La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 24 El precio de la libertad
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Capítulo 24 El precio de la libertad

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

El canal exterior no conducía fuera del palacio.

Terminaba debajo del patio de ejecuciones, en una cámara tan baja que debían caminar encorvados.

El agua les llegaba hasta las rodillas y arrastraba ceniza, trozos de tela y pequeñas flores blancas que alguien había arrojado desde arriba.

Esmeralda ayudaba a Samir. Él había rechazado la muleta rota y avanzaba con un brazo alrededor de sus hombros, apoyando la pierna herida solo cuando el fondo del canal se volvía demasiado estrecho. Safiya caminaba delante con Naima.

—La salida debería estar después del tercer arco —dijo Yasmina.

—¿Debería? —preguntó Maha.

—La vi cuando Al-Manzur ordenó retirar los cuerpos de la última ejecución.

—Eso no responde con mucha seguridad.

—En este palacio, una puerta puede existir por la mañana y convertirse en pared antes de la noche.

Maha sostuvo a Talia por el brazo sano. Los dedos rotos de la mujer habían sido envueltos con una tira de su vestido. Tenía el rostro gris y cada pocos pasos perdía la conciencia, pero seguía moviendo los pies.

—Pudiste dejarme —murmuró.

—Sí —respondió Maha.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Todavía no decido si quiero salvarte o verte sufrir más tiempo.

Talia asintió.

—Es justo.

Ligia caminaba junto a Nadira. Había dejado de hablar desde que cerraron el pozo y observaba las flores que flotaban sobre el agua. Esmeralda la llamó. La muchacha no respondió. Nadira le tocó el hombro.

—Ligia.

Ella levantó el rostro.

—La puerta sigue pronunciando su nombre.

Esmeralda sintió los fragmentos del medallón contra el pecho.

—Que lo pronuncie.

—Cada vez está más cerca.

Naima obligó al grupo a escuchar mientras avanzaban. Las dos piezas del medallón no eran una llave duplicada: la mitad de Esmeralda daba acceso a la puerta y la de Ligia podía guiarla o cerrarla. Separadas, limitaban lo que cada una podía hacer; unidas, abrían la red completa bajo el reino.

—Daruk no atraviesa un cuerpo sano solo porque lo desee —explicó—. Necesita una abertura: una marca de las tres agujas, sangre tocada por su oscuridad o una persona que responda voluntariamente al nombre con que la llama. Puede dejar ecos en varios cuerpos, pero solo dominar uno por completo.

—¿Cuál es el precio de abrir? —preguntó Esmeralda.

—La puerta toma un recuerdo para reconocer el camino. Cuanto más lejos abras, más importante será lo que intente conservar. Por eso no volverás a utilizar las dos mitades juntas sin que Ligia y yo podamos cerrarlas.

Esmeralda comprendió entonces que las lagunas de Naima no eran únicamente consecuencias del encierro. Eran pagos. También comprendió que Daruk llevaba años buscando una portadora a la que pudiera vaciar sin destruir.

Un estruendo atravesó el canal. Parte del techo se desplomó detrás de ellos y bloqueó la ruta por la que habían llegado. Esmeralda pensó en Morlevo.

—Han pasado más de tres minutos.

Safiya no volvió la cabeza.

—Si regresamos, su decisión no habrá servido para nada.

—No fue su decisión.

—Se quedó con una espada frente a veinte hombres. Me parece bastante clara.

—Dijo que desviaría a los guardias.

—Los hombres dicen muchas cosas cuando quieren que una mujer se marche sin verlos morir.

Samir endureció el brazo alrededor de Esmeralda.

—Safiya tiene razón.

Ella se apartó lo suficiente para mirarlo.

—No necesito que estés de acuerdo con ella.

—Necesitas seguir caminando.

—¿Eso hiciste cuando regresaste a la cisterna?

Samir apretó la mandíbula.

—No.

—Entonces no me pidas que sea más razonable que tú.

—Te pido que no abandones a tu madre y a Ligia por un hombre que decidió quedarse.

Las palabras la detuvieron. Samir también se detuvo, apoyado contra la pared.

—No quise decirlo de esa manera.

—Sí quisiste.

—No quiero que vuelvas por él.

—Eso es diferente.

—No para mí.

Safiya encontró el tercer arco. Detrás había una puerta de madera hinchada por la humedad.

Yasmina introdujo el sello del rey en una ranura y empujó.

La puerta se abrió hacia una sala llena de telas.

Rollos de seda, uniformes, cortinas y mantos ceremoniales ocupaban estantes que llegaban hasta el techo. El aire olía a humedad y tintes.

—Estamos debajo de los talleres —dijo Yasmina—. La salida norte está a dos patios.

—Hay soldados arriba —advirtió Nadira.

Se escuchaban botas sobre el techo. Safiya dejó a Naima sobre una mesa.

—Nos dividiremos. Yasmina llevará a Talia y Maha por la escalera de los tintoreros. Nadira vendrá conmigo, con Naima y Ligia.

—Esmeralda viene con nosotras —dijo Ligia.

—Esmeralda decidirá por dónde va —respondió Safiya.

Samir se dejó caer junto a una columna. La venda de la pierna estaba empapada.

—Él no puede continuar —dijo Esmeralda.

Safiya examinó la herida.

—Entonces se quedará.

Esmeralda se colocó delante de ella.

—No.

—No tengo personas para cargarlo.

—Yo puedo caminar —dijo Samir.

Intentó levantarse y volvió a caer. Safiya limpió la sangre de su espada en una cortina.

—Tienen cinco minutos. Después cierro el paso.

Ligia quiso protestar, pero Naima abrió los ojos.

—Ve con Safiya.

—No quiero dejarla.

—No la estás dejando. Estás permitiendo que elija.

Ligia miró a Esmeralda.

—No regreses al palacio.

Esmeralda tocó su mejilla.

—Llegaré a la salida norte.

—Eso no fue lo que dije.

Nadira tomó la mano de Ligia. Safiya cargó a Naima y cruzó una puerta situada detrás de los rollos de seda. Yasmina condujo a Maha y Talia hacia la escalera opuesta. Antes de marcharse, Maha se acercó a Esmeralda.

—Si vuelves por Morlevo, no le digas que fue una decisión inteligente.

—No pensaba hacerlo.

—Dile que todavía me debe una espada.

Maha cerró la puerta. Esmeralda y Samir quedaron solos. Las botas continuaban desplazándose sobre el techo. A través de una rendija entraba la luz rojiza del incendio que se extendía por el patio. Esmeralda se arrodilló frente a Samir y abrió la venda. La herida se había separado.

—Necesitas puntos.

—Morlevo también.

—No digas su nombre para castigarme.

Samir apoyó la cabeza contra la columna.

—No sé cómo hablar de él sin que parezca un castigo.

Esmeralda rompió una tira de seda y la presionó contra la herida.

—Lo besé antes de entrar al canal.

—Lo vi.

—También estuve con él en su habitación.

Samir cerró los ojos.

—Eso también lo vi.

—No viste todo.

—No necesito detalles.

—Necesitas la verdad.

Él abrió los ojos.

—La verdad es que regresé pensando que aún existía un lugar donde podía encontrarte igual que antes.

—Yo no soy igual.

—Lo sé.

—Tú tampoco.

Samir sujetó la mano con la que ella presionaba la herida.

—¿Lo deseas?

Esmeralda no apartó la mirada.

—Sí.

La respuesta quedó entre ellos. Samir soltó su mano.

—Gracias por no mentir.

—También te deseo a ti.

—Eso no lo hace más sencillo.

—No quería que fuera sencillo.

—¿Qué querías?

Esmeralda se sentó sobre sus piernas, evitando la herida. Samir dejó de respirar.

—Quería saber si todavía me mirabas y veías algo más que la mujer que te abandonó en Luzar.

—Nunca fuiste tú quien me abandonó.

—Regresé demasiado tarde.

—Regresaste.

Ella apoyó las manos sobre su pecho.

—Y encontraste a otra persona ocupando un lugar que creías tuyo.

Samir sostuvo su cintura.

—Tú no eres un lugar.

—Entonces no me reclames como uno.

—No sé cómo tocarte sin recordar que él lo hizo.

Esmeralda acercó la boca a la suya.

—Empieza recordando que ahora soy yo quien te está tocando.

Lo besó. Samir respondió de inmediato. La mano que sostenía su cintura descendió hasta sus caderas y la apretó contra él.

No había paciencia en su boca ni intención de fingir que el resentimiento había desaparecido.

La besaba con hambre y rabia, como si ambas cosas hubieran esperado demasiado tiempo para distinguirse.

Esmeralda abrió su camisa. Encontró nuevas cicatrices junto a las que recordaba.

Algunas eran finas; otras formaban relieves duros debajo de sus dedos.

—¿Daruk? —preguntó.

—No todas.

—¿Cuáles?

Samir atrapó su labio entre los dientes.

—No quiero hablar de él mientras estás sobre mí.

Esmeralda volvió a besarlo, pero no permitió que se levantara. Extendió varias telas sobre el suelo, lo obligó a acostarse contra los rollos y desató la venda de la pierna para comprobar que la herida no se hubiera abierto.

—No vas a sostenerme contra una pared con esa pierna —dijo.

—Había imaginado una reunión menos razonable.

—Yo también. Después te vi sangrar sobre una muleta.

Samir le sostuvo el rostro y esperó a que ella decidiera la distancia.

Esmeralda se sentó sobre sus muslos, cuidando de no tocar la pierna herida, y abrió la túnica hasta dejar los pechos descubiertos.

Las manos de Samir recordaban su espalda y la curva de su cintura, pero aprendieron las cicatrices nuevas sin fingir que los meses habían desaparecido.

—Dime que pare —murmuró él.

—Te lo diré si quiero que pares.

Antes de continuar, Samir preguntó por la infusión de raíz lunar.

Esmeralda la había tomado aquella misma mañana, después de que Nadira distribuyera otra dosis entre las liberadas.

La precaución no convertía el momento en seguro ni sencillo, pero impedía que una urgencia creara una consecuencia que ninguno había elegido.

Esmeralda abrió el pantalón de Samir y lo acarició. Él dejó caer la cabeza contra las telas, con una expresión que mezclaba deseo y una vulnerabilidad que nunca le había mostrado antes de Luzar. Cuando intentó incorporarse, ella apoyó la palma sobre su pecho.

—Quédate ahí.

—No recordaba que fueras tan autoritaria.

—No conocías a la mujer que tuvo que aprenderlo.

Samir guardó silencio. Esmeralda levantó la falda, se acomodó sobre él y lo guio hasta su entrada. Permanecieron quietos durante un instante. La penetración trajo una familiaridad profunda, pero no el regreso a una vida anterior. Los cuerpos se reconocían; las personas todavía tenían que hacerlo.

Ella descendió despacio. Samir cerró las manos sobre sus caderas sin dirigir el movimiento. Esmeralda estableció el ritmo, primero cuidadoso para no exigirle a la pierna y después más intenso cuando el placer empezó a imponerse al dolor que había entre ambos.

—Te recordaba así —dijo él.

—No soy un recuerdo.

Samir abrió los ojos.

—No. Eres más difícil.

Esmeralda lo besó. La mano de él subió por su vientre y acarició uno de sus pechos. La otra permaneció sobre su cadera, atenta a cualquier vacilación. Cuando Esmeralda aumentó el ritmo, Samir introdujo los dedos entre ambos y encontró el punto que la hizo inclinarse sobre su cuerpo.

El orgasmo llegó con una mezcla de alivio y duelo. Esmeralda apretó las piernas alrededor de Samir y ocultó el sonido contra su cuello. Él se retiró antes de terminar y se derramó sobre las telas, aferrado a la cintura de ella.

Permanecieron abrazados hasta que la respiración de ambos se calmó. Samir limpió la piel de Esmeralda con un extremo de la seda y volvió a vendarse la pierna mientras ella lo ayudaba.

—Esto no borra lo que ocurrió con Morlevo —dijo.

—No te pedí que lo borrara.

—Tampoco significa que pueda aceptar sin dolor que lo desees.

—No soy algo que puedas compartir o perder. Todavía no sé qué relación puedo construir con cada uno, pero no volveré a responder como si mi cuerpo fuera una deuda.

Samir aceptó la frase sin apartar la mano de su cintura. La honestidad dolía más que la reunión que había imaginado, aunque al menos les pertenecía a ambos y no a las imágenes con que Daruk intentaba dirigirlos.

Un golpe sonó detrás de los rollos de seda. Esmeralda se separó, arregló la ropa y aseguró la venda de Samir antes de alcanzar la espada. Safiya apareció por la abertura con sangre en la mitad del rostro.

—Ligia ha desaparecido.

Esmeralda se levantó.

—Estaba con Nadira.

—Nadira regresó a buscarla.

—¿A dónde fue?

—Ligia escuchó tu nombre y corrió hacia el canal.

Samir tomó la espada.

—La puerta la está llamando.

—No —respondió Esmeralda—. Me está utilizando para llamarla a ella.

Otro cuerno sonó en el patio. Yasmina regresó por la escalera, jadeando.

—Al-Manzur ha dado una orden nueva. Deben capturar viva a Zahra y matar a quienes la acompañen.

—¿Morlevo? —preguntó Esmeralda.

Yasmina bajó la mirada.

—La orden lleva su sello.

El silencio fue más violento que el cuerno. Safiya levantó la espada.

—Sabía que terminaría obedeciendo.

—No conoces a Morlevo —dijo Esmeralda.

—Lo conozco desde antes de que tú aprendieras su nombre.

—Entonces sabes que el rey puede utilizar su sello sin que él lo entregue.

—También sé que los comandantes siempre encuentran una razón honorable para cerrar una puerta.

Esmeralda miró el canal bloqueado.

—Voy a buscar a Ligia.

—Yo iré por Nadira —respondió Safiya.

Samir intentó avanzar. La pierna volvió a fallarle. Esmeralda lo sostuvo.

—Tú llegarás a la salida norte.

—No vas sola.

—Si Ligia escucha mi nombre, soy la única que puede conseguir que se detenga.

—¿Y Morlevo?

Esmeralda no respondió. Samir leyó la respuesta en su rostro.

—No regreses por él.

—No puedo prometerlo.

—Acabas de pedirme que aceptara la verdad. Acepta tú esta: si vuelves al palacio, Al-Manzur te encerrará.

—Entonces tendrás que regresar por mí otra vez.

Samir sujetó su nuca y la besó.

—No conviertas eso en una costumbre.

Esmeralda se apartó antes de que el beso consiguiera detenerla. Safiya abrió la puerta del canal.

—Si encontramos a Morlevo al frente de los guardias, no esperaré una explicación.

—Si intentas matarlo, tendrás que pasar por mí.

—Tal vez ese sea el precio que llevamos evitando desde Luzar.

Salieron. Encontraron a Nadira junto al primer arco.

Estaba inconsciente, con una marca negra alrededor del cuello.

Ligia no estaba con ella. Sobre la pared, alguien había escrito una frase con tinta verde: LA HIJA MENOR AbrE.

LA MAYOR REGRESA. Esmeralda tocó las letras.

La tinta todavía estaba húmeda. Desde el otro lado del muro llegó el choque de dos espadas.

Safiya encontró una abertura entre las piedras y la atravesó.

Esmeralda la siguió. Entraron en el patio de ejecuciones.

Había cuerpos alrededor del cadalso y fuego en las galerías.

Los soldados de Al-Manzur luchaban contra hombres que todavía llevaban el uniforme de Morlevo.

Ninguno parecía saber quién controlaba el palacio.

Morlevo estaba junto a la puerta norte. Tenía una espada en cada mano y el cuerpo cubierto de sangre.

A sus pies yacía el mensajero que llevaba la máscara dorada del rey.

Ligia se encontraba detrás de él. Tres soldados cerraban el paso. Morlevo vio a Esmeralda.

—Te dije que no regresaras.

Ella recogió una espada del suelo.

—Y yo te dije que no cerraras la entrada.