Capítulo 25 El regreso #3
Morlevo sostuvo su mirada. Esmeralda alcanzó el orgasmo sin apartar los ojos. Casi al mismo tiempo, la mano con que lo acariciaba le arrancó un gemido contenido y sintió el calor derramarse sobre sus dedos.
Permanecieron juntos apenas el tiempo necesario para recuperar el aliento.
Después Esmeralda limpió la mano con una tira de tela, cerró la ropa de Morlevo y acomodó su propio vestido.
No se habían reconciliado. Habían elegido confiar durante unos minutos en medio de una habitación que estaba a punto de caer.
—Hay algo que Al-Manzur sabe sobre Naima.
—¿Qué?
—Su nombre aparece en los registros de las casas gobernantes que existían antes de su reino. No era una criada ni una prisionera común.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque necesitaba confirmar si era la misma mujer.
—La viste en el pozo.
—Y Al-Manzur también sabe que está viva.
La cadena se rompió. Morlevo se puso de pie y empujó a Esmeralda hacia la salida exterior. Ella se aferró a su camisa.
—Vienes conmigo.
—Si cruzo, Daruk encontrará a Ligia.
—Encontraremos una manera de detenerlo.
—No antes de que alcance a las liberadas.
La puerta norte descendió. Morlevo abrió la salida exterior, empujó a Esmeralda hacia la calle y cerró desde dentro.
—¡Morlevo!
Ella golpeó la madera. Del otro lado escuchó cómo él arrastraba un armario contra la puerta.
—¡Abre!
—Dile a Ligia que ningún nombre decide lo que debe ser.
—Díselo tú.
—Zahra.
Esmeralda dejó de golpear. Era la primera vez que Morlevo pronunciaba su verdadero nombre sin utilizarlo como una orden.
—No permitas que el rey te vea arrodillada.
La puerta norte cayó detrás de él. El golpe estremeció la muralla. Safiya sujetó a Esmeralda por la cintura antes de que intentara regresar.
—Se cerró.
—Hay otra entrada.
—Y está llena de soldados.
—Suéltame.
—No.
Esmeralda golpeó el brazo de Safiya.
—¡Suéltame!
Safiya la obligó a volverse. En la calle esperaban Nadira, Yasmina, Talia, Maha y las liberadas. Naima yacía sobre una carreta. Ligia estaba sentada junto a ella, sosteniéndole la mano. Samir permanecía cerca de los caballos.
—Él escogió quedarse —dijo Safiya—. Si vuelves ahora, convertirás su decisión en otra forma de obediencia.
Un cuerno sonó desde la muralla. Rashid apareció sobre la torre norte con el rostro cubierto por una venda roja. Dos soldados arrastraban a Morlevo entre ellos. El comandante todavía estaba consciente. Lo obligaron a arrodillarse junto a la baranda. Esmeralda avanzó. Rashid levantó la voz.
—Por orden de Al-Manzur, Morlevo será ejecutado al amanecer por traición, asesinato y colaboración con las fugitivas.
Ligia se aferró al borde de la carreta.
—No.
—El rey ofrece una sola audiencia antes de la ejecución —continuó Rashid—. Zahra debe presentarse voluntariamente en la sala del trono.
Esmeralda sintió que todos la miraban. Rashid colocó la punta de su lanza sobre la nuca de Morlevo.
—Al-Manzur también ofrece la verdad sobre Naima, última descendiente de la casa que gobernó estas tierras, y sobre la niña que fue encontrada debajo de su palacio.
Ligia volvió el rostro hacia su madre. Naima no abrió los ojos. Safiya desenvainó la espada.
—Nos marchamos.
—Matarán a Morlevo —dijo Esmeralda.
—Sí.
—El rey sabe quién es mi madre.
—Y está utilizando ambas cosas para hacerte regresar.
—Lo sé.
—Entonces no le entregues exactamente lo que quiere.
Esmeralda miró a Ligia. La muchacha tenía los ojos llenos de miedo, aunque no suplicó. Parecía saber que cualquier palabra podía convertirse en otra cadena.
—Lleva a Naima al norte —dijo Esmeralda.
—No —respondió Ligia.
—Nadira irá contigo.
—Tú dijiste que vigilaría desde el otro lado.
Esmeralda sacó una de las mitades del medallón y la puso en su mano.
—Entonces vigílame.
Ligia cerró los dedos sobre la corona rota.
—No quiero aprender a perderte.
—No vas a perderme.
—Estás mintiendo.
—Sí.
Ligia comenzó a llorar sin hacer ruido. Esmeralda besó su frente y se apartó antes de que las piernas dejaran de obedecerla. Safiya se interpuso.
—No abriré esa puerta.
—No necesito que lo hagas.
Esmeralda tomó la otra mitad del medallón. La acercó a una abertura estrecha situada en la base de la muralla. Una puerta de servicio apareció entre las piedras. Safiya levantó la espada.
—Si entras, no arriesgaré a las liberadas para sacarte.
—No te lo pediré.
—Al-Manzur volverá a ponerte un aro.
—Esta vez sabré por qué permito que lo haga.
Esmeralda cruzó. La puerta comenzó a cerrarse.
Samir llegó a la calle cuando solo quedaba una abertura del ancho de una mano.
Había escuchado el anuncio desde los caballos, pero no la conversación junto a la carreta.
Vio a Esmeralda regresar al palacio y a Morlevo arrodillado sobre la muralla. Corrió hacia ella.
—¡Esmeralda!
Ella no lo oyó. La piedra se cerró. Samir apoyó ambas manos sobre el muro.
Recordó su cuerpo contra las telas, la verdad que ella le había pedido aceptar y la promesa que no quiso hacerle.
Desde donde estaba, solo podía comprender una cosa.
Esmeralda había tenido la libertad delante de ella y había regresado por Morlevo.