Capítulo 25 El regreso
EL REGRESO
—No la cerré —respondió Morlevo—. Todavía.
Una cadena atravesaba la puerta norte de un extremo al otro.
La hoja de madera había descendido hasta la mitad y varios cuerpos impedían que tocara el suelo.
Detrás de aquella abertura se veía una calle estrecha que conducía hacia las murallas exteriores.
Ligia permanecía pegada a la espalda de Morlevo.
—La encontré siguiendo tu voz —dijo él—. O algo que sabía imitarla.
Esmeralda miró las líneas negras que rodeaban el cuello del comandante.
—Daruk puede encontrarte.
—Lo está intentando.
Uno de los soldados atacó por la derecha. Morlevo detuvo la espada con una de las suyas y hundió la otra debajo del brazo del hombre. El soldado cayó sin soltar el arma. Los tres que cerraban el paso retrocedieron.
—Entréganos a la muchacha —ordenó uno—. El rey ha prometido perdonar a quienes obedezcan antes del último cuerno.
—Al-Manzur no perdona —respondió Morlevo—. Solo cambia la fecha de la ejecución.
Safiya se colocó a su lado.
—Abre la puerta.
—El mecanismo está en la galería superior.
—Entonces sube.
—Si abandono este lugar, la cerrarán por completo.
Esmeralda tomó la mano de Ligia.
—¿Puedes escuchar la puerta del pozo desde aquí?
—Ya no escucho solo una.
—¿Cuántas hay?
Ligia levantó la vista hacia el palacio.
—Todas.
Un silbido atravesó el patio. Morlevo empujó a Esmeralda antes de que la flecha llegara.
El proyectil golpeó la piedra y se partió cerca de sus pies.
En la galería superior apareció una fila de arqueros.
Un hombre avanzó entre ellos con una armadura roja sobre la túnica negra.
Llevaba el cabello recogido con anillos de oro y una cicatriz reciente le cruzaba la mejilla. Safiya escupió en el suelo.
—Rashid.
Él apoyó las manos sobre la baranda.
—El comandante más fiel del reino protegiendo esclavas, fugitivas y una puerta abierta. Al-Manzur se sentirá decepcionado.
—No acostumbra sentir nada que no le hayan descrito antes —respondió Morlevo.
Rashid sonrió.
—Arrodíllate y tal vez permita que conserves la cabeza hasta el amanecer.
—Baja y trata de quitármela.
Rashid hizo una señal. Los arqueros levantaron sus armas. Morlevo miró a Safiya.
—Atácame.
Ella volvió el rostro.
—¿Qué?
—Mis hombres no abrirán la salida mientras crean que aún puedo recuperar el control. Derríbame delante de ellos.
—Puedo hacerlo sin fingir.
—Eso debería facilitarte el trabajo.
Morlevo levantó una espada y gritó:
—¡Detengan a las fugitivas!
Safiya comprendió. Atacó con tanta fuerza que el choque de las armas llegó hasta las galerías. Morlevo respondió obligándola a retroceder, aunque dejó sin proteger el costado herido.
—No vuelvas a ofrecerme esa parte —murmuró Safiya—. La próxima vez no me detendré.
—Necesito que parezca verdadero.
—Nunca he tenido que esforzarme para querer matarte.
Safiya giró sobre sí misma y le cortó el brazo. La sangre descendió hasta la mano de Morlevo. Los soldados que defendían la puerta vacilaron.
—¡El comandante ha traicionado al rey! —gritó Rashid—. ¡Maten a ambos!
La orden terminó de dividir el patio. Algunos hombres atacaron a Morlevo. Otros se volvieron contra los arqueros o ayudaron a levantar la cadena de la puerta. Los uniformes dejaron de indicar quién obedecía a quién. Esmeralda condujo a Ligia hacia la abertura. Un guardia la reconoció.
—¡Zahra!
La sujetó por el cabello y trató de arrastrarla hacia la escalera.
Esmeralda le hundió el codo en el estómago, pero el hombre apretó con más fuerza.
Una hoja estrecha apareció debajo de su mandíbula.
El guardia abrió la boca. La sangre cubrió el brazo de Esmeralda antes de que el cuerpo cayera.
Talia estaba detrás de él. Sostenía el cuchillo con la mano izquierda.
La derecha continuaba envuelta en la tela ensangrentada y varios dedos formaban ángulos imposibles.
Maha y Yasmina aparecieron en la escalera de los tintoreros.
—Creí que habías salido —dijo Esmeralda.
—El camino estaba bloqueado.
Talia limpió la hoja en la ropa del guardia.
—Ese hombre iba a entregarte a Rashid.
—¿Por eso lo mataste?
Talia miró el cadáver.
—Todavía no sé por qué lo hice.
Maha se colocó junto a ella.
—Yo sí. No quiere que otra persona cobre por lo que considera suyo.
Talia soportó la acusación sin responder.
—Saquen a Ligia —ordenó Esmeralda.
Yasmina tomó a la muchacha. Ligia se resistió.
—Tú también vienes.
—Voy detrás de ti.
—Siempre dices eso antes de regresar por alguien.
Esmeralda la empujó hacia la abertura.
—Esta vez podrás vigilarme desde el otro lado.
Ligia cruzó con Yasmina y Maha. Talia permaneció dentro del patio.
—Ve con ellas —dijo Esmeralda.
—No recibo órdenes tuyas.
—Entonces considéralo una oportunidad de huir.
—Ya tuve demasiadas.
Un soldado se abalanzó sobre ellas. Talia le abrió el rostro con el cuchillo, pero la fuerza del golpe la hizo caer. Esmeralda recogió la espada del guardia muerto y atravesó al atacante. Talia contempló el cuerpo.
—Ahora ninguna sabe si salvó a la otra.
—Podemos discutirlo cuando estemos fuera.
El combate entre Morlevo y Safiya había llegado hasta el centro del patio. Él podía haberla desarmado dos veces, pero en ambas ocasiones permitió que recuperara el equilibrio. Safiya volvió a cortar su ropa.
—Estás convirtiendo esto en un espectáculo demasiado largo.
—La cadena todavía no está levantada.
—Entonces deja de protegerte.
Morlevo bajó la espada. Safiya lo golpeó con la empuñadura en el rostro. Él cayó de rodillas delante de los soldados.
—¡El comandante ha caído! —gritó uno de los hombres que levantaban la puerta—. ¡Abran la salida!
La cadena ascendió otro tramo. Rashid saltó desde la galería. Cayó sobre el cadalso, rodó por la madera y descendió al patio con una lanza corta en las manos. Dos guardias de la máscara dorada lo siguieron.
—Bonita representación —dijo—. Casi consiguió engañarme.
Morlevo intentó levantarse. Rashid le clavó la punta de la lanza en el hombro y lo devolvió al suelo. Esmeralda corrió hacia ellos. Safiya la detuvo.
—Espera.
—Va a matarlo.
—Quiere que lo veamos hablar antes.
Rashid apoyó una bota sobre la espalda de Morlevo.
—Diles por qué conocías la ruta de las carretas.
Morlevo sostuvo su mirada.
—No sabes de qué hablas.
—Las mujeres registradas como muertas salían por esta puerta dentro de cajas de sal. Daruk pagaba el doble por las que conservaban el rostro intacto.
Talia dejó de moverse. Rashid la señaló.
—Ella conocía una parte. Creía que algunas llegaban a las casas de placer. Nunca supo qué hacían con las demás debajo del palacio.
Esmeralda miró a Morlevo.
—¿Tú lo sabías?
Él no respondió. Rashid presionó la lanza contra la herida.
—El comandante descubrió el tráfico después de la segunda carreta. Permitió que saliera una tercera porque esperaba seguirla hasta Daruk.
—La detuve antes del desfiladero —dijo Morlevo.
—Salvaste a seis mujeres. Habían cargado diecinueve.
El ruido del combate pareció alejarse.
—¿Qué ocurrió con las otras? —preguntó Esmeralda.
Morlevo apartó la mirada. Rashid sonrió.
—Pregúntale dónde enterró las cajas.
Esmeralda sintió que la espada pesaba más.
—¿Es verdad?
—Cuando llegamos al desfiladero, trece ya estaban muertas —respondió Morlevo—. Daruk había dejado algo dentro de ellas para saber quién seguía la carreta.
—Las utilizaste como señuelo.
—Intenté encontrar el lugar al que llevaban a las demás.
—Y decidiste que trece muertas eran un precio aceptable.
—Decidí tarde.
Rashid inclinó la lanza.
—Eso es lo que hacen los hombres como nosotros. Decidimos cuánto puede costar la vida de otra persona y luego buscamos una palabra que nos permita dormir.
Morlevo se volvió con una rapidez que Rashid no esperaba.
Sujetó la lanza, tiró de ella y lo hizo caer.
Safiya soltó a Esmeralda. Ambas corrieron.
Los guardias de la máscara dorada se interpusieron.
Safiya cortó la rodilla de uno. Esmeralda detuvo la espada del otro y la desvió contra el cadalso.
Talia apareció por debajo del brazo del hombre y le hundió el cuchillo en la ingle.
Rashid recuperó la lanza. La punta entró por el costado de Morlevo, exactamente en el círculo negro que Naima no había conseguido limpiar.
Morlevo arqueó la espalda. Las líneas negras se extendieron sobre su pecho. Rashid sacó la lanza y la levantó para atravesarle el cuello. Esmeralda alcanzó a detenerla. El impacto hizo que la espada saliera despedida de sus manos. Rashid la sujetó por la garganta.
—El rey pidió que te llevara viva.
—Tú nunca entregas completa la mercancía.
La frase borró su sonrisa. Esmeralda le golpeó la herida de la mejilla con los dedos.
Rashid gritó y aflojó la mano. Ella tomó el puñal de su cinturón y le abrió la cara desde la oreja hasta la boca.
Rashid retrocedió cubriéndose la sangre.
Safiya levantó la espada para matarlo. Una flecha se clavó delante de sus pies. Los arqueros habían rodeado el patio.
—¡Adentro! —gritó Morlevo.
La puerta norte se encontraba levantada lo suficiente para que pasaran agachados. Yasmina y Maha esperaban al otro lado con Ligia. Samir había conseguido llegar hasta ellas y se sostenía contra la pared, con una espada en una mano. Esmeralda pasó un brazo de Morlevo alrededor de sus hombros.
—Levántate.
—Saca a las demás.
—Ya están saliendo.
—La puerta descenderá cuando corten la cadena.
—Entonces camina antes de que lo hagan.
Morlevo intentó apoyar el pie. Las líneas negras se contrajeron alrededor de la herida y le hicieron perder el equilibrio. Safiya ocupó su otro lado.
—Si mueres sobre mí, arrojaré el cuerpo al canal.
—Siempre encuentras palabras capaces de animar a un hombre.