Capítulo 18 La favorita del comandante #2
Morlevo cruzó los brazos.
—Fue una experiencia soportable.
—Cállate —ordenó Esmeralda.
Samir miró la mano de Morlevo, la misma que había permanecido sobre su cintura.
—¿Talia te enseñó a hacer eso?
—Parte.
—¿Cuál parte no?
Esmeralda sostuvo su mirada.
—La que te hizo apartar los ojos.
Samir recibió la respuesta con el rostro inmóvil.
—Daruk decía que terminarías utilizándolo para sobrevivir.
—Daruk también te mostró una mujer con el rostro de mi madre. ¿Ahora vamos a tratar sus palabras como pruebas?
—No necesito que Daruk me explique lo que vi.
—No viste todo.
—Eso es lo que temo.
Los guardias se acercaron. Morlevo les ordenó esperar de nuevo.
—Samir —dijo Esmeralda—, Safiya lleva a Ligia hacia el desfiladero. Rashid pensaba cerrar ambos extremos y quemar el bosque. El consejo retrasó la operación porque derramé ese vino.
—No cuestiono por qué lo hiciste.
—Cuestionas cómo.
—Sí.
Esmeralda sacó el informe de la manga y se lo entregó a Morlevo.
—Porque tú no habrías podido acercarte al mapa.
Samir bajó la voz.
—Podrías haberme mirado antes de tocarlo.
—No voy a pedirte permiso para utilizar el único recurso que tenía.
—No te pedí que solicitaras permiso.
—Entonces deja de hablar como si te debiera una disculpa.
El dolor reemplazó los celos en el rostro de Samir.
—No sé dónde colocarme en la vida que construiste mientras yo estaba encerrado.
—Yo tampoco.
Morlevo desplegó la tira de pergamino.
—Hay una anotación en el reverso.
Esmeralda y Samir se acercaron. Debajo del sello de Rashid aparecía una línea escrita con caracteres pequeños: La niña que escucha las piedras debe llegar viva. La otra puede morir.
—Ligia —dijo Esmeralda.
Morlevo guardó el mensaje.
—Buscaré una forma de enviarlo a Safiya.
—¿Cómo?
—Todavía conservo personas que prefieren deberme favores a obedecer a Rashid.
Samir soltó una risa amarga.
—Y ella tiene que confiar en ti.
—No. Solo debe confiar en que Rashid intentará matarla.
Los guardias se llevaron a Samir. Antes de desaparecer por la puerta, él volvió la cabeza.
—Esmeralda.
Ella esperó.
—¿Todo fue una estrategia?
Morlevo permanecía a pocos pasos. La respuesta más sencilla habría protegido a Samir y convertido a Morlevo en una herramienta.
—El vino sí —dijo.
Samir asintió lentamente y continuó por el corredor. Morlevo esperó hasta que la puerta se cerró.
—Podías mentirle.
—Ya hay demasiadas personas decidiendo qué verdad puede soportar.
—También podías apartarte cuando te toqué.
—Tú podías no tocarme.
—Me pediste que pareciera distraído.
—No necesitabas mover el pulgar.
Morlevo se acercó.
—Tampoco tú necesitabas inclinarte tanto.
Esmeralda sintió el calor de su cuerpo antes de que llegara a tocarla.
—¿Piensas besarme otra vez en la sala del consejo?
—Estoy considerando lugares menos concurridos.
—Entonces deja de considerarlos.
—No pareces convencida.
Ella apoyó una mano sobre su pecho y notó la tensión que endurecía los músculos debajo de la camisa.
—Samir acaba de regresar.
—Lo sé.
—Tú me capturaste.
—También lo sé.
—Al-Manzur me considera prisionera y tú has aceptado otra vez su mando.
Morlevo cubrió la mano que ella mantenía sobre su pecho.
—Eso es lo que intento remediar.
—¿Obedeciendo?
—Permaneciendo cerca de las puertas que necesito abrir.
—Esa respuesta se parece demasiado a las justificaciones de Daruk.
Morlevo soltó su mano.
—La diferencia es que puedes clavarme el cuchillo si dejo de cumplir lo que prometí.
—No me devolvieron el cuchillo.
Él sacó el arma de su cinturón. Esmeralda reconoció la empuñadura.
—¿Cuándo lo tomaste?
—Cuando Talia te llevó a la audiencia.
—¿Por qué no me lo diste antes?
—Porque pensaba utilizarlo para abrirte una puerta.
Morlevo colocó el cuchillo en su mano y cerró sus dedos alrededor del mango.
Morlevo no soltó de inmediato los dedos de Esmeralda. La condujo hasta una puerta sin emblema situada detrás de una columna y utilizó la tablilla militar para abrirla. Dentro había un archivo de guardia, estrecho y sin ventanas, con estantes llenos de órdenes de traslado.
—¿Otro lugar poco concurrido? —preguntó ella.
—Primero, una deuda.
Sacó de su camisa un documento sellado. La orden liberaba a veinticuatro mujeres retenidas en los cuarteles y las asignaba, con nombres nuevos, a una caravana que abandonaría Azmar antes del amanecer. En el reverso aparecía una ruta hacia el campamento de Safiya.
—Al-Manzur descubrirá que utilizaste su sello.
—Utilicé el mío.
—Entonces sabrá exactamente quién lo hizo.
—Sí.
Esmeralda leyó los nombres. Reconoció a tres mujeres de Luzar. Morlevo no pidió que aquello compensara las cadenas, la invasión ni las órdenes que había obedecido; dejó el papel en sus manos y esperó.
—¿Lo hiciste para que te perdone?
—Lo hice porque debí liberarlas antes de conocerte.
Aquella era la primera reparación que no dependía de proteger solo a Esmeralda. No borraba nada, pero modificaba el lugar desde el que Morlevo le pedía confianza. Ella guardó la orden dentro del vestido.
—Quítate la insignia.
Morlevo desprendió la cadena de comandante y la dejó sobre un estante.
—¿También el arma?
—Todo lo que pueda hacerte olvidar que puedes marcharte.
Colocó las dagas junto a la insignia y abrió la puerta para mostrarle que no la había cerrado. Esmeralda la empujó hasta dejarla entornada. Después tomó el rostro de Morlevo y lo besó.
Él respondió sin la contención del corredor, pero se detuvo cuando ella comenzó a abrir su camisa.
—Esta mañana era un juego —dijo—. Esto no puede serlo si esperas arrepentirte cuando Samir vuelva a mirarte.
—Samir no decide lo que hago con mi cuerpo. Tú tampoco.
—No fue lo que pregunté.
Esmeralda sostuvo su mirada.
—Quiero estar contigo. Ahora. No significa que te perdone ni que haya elegido qué ocurrirá con Samir.
—Lo entiendo.
—Dilo completo.
—Entiendo que tu deseo no es una absolución, una promesa ni una propiedad.
La respuesta le quitó la última excusa para retroceder. Esmeralda abrió la camisa hasta la cintura y besó el pecho que había recorrido con los dedos durante el juego. Morlevo soltó una respiración áspera. Sus manos encontraron la espalda de ella y descendieron sin apresurarse hacia las caderas.
Antes de continuar, preguntó por la raíz lunar.
Nadira había entregado la infusión a las mujeres del campamento y su efecto duraba siete días; Esmeralda la había tomado tres noches atrás.
Sabían que reducía la posibilidad de embarazo, no que pudiera borrar todas las consecuencias, y ninguno convirtió la urgencia en ignorancia.
Morlevo levantó el vestido. La boca descendió por el cuello de Esmeralda y se detuvo sobre uno de sus pechos. Ella arqueó la espalda cuando la lengua rodeó el pezón y los dedos avanzaron entre sus piernas.
—No me hagas esperar para demostrar que puedes hacerlo —murmuró.
—Intentaba recordar tus órdenes.
—Ahora puedes tocarme con las dos manos.
Morlevo sonrió contra su piel. La llevó hasta una mesa baja, apartó los registros y la sentó en el borde. La acarició hasta que Esmeralda dejó de vigilar la puerta y empezó a moverse contra su mano. Cuando el placer la acercó demasiado al límite, ella lo detuvo.
—Quiero sentirte dentro.
Él volvió a preguntarlo con la mirada. Esmeralda abrió las piernas y lo atrajo por la cintura.
Morlevo entró despacio, dándole tiempo para acostumbrarse.
La primera presión le arrancó un gemido; la segunda convirtió el archivo, el consejo y la ciudad en una sucesión de sensaciones más sencillas que cualquier promesa.
No se movieron con violencia. Morlevo sostuvo el ritmo que ella marcaba con las piernas y se detenía cada vez que el cuerpo de Esmeralda cambiaba. Ella lo besó para impedirle formular otra pregunta, rodeó sus caderas y lo acercó más.
—Mírame —dijo Morlevo.
—No estás dando órdenes.
—Te lo pido.
Esmeralda lo miró. El placer creció con cada movimiento hasta concentrarse debajo de su vientre.
Morlevo introdujo una mano entre ambos y la tocó al mismo ritmo.
Ella alcanzó el orgasmo aferrada a sus hombros, con la frente contra la de él y los ojos abiertos porque había elegido concederle esa mirada.
Morlevo se retiró antes de derramarse. Esmeralda lo sostuvo y lo acarició hasta sentir que el control abandonaba por fin su cuerpo. Él ocultó el rostro en el cuello de ella, respiró una vez y permaneció inmóvil mientras ambos recuperaban el aliento.
Después limpió con agua de una jarra la piel de Esmeralda y acomodó el vestido sin convertir el cuidado en una ceremonia. Ella volvió a colocarle la insignia, pero no la cadena de comandante.
—Esto cambia algo —dijo Morlevo.
—Sí. Ya no podrás fingir que solo me protegías.
—No pensaba hacerlo.
—Tampoco significa que mañana vaya a elegirte.
—Mañana intenta seguir viva. Podemos discutir después a quién no elegiste.
Regresaron al corredor por separado. Morlevo le devolvió el cuchillo y señaló hacia las habitaciones interiores.
—No confíes en Talia.
—No confío.
—Entonces no vayas a ninguna parte con ella.
—Eso parece una orden.
—Es una súplica mal formulada.
Talia apareció al final del corredor. Morlevo se apartó.
—Maela la espera en las habitaciones —anunció—. El rey quiere que escriba una relación de todo lo que recuerda de Luzar.
—El rey puede esperar.
—Daruk no.
Morlevo miró a Talia.
—Si algo le ocurre, no habrá ficha de libertad capaz de sacarte de este palacio.
La amenaza hizo palidecer a la mujer.
—Nunca me ofrecieron ninguna.
—No he dicho que lo hicieran.
Morlevo se marchó hacia la cisterna. Talia esperó hasta que desapareció.
—Los hombres preocupados suelen imaginar que las amenazas son una forma de protección.
—¿Te ofrecieron una ficha?
—Morlevo sospecha de todos los que no puede mandar.
—Eso no responde.
—Tampoco su preocupación significa que sea inocente.