Capítulo 23 La rebelión #2
—Hay que cortar la cuerda central —dijo Yasmina.
—Si la cortamos, la jaula puede caer —respondió Esmeralda.
—O subir.
—Esa diferencia importa.
Yasmina señaló los símbolos grabados sobre cada peso.
—El primero lleva el sello de Al-Manzur. El segundo, el de Daruk. El tercero no tiene nombre.
Ligia se acercó.
—El tercero es de ella.
Miró a Naima. Esmeralda sostuvo el medallón frente al contrapeso sin marca. La piedra se iluminó y comenzó a elevarse. La jaula ascendió unos centímetros.
—Otra vez —dijo Morlevo.
Estaba de pie, aunque las líneas negras rodeaban su cintura bajo la camisa.
Esmeralda acercó el medallón. El contrapeso subió y la estructura emergió del agua.
Las manos del fondo sujetaron los tobillos de Naima.
Ella gritó. Samir se lanzó sobre el borde y golpeó los dedos con la muleta.
Algunos se rompieron; otros se enroscaron alrededor de la madera y estuvieron a punto de arrastrarlo.
Esmeralda sujetó a Samir por el cinturón.
Morlevo tomó la otra pierna de Naima y tiró de ella.
—¡Corten las correas!
Safiya saltó sobre la estructura. Su espada atravesó la primera correa y después la segunda.
La jaula se inclinó. Naima cayó hacia el borde y Morlevo consiguió atraparla por los brazos.
Daruk avanzó hacia Ligia. Nadira se interpuso, pero una de las mujeres blancas se colocó la máscara de una niña y pronunció su nombre.
Nadira vaciló. La criatura la golpeó contra el muro. Daruk sujetó a Ligia por el cabello.
—Dile que abra.
Ligia no gritó.
—Ya está abierta.
El fondo del pozo desapareció. No fue la oscuridad lo que cambió, sino la distancia. Esmeralda sintió que la cámara se inclinaba hacia un espacio más profundo que la tierra. Cientos de voces pronunciaron nombres al mismo tiempo. Daruk arrastró a Ligia hasta el borde.
—Escoge uno.
—Ninguno te pertenece.
—No necesito que me pertenezca. Solo necesito que responda.
Esmeralda abandonó el medallón junto al contrapeso y corrió hacia ellos. Daruk colocó una mano alrededor del cuello de Ligia.
—Da otro paso y la arrojo.
Esmeralda se detuvo.
—La necesitas viva.
—Necesitaba que abriera la puerta.
Ligia hundió los dedos en las líneas negras del brazo de Daruk.
Él contrajo el rostro. La muchacha tiró.
Una de las líneas salió de su piel como un hilo mojado.
Se retorció entre los dedos de Ligia y produjo un sonido agudo, casi humano.
Daruk la soltó. Esmeralda alcanzó a su hermana y la apartó del borde.
Safiya atacó a Daruk por la espalda. La espada atravesó su cuerpo y salió por el pecho. Esta vez hubo sangre.
Daruk contempló la hoja con sorpresa. Después sonrió y sujetó el filo con ambas manos.
—Por fin aprendiste dónde cortar.
Safiya giró la espada. Daruk se arrancó de ella y cayó de rodillas.
Las líneas negras abandonaron su cuerpo.
Corrieron sobre el suelo y entraron en una de las mujeres blancas.
La criatura dejó caer la máscara que sostenía.
Su rostro se transformó. Primero aparecieron la boca de Daruk, después sus ojos y la cicatriz que atravesaba su costado.
Cuando terminó, había dos hombres idénticos dentro de la cámara: uno arrodillado y cubierto de sangre; el otro completamente desnudo junto al muro. Safiya levantó la espada.
El Daruk herido se echó a reír.
—Escoge.
Ambos pronunciaron la palabra al mismo tiempo. Morlevo sostenía a Naima contra su pecho. La mujer, apenas consciente, levantó una mano ensangrentada y señaló al hombre desnudo.
—Ese no tiene sombra.
Safiya atacó al otro. La espada cortó el cuello del Daruk arrodillado. La cabeza cayó cerca del pozo y se deshizo en una masa blanca. El verdadero Daruk atravesó la abertura situada detrás del mecanismo. Morlevo intentó seguirlo, pero las piernas no lo sostuvieron.
—Déjalo —dijo Esmeralda.
—Volverá.
—Tú también tienes que conseguir hacerlo.
Las voces del pozo aumentaron. Ligia se cubrió los oídos.
—No puedo cerrarla.
—Dijiste que necesitaba un nombre —respondió Esmeralda.
—Uno que todavía le pertenezca a alguien.
Naima abrió los ojos debajo del velo.
—No le des el tuyo.
Esmeralda recogió el medallón.
—Me lo quitaron antes de que pudiera decidir si quería conservarlo.
—Zahra no es una llave.
—Tampoco Esmeralda.
Se acercó al borde con Ligia. La oscuridad se agitó. Entre las voces escuchó a la mujer del granero, a las niñas de Luzar y a otras que no había conocido. Todas pronunciaban nombres perdidos. Esmeralda sostuvo el medallón entre sus manos.
—Me llamo Zahra.
El pozo respondió. La palabra regresó desde el fondo, repetida por cientos de voces. Ligia sujetó la mano de Esmeralda.
—No basta con decirlo. Tienes que reclamarlo.
Esmeralda sintió el calor del medallón atravesando la piel.
—Ese nombre es mío. No pertenece a Al-Manzur, a Daruk ni a la sangre que intentaron utilizar. Yo decido cuándo responder a él.
La corona grabada se abrió por la mitad.
Una luz verde descendió por el pozo. Las manos se soltaron del borde y las voces comenzaron a apagarse.
La puerta se cerró con un golpe que hizo caer parte del techo.
Esmeralda protegió a Ligia con el cuerpo.
Morlevo cubrió a Naima. Safiya, Yasmina y las liberadas arrastraron a Maha y Talia lejos de las piedras.
Cuando el temblor terminó, el pozo volvía a ser una abertura negra.
El medallón se había partido. Naima contempló las dos mitades.
—Ahora sabe cómo llamarte.
Esmeralda guardó los fragmentos dentro del vestido.
—Tendrá que esperar a que yo responda.
Un cuerno sonó en la galería. Morlevo levantó el rostro.
—Guardias.
Yasmina se acercó a la abertura que Safiya había hecho en el muro.
—Ese corredor conduce al canal exterior.
—También pasa debajo del patio de ejecuciones —dijo Morlevo—. Al-Manzur habrá cerrado las salidas.
—No todas —respondió Safiya—. Tus hombres abrieron la puerta norte.
—Mis hombres no obedecen a Safiya.
—Los que quieren vivir sí.
Morlevo entregó a Naima a Esmeralda.
—Llévatela.
—Vienes con nosotros.
—Alguien tiene que detener a los guardias.
—No vas a contener una compañía con una herida abierta.
—No necesito contenerla. Solo conseguir que siga la ruta equivocada.
Samir recogió la espada de Safiya.
—Yo me quedaré.
—Tú apenas puedes sostenerte —respondió Morlevo.
—Y tú tienes algo moviéndose debajo de la piel.
Las líneas negras habían alcanzado el pecho del comandante. Naima apoyó una palma ensangrentada sobre su herida. Morlevo contuvo el aire. La oscuridad retrocedió, aunque dejó un círculo negro alrededor de la venda.
—No pude sacarlo todo —dijo Naima—. Daruk sigue unido a lo que dejó dentro de ti.
—¿Puede controlarlo? —preguntó Esmeralda.
—Puede intentarlo.
Los guardias golpearon la cortina de metal. Una voz ordenó abrir en nombre de Al-Manzur. Morlevo miró a Safiya.
—Sácalos por el canal.
—No recibo órdenes tuyas.
—Entonces considéralo una oportunidad de demostrar que puedes mantenerlos vivos.
Safiya sostuvo su mirada durante un instante.
—Tres minutos.
—Necesito cinco.
—Solo tienes sangre para tres.
Safiya pasó un brazo de Naima alrededor de sus hombros. Nadira cargó a Ligia, aunque la muchacha protestó. Yasmina y dos liberadas levantaron a Talia. Maha caminó junto a ellas con una mano apoyada sobre las costillas. Esmeralda se acercó a Morlevo.
—No cierres la entrada detrás de ti.
Él tocó la marca roja que el aro había dejado alrededor de su cuello.
—No regreses por mí.
—Ya deberías saber que no obedezco bien.
Morlevo inclinó la cabeza y la besó. No fue un beso largo, pero tampoco tuvo nada de despedida.
Sus dientes rozaron el labio inferior de Esmeralda y una mano se cerró sobre su cintura con la misma fuerza que había utilizado sobre la mesa.
Samir los observó desde la abertura. Cuando Morlevo se apartó, Esmeralda todavía sentía el sabor de su sangre.
—Tres minutos —repitió Safiya.
Esmeralda siguió a los demás. Detrás de ella, Morlevo derribó la lámpara sobre las máscaras y esperó a los hombres del rey entre el fuego.