La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 21 La cámara de los nombres
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Capítulo 21 La cámara de los nombres

LA CÁMARA DE LOS NOMbrES

—Comandante, Talia ha desaparecido.

Morlevo tomó la daga.

—¿Cómo?

—El guardia afirma que una mujer con túnica gris ordenó trasladarla.

—Maela estaba con nosotros.

—No era Maela. Cuando descubrieron el engaño, la habitación ya estaba vacía.

—¿Y Maha? —preguntó Esmeralda.

El soldado bajó la mirada.

—Los sanadores dicen que alguien se la llevó.

Sobre el patio comenzó a sonar la tercera campana. Cada golpe era más grave que el anterior y hacía vibrar las armas de la pared. Morlevo abrió la puerta.

—Daruk no trasladará solo a la portadora.

Esmeralda ocultó el cuchillo bajo la manga y salió primero.

—Entonces tendremos que encontrar a tres mujeres antes de que él decida cuál necesita viva.

La tercera campana dejó de sonar cuando alcanzaron la escalera que descendía hacia la cisterna.

Morlevo ordenó a los soldados que cerraran las puertas del patio y buscaran a Maela.

Antes de dejarlos marchar, les hizo repetir la orden y les advirtió que no obedecieran a ninguna mujer con túnica gris, aunque llevara el bastón, el velo o la voz de la anciana.

—¿También pueden copiar voces? —preguntó Esmeralda.

—La criatura que encontramos pronunció el nombre de uno de mis hombres como lo hacía su esposa —respondió Morlevo—. Ella murió hace tres años.

Samir apoyó la muleta sobre el primer escalón.

—No imitan solamente rostros. Utilizan lo que uno necesita reconocer.

—Daruk dijo que estaban aprendiendo de él —recordó Esmeralda.

—Daruk considera aprendizaje cualquier cosa que consiga destruir a otra persona.

Morlevo tomó una lámpara de la pared y comenzó a descender.

Esmeralda caminó detrás. Samir cerraba el grupo, pero su respiración irregular revelaba el esfuerzo que necesitaba para apoyar la pierna herida.

La escalera terminaba en una galería inundada.

El agua les llegaba hasta los tobillos y descendía por las paredes con un murmullo constante.

Las lámparas estaban apagadas. Solo la luz que Morlevo llevaba permitía distinguir los arcos de piedra y las tuberías de cobre que atravesaban el techo. Samir señaló la segunda bifurcación.

—La puerta está por allí.

—Dijiste que la marea estaba subiendo —respondió Morlevo.

—También dije que encontré una ruta.

—Una ruta por la que cuatro criaturas te permitieron escapar.

—Puedes quedarte aquí si te preocupa que vuelvan a dejarme hacerlo.

Morlevo continuó caminando. Esmeralda esperó a que Samir llegara hasta ella. El agua oscurecía su ropa desde la cintura y la venda de la pierna comenzaba a teñirse de rojo.

—Apóyate en mí.

—Puedo caminar.

—No lo estás haciendo muy bien.

Samir intentó avanzar sin ayuda. La muleta resbaló sobre una piedra cubierta de musgo y Esmeralda lo sujetó por la cintura antes de que cayera. Morlevo volvió la cabeza, pero no se acercó. Samir recuperó el equilibrio.

—No necesito que me sostengas por culpa.

—Entonces considéralo impaciencia.

—Eso resulta más fácil.

Esmeralda mantuvo una mano debajo de su brazo mientras caminaban.

—No puedo explicarte ahora lo que ocurrió en la habitación de Morlevo.

—No te lo he pedido.

—Lo has estado preguntando desde que entraste.

Samir observó la silueta del comandante delante de ellos.

—No quiero escuchar una respuesta mientras él puede oírla.

—Él ya conoce la respuesta.

El golpe de la muleta contra el suelo perdió el ritmo.

—Eso imaginaba.

—Samir.

—La puerta está cerca.

Esmeralda lo soltó antes de que el resentimiento de ambos los hiciera detenerse.

Había esperado dolor cuando él regresara, incluso rabia.

No había previsto aquella distancia, la forma en que Samir aceptaba cada herida como si necesitara conservarla para reconocer al hombre en que se había convertido.

Morlevo se detuvo frente a una abertura cubierta por raíces negras.

Apartó algunas con la espada y dejó al descubierto la puerta de cobre.

En la superficie aparecían grabadas nueve máscaras. La primera no tenía ojos. La segunda carecía de boca. Las siguientes habían sido despojadas de la nariz, las orejas o la mitad del rostro. La última era una superficie vacía. Esmeralda acercó la lámpara.

—¿Esta es la entrada del pozo?

—No —respondió Samir—. Detrás comienza la ruta.

Morlevo examinó el suelo.

—Hay huellas recientes.

Eran pequeñas y estaban descalzas. Algunas se dirigían hacia la puerta. Otras terminaban frente a la pared. Esmeralda tocó el medallón por encima del vestido. Una de las máscaras de cobre giró hacia ella. Los tres retrocedieron. Desde el otro lado llegó un golpe. Después otro.

—Maha —llamó Esmeralda.

Nadie respondió. Morlevo apoyó la espada sobre el cuello de la máscara y trató de forzarla. La hoja se hundió en la ranura, pero el mecanismo no cedió. Samir introdujo la punta de la muleta en una abertura cercana al suelo.

—Cuando salí, la puerta estaba abierta.

—Eso ya lo dijiste.

—Entonces deja de tratarla como una cerradura.

Empujó el cobre en lugar de tirar. La puerta se desplazó hacia el interior con un gemido metálico.

Detrás esperaba un corredor seco. Talia estaba arrodillada junto a Maha.

La espalda de la muchacha aparecía cubierta por una camisa limpia, aunque varias manchas de sangre atravesaban la tela.

Tenía los ojos abiertos y sostenía entre las manos una piedra afilada. Morlevo apuntó a Talia con la espada.

—Apártate de ella.

Talia levantó las manos.

—La encontré en la escalera de los sanadores.

—Desapareciste de una habitación vigilada.

—Una mujer con el rostro de Maela ordenó mi traslado. Cuando comprendí lo que era, ya me había traído hasta aquí.

—¿Cómo escapaste?

Talia señaló la piedra que Maha sostenía.

—Ella cortó una de mis ataduras. Yo golpeé a la criatura.

Maha intentó incorporarse.

—No murió.

Esmeralda corrió hacia ella.

—No deberías estar de pie.

—Tampoco tú deberías haber entrado.

Maha miró a Talia. El temor en su rostro no parecía dirigido solamente hacia el corredor.

—¿Te trajo hasta aquí? —preguntó Esmeralda.

—Me sacó de la sala donde me dejaron.

—Eso no responde.

Maha apretó la piedra.

—No sé quién trajo a quién.

Morlevo se acercó a Talia y apoyó la punta de la espada debajo de su barbilla.

—Empieza por la mujer que fingía ser Maela.

—Tenía su rostro, pero caminaba sin bastón. Nos condujo hasta la cámara de las cadenas. Allí estaban preparando a la portadora.

—¿Viste su cara?

—No. Tenía un velo sobre los ojos.

—¿Estaba consciente?

—Pronunció un nombre.

Esmeralda sintió el calor del medallón.

—¿Zahra?

Talia asintió.

—Después Daruk ordenó que la llevaran al pozo. Dijo que la hija mayor ya estaba en camino.

Samir miró la puerta que acababan de cruzar.

—Nos estaba esperando.

—Sí —respondió Morlevo.

—Entonces debemos marcharnos —dijo Talia—. Hay otra entrada por la galería oeste. Podemos llegar antes de que la bajen.

Morlevo no retiró la espada.

—La última vez que ofreciste mostrar una ruta, Esmeralda terminó con un aro alrededor del cuello.

—Esta vez regresé por Maha.

—También pudiste dejarla donde sabías que la encontraríamos.

Talia tragó saliva y la hoja rozó su piel.

—Daruk me engañó.

—Daruk te mostró exactamente lo que querías ver.

—Y ahora sé que nunca me dejará salir.

—Eso te vuelve desesperada, no leal.

Esmeralda ayudó a Maha a levantarse.

—¿Puedes caminar?

—Puedo intentarlo.

—No vendrás con nosotros.

Maha soltó una risa que terminó convertida en una mueca de dolor.

—Daruk me golpeó para enseñarte una lección. Si me escondo, se la habrá enseñado a la persona equivocada.

—No tienes que demostrarle nada.

—No es a él.

Maha miró a Talia. La mujer bajó los brazos. En una de sus manos todavía aparecía la herida producida por la ficha de libertad.

—La galería oeste —dijo Esmeralda—. Tú irás delante.

Morlevo se volvió hacia ella.

—No hemos decidido seguirla.

—La portadora será trasladada cuando termine la campana.

—La campana terminó.

—Precisamente.

Samir se acercó a la pared y examinó las tuberías.

—La galería oeste no conduce al pozo.

Talia palideció.

—Hay un pasadizo que no aparece en los planos.

—Yo trabajé en estas cisternas durante meses.

—Antes de que Daruk construyera las cámaras inferiores.

Samir observó sus pies.

—No tienes barro.

Talia bajó la mirada.

—¿Qué?

—Dices que atravesaste la sala de las cadenas. El suelo está cubierto por el mismo lodo que llevo en la ropa. Maha tiene barro en los tobillos. Tú no.

Morlevo acercó la espada hasta que una gota de sangre descendió por el cuello de Talia.

—¿Dónde estuviste?

—Me cambiaron la ropa.

—¿Quién?

Talia miró a Esmeralda.

—No tenemos tiempo.

—Responde —ordenó Morlevo.

Un ruido de cadenas atravesó el corredor.

Maha se cubrió los oídos. La puerta de cobre se cerró detrás de ellos.

Morlevo apartó a Talia y trató de detenerla.

El metal golpeó el marco con tanta fuerza que la lámpara se apagó.

Durante unos instantes quedaron en completa oscuridad.

Esmeralda escuchó la respiración de Samir, el roce de la espada de Morlevo contra la pared y un sollozo que podía pertenecer a Maha o a Talia.

Una luz verdosa apareció debajo de su vestido. El medallón iluminó el corredor.

Las nueve máscaras de la puerta habían cambiado de posición. Ahora todas miraban hacia dentro.

—No fui yo —dijo Talia.

—Daruk no necesitaba que cerraras la puerta —respondió Esmeralda—. Solo que consiguieras que la cruzáramos.

—Regresé por Maha.

—Porque una traición parece menos evidente cuando salvas a alguien durante el camino.

—Pude dejarla morir.

—Todavía puedes.

Talia recibió la acusación como un golpe.

—La portadora está al final de esta galería. Eso era cierto.

Morlevo pasó la empuñadura de una daga a Esmeralda.

—Quédate detrás de mí.

—No.

—Entonces intenta no adelantarte.

Avanzaron. El corredor descendía en espiral.

Cada vuelta los llevaba más lejos del ruido del palacio y más cerca del sonido de las cadenas.

El aire se volvió frío. Sobre las paredes aparecieron máscaras de yeso sostenidas por clavos.

Algunas representaban niños, otras ancianos, soldados o mujeres.

Ningún rostro se repetía. Samir se detuvo frente a una máscara pequeña.

—La vi en Luzar.

Esmeralda siguió su mirada. El yeso reproducía el rostro de Karim. Tenía los ojos cerrados y una grieta atravesaba los labios.

—No puede ser ella.

Samir acercó los dedos, pero Esmeralda le sujetó la muñeca.

—No la toques.

La máscara abrió los ojos. Debajo del yeso no había pupilas.

Dos líneas negras salieron de las cavidades y buscaron la mano de Samir.

Morlevo golpeó la máscara con la espada.

El rostro de Karim cayó al suelo y se rompió en tres partes.

Dentro no había nada, excepto un pequeño trozo de cabello oscuro. Samir se arrodilló para recogerlo.

—Déjalo —dijo Esmeralda.

—Podría ser suyo.

—Eso es lo que Daruk quiere que pienses.

—Tú corriste hacia una voz porque te llamó Zahra.

Esmeralda no pudo responder. Samir dejó el cabello en el suelo.

—Sigamos.

Al final de la espiral encontraron una cortina formada por cientos de piezas de metal.

Cada una llevaba grabado un nombre. Esmeralda reconoció algunos de los que Maela la había obligado a copiar en la habitación: casas desaparecidas, familias castigadas y mujeres que habían perdido el derecho a utilizar el nombre con el que nacieron. Talia buscó entre las piezas.

—Tiene que estar aquí.

—¿Qué buscas? —preguntó Morlevo.

—La entrada.

—Dijiste que conocías el camino.

—La vi abierta.

Maha apoyó la espalda contra la pared.

—Alguien viene.

Los metales comenzaron a moverse sin que ninguna mano los tocara. Una voz surgió detrás de la cortina.

—Zahra.

Esmeralda apartó las piezas. Morlevo intentó sujetarla, pero ella ya había cruzado.