La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 19 La falsa libertad
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Capítulo 19 La falsa libertad

LA FALSA LIBERTAD

De regreso en la habitación, Maela obligó a Esmeralda a copiar los nombres de las casas representadas en el consejo.

Cada error debía repetirse diez veces. La anciana no mencionó el vino ni la desaparición del informe.

Al terminar, Esmeralda encontró una tira de tela debajo del tintero.

Era azul, estaba cubierta de polvo rojizo y tenía bordado en el borde un pequeño círculo blanco.

Safiya utilizaba aquel símbolo para marcar los suministros del campamento. Talia cerró la puerta.

—Un mensajero la llevaba atada al brazo.

Esmeralda examinó la tela. Podía pertenecer a cualquiera de las liberadas.

—¿Está vivo?

—Llegó hace una hora. Informó que las mujeres abandonaron el desfiladero antes de que los exploradores de Rashid pudieran cerrar la ruta.

El alivio fue breve.

—¿Ligia está con ellas?

—El informe menciona a una niña que encontró agua escuchando la montaña.

—¿Dónde está?

—El documento completo permanece en el archivo de mensajeros. También contiene una orden sobre la mujer que Daruk conserva en la fortaleza.

Esmeralda levantó la mirada.

—Naima.

—No aparece el nombre. Solo dice «la portadora anterior».

—Llévame al archivo.

—Morlevo ordenó que no fueras conmigo a ninguna parte.

—Morlevo no decide.

Talia abrió un panel detrás del tapiz.

—Eso esperaba que dijeras.

Un corredor estrecho descendía entre las paredes. Esmeralda ocultó el cuchillo bajo la manga y tomó una barra de cera de la mesa. Mientras avanzaban, marcó discretamente tres puertas y dejó una pequeña mancha sobre cada bifurcación.

—¿Cuánto falta?

—El archivo está debajo de la sala del consejo.

—Maela dijo que el corredor rodeaba la cámara.

—La ruta principal. Esta evita a los guardias.

El pasadizo comenzó a descender con mayor inclinación. El aire perdió el olor a incienso y adquirió la humedad de los túneles inferiores. Esmeralda se detuvo.

—El archivo no está aquí.

Talia continuó dos pasos antes de volverse.

—Hay otra entrada.

—¿Qué te ofreció Daruk?

—Una salida.

—Maela me enseñó las fichas. Una ficha sin el sello del rey no abre ninguna puerta.

La respiración de Talia se volvió irregular.

—Daruk tiene autorización para liberar a quien desee.

—Daruk fabrica mujeres sin rostro y prisioneros que no recuerdan su nombre. ¿De verdad crees que te permitirá marcharte?

—Creo que una posibilidad es mejor que morir aquí.

Esmeralda sacó el cuchillo. La puerta detrás de Talia se abrió.

Dos guardias sujetaron a Esmeralda antes de que pudiera alcanzarla.

Uno le dobló el brazo y el otro le colocó alrededor del cuello un aro delgado.

El metal se contrajo hasta impedirle respirar.

Talia apartó la mirada. Daruk apareció en el umbral.

—La primera lección siempre resulta decepcionante —dijo—. Todos obedecen. La diferencia consiste en descubrir qué recompensa necesitan imaginar.

Esmeralda intentó hablar. El aro se cerró un poco más.

—No lo hagas —advirtió Daruk—. El artefacto responde a la voz.

La condujeron hasta una cámara con una silla, una mesa de piedra y una pared cubierta por instrumentos de metal. Maha estaba arrodillada en el centro. Tenía las manos atadas y todavía llevaba la ropa manchada de vino.

—Ella no hizo nada —intentó decir Esmeralda.

El aro redujo las palabras a un sonido ahogado. Daruk señaló a Maha.

—Esta mujer arruinó un mapa militar, interrumpió una operación y permitió que desapareciera un informe.

Maha lloraba en silencio. Esmeralda negó con la cabeza y golpeó el aro con los dedos.

—Puedes confesar cuando termine —explicó Daruk—. Antes sería inútil.

Un guardia levantó una vara estrecha. El primer golpe cayó sobre la espalda de Maha.

Esmeralda se lanzó hacia delante. El soldado que la sujetaba le torció el brazo y el aro le cortó la respiración.

Daruk esperó a que recuperara el aire antes de ordenar el segundo golpe.

Maha apretó los dientes, pero un gemido escapó de su garganta.

—Fui yo —intentó gritar Esmeralda.

No salió ningún sonido. Daruk acercó dos dedos al metal.

—Puedo aflojarlo. Solo necesitas prometer que me dirás dónde se encuentra Safiya.

Esmeralda lo miró con odio.

—Una palabra por una vida. El intercambio parece justo.

Ella negó. Daruk ordenó otro golpe. Talia permanecía junto a la puerta. Cada vez que la vara descendía, sus dedos se cerraban alrededor de la falda.

—Mírala —le ordenó Esmeralda, aunque el aro volvió a silenciarla.

Talia entendió. Levantó el rostro y miró a Maha. El cuarto golpe dejó una línea roja sobre la tela. Daruk alzó la mano antes del siguiente.

—Es suficiente.

Maha perdió el equilibrio. Un guardia la sostuvo para que no golpeara el suelo. Daruk se acercó a Esmeralda y aflojó el aro. Ella aspiró aire.

—Fui yo.

—Lo sé.

—Maha no me tocó. Derramé el vino y robé el informe.

—También lo sé.

—Entonces ordénales que la atiendan.

—Ya lo hice.

Dos mujeres entraron y se llevaron a Maha. Una de ellas miró a Esmeralda con un desprecio que Daruk había calculado cuidadosamente.

—¿Por qué? —preguntó Esmeralda.

—Porque el dolor propio produce resistencia. El dolor ajeno produce obediencia.

—No funcionará.

—Regresaste por Morlevo cuando podías escapar con Samir. Regresas por otras personas incluso cuando saben que las condenas al intentarlo. No necesito hacerte daño mientras continúes entregándome cuerpos.

Esmeralda tiró del aro.

—Mi madre no estaba contigo por voluntad propia.

—Naima llegó a mí antes de que aprendieras a pronunciar su nombre.

—¿Qué le hiciste?

—Le permití comprender que Al-Manzur pensaba utilizarte.

—¿Para abrir la puerta?

Daruk guardó silencio.

—¿Qué hay detrás?

—Un reino que no necesita rey.

—Entonces no quieres abrirlo para Al-Manzur.

—Quiero impedir que un hombre sostenido por una máscara continúe decidiendo quién merece un nombre.

—Tú conviertes personas en criaturas.

—Las convierto en algo capaz de sobrevivir a su obediencia.

La línea negra de su cuello se movió. Durante un instante pareció que algo se arrastraba debajo de la piel.

—Las mujeres blancas te están consumiendo —dijo Esmeralda.

Daruk sonrió.

—También están aprendiendo de mí.

La puerta se abrió de nuevo. Morlevo entró con una espada desenvainada y varios soldados detrás. Tenía barro en las botas y sangre reciente sobre la venda del costado. Vio el aro en el cuello de Esmeralda.

—Quítaselo.

Daruk apoyó los dedos sobre el cierre.

—La encontré en un corredor restringido con un arma y un informe robado.

—He dicho que se lo quites.

—Al-Manzur me autorizó a interrogarla.

Morlevo acercó la espada a su garganta.

—Puedes mostrarme la autorización después de obedecer.

Daruk abrió el aro. Esmeralda lo arrancó y lo lanzó contra la pared. Morlevo miró a Talia. Después observó las marcas de cera que Esmeralda había dejado en el corredor y el cuchillo recuperado por los guardias.

—¿Para quién trabajas? —preguntó.

La acusación iba dirigida a Esmeralda.

—¿Eso es lo primero que quieres saber?

—Destruiste un mapa, robaste un informe y seguiste a Talia después de que te advertí que no lo hicieras. Necesito saber quién iba a recibir la información.

Esmeralda miró por encima de su hombro. Daruk había sacado una ficha de cobre.

La palabra libertad brillaba en el borde cuando la colocó sobre la palma de Talia.

La mujer cerró los dedos con desesperación.

Esmeralda alcanzó a ver el reverso antes de que lo ocultara.

Estaba vacío. No llevaba el sello de Al-Manzur.

Talia la había entregado a cambio de una puerta que jamás podría abrirse.

—Trabajo para mí —respondió Esmeralda sin apartar los ojos de ella—. Es la única persona de este palacio que todavía no me ha vendido.

La respuesta dejó la cámara en silencio. Morlevo mantuvo la espada junto al cuello de Daruk, aunque sus ojos permanecieron sobre Esmeralda.

—Trabajar para ti no significa entrar sola en cada trampa.

—Significa decidir cuáles acepto.

—No decidiste nada. Talia eligió el corredor, Daruk preparó los guardias y tú llegaste exactamente donde te esperaban.

Esmeralda señaló la ficha que la mujer ocultaba en el puño.

—Haz que la muestre.

Talia retrocedió. Daruk no intentó detenerla cuando Morlevo extendió la mano.

—Entrégamela.

—Es mía.

—Entonces podrás recuperarla cuando sepamos qué te han dado.

Talia apretó el metal con tanta fuerza que el borde se hundió en su palma.

Uno de los soldados de Morlevo dio un paso hacia ella y la mujer comprendió que resistirse solo conseguiría que le abrieran los dedos.

Dejó caer la ficha en la mano del comandante.

Morlevo leyó la palabra libertad. Después le dio la vuelta.

El reverso estaba vacío. Talia miró a Daruk.

—Dijiste que podía salir.

—Dije que esa ficha demostraría que ya no pertenecías a las habitaciones interiores.

—Sin el sello del rey no sirve.

—Te libera de un dueño particular.

—¿Para entregarme a cuál?

Daruk contempló la sangre que comenzaba a aparecer en la palma de la mujer.

—Nunca preguntaste eso.

Talia se lanzó hacia él. No llegó a tocarlo. Dos soldados la sujetaron por los brazos y la obligaron a doblarse. La ficha rodó por el suelo hasta detenerse junto al aro que Esmeralda había arrojado.

—No la golpeen —ordenó Esmeralda.

Morlevo recogió la pieza de cobre.

—Llévenla a una habitación vigilada.

—Al-Manzur no ha autorizado su detención —advirtió Daruk.

—Tampoco autorizó que colocaras un aro de obediencia alrededor del cuello de Esmeralda.

—Sí lo hizo.

Morlevo acercó más la espada. Una gota de sangre apareció debajo de la mandíbula de Daruk.

—Muéstrame la orden.

Daruk no respondió. La línea negra de su cuello avanzó hasta tocar la herida producida por la hoja. La sangre desapareció como si algo debajo de la piel la hubiera bebido. Los soldados que sujetaban a Talia evitaron mirarlo.

—El documento existe —dijo ella—. No mentí sobre la portadora anterior.

Esmeralda se acercó.

—¿Lo viste?

—Estaba en el archivo. Daruk ordenó que la trasladaran antes de la tercera campana.

—¿Adónde?

Talia miró la pared cubierta de instrumentos.

—Al pozo de las máscaras.

Morlevo bajó la espada apenas.

—Ese lugar fue cerrado.

—La entrada visible —corrigió Daruk.

Esmeralda recogió el cuchillo del suelo.

—¿Naima está allí?

—Pregúntaselo cuando la encuentres.

Daruk apartó la espada con dos dedos. Morlevo habría podido impedírselo, pero las líneas de la mano del consejero se enroscaron alrededor del metal y comenzaron a ennegrecerlo. Morlevo soltó el arma antes de que la oscuridad alcanzara la empuñadura. Daruk sonrió.

—Continúas entrando a una habitación sin saber qué armas puede utilizar el otro.

—Y tú continúas saliendo porque nadie ha decidido cuánto perdería al matarte.

La puerta se abrió. Maela apareció apoyada en el bastón. Detrás de ella esperaban cuatro guardias con la insignia de Al-Manzur. La anciana examinó el aro, la ficha de cobre y la marca alrededor del cuello de Esmeralda.

—El rey solicita la presencia de Daruk.

—Estoy ocupado.

—No era una invitación.

Daruk limpió con el pulgar la sangre de su mandíbula.

—¿También solicita a Esmeralda?

—El rey considera que ya ha recibido suficientes lecciones por hoy.

—Todavía no ha aprendido a obedecer.

Maela golpeó el suelo con el bastón.

—Quizá el fracaso pertenezca al maestro.

Daruk salió acompañado por los guardias. Antes de atravesar la puerta, se volvió hacia Talia.

—Conserva la ficha. Algunas personas necesitan sostener una mentira incluso después de conocerla.

Morlevo arrojó el metal a los pies de la mujer. Talia no lo recogió.

—Llévenla —ordenó.

—Quiero hablar con ella —dijo Esmeralda.

—Ya hablaste y terminaste con un aro al cuello.

—No fue la conversación lo que me trajo aquí.

—No. Fue creer que podías convertir a una traidora en aliada porque conocías el precio de su traición.

Talia levantó el rostro.

—No iba a permitir que la mataran.

—Elegiste cuánto daño te parecía aceptable —respondió Esmeralda—. Maha recibió los golpes porque tú necesitabas creer en una puerta.

La mujer cerró los ojos.

—Lo siento.

—Sentirlo no le cerrará las heridas.

Maela se acercó a Esmeralda.

—Maha está con los sanadores. Tiene cuatro marcas en la espalda, ninguna fractura y suficiente odio para mantenerse viva.

—Quiero verla.

—Cuando ella decida si quiere recibirte.

Los soldados se llevaron a Talia. La mujer dejó la ficha en el suelo y no volvió la cabeza. Esmeralda esperó hasta que desapareció.

—Necesito llegar al pozo antes de la tercera campana.

—No irás a ninguna parte —dijo Morlevo.

—Daruk va a trasladarla.

—Eso es lo que quiere que creas.

—Talia vio el documento.

—Talia también vio una ficha sin sello y decidió que era una salida.

Maela apoyó el bastón sobre el aro.

—El informe existe.

Morlevo la miró.

—¿Lo has leído?

—He leído la orden de traslado. No menciona a Naima, pero identifica a la mujer como la portadora anterior y exige que llegue viva a las cámaras inferiores.

—¿Quién la firmó?

—Al-Manzur.

Esmeralda sintió que el medallón se calentaba debajo del vestido.

—El rey y Daruk trabajan juntos.

—Trabajan juntos cuando desean cosas diferentes de la misma persona —respondió Maela—. Esa clase de alianza suele durar hasta que uno descubre cómo utilizar el cadáver.

La primera campana sonó en algún patio distante. Morlevo recogió su espada dañada.

—Quedan dos.

—Entonces deja de perder tiempo impidiéndome ir —dijo Esmeralda.

—Primero necesito saber si el aro te ha lastimado.

—Puedo respirar.

—Eso no responde.

Morlevo la sujetó por el brazo y la condujo hacia la puerta.

—No vuelvas a tocarme como si fuera una detenida.

Él aflojó la mano, pero no la soltó.

—Cuando actúas como alguien que desea morir, resulta difícil distinguirte de una.

Maela observó cómo se alejaban.

—Comandante.

Morlevo se detuvo.

—La cuarta lección —dijo la anciana— consiste en recordar que una orden repetida demasiadas veces revela miedo, no autoridad.

—No eres tú quien tiene que seguirla por los túneles.

—Tampoco eres tú quien puede mantenerla encerrada.

Morlevo continuó caminando. Sus habitaciones se encontraban sobre el patio de armas.

Había una mesa cubierta de mapas, un armario con tres camisas negras y una cama demasiado estrecha para un hombre de su tamaño.

Una hilera de armas ocupaba la pared. Ningún objeto parecía elegido para proporcionar comodidad.

Esmeralda entró y se dirigió hacia la puerta opuesta.