La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 26 La sangre que abre #3
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Capítulo 26 La sangre que abre #3

Las palabras no tuvieron solemnidad. Salieron con la voz agotada de un hombre herido, encadenado y demasiado orgulloso para utilizarlas como súplica.

Esmeralda lo besó. Morlevo respondió con una violencia contenida.

La mano libre se cerró sobre su nuca y la acercó hasta que la cadena volvió a tensarse.

Su boca sabía a sangre y a humo, pero debajo de ambos sabores permanecía el reconocimiento que Esmeralda había sentido desde la primera vez que él la tocó sin saber si quería someterla o impedir que se alejara.

Ella se sentó sobre sus piernas.

—Tienes una herida abierta.

—Tú tienes una incapacidad preocupante para elegir momentos adecuados.

—Quizá no tengamos otro.

Morlevo la miró.

—No vuelvas a decir eso.

Esmeralda apoyó la frente contra la suya.

—Samir cree que regresé porque lo elegí a él.

—¿Lo hiciste?

—Entré para impedir que te mataran.

—No fue lo que pregunté.

—No voy a responder otra vez la misma pregunta para tranquilizar a dos hombres.

Morlevo apretó su cintura.

—No quiero tranquilidad.

—¿Qué quieres?

—Que, por una vez, permanezcas conmigo sin tener una parte del cuerpo preparada para huir.

Esmeralda tomó la mano encadenada y la apoyó debajo de su falda.

—Tengo siete minutos.

Los dedos de Morlevo recorrieron la parte interior de su muslo.

—Eso no es permanecer.

—Es todo lo que puedo darte ahora.

Él la tocó con una lentitud que parecía imposible en medio del dolor.

El medallón mantenía las líneas negras alejadas de la herida y había contenido el sangrado, pero Esmeralda no permitió que Morlevo cambiara de posición.

Abrió las piernas sobre las suyas y contuvo el gemido cuando los dedos encontraron su deseo.

Morlevo percibió la sensibilidad reciente de su cuerpo y se detuvo.

—Sé que estuviste con él.

—Te lo dije.

—Saberlo y encontrarte todavía marcada por el encuentro no son lo mismo.

Esmeralda sujetó su muñeca sin apartarla.

—Mi cuerpo no te debe pureza, Morlevo. Tampoco le pertenece a Samir porque haya estado dentro de mí antes que tú.

La vergüenza y los celos cruzaron el rostro de él sin convertirse en una exigencia.

—No quiero castigarte.

—Entonces decide si puedes tocarme como soy ahora, no como desearías haberme encontrado.

Morlevo volvió a mover la mano. Introdujo dos dedos y observó el rostro de Esmeralda mientras la acariciaba, aceptando la verdad que su deseo no podía borrar. Ella abrió su cinturón y deslizó una mano dentro de la ropa.

—Puedo sentir tus manos —murmuró—. Eso es lo único que está ocurriendo entre nosotros ahora.

—No temo que desaparezcas.

—¿Entonces qué temes?

—Que regreses cada vez, pero nunca por completo.

Morlevo curvó los dedos. El placer ascendió con una rapidez que Esmeralda no esperaba. Movió las caderas sobre su mano y apretó los dedos alrededor de él, obligándolo a cerrar los ojos. Un golpe sonó en la puerta.

—Quedan tres minutos —advirtió Rashid.

Esmeralda acercó la boca al oído de Morlevo.

—Necesito una salida de la cámara inferior.

La mano de él no se detuvo.

—Detrás del tercer relieve —susurró—. Hay una mujer sosteniendo una serpiente. Presiona los ojos.

Esmeralda aumentó el ritmo de la caricia. Morlevo hundió el rostro en su cuello. Desde el corredor, Rashid podía escuchar la cadena, la respiración entrecortada y el roce de la ropa. No podía escuchar las palabras pronunciadas contra la piel.

—¿A dónde conduce? —preguntó ella.

—Al patio de las cocinas. Si todavía existe.

—¿Cómo libero tus cadenas?

—No puedes.

Esmeralda tiró de su cabello y lo obligó a mirarla.

—Dame una respuesta útil.

Morlevo volvió a tocarla. El pulgar presionó el punto más sensible mientras los dedos continuaban dentro.

—Rashid lleva la llave debajo de la armadura, en el lado izquierdo.

Esmeralda sintió que el cuerpo comenzaba a tensarse.

—Eso sí puedo utilizarlo.

—No mientras tenga veinte hombres alrededor.

—Entonces tendré que conseguir que se acerque.

Morlevo la besó para ahogar el sonido que escapó de su boca. Esmeralda alcanzó el placer sobre sus piernas, moviéndose contra la mano encadenada mientras la otra continuaba acariciándolo. Él endureció la mandíbula.

—No voy a terminar así —dijo.

—¿Por qué?

—Porque cuando salga de estas cadenas quiero estar dentro de ti y saber que todavía puedes marcharte.

Esmeralda retiró la mano y cerró su ropa.

—Eso ha sonado casi esperanzador.

—La pérdida de sangre afecta el juicio.

Otro golpe sacudió la puerta. Ella arregló el vestido y tomó el rostro de Morlevo entre las manos.

—Voy a abrir la primera cerradura. Cuando nos lleven abajo, haré que Rashid se acerque y tomaré la llave.

—Al-Manzur espera que intentes algo.

—También esperaba que me arrodillara.

—Si no puedes liberarme, sal por el relieve.

—Saldremos los dos.

—Zahra.

—No.

Morlevo apoyó la frente contra la suya.

—Si la puerta llama a Ligia, cada minuto que permanezcas aquí la acerca.

—Entonces tendremos que ser rápidos.

El cerrojo se abrió. Rashid entró acompañado por cuatro guardias. Miró la ropa de ambos y la mano de Morlevo todavía húmeda sobre el suelo.

—Qué despedida tan conmovedora.

Esmeralda se levantó.

—No fue una despedida.

—Para uno de los dos, sí.

Rashid dio la orden de levantar al prisionero. Esmeralda se colocó entre los guardias y Morlevo.

—Necesita caminar.

—Puede arrastrarse.

—Si muere antes de llegar a la cámara, Daruk saldrá de su cuerpo y buscará otro.

Rashid miró las líneas negras. No sabía si era verdad. El miedo consiguió lo que la compasión no habría logrado. Permitió que dos soldados ayudaran a Morlevo a levantarse.