Capítulo 20 La deuda
LA DEUDA
Morlevo la cerró antes de que pudiera alcanzarla.
—El pozo está en el otro extremo del palacio.
—Necesito armas y personas que no respondan a Daruk.
—Yo necesito encontrar a mi madre.
—No sabemos si esa mujer es Naima.
—Daruk sabe que creo que lo es. Eso basta para que la mate o la utilice.
Morlevo dejó la espada sobre la mesa.
—Si quiere obligarte a bajar al pozo, seguirá viva hasta que llegues.
—Maha también estaba viva.
La respuesta consiguió detenerlo. Esmeralda intentó abrir la puerta. Morlevo apoyó la palma contra la madera.
—Mírame.
—Quedan dos campanas.
—Esmeralda.
Ella se volvió. La ira había desaparecido del rostro de Morlevo. Sus ojos descendieron hacia la línea roja que rodeaba el cuello de Esmeralda y se detuvieron en una pequeña herida bajo la oreja.
—Si ese metal contenía las mismas líneas que Daruk lleva en la piel, podría haber dejado algo dentro de ti.
—No siento nada.
—Las criaturas tampoco sintieron nada al principio.
Morlevo tomó un frasco del armario y humedeció un paño. Cuando intentó acercarlo a la herida, Esmeralda sujetó su muñeca.
—Puedo hacerlo sola.
—No puedes ver debajo de tu oreja.
—Tú tampoco puedes ver el costado y sigues sangrando.
La mancha había atravesado la camisa negra. Esmeralda soltó su muñeca y abrió los primeros botones. Morlevo no la detuvo.
—Siéntate.
—Esa palabra se parece a una orden.
—Lo es.
Él se sentó sobre el borde de la mesa. Esmeralda abrió la camisa hasta encontrar la venda. La tela estaba húmeda y una parte se había adherido a la herida.
—Fuiste a la cisterna con esto.
—No esperaba encontrar resistencia.
—Siempre esperas encontrar resistencia.
—No de tres criaturas que llevaban rostros conocidos.
Esmeralda levantó la mirada.
—¿Mujeres blancas?
—Dos. La tercera tenía la cara de un soldado que murió hace cinco años.
—¿Pudiste matarlas?
—No sé si algo que vuelve a levantarse puede llamarse muerto.
Retiró la venda con cuidado. Morlevo contrajo el abdomen cuando la tela separó los bordes de la herida.
—Esto necesita puntos.
—Después del pozo.
—Podrías desangrarte.
—Tú acabas de explicar por qué no podemos perder tiempo.
Esmeralda limpió la herida. El cuerpo de Morlevo se endureció bajo sus dedos, aunque no produjo ningún sonido.
Cuando terminó, él tomó el paño y lo acercó a su cuello.
Esta vez ella no se apartó. Morlevo limpió la marca lentamente.
Sus dedos rodearon la nuca de Esmeralda y separaron el cabello.
El pulgar pasó junto a la herida, descendió por el cuello y se detuvo sobre el pulso.
—No hay líneas negras —dijo.
—¿Decepcionado?
—Estoy intentando no sacudirte hasta que entiendas lo que pudo ocurrir.
—También podrías aceptar que fui porque necesitaba información.
—La información no sirve si Daruk convierte tu voz en una cadena.
Esmeralda apoyó las manos sobre las piernas de Morlevo.
—Me la quité.
—Porque llegué.
—No sabía que llegarías.
—Ese es el problema.
Ella sintió la tensión de sus músculos debajo de las palmas.
—¿Quieres que dependa de ti?
—Quiero que consideres la posibilidad de que alguien regrese por ti antes de ofrecerte como sacrificio.
—Samir regresó y terminó en una celda.
—No estoy hablando de Samir.
—Siempre estás hablando de él cuando intentas convencerme de que confíe en ti.
Morlevo dejó el paño sobre la mesa.
—Samir te conoce desde antes de Luzar. Yo te conocí cuando ya estabas dispuesta a clavar un cuchillo para atravesar una puerta. No puedo competir con los recuerdos que tiene de ti.
—Esto no es una competencia.
—Díselo cuando vuelva a mirarte como si cada vez que me tocas le quitaras algo.
Esmeralda apartó las rodillas de Morlevo y se colocó entre ellas.
—¿Y qué crees que te doy cuando lo hago?
La respiración de él cambió.
—No lo suficiente para saber si es verdadero.
—En la sala del consejo necesitaba distraer a Rashid.
—Lo sé.
—Ahora no hay un mapa.
—También lo sé.
—Samir no está mirando.
Morlevo sostuvo su cintura, pero no la acercó.
—Esmeralda, acabas de salir de una cámara de castigo.
—Por eso necesito decidir algo que Daruk no haya preparado.
—No utilizaré esto para demostrar que eres libre.
—Entonces no demuestres nada.
Ella lo besó. Morlevo permaneció inmóvil durante un instante; después cerró una mano alrededor de su nuca y respondió con una fuerza que le hizo olvidar el sabor del aro y las paredes húmedas de la cámara de castigo.
Esmeralda abrió su camisa, pero detuvo la mano de él cuando intentó levantarla.
—No vas a romper otra venda para demostrarme nada.
—Empiezas a imponer demasiadas condiciones.
—Y tú sigues aceptándolas.
Morlevo se recostó sobre la mesa, protegiendo el costado. Esmeralda se sentó sobre uno de sus muslos y condujo la mano de él bajo la falda. El primer roce atravesó la ropa fina; el segundo encontró la humedad que había crecido desde el consejo.
—Dime que quieres esto —pidió Morlevo.
—Quiero que me hagas terminar sin moverte de ahí.
—Eso ha sido bastante claro.
Esmeralda apoyó una mano sobre su pecho para mantenerlo recostado.
Morlevo la acarició con dos dedos, despacio al principio y después con la presión que ella indicó moviendo las caderas.
No intentó repetir el encuentro del archivo ni reclamar lo que ya habían compartido.
Toda su atención se concentró en el rostro de Esmeralda y en los cambios de su respiración.
Ella abrió más las piernas. El pulgar de Morlevo encontró el punto donde el placer se volvía casi insoportable. Esmeralda se inclinó para besarlo, pero él mantuvo los ojos abiertos.
—No cierres los tuyos —dijo.
—No estás en posición de pedir demasiado.
—Entonces considéralo mi única petición.
Esmeralda sostuvo su mirada mientras la mano continuaba moviéndose.
La intensidad creció sin prisa, libre de la obligación de llegar a una penetración o de convertir el momento en una prueba.
Cuando el orgasmo empezó a tensarle los muslos, Morlevo la atrajo solo lo suficiente para que pudiera ocultar el sonido contra su boca.
El placer la recorrió en oleadas. Ella mantuvo la palma sobre la venda y comprobó que permaneciera seca. Morlevo no retiró la mano hasta que el cuerpo de Esmeralda dejó de temblar.
—Ahora tú —dijo ella, buscando su cinturón.
—Después del pozo.
—No te debo una reciprocidad futura.
—No. Pero me debes dejar con una razón convincente para salir vivo.
Esmeralda sonrió y lo besó de nuevo. En ese momento tres golpes sonaron dentro de la pared. Los dos quedaron inmóviles. Los golpes se repitieron con la misma pausa que ella había escuchado en sus habitaciones. Esmeralda bajó de la mesa y acomodó la falda mientras Morlevo tomaba una daga.
—Escuché lo mismo en mi habitación.
Morlevo cerró la camisa sin abotonarla y tomó una daga.
—¿Respondiste?
—Sí.
—Eso explica que sepan dónde encontrarte.
Esmeralda golpeó tres veces la pared. Una línea verde atravesó el medallón. La claridad se proyectó sobre la piedra y reveló el contorno de una puerta estrecha que ninguno había advertido. Morlevo recorrió el borde con la mano.
—No hay cerradura.
Esmeralda acercó el medallón. La corona grabada se iluminó.
Dentro de la pared, varias piezas de metal comenzaron a moverse y la piedra se abrió lo suficiente para dejar pasar una mano.
Los dedos llevaban una venda azul cubierta de polvo rojizo.
Esmeralda intentó sujetarlos, pero la mano dejó caer un papel doblado y desapareció.
La puerta volvió a cerrarse. Morlevo acercó la lámpara.
El mensaje había sido escrito con tinta verde.
La portadora vive. Daruk la trasladará cuando suene la tercera campana. La hija menor encontró la entrada que la sangre mayor no puede abrir. Debajo aparecía una segunda línea: No confíes en el hombre que necesita una máscara para recordar su rostro.
—Ligia —dijo Esmeralda—. La hija menor tiene que ser Ligia.
—O alguien quiere que corras al pozo pensando en ella.
—La tela pertenece al campamento de Safiya.
—También pertenecía al mensajero que Talia utilizó para atraerte.
Esmeralda acercó el papel a la llama. La tinta no cambió.
—¿Qué significa «la sangre mayor»?
Morlevo examinó el medallón.
—Puede referirse a ti.
La puerta exterior se abrió. Samir entró apoyado en la muleta.
Tenía la ropa empapada hasta la cintura, barro en el rostro y una herida nueva sobre la ceja.
Dos soldados intentaron detenerlo, pero Morlevo les indicó que lo dejaran pasar.
Samir vio los mapas en el suelo, la camisa abierta de Morlevo y el cabello desordenado de Esmeralda.
Su mirada permaneció sobre ellos un momento.
—Encontré la entrada de la cisterna —dijo finalmente—. No estaba sellada.
Morlevo le entregó el mensaje.
—¿Viste a alguien?
—Había una celda detrás de la puerta de cobre. Escuché a una mujer, pero el agua comenzó a subir antes de que pudiera alcanzarla.
Esmeralda se acercó.
—¿Dijo algo?
—Pronunció tu nombre.
—¿Esmeralda?
—No. Te llamó Zahra.
El medallón volvió a calentarse.
—¿Cómo era su voz?
Samir la miró. El dolor que había intentado ocultar desde que entró seguía allí, mezclado con algo más urgente.
—No lo sé. Había una pared entre nosotros.
—¿Era joven?
—No.
—¿Estaba herida?
—Solo la escuché una vez. Después una de las criaturas entró en el agua.
Morlevo terminó de abotonarse la camisa.
—¿Cuántas?
—Cuatro. No intentaron seguirme cuando crucé la puerta de cobre.
—Porque protegen algo —dijo Esmeralda.
La segunda campana sonó. Samir leyó de nuevo el mensaje.
—La cisterna desciende hasta las cámaras inferiores. Puedo llevarlos.
Morlevo tomó una espada limpia de la pared.
—Tú no vienes.
—Sin mí tardarás demasiado en encontrar la puerta.
—Apenas puedes caminar.
—Caminé cuando Daruk me sacó de Luzar con dos costillas rotas.
Esmeralda guardó el papel dentro del vestido.
—Vamos los tres.
Ambos hombres se volvieron hacia ella.
—No —respondieron al mismo tiempo.
Esmeralda tomó la espada corta que colgaba junto al armario y comprobó el filo.
—Maela tenía razón. Una orden repetida revela miedo, no autoridad.
Morlevo ajustó el cinturón.
—Esto no es una lección.
—Tampoco pienso servir vino en el pozo.
Samir observó la sangre que comenzaba a atravesar de nuevo la camisa de Morlevo.
—Tú tampoco estás en condiciones de ir.
—Puedo caminar sin una muleta.
—Y sangrar sin ayuda.
—Terminen —ordenó Esmeralda—. Daruk cuenta con que perdamos tiempo decidiendo cuál de ustedes tiene más derecho a protegerme.
Samir sostuvo su mirada.
—No se trata de derecho.
—Entonces demuéstralo.
Un soldado apareció en la puerta.