevo emitió un sonido ahogado. Las líneas negras se desplazaron por su rostro y penetraron debajo de los párpados. Cuando volvió a abrirlos, una capa oscura cubría el color de los ojos.

—No le hables a través de la puerta —dijo.

La voz todavía era suya, aunque cada palabra parecía arrancada de una boca que intentaba cerrarse. Esmeralda se volvió hacia él.

—¿Qué ocurre si continúo?

Morlevo tensó la mandíbula.

—Daruk escucha el camino.

La oscuridad cubrió uno de sus ojos por completo.

—Morlevo.

—No permitas que encuentre dónde están.

Daruk se rio dentro de su garganta. El sonido comenzó como un jadeo y terminó en una carcajada profunda que hizo vibrar las argollas del suelo. Al-Manzur levantó la lámpara.

—Parece que ya lo ha encontrado.

Esmeralda miró la imagen formada en la grieta.

Naima yacía en la carreta. Las líneas negras que antes rodeaban sus muñecas se habían extendido hasta el cuello.

La boca permanecía entreabierta y cada respiración le movía el pecho con dificultad.

Daruk no estaba buscando únicamente a Ligia. Continuaba unido a Naima.

—Cierra el camino —dijo Esmeralda.

—No puedo —respondió Ligia.

—No se lo estoy diciendo a ti.

Presionó ambas manos contra la puerta. La piedra estaba caliente.

Debajo de la superficie latía algo enorme, recorrido por miles de conductos que se extendían bajo las montañas.

Esmeralda intentó encontrar la abertura por la que llegaba la voz de Ligia, pero solo percibió nombres.

Algunos estaban escritos en lenguas que no conocía.

Otros habían sido raspados, quemados o cubiertos con sangre.

Cada nombre correspondía a una persona que alguna vez había abierto una puerta o había muerto intentándolo.

La mayoría eran nombres de mujeres. Esmeralda buscó el de Ligia.

Cuando lo encontró, la puerta le mostró una imagen diferente.

Ligia era una niña de cinco años, escondida debajo de una mesa mientras Naima discutía con un hombre al otro lado de una cortina.

Era Ligia a los nueve, siguiendo a Esmeralda hasta el río.

Era Ligia en el mercado de Luzar, observando cómo los soldados se llevaban a una mujer que había intentado robar pan.

La puerta no conocía únicamente su nombre.

Conocía todo lo que podía utilizar para obligarla. Esmeralda retiró las manos.

—Se alimenta del miedo.

Al-Manzur inclinó la cabeza.

—La puerta no come.

—No hablo de la puerta.

Morlevo tiró de las cadenas. Una de las argollas se levantó varios centímetros del suelo antes de volver a hundirse. Los guardias retrocedieron.

—Daruk utiliza lo que encuentra detrás de los nombres —continuó Esmeralda—. Por eso le mostraba a mi madre personas con mi rostro. No veía el futuro. Entraba en la puerta y buscaba aquello que podía quebrarla.

Al-Manzur miró al comandante.

—Una conclusión interesante.

—Ya lo sabías.

—Sabía que Daruk podía adoptar rostros. No me interesaba saber de dónde los obtenía.

—Te interesará cuando utilice el tuyo.

El rey no respondió. Durante un instante, el humo de la lámpara se desplazó hacia Morlevo, aunque no había corriente dentro de la cámara. Daruk aspiraba. Rashid volvió a presionar el puñal contra el cuello del prisionero.

—Haz que la muchacha abra.