Capítulo 18 La favorita del comandante
LA FAVORITA DEL COMANDANTE
Antes de entrar en la sala del consejo, Talia señaló a la mujer que ordenaba los permisos junto al mapa.
Yasmina administraba los archivos interiores y llevaba en el índice el anillo sin emblema de una casa borrada por Al-Manzur.
No había declarado lealtad a nadie: comerciaba con rutas, nombres y silencios, de modo que cualquier ayuda suya tendría un precio que Esmeralda todavía no conocía.
La sala del consejo ocupaba una cámara tallada alrededor de una columna natural.
Un mapa enorme cubría la mesa central. Piedras rojas representaban las tropas de Rashid, piezas negras señalaban la guardia interior y pequeños círculos blancos indicaban asentamientos donde podían encontrarse las liberadas.
Al-Manzur presidía la mesa con la máscara puesta.
Daruk ocupaba el asiento a su izquierda.
Las líneas negras habían avanzado por su cuello desde la audiencia y desaparecían bajo la túnica. Morlevo estaba frente a él.
Llevaba una camisa negra cerrada hasta la base del cuello, aunque la venda del costado aumentaba el volumen debajo de la tela.
No miró a Esmeralda cuando entró. Su inmovilidad reveló que la había visto antes que cualquiera.
Samir permanecía junto a dos guardias. Le habían dado ropa limpia y una muleta, pero las marcas de los golpes continuaban visibles en el rostro.
Sus ojos descendieron por el vestido de Esmeralda y después buscaron a Talia.
Esmeralda ocupó su lugar junto a la pared. Rashid llegó último.
La capa gris ocultaba la insignia de la serpiente partida, pero Esmeralda reconoció la voz que había ordenado incendiar las casas de Luzar.
El hombre que dejó entrar a los invasores parecía más viejo.
Una cicatriz nueva le cruzaba el mentón y llevaba dos dedos de la mano derecha unidos por una férula.
Sus miradas se encontraron. Rashid sonrió.
—La muchacha del granero —dijo.
Samir intentó avanzar hacia él. Los guardias cruzaron las lanzas.
—Fuiste tú.
—En Luzar había muchas muchachas y demasiados graneros.
Morlevo apoyó una mano sobre la mesa.
—También había un comandante que te ordenó mantener cerrada la puerta occidental.
—Recuerdo órdenes contradictorias.
—Abriste la muralla.
—Permití que terminara una negociación.
Esmeralda se acercó con la jarra. Al pasar junto a Rashid, vio sangre seca en el borde de la férula. Habría podido clavarle el cuchillo en el cuello antes de que los guardias reaccionaran. Daruk la observaba. Esmeralda llenó la copa de Rashid y continuó.
—La fortaleza tiene cinco accesos conocidos —explicó Al-Manzur—. Daruk controla cuatro. El prisionero afirma haber utilizado otro.
—Me llevaron con los ojos cubiertos —dijo Samir—. Escuché agua y sentí que descendíamos durante mucho tiempo.
Daruk tocó una de las piedras del mapa.
—Una descripción útil si pretendemos registrar toda la montaña.
—Había caballos al principio y olor a azufre al final. Cruzamos una puerta de cobre. Uno de los guardias dijo que la marea cubría el acceso al amanecer.
Morlevo movió una pieza negra hacia el canal oriental.
—La cisterna antigua.
—Está sellada —respondió Rashid.
—Lo estaba hace ocho años.
—Tú mismo dirigiste el cierre.
—Dirigí lo que Al-Manzur debía ver.
El silencio reveló más que la respuesta. Al-Manzur giró la máscara hacia Morlevo.
—¿Permitiste que una entrada permaneciera abierta?
—Permití que quienes trabajaban en las cisternas pudieran salir si Daruk decidía inundarlas con ellos dentro.
—Eran prisioneros condenados —dijo Daruk.
—Había niños.
—Hijos de prisioneros.
—Continúan siendo niños.
Al-Manzur no reprendió a ninguno. Parecía observar una partida cuyo resultado conocía desde antes de colocar las piezas.
Esmeralda sirvió a Morlevo. Acercó la jarra y permitió que los dedos rozaran el borde de su mano.
Morlevo levantó la mirada. Ella recordó las instrucciones de Talia y fijó los ojos junto a su boca.
—La lección parece exigente —murmuró él.
—Todavía no hemos llegado a la obediencia.
Morlevo sostuvo la copa sin apartarla.
—Avísame cuando ocurra. Quisiera presenciar algo tan improbable.
Esmeralda inclinó la jarra. El dorso de su mano quedó contra el pulgar de él durante más tiempo del necesario.
Una corriente de calor le subió por el brazo y se concentró debajo del vestido.
No toda la reacción formaba parte de la estrategia.
Samir la miraba desde el otro extremo de la mesa.
Esmeralda retiró la mano, aunque Morlevo sujetó la base de la jarra y la obligó a permanecer cerca.
—Tienes vino en los dedos —dijo.
Pasó el pulgar por la piel mojada. El gesto fue lento, pequeño y completamente visible para Samir.
—Ya está limpio.
—No te lo pedí.
—Tampoco te apartaste.
Esmeralda continuó hacia el siguiente comandante. Las piernas conservaron una tensión que no provenía del miedo. Rashid extendió una tira de pergamino.
—Los exploradores encontraron huellas de treinta caballos junto al desfiladero de Oras. Hay mujeres, dos carretas y varios niños.
Esmeralda apretó la jarra. Ligia podía estar entre ellos. Rashid colocó tres piedras rojas sobre el mapa.
—Una fuerza entrará por el sur y otra cerrará la ruta del río. Si quemamos los bosques bajos, tendrán que subir hacia la garganta.
—También arderán cuatro aldeas —advirtió Morlevo.
—Las aldeas les proporcionan alimentos.
—No existe prueba de que conozcan el campamento.
—Después del incendio estarán más dispuestas a colaborar.
Esmeralda se aproximó a la mesa. La línea que Rashid señalaba llegaba hasta un paso estrecho representado entre dos montañas.
Safiya no tendría salida si los soldados alcanzaban ambos extremos.
Necesitaba destruir el mapa y llevarse el informe.
Maha se inclinó para llenar la copa de Daruk.
Talia esperaba junto a la puerta, con las manos cruzadas y el rostro inexpresivo.
Esmeralda miró a Morlevo. Él siguió la dirección de sus ojos hasta las piedras rojas.
Después empujó su copa vacía hacia el centro del mapa.
—El desfiladero no puede cerrarse con dos compañías —dijo—. El terreno obliga a desmontar.
Rashid movió una piedra.
—Por eso avanzarán durante la noche.
—Los caballos romperán las patas antes de llegar.
—Utilizaremos soldados prescindibles.
—No existen soldados prescindibles cuando la mitad de las guarniciones responde a Daruk.
Daruk sonrió.
—¿Temes quedarte sin hombres o sin autoridad?
—Temo que conviertas otra operación militar en un sacrificio diseñado para alimentar tus criaturas.
Todos miraron a Morlevo. Esmeralda aprovechó el instante.
Se acercó para llenar la copa que él había dejado sobre el mapa y permitió que el borde del vestido rozara su rodilla.
Morlevo giró el cuerpo hacia ella. Su mano encontró la cintura de Esmeralda y se cerró alrededor de la tela.
El contacto fue más firme de lo que exigía la representación.
—Cuidado —dijo.
—Pensé que confiabas en mi equilibrio.
—Confío más en tus intenciones.
La mano permaneció sobre su cintura. El pulgar se movió apenas, reconociendo una curva que ya había tocado durante la huida. Esmeralda sintió la respiración de Morlevo cerca del cuello.
—Necesito el pergamino de Rashid —susurró.
—A tu izquierda.
—Y el mapa cubierto.
—Eso será más difícil de explicar.
—Puedes decir que te distraje.
Morlevo la acercó otro poco.
—Eso no sería una mentira.
Samir golpeó la muleta contra el suelo. El ruido volvió varias miradas hacia él.
Esmeralda fingió sobresaltarse, dejó escapar la jarra y golpeó la copa de Morlevo.
El vino se extendió sobre el mapa. Las líneas de tinta comenzaron a deformarse.
El líquido cubrió el desfiladero, arrastró dos piedras rojas y empapó el informe que Rashid había dejado junto al borde.
Maha intentó salvar los pergaminos. Esmeralda hizo lo mismo y ocultó la tira principal bajo la manga antes de levantar el mapa mojado.
—Inútil —dijo Rashid.
—Fue un accidente —respondió Esmeralda.
Daruk no la miró. Sus ojos se dirigieron hacia Maha.
—La muchacha tropezó con la mesa.
—Yo derramé la jarra.
—Porque ella te empujó.
—No me tocó.
Maha dejó de moverse. Talia continuaba junto a la puerta. No dijo nada.
—El mapa puede reproducirse —intervino Al-Manzur—. Samir mostrará a Morlevo el acceso de la cisterna. Rashid retrasará la operación del norte hasta que confirme que sus soldados no caerán por un precipicio.
—Cada hora permite que las mujeres se alejen —protestó Rashid.
—Entonces procura no desperdiciar otra discutiendo.
Rashid recogió las piedras. Daruk se inclinó hacia Maha.
—Te veré después del consejo.
—Ella no hizo nada —dijo Esmeralda.
—Precisamente.
Al-Manzur levantó una mano y la reunión continuó.
Esmeralda permaneció junto a la pared con el informe oculto.
El vino descendía desde su muñeca hasta el codo, pero la sensación más persistente era el lugar donde Morlevo había sujetado su cintura.
Samir evitó mirarla durante el resto del consejo.
Cuando los comandantes comenzaron a marcharse, Esmeralda intentó acercarse a él. Un guardia bloqueó el paso.
—Solo un momento.
—El rey ordenó que el prisionero fuera conducido a la cisterna.
—Tengo nombre —dijo Samir.
Al-Manzur se volvió desde la puerta.
—Los nombres no abren una celda.
—Esmeralda puede ordenar que me dejen hablar.
—Esmeralda todavía no puede ordenar que le permitan respirar.
El rey salió con Daruk y Rashid. Morlevo indicó a los guardias que esperaran. Después se acercó a Samir.
—La marea estará baja dentro de dos horas. Necesito que recuerdes la ruta.
—Recuerdo lo suficiente.
—Entonces deja de mirar a Esmeralda como si hubiera derramado el vino para tocarme.
Samir apretó la muleta.
—¿No lo hizo?
Esmeralda se interpuso.
—Necesitaba ocultar la ruta de Safiya.
—Vi el mapa.
—Entonces también viste lo que Rashid planeaba.
—Vi tu cuerpo contra el suyo.
—Morlevo estaba ayudándome.
—Parecía disfrutar mucho el sacrificio.