Capítulo 22 La puerta despierta
LA PUERTA DESPIERTA
El pozo ocupaba el centro de una cámara circular. Era mucho más ancho de lo que había imaginado y no permitía ver el fondo. Varias cadenas descendían hacia la oscuridad. Otras sostenían una estructura de hierro suspendida sobre el vacío. Dentro había una mujer.
El cabello, casi blanco, le caía hasta la cintura.
Llevaba una túnica verde sujeta por correas y un velo de cobre cubría la parte superior de su rostro.
Sus manos estaban abiertas a ambos lados del cuerpo.
De cada palma salía un hilo de sangre que recorría los brazos y goteaba dentro del pozo. Esmeralda se acercó al borde.
—Mamá.
La mujer levantó la cabeza. El velo ocultaba sus ojos, pero la boca comenzó a temblar.
—No uses ese nombre.
La voz era más áspera que la que Esmeralda recordaba. Habían pasado años desde la última vez que la escuchó. Aun así, reconoció la forma en que pronunciaba cada palabra, como si temiera que las paredes pudieran quedarse con alguna parte de ella.
—Soy Esmeralda.
—Ese tampoco es tu nombre.
El medallón ardió. Morlevo, Samir, Maha y Talia atravesaron la cortina.
—¿Naima? —preguntó Morlevo.
La mujer volvió el rostro hacia él.
—El verdugo conserva su espada.
Morlevo se detuvo.
—Vine a sacarte de aquí.
—Eso les dices a todas cuando la puerta ya está cerrada.
Una hilera de barrotes cayó delante de la cortina. Morlevo empujó a Maha fuera de su trayectoria. Talia quedó al otro lado.
—¡Esmeralda! —gritó.
Los barrotes separaron la cámara en dos. Talia golpeó el metal con ambas manos.
—No sabía que haría esto.
Daruk salió de una abertura situada detrás del pozo. Ya no vestía las ropas oscuras del consejo. Llevaba una túnica blanca abierta sobre el pecho. Las líneas negras cubrían su cuello, descendían por los hombros y desaparecían debajo de la tela.
—Siempre resulta conmovedor escuchar la misma mentira dos veces —dijo.
Talia se volvió hacia él.
—Me prometiste que podría acompañarlos.
—Y los acompañaste.
—Dijiste que no los matarías.
—Todavía no he matado a nadie.
Maha se abalanzó contra los barrotes y alcanzó el brazo de Talia.
—¡Abre la puerta!
Talia buscó un mecanismo entre los nombres de metal.
Daruk alzó dos dedos. Las máscaras de las paredes comenzaron a desprenderse.
Primero cayeron los rostros de yeso. Después descendieron los cuerpos que habían permanecido ocultos dentro de las cavidades.
Eran mujeres blancas, desnudas y sin rasgos.
Cada una sostenía una máscara contra el pecho.
Una colocó sobre su cara el rostro de Karim.
Otra eligió el de Maela. La tercera utilizó el de Esmeralda.
Samir retrocedió al verla. La criatura sonrió con su boca.
—No será con él —dijo.
Esmeralda reconoció las palabras de la adivina de Luzar.
Samir golpeó a la criatura con la muleta.
El rostro se deformó, aunque recuperó su forma antes de que pudiera golpearla otra vez.
Morlevo atravesó el pecho de la mujer con la espada.
Una sustancia negra cubrió la hoja y comenzó a avanzar hacia su mano. Soltó el arma.
—No utilicen metal.
Daruk se acercó al mecanismo que controlaba la estructura suspendida.
—La sangre mayor no abre el pozo, pero puede despertarlo. La menor escucha lo que duerme debajo de la piedra. Juntas habrían sido perfectas.
—Ligia está lejos —dijo Esmeralda.
—Eso crees porque Safiya deseaba que lo creyeras.
—Rashid no consiguió alcanzar el desfiladero.
—Rashid no era el único que la buscaba.
Naima tiró de las correas.
—No lo escuches, Zahra.
—¿Ligia está aquí?
—No dejes que te obligue a llamarla hermana.
Daruk giró una rueda. La estructura de hierro descendió.
Esmeralda corrió hasta el mecanismo. Una de las mujeres blancas se interpuso con el rostro de Maela.
Esmeralda hundió el cuchillo en su cuello, pero la criatura sujetó la hoja y comenzó a absorber el metal.
Esmeralda abandonó el arma y la golpeó con la lámpara.
El aceite se extendió sobre el cuerpo blanco.
Morlevo lanzó una antorcha caída. El fuego cubrió a la criatura y deformó el rostro de la anciana hasta convertirlo en una masa sin facciones.
Samir luchaba contra la mujer que llevaba la cara de Esmeralda. Cada golpe parecía resultarle más difícil que el anterior.
—No la mires —gritó Esmeralda.
—Tiene tu voz.
—Pero no sabe lo que tú recuerdas.
Samir cerró los ojos. La criatura se lanzó sobre él.
Samir apoyó la muleta contra su garganta y utilizó el peso del cuerpo para arrojarla al pozo.
La mujer cayó sin emitir ningún sonido. El rostro de Esmeralda continuó mirándolos hasta desaparecer en la oscuridad.
La estructura descendió otro tramo. Los pies de Naima tocaron el interior del pozo.
—¡Deténla! —gritó Esmeralda.
Morlevo alcanzó a Daruk. Lo golpeó contra la rueda y cerró una mano alrededor de su garganta. Las líneas negras se extendieron por los dedos de Morlevo. El comandante no lo soltó. Daruk sonrió.
—Ahora comprendes por qué necesitaba que regresaras.
La oscuridad alcanzó la muñeca de Morlevo.
Esmeralda tomó una de las cadenas y la envolvió alrededor del brazo de Daruk.
La sangre de Naima había cubierto algunos eslabones.
Al entrar en contacto con ella, las líneas negras retrocedieron.
Daruk perdió la sonrisa. Morlevo lo arrojó contra el borde del pozo.
—Su sangre te debilita.
—Su sangre alimenta algo peor.
La pared tembló. Desde el fondo llegó un golpe tan fuerte que las cadenas se tensaron. Las mujeres blancas dejaron de atacar y volvieron sus rostros hacia la oscuridad. Naima levantó la voz.
—¡No permitas que me baje!
Esmeralda sujetó la rueda. El metal le quemó las manos, pero consiguió detenerla.
—¿Cómo la subimos?
—El medallón —respondió Daruk—. Colócalo en la máscara vacía.
En la base del mecanismo había una cavidad con la forma de una corona.
—No lo hagas —advirtió Naima.
La estructura volvió a descender. El agua negra ya le cubría los tobillos.
—Morirá —dijo Daruk.
—Eso es lo que quieres.
—La necesito viva. El pozo no.
Otro golpe sacudió la cámara. Una grieta apareció alrededor del borde. Dedos pálidos comenzaron a salir de la piedra. Samir intentó mover la rueda junto a Esmeralda. La pierna herida cedió y cayó de rodillas. Morlevo ocupó su lugar.
—Busca otra forma de abrir el mecanismo.
Samir miró el medallón.
—El mensaje decía que la sangre mayor no podía abrir la entrada.
—Porque la entrada necesita a Ligia —respondió Esmeralda.
Naima se agitó dentro de las correas.
—Ligia no debe tocar esa puerta.
—Entonces dime cómo sacarte.
—Déjame caer.
—No.
—Zahra, escúchame. Si me subes, Daruk conservará la llave. Si me dejas caer, solo tendrá una hija.
Daruk se lanzó hacia Esmeralda. Morlevo lo interceptó, pero las líneas negras volvieron a envolver sus brazos.
Esta vez avanzaron debajo de la camisa y alcanzaron la herida del costado.
Morlevo cayó contra la rueda. El mecanismo comenzó a girar.
Esmeralda apoyó el medallón sobre la cavidad. La corona se iluminó.
—¡No! —gritó Naima.
Una mano apareció entre los barrotes y arrancó el medallón antes de que entrara por completo. Talia lo sostuvo al otro lado. Esmeralda corrió hacia ella.
—¡Devuélvemelo!
—Si abres el pozo, Daruk gana.
—Mi madre está cayendo.
Talia miró a Naima y después la ficha inútil que todavía llevaba atada a la cintura.
Durante un instante, Esmeralda creyó que volvería a entregarla.
Talia colocó el medallón sobre una de las piezas con nombres.
La palabra Yasmina se iluminó. Al otro lado del muro, una cerradura respondió. Daruk volvió el rostro.
—¿Qué has hecho?
La pared se abrió. Yasmina apareció con una llave en una mano y el sello de Al-Manzur en la otra. Había perdido el velo y una herida le atravesaba la frente.
—Algo que debí hacer antes de aprender a inclinarme —respondió.
Introdujo la llave en el mecanismo de los barrotes.
—Si abres esa puerta, no podrás regresar a las habitaciones del rey —dijo Daruk.
—Ya no pienso regresar.
—Al-Manzur hará ejecutar a tus hijos.
La mano de Yasmina se detuvo.
—Mis hijos murieron en la primera ciudad que le entregaste a Rashid.
Giró la llave. Los barrotes comenzaron a levantarse. Talia lanzó el medallón hacia Esmeralda. Daruk intentó atraparlo, pero Maha se aferró a su pierna. Él la golpeó y la muchacha cayó contra el suelo. Talia tomó la piedra afilada que Maha había dejado y se la hundió a Daruk en la mano.
—Esa es por la ficha —dijo.
El medallón cayó cerca del pozo. Esmeralda corrió. La estructura que sostenía a Naima se inclinó. Una de las cadenas se había roto y el agua negra le llegaba hasta las rodillas. Esmeralda se arrodilló y extendió el brazo. Sus dedos tocaron los de su madre.
—No voy a soltarte.
Naima intentó apartarse.
—Cuando veas el rostro del rey, no permitas que te diga quién eres.
—Podrás decírmelo tú.
—Yo fui la primera que mintió.
La cadena restante crujió. Antes de romperse, una explosión sacudió la galería.
Parte del muro cayó dentro de la cámara.
El agua de la cisterna entró con fuerza y arrastró máscaras, herramientas y cuerpos blancos.
Entre el polvo apareció Safiya. Llevaba una espada corta en cada mano y la cicatriz de su cuello estaba cubierta de sangre.
Detrás de ella avanzaban seis liberadas.
—Espero no haber interrumpido otro consejo —dijo.
Daruk arrancó la piedra de su mano.
—Llegaste tarde.
Safiya contempló a Naima suspendida sobre el pozo.
—Todavía no.
Una figura pequeña apareció detrás de las mujeres. Tenía el cabello mojado, los pies descalzos y las manos cubiertas de polvo rojizo. Esmeralda dejó de respirar.
—Ligia.
La muchacha levantó el rostro. Sus ojos no se dirigieron hacia Esmeralda. Miraron directamente a Daruk.
—La puerta está despierta —dijo.