Capítulo 26 La sangre que abre
LA SANGRE QUE AbrE
El pasadizo se cerró detrás de Esmeralda antes de que pudiera escuchar si Samir continuaba golpeando la piedra.
La oscuridad duró unos segundos. Después, unas líneas verdes aparecieron sobre el suelo y recorrieron el corredor como raíces luminosas.
No avanzaban hacia la sala del trono ni hacia la torre norte, sino hacia las profundidades del palacio. El medallón se calentó en su mano.
—Después —murmuró Esmeralda—. Primero Morlevo.
Las líneas se apagaron. Continuó por un corredor tan estrecho que los hombros rozaban las paredes.
El techo descendía por tramos y obligaba a caminar inclinada.
Había marcas de uñas entre las piedras, fragmentos de tela atrapados en el mortero y un olor antiguo que mezclaba humedad, aceite y carne quemada.
La salida apareció detrás de una estatua decapitada.
Esmeralda empujó la piedra y entró en la galería que conducía a la sala del trono.
Siete guardias con máscaras de bronce la esperaban formando un semicírculo. No la habían seguido.
Sabían dónde aparecería. El hombre del centro extendió la mano.
—La espada.
Esmeralda observó las puertas situadas detrás de ellos. Podía luchar y matar a dos, quizá tres, antes de que los demás consiguieran inmovilizarla. Morlevo moriría mientras ella derramaba sangre en un corredor sin salida. Dejó caer el arma.
—El medallón también —ordenó el guardia.
—Tendrás que quitarme la mano con él.
El hombre vaciló. Ninguno se acercó. Al-Manzur todavía necesitaba que conservara todos los dedos.
—Camina.
La sala del trono estaba llena de humo. Una parte de las cortinas había ardido y el agua utilizada para apagar el incendio formaba charcos oscuros sobre el mármol.
Los consejeros habían desaparecido, pero doce soldados custodiaban las columnas y otros seis protegían las puertas laterales.
Al-Manzur permanecía sentado en el trono.
No llevaba corona. Vestía una túnica dorada sin bordados y sostenía una copa entre las manos.
Las canas se habían extendido desde las sienes hasta la barba cuidadosamente recortada, aunque el rostro conservaba la firmeza de un hombre que nunca había necesitado levantar la voz para ordenar una muerte.
Rashid estaba junto a él. Una venda roja le cubría la mitad inferior del rostro.
La sangre había atravesado la tela desde la oreja hasta la boca y formaba una línea húmeda sobre el cuello de la armadura.
Morlevo se encontraba de rodillas dentro de un círculo de hierro.
Le habían quitado las espadas, la camisa y las botas.
Dos cadenas mantenían sus brazos abiertos, sujetas a argollas incrustadas en el suelo.
La herida del costado continuaba sangrando y las líneas negras habían alcanzado el centro del pecho.
Levantó la cabeza cuando Esmeralda entró.
No pareció sorprendido. Pareció furioso.
—Te di una orden —dijo.
—Y yo decidí no obedecerla.
Al-Manzur dejó la copa sobre el brazo del trono.
—Pensé que emplearían más palabras para convertir esta necedad en una escena romántica.
Esmeralda se detuvo delante del círculo.
—He venido a solicitar la audiencia que ofreciste.
—La audiencia era antes de la ejecución. No dije que pudiera impedirla.
—Tampoco dijiste que no pudiera.
Rashid descendió los escalones.
—Arrodíllate cuando hables con el rey.
Esmeralda miró la venda que cubría la herida de su rostro.
—Si vuelves a acercarte, tendré que terminar la línea del otro lado.
Rashid tomó el puñal de su cinturón. Al-Manzur levantó dos dedos. El capitán se detuvo, aunque no guardó el arma.
—Morlevo tenía razón en algo —dijo el rey—. No sabes comportarte como una esclava.
—Porque nunca lo fui.
—Todas las personas son esclavas de algo. Algunas necesitan un aro para recordarlo; a otras les basta con un hombre arrodillado en el lugar correcto.
Esmeralda miró las cadenas de Morlevo.
—Déjalo en libertad.
Al-Manzur sonrió.
—Entraste voluntariamente en mi palacio, desarmada y sin exigir una garantía. No estás en condiciones de comenzar con órdenes.
—Si no necesitases algo de mí, Morlevo ya estaría muerto.
La sonrisa del rey desapareció. Esmeralda avanzó un paso.
—Necesitas el medallón, mi sangre o ambas cosas. Daruk lleva meses buscando a Ligia y no ha conseguido utilizarla. Las mujeres de las carretas tampoco abrieron lo que guardas debajo del palacio. No sabes cómo funciona la puerta.
Al-Manzur apoyó la espalda en el trono.
—Tu madre sí lo sabía.
—Entonces debiste tratarla mejor cuando la tuviste delante.
—Naima vivió en este palacio antes de que tú nacieras. Ocupaba una habitación cerca del jardín oriental, tenía maestras, vestidos y tres mujeres encargadas de probar su comida.
—Una jaula continúa siendo una jaula cuando tiene cortinas.
—Eso mismo dijo ella.
El rey hizo una señal. Un guardia llevó hasta Esmeralda una caja de madera oscura y la dejó en el suelo.
Dentro había un vestido infantil, varias pulseras de cobre y una muñeca fabricada con hilos dorados.
El rostro de la muñeca había sido borrado.
Esmeralda reconoció las puntadas de la ropa de Naima.
Las había visto reparar vestidos de Ligia con el mismo dibujo alrededor de los puños.
—La niña encontrada debajo del palacio era tu madre —dijo Al-Manzur—. Mis hombres la descubrieron después de tomar la ciudad. Permanecía dentro de una cámara sin ventanas, protegida por cuatro cadáveres y una puerta que ninguno de nosotros pudo volver a abrir.
Esmeralda tocó el vestido.
—¿Qué edad tenía?
—Afirmaba tener siete años. Nunca pudimos comprobarlo.
—Era una descendiente de la casa anterior.
—La última reconocida. Los demás murieron durante el asedio o fueron ejecutados después.
—Tú los asesinaste.
—Mis soldados asesinaron a algunos. Daruk se ocupó de los que intentaron ocultarse debajo del palacio.
Las líneas negras se movieron sobre el cuerpo de Morlevo. Él tensó los brazos contra las cadenas.
—No escuches más —dijo—. Al-Manzur nunca cuenta una verdad si no puede utilizarla para ocultar otra.
El rey ignoró la interrupción.
—Naima abrió su primera puerta cuando cumplió quince años.
Detrás encontramos un archivo con los nombres de las casas que habían servido a su familia y los túneles utilizados para trasladar oro, armas y prisioneros.
La segunda puerta nos llevó a una cámara vacía. Delante de la tercera, decidió escapar.
—¿Cómo?
Al-Manzur miró a Morlevo.
—Con ayuda de un capitán que creía que la compasión podía limpiar veinte años de obediencia.
Esmeralda volvió el rostro hacia el comandante.
—¿Tú la ayudaste?
—No —respondió Morlevo—. Mi padre.
Rashid soltó una risa que debió dolerle debajo de la venda.
—La traición se transmite mejor que el color de los ojos.
—Mi padre murió por sacarla de aquí —continuó Morlevo—. Antes de hacerlo, cambió los registros y borró la ruta por la que había huido.
—Pero conservó algunos nombres —dijo Al-Manzur—. Morlevo los encontró después de heredar sus armas y su culpa.
Esmeralda recordó la respuesta del comandante en la cámara de guardia. Encontré el tuyo.
—Por eso sabías que Zahra figuraba en los registros.
Morlevo asintió.
—Tu nombre aparecía junto al de Naima.
—¿También el de Ligia?
—No. Ella todavía no había nacido cuando tu madre escapó.
Al-Manzur se levantó. Descendió los escalones con una lentitud que obligó a los guardias a seguir cada movimiento.
Al pasar junto a Morlevo, puso dos dedos sobre una de las líneas negras de su hombro.
El comandante contuvo el aire. Daruk respondió debajo de la piel.
La línea se enroscó alrededor de los dedos del rey antes de volver a hundirse en el cuerpo de Morlevo.
—Tu madre creía que la tercera puerta ocultaba la corona de su familia —dijo Al-Manzur—. Se equivocaba. La corona partida que llevas al cuello no era un símbolo de gobierno, sino una llave dividida.
Esmeralda apretó el medallón.
—¿Qué hay detrás?
—El lugar desde el que se construyeron las puertas.
—Eso no responde.
—Hay corredores que atraviesan estas montañas y terminan debajo de ciudades situadas a semanas de distancia. Hay depósitos, cámaras de armas y habitaciones capaces de permanecer cerradas durante siglos. Quien controle ese sistema podrá entrar en cualquier fortaleza sin derribar una muralla.
—Quieres conquistar otros reinos.
—Quiero que sepan que sus murallas ya no los protegen.
Esmeralda miró a Morlevo.
—¿Él lo sabía?
—Conocía la existencia de la cámara —respondió el rey—. Por eso permaneció tantos años cerca de mí, fingiendo una obediencia que cada vez le resultaba más incómoda.
Morlevo sostuvo la mirada de Esmeralda.
—No sabía cómo abrirla.
—Ni siquiera Naima lo sabía —dijo Al-Manzur—. Entendió demasiado tarde que la llave requería a sus dos hijas.
Esmeralda sintió un frío que no provenía de la sala.
Al-Manzur explicó por fin el precio que había omitido: cada puerta abierta con la corona retenía un recuerdo de la persona que ofrecía la sangre.
Daruk no veía el futuro ni adivinaba los temores; entraba en esos recuerdos abandonados y aprendía a devolverlos con otro rostro.
Abrir no significaba únicamente permitir el paso.
Significaba dejar algo propio al alcance de quien esperara del otro lado.
—La hija menor abre. La mayor regresa.
—Has aprendido a leer las paredes.
—¿Qué significa?
—La sangre de la mayor despierta los caminos y la voz de la menor ordena que se abran. Tú puedes hacer que la puerta recuerde. Ligia puede obligarla a obedecer.
—Entonces no puedes abrirla.
—Todavía.
Al-Manzur se acercó hasta que el borde de su túnica tocó el círculo de hierro.
—Te permití escapar porque sabía que regresarías por él. Ahora el palacio te ha reconocido. Cada puerta situada debajo de estas piedras pronunciará tu nombre hasta que tu hermana decida venir a buscarte.
La certeza golpeó a Esmeralda con más fuerza que una mano. Había vuelto creyendo que entregaba únicamente su libertad. Al-Manzur la había utilizado para llamar a Ligia.