La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 26 La sangre que abre #2
74%

Capítulo 26 La sangre que abre #2

—No irá —dijo.

—Tú regresaste cuando te dijeron que ejecutaría a Morlevo.

—Ligia no es como yo.

—Eso espero. Necesito que sea menos difícil.

Esmeralda extrajo la mitad del medallón. Los soldados levantaron las armas, pero ella solo dejó que la pieza colgara entre sus dedos.

—La otra mitad está fuera del palacio.

—En manos de Ligia —dijo el rey—. Un gesto previsible, aunque útil.

Esmeralda volvió a guardarla.

—Si ella entra, la matarás cuando abra la cámara.

—No necesito matarla.

—Eso no significa que vayas a dejarla vivir.

—Lo mismo podría decirse de Morlevo.

El rey regresó al trono.

—Abrirás la primera cerradura esta noche. Cuando Ligia llegue, completará el proceso. Después decidiré si el comandante merece una muerte rápida o una vida lo bastante larga para arrepentirse.

—No.

Al-Manzur inclinó la cabeza.

—¿No abrirás?

—No mientras Daruk permanezca dentro de Morlevo.

—La criatura no está dentro de él. Solo ha introducido una parte.

—Una parte capaz de encontrar a las liberadas si Morlevo sale de la muralla. Si voy a despertar todas las puertas del palacio, necesito saber que Daruk no podrá utilizarlas para llegar hasta Ligia antes que nosotros.

Al-Manzur observó las líneas negras. Esmeralda sabía que no había previsto aquel argumento.

—Naima consiguió detenerlas —continuó—. Puedo hacer lo mismo, pero necesito acercarme a la herida sin cadenas, soldados ni un capitán respirándome sobre el cuello.

Rashid avanzó.

—Quiere liberarlo.

—Si pudiera romper esas cadenas, no habría entrado sin una espada.

—Puede matarlo antes de que hable.

—Si quisiera verlo muerto, habría seguido caminando hacia el norte.

Morlevo dejó caer la cabeza. La sangre formaba un charco entre sus rodillas. Esmeralda miró al rey.

—Dame diez minutos con él. Después te llevaré hasta la puerta.

—Cinco.

—Ocho.

Al-Manzur sonrió de nuevo.

—Siete. Permanecerá encadenado y Rashid vigilará la única salida.

—Rashid esperará fuera.

—No estás eligiendo una habitación para recibir a un amante.

—Entonces no deberías temer dejarnos solos.

La mirada del rey pasó de Esmeralda a Morlevo.

—Fuera de la puerta —ordenó al capitán—. Si escuchas una cadena romperse, entra y córtale la garganta a ella primero.

Rashid guardó el puñal.

—Será un placer.

—No tanto como terminar de cortarte la cara —respondió Esmeralda.

Los guardias levantaron a Morlevo y lo arrastraron hasta una cámara situada detrás de la sala del trono.

Había sido utilizada para guardar armas ceremoniales.

Las paredes estaban cubiertas por escudos de cobre, lanzas sin punta y armaduras demasiado pesadas para un combate verdadero.

En el centro quedaba una mesa baja manchada por el humo.

Los soldados sujetaron una de las cadenas de Morlevo a una argolla y cerraron la puerta.

Esmeralda esperó hasta escuchar el cerrojo. Después se arrodilló frente a él.

—¿Cuánto escuchaste desde la muralla? —preguntó Morlevo.

—Lo suficiente para saber que regresaba a una trampa.

—Y entraste de todos modos.

—No quería que murieras.

—Eso no es una razón. Es una enfermedad.

Esmeralda examinó la herida. La punta de la lanza había atravesado el costado sin salir por la espalda. La piel se encontraba inflamada y las líneas negras palpitaban alrededor de la abertura.

—Naima dijo que el agua las contenía.

—Tu madre también estaba a punto de desmayarse.

—No tengo agua del pozo.

Esmeralda apoyó el medallón contra la piel de Morlevo. Las líneas se apartaron. Él cerró los ojos.

—Hazlo otra vez.

Ella movió la pieza sobre el pecho. La oscuridad retrocedía apenas unos centímetros y regresaba en cuanto alejaba el metal.

—Daruk no teme al medallón —dijo Esmeralda—. Teme lo que puede ordenar.

—Eso será útil cuando descubras cómo ordenarlo.

Morlevo abrió los ojos.

—Al-Manzur no te llevará directamente a la cámara. Antes intentará averiguar cuánto sabes.

—No sé nada.

—Eso nunca le ha impedido torturar a alguien para comprobarlo.

Esmeralda retiró la tela empapada que cubría la herida.

—Necesito que me expliques qué hizo tu padre.

—Ya lo escuchaste.

—Escuché la versión del rey. Quiero la tuya.

Morlevo miró hacia la puerta.

—Mi padre encontró a Naima encerrada en una habitación de la torre oriental. Al-Manzur la utilizaba para abrir las cámaras y después volvía a encerrarla. Cuando descubrió que pensaban entregarla a Daruk para obligarla a abrir la última puerta, organizó su escape.

—¿Daruk podía entrar en ella?

—No. Por eso necesitaba quebrarla de otra manera.

—¿Qué le hizo?

—Le mostraba personas usando tu rostro.

Esmeralda dejó de tocar la herida.

—Yo todavía no había nacido.

—La puerta sí conocía tu nombre. Daruk utilizó lo que ella más temía perder, aunque aún no existiera.

—¿Mi madre escapó embarazada?

—No lo sé. Mi padre nunca escribió quién era el hombre ni cuándo naciste. Solo dejó una instrucción: si alguna vez aparecía una mujer llamada Zahra con la mitad de una corona, debía sacarla del alcance del rey.

Esmeralda soltó una risa sin alegría.

—Lo hiciste muy bien. Me compraste, me encerraste en tu habitación y me trajiste al mismo palacio.

—Te encontré antes de comprender quién eras.

—Después lo comprendiste.

—Después comprendí que Daruk ya conocía tu olor, que Rashid buscaba a una mujer con tu descripción y que Al-Manzur había enviado hombres hacia Luzar. Si te dejaba marchar, te encontraban en dos días.

—Podías contarme la verdad.

—Habrías huido.

—Era mi derecho.

—Sí.

La aceptación volvió a irritarla.

—Deja de responder como si admitir lo que hiciste reparara algo.

—No lo repara.

—Entonces dame una razón para no arrepentirme de haber vuelto.

Morlevo tiró de la cadena. El metal se tensó entre ellos.

—No tengo ninguna que no hayas rechazado ya.

Esmeralda sujetó su rostro.

—Inténtalo.

—Te amo.