La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 23 La rebelión
65%

Capítulo 23 La rebelión

LA REBELIÓN

Daruk retrocedió por primera vez. No fue más que un paso, pero Esmeralda lo vio. También vio cómo las líneas negras de su pecho se contraían, como raíces sorprendidas por una luz demasiado intensa. Ligia avanzó hacia el pozo.

Tenía el vestido rasgado a la altura de las rodillas y una costra de sangre seca detrás de una oreja.

Parecía más delgada que cuando Esmeralda la había visto por última vez, aunque había algo nuevo en su manera de caminar, una serenidad que no pertenecía a la niña que se ocultaba en el granero para llorar sin que nadie la escuchara. Esmeralda quiso abrazarla.

—No te acerques —gritó Naima.

Ligia se detuvo junto al medallón caído.

—No voy a hacerle daño.

—No hablaba contigo.

Naima volvió el rostro cubierto hacia Esmeralda.

—La puerta ya conoce tu sangre. No permitas que conozca la de ella.

Daruk recuperó la sonrisa.

—Llegamos tarde para eso.

Safiya cruzó una de las espadas delante de su cuerpo.

—Aléjate de la muchacha.

—¿Vas a protegerla ahora? —preguntó Daruk—. La dejaste escuchar la piedra durante tres noches.

Safiya apretó la mandíbula.

—Dijiste que eran sueños.

—Dije que podías llamarlos así si te ayudaba a dormir.

Esmeralda miró a Ligia.

—¿Qué escuchaste?

La muchacha observaba el interior del pozo.

—Mujeres.

—¿Las criaturas?

—No. Las que estaban antes.

Un golpe subió desde el fondo. Las manos que habían surgido alrededor del borde arañaron la piedra, buscando una superficie a la cual aferrarse. Ligia inclinó la cabeza.

—Dicen que les quitaron los nombres antes de arrojarlas.

Las piezas metálicas de la cortina comenzaron a vibrar.

Esmeralda sintió que cada nombre grabado producía un sonido diferente.

Algunos eran apenas un roce; otros golpeaban el metal con una violencia que le hizo pensar en dientes chocando dentro de una boca cerrada. Daruk extendió una mano hacia Ligia.

—Tú puedes abrirles.

Safiya se interpuso.

—Si vuelves a hablarle, te cortaré la lengua.

—Ya me cortaron otras partes y todas aprendieron a crecer de nuevo.

Las líneas negras ascendieron por el cuello de Daruk. Una de ellas alcanzó su mejilla y se introdujo bajo el párpado. Ligia no apartó la mirada.

—No crecieron. Te reemplazaron.

La sonrisa desapareció. Morlevo recogió una de las espadas de Safiya que había caído cerca del muro.

—Saca a Ligia de la cámara.

Nadira apareció detrás de la muchacha y trató de tomarla por los hombros. Ligia se resistió.

—Si salgo, la puerta terminará de abrirse.

—¿Y si te quedas? —preguntó Esmeralda.

—También.

—Entonces dime qué necesita.

—Un nombre que todavía le pertenezca a alguien.

Naima tiró de las correas.

—No le respondan. El pozo utiliza la voz de quien lo escucha.

—No es el pozo —dijo Ligia—. Está debajo.

El suelo volvió a temblar. Una grieta atravesó la piedra desde el borde hasta los pies de Daruk.

Él perdió el equilibrio y Safiya aprovechó para atacarlo.

La espada entró debajo de sus costillas, aunque no brotó sangre.

Una sustancia oscura envolvió la hoja y avanzó hacia la mano de Safiya.

Ella soltó el arma. Daruk le dio un golpe en el rostro.

Safiya cayó contra la rueda que controlaba las cadenas y la estructura de Naima descendió otro tramo.

El agua negra alcanzó la cintura de la mujer.

—¡Mamá! —gritó Esmeralda.

Se arrojó sobre el mecanismo. Morlevo llegó al mismo tiempo y ambos consiguieron contener la rueda, aunque los engranajes continuaron moviéndose debajo de sus manos.

—Samir —dijo Morlevo—. Busca el seguro.

Samir se arrastró hasta la base. La pierna herida dejaba un rastro de sangre, pero sus manos recorrieron las uniones del mecanismo hasta encontrar una palanca oculta. Tiró de ella. Nada ocurrió.

—Está bloqueada desde el otro lado.

Yasmina atravesó los barrotes levantados.

—La cámara de contrapeso está detrás de esa pared.

—¿Cómo se abre? —preguntó Samir.

—Con el sello del rey.

Yasmina levantó la pieza que había robado de las habitaciones de Al-Manzur. El oro llevaba grabado un rostro sin ojos. Lo introdujo en una abertura situada junto al suelo. La pared no respondió. Daruk soltó una carcajada.

—Ese sello abre las puertas que el rey admite haber construido.

Talia seguía arrodillada junto a Maha. Ayudó a la muchacha a incorporarse y después recogió la piedra con la que había herido a Daruk.

—Dime dónde está el verdadero mecanismo.

—Ya te entregué una ficha —respondió él—. No abuses de mi generosidad.

Talia avanzó hacia Daruk.

—Pasé doce años creyendo que un hombre que me compró podía devolverme la libertad.

—Y necesitaste todos esos años para comprender una frase sencilla.

—Necesité doce años para llegar lo bastante cerca.

Se lanzó sobre él. Daruk la sujetó por el cuello antes de que la piedra alcanzara su pecho. La levantó con una sola mano y la arrojó contra los barrotes. El cuerpo de Talia golpeó el metal. Maha gritó su nombre. Daruk se acercó con calma y apoyó un pie sobre la mano herida de la mujer.

—Las personas como tú siempre confunden arrepentimiento con valor.

Presionó hasta que los dedos crujieron. Talia apretó los dientes, pero no gritó.

Maha se abalanzó contra Daruk. Samir intentó detenerla, aunque la muchacha se deslizó debajo de su brazo y clavó los dientes en la muñeca del hombre.

Daruk la golpeó con el dorso de la mano.

Morlevo abandonó la rueda. La estructura que sostenía a Naima descendió con violencia, pero Esmeralda consiguió sujetarla sola durante un instante.

Morlevo alcanzó a Daruk antes de que volviera a tocar a Maha.

Lo golpeó en la garganta y después en el rostro.

Daruk respondió hundiendo los dedos en la herida del costado del comandante.

Morlevo cayó de rodillas. Las líneas negras salieron de la mano de Daruk y entraron en la venda ensangrentada.

Esmeralda sintió que la rueda se le escapaba.

—¡Ligia!

La muchacha recogió el medallón. La corona verde se iluminó entre sus dedos y todas las cadenas se tensaron. Naima levantó la cabeza.

—Suéltalo.

Ligia cerró la mano.

—La puerta lo reconoce.

—Precisamente por eso.

—También te reconoce a ti.

Naima dejó de forcejear. Ligia se acercó al borde y sostuvo el medallón sobre la oscuridad.

—Dice que no eres mi madre.

Esmeralda volvió el rostro. Safiya se había incorporado, pero no miró a Daruk ni a las criaturas. Miró a Naima.

—¿Qué significa eso?

Naima permaneció en silencio. Daruk apretó los dedos dentro de la herida de Morlevo.

—Díselo. Después de tantos años, las mentiras deben de pesar más que las cadenas.

Safiya le dio una patada y consiguió apartarlo del comandante. Ligia no retiró el medallón.

—Sé que me encontraste aquí.

—Te encontré debajo del palacio —respondió Naima.

—Dentro del pozo.

—No.

—La piedra recuerda tus manos.

Naima dejó caer la cabeza.

—Había una cámara detrás del pozo. Al-Manzur llevaba allí a las niñas que nacían con los ojos verdes. Algunas morían. Otras dejaban de ser niñas.

Esmeralda sintió que los engranajes cortaban la piel de sus palmas.

—¿Ligia estaba en esa cámara?

—Estaba viva cuando las demás ya no respiraban.

—¿De quién era hija?

—Nunca lo supe.

Ligia apretó el medallón contra su pecho. Esmeralda esperó que llorara. La muchacha solo contempló a Naima con una expresión vacía.

—Entonces no somos hermanas.

—La sangre no fue lo que hizo que durmieras junto a mí durante las tormentas —dijo Esmeralda—. Tampoco fue la que me hizo regresar a buscarte.

Ligia la miró.

—Ella dijo que no dejara que me obligaran a llamarte hermana.

—Porque Daruk quiere convertir todo lo que amas en una cerradura —respondió Naima—. No porque no seas parte de ella.

Daruk se levantó. Tenía la boca cubierta por una sangre demasiado oscura.

—Qué conmovedor. La mujer que robó una hija intenta explicar por qué no fue un secuestro.

Safiya recuperó la segunda espada.

—Tú no puedes hablar de niñas robadas.

—Yo las convertí en algo útil.

Antes de que las criaturas avanzaran, una tercera figura vestida de blanco cruzó los barrotes. No llevaba máscara. Soraya tenía el cabello recogido con agujas de cobre y una quemadura reciente le atravesaba la palma, recuerdo de la contraseñal que Ligia había enviado desde las canteras.

Safiya levantó la espada.

—Da otro paso y no terminarás de pronunciar el conjuro.

—No es un conjuro —respondió Soraya—. Es una ley escrita sobre un cuerpo. Yo escribí demasiadas.

La sacerdotisa miró a Nadira. Por primera vez, la seguridad ceremonial desapareció de su rostro.

—Tu hijo murió antes de que yo comprendiera que Daruk no utilizaba nuestros sellos para devolver a nadie al templo. Conservaba a los marcados, vaciaba sus recuerdos y enseñaba a esas criaturas a usar sus rostros.

—Comprenderlo tarde no lo resucita —dijo Nadira.

—No. Tampoco me absuelve.

Soraya partió contra el suelo la insignia de las tres agujas. Los sellos ocultos en las criaturas se encendieron y dos cuerpos blancos cayeron de rodillas. La tercera continuó avanzando, sostenida por las líneas negras de Daruk.

—No he venido a salvarlas —añadió mientras la sangre bajaba por sus dedos—. He venido a destruir el sistema que ayudé a construir. Daruk conserva nuestros rostros y piensa prescindir de quienes sabemos cómo fueron hechos. Tienen el tiempo que tarde en reconstruir la señal.

Abrió la puerta lateral del templo y se apartó. Nadira sostuvo su mirada sin aceptar una disculpa que Soraya no había pedido. La ayuda no borraba a las mujeres marcadas ni convertía a la sacerdotisa en aliada; solo demostraba que, por primera vez, había elegido a quién desobedecer.

—Nos vamos.

—Todavía no.

La muchacha puso el medallón en manos de Esmeralda.

En cuanto sus dedos se tocaron, una luz verde atravesó las grietas del suelo.

El mecanismo dejó de moverse. La estructura quedó suspendida con Naima sumergida hasta el pecho.

Samir encontró una segunda palanca y tiró de ella.

Esta vez una sección de la pared se abrió, dejando al descubierto tres contrapesos de piedra.