Capítulo 25 El regreso #2
Entre ambas lo llevaron hasta la puerta.
Talia cruzó primero. Después lo hicieron Safiya y Esmeralda con Morlevo.
Una flecha golpeó la madera junto a sus cabezas.
Al otro lado había una cámara de guardia vacía.
Dos lámparas iluminaban un banco, un armario de armas y la rueda que mantenía levantada la puerta.
La calle exterior comenzaba después de una segunda abertura.
Samir entró para ayudar. Morlevo levantó una espada.
—No me toques.
—No estaba planeando abrazarte —respondió Samir.
—Dejen de comportarse como animales heridos —dijo Esmeralda.
—Los animales heridos suelen ser más razonables —replicó Safiya.
Ligia entró en la cámara y miró el pecho de Morlevo.
—Está tirando de ti.
—¿Daruk? —preguntó Esmeralda.
La muchacha asintió.
—Si cruza la muralla, sabrá dónde están todos.
Morlevo apoyó la espalda contra el muro.
—Por eso no puedo salir.
—Naima consiguió detenerlo —dijo Esmeralda.
—Durante unos minutos.
—Ella puede intentarlo otra vez.
—Tu madre apenas respira.
Desde la calle, Nadira pidió que llevaran a Ligia. Las liberadas ya descendían hacia el camino de las canteras, donde los caballos de Morlevo esperaban atados entre los árboles. Safiya tomó a la muchacha por el brazo.
—Nos vamos.
Ligia se soltó.
—Esmeralda.
—Ve con Naima.
—No regreses por él.
Esmeralda miró a Morlevo.
—No voy a regresar. Ya lo encontré.
La cadena de la puerta crujió. Uno de los arqueros había comenzado a cortarla desde el patio. Safiya condujo a Ligia hasta la salida exterior.
—Tienen un minuto —advirtió—. Después haré caer la puerta.
Samir permaneció frente a Esmeralda.
—Puedo ayudarte a llevarlo.
—Si Daruk lo sigue, pondremos a todos en peligro.
—Entonces tenemos que sacarle eso.
—No sabemos cómo.
Morlevo sostuvo la pared para mantenerse de pie.
—Samir tiene que salir.
—No decides por él —respondió Esmeralda.
—Y tú no deberías quedarte conmigo para demostrar que tampoco decido por ti.
Samir observó la sangre que cubría el costado del comandante.
—¿Qué vas a hacer?
—Cerraré la puerta y llevaré a Rashid hacia la galería oeste.
—No puedes caminar.
—Todavía puedo matar.
—No es lo mismo.
—Hoy tendrá que bastar.
La cadena volvió a crujir. Esmeralda tomó a Samir por la camisa y lo empujó hacia la salida.
—Ve con Ligia.
—No pienso dejarte.
—Si la puerta vuelve a llamarla, necesita a alguien que recuerde quién era antes de escucharla.
—Te necesita a ti.
—También te conoce a ti.
Samir miró a Morlevo.
—¿Vas a regresar al palacio con él?
—Voy a conseguir que cruce esta habitación.
—No fue lo que pregunté.
Esmeralda sostuvo su mirada.
—No sé qué tendré que hacer.
La respuesta volvió a herirlo, aunque esta vez Samir no intentó ocultarlo.
—Siempre sabes lo que estás dispuesta a hacer por él.
—Y regresé al pozo por ti.
—Quizá ese sea el problema. Siempre regresas por todos hasta que no queda nada de ti para llevar a la salida.
Safiya apareció detrás de Samir.
—Se terminó el minuto.
Lo sujetó por el brazo y lo obligó a salir. Él trató de resistirse, pero la pierna herida cedió.
—¡Esmeralda!
Safiya cerró la puerta exterior. Esmeralda y Morlevo quedaron solos en la cámara.
Del otro lado de la puerta norte llegaban golpes de espadas y las órdenes de Rashid.
La cadena se desprendía hilo por hilo. Morlevo se deslizó hasta el banco.
Esmeralda abrió su camisa. La herida era profunda.
A su alrededor, las líneas negras se movían debajo de la piel, formando una red que alcanzaba el abdomen.
—No puedo detener esto —dijo ella.
—Lo sé.
Rompió una tira de su vestido y la presionó contra la sangre.
—Pudiste contarme lo de las carretas.
—No habría cambiado lo que hice.
—Habría cambiado lo que sé de ti.
—Eso era lo que quería evitar.
Esmeralda apretó la tela hasta hacerlo contener el aire.
—Trece mujeres murieron.
—Sí.
—Y continuaste obedeciendo al hombre que permitió ese tráfico.
—Continué dentro del palacio porque Daruk no era el único que compraba cuerpos. Necesitaba los nombres.
—¿Los encontraste?
—Encontré el tuyo.
Esmeralda dejó de mover las manos.
—¿Desde cuándo sabías que Zahra aparecía en los registros?
—Desde antes de Luzar.
Ella lo abofeteó. Morlevo recibió el golpe sin apartarse.
—Me llevaste al palacio sabiendo quién podía ser.
—Te llevé porque, si Rashid o Daruk te encontraban primero, nunca habrías vuelto a ver la luz.
—Me pusiste un aro y me llamaste esclava.
—Era la única palabra capaz de mantener a los otros hombres lejos de ti.
—También fue la palabra que utilizaste para poseerme.
—Sí.
La respuesta sin defensa la enfureció más que una excusa. Esmeralda quiso golpearlo otra vez. Morlevo le sujetó la muñeca.
—No voy a pedirte que me perdones.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces sal antes de que la puerta caiga.
Ella intentó soltar el brazo. Morlevo tiró de su muñeca y la hizo quedar entre sus piernas.
—Estuviste con él —dijo.
Esmeralda comprendió que había visto la ropa mal cerrada, las marcas recientes en su cuello o la manera en que Samir la había mirado.
—Sí.
La mano de Morlevo se cerró sobre su cadera.
—Y regresaste.
—Por Ligia.
—Ligia ya está fuera.
—También regresé por ti.
Él la atrajo. El beso tuvo el sabor metálico de la sangre. Esmeralda sostuvo su rostro y abrió la boca contra la suya, sin paciencia para convertir aquello en una reconciliación. Cuando Morlevo intentó sentarla sobre sus piernas, ella apoyó una mano sobre la herida.
—No volveremos a hacer lo mismo mientras te desangras.
—Una crítica razonable en un momento poco razonable.
Esmeralda se arrodilló entre sus piernas. Morlevo comprendió antes de que ella abriera su cinturón. Le sostuvo la muñeca.
—No necesitas hacer esto porque estuviste con Samir.
—No estoy compensando nada.
—Dímelo.
—Quiero darte placer y quiero que recuerdes que soy yo quien ha decidido hacerlo. Si conviertes eso en una competencia, me levantaré.
Morlevo soltó su mano. Esmeralda abrió la ropa y lo acarició hasta que el cuerpo de él respondió a pesar del dolor. Después lo recibió en la boca. La respiración de Morlevo se volvió irregular, pero mantuvo las manos abiertas sobre el banco hasta que ella tomó una y la colocó sobre su cabello.
—Puedes tocarme. No dirigir.
Los dedos se cerraron con cuidado. Esmeralda marcó el ritmo, lenta al principio y más profunda cuando sintió que Morlevo dejaba de vigilar la puerta. Él dijo su nombre sin convertirlo en orden.
Ella se apartó antes de que terminara. Morlevo abrió los ojos, sorprendido, y Esmeralda volvió a sentarse a su lado.
—Ahora tú —dijo, levantando la falda.
Morlevo introdujo una mano entre sus piernas.
La tocó con los dedos aún temblorosos, mientras Esmeralda continuaba acariciándolo con la mano.
No había una posición dominante que pudiera ocultar lo vulnerables que estaban ambos: él herido y encadenado; ella a segundos de regresar hacia hombres que pretendían llamarla por otro nombre.
Los golpes contra la puerta se volvieron más fuertes. Morlevo curvó los dedos y Esmeralda apretó los muslos alrededor de su mano. El placer creció deprisa, alimentado por el peligro pero no decidido por él.
—Mírame —dijo ella.