La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 17 Lecciones de obediencia #2
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Capítulo 17 Lecciones de obediencia #2

Maela se acercó hasta quedar frente a ella.

—¿Sabes leer?

—Sí.

—¿En cuántas lenguas?

—En la mía.

—Entonces sabes reconocer sonidos dibujados. Leer es comprender qué persona será ejecutada cuando un rey sustituye una palabra por otra.

Esmeralda se levantó. Maela señaló la mesa. Talia había colocado hojas de pergamino, una tablilla encerada y varias fichas de metal.

—Escribe tu nombre.

Esmeralda tomó la pluma. La tinta era espesa y olía a hierro. Escribió Esmeralda con los caracteres de Luzar. Maela observó la palabra.

—Demasiado grande. Has ocupado el espacio de tres hombres importantes.

—Puedo escribirlo más grande.

—También puedes conservar esa insolencia hasta que alguien decida arrancártela. Escribe el nombre que te asignaron en el registro.

—No tengo otro.

—Zahra.

—Ese nombre pertenece al registro, no a mí.

—Escríbelo.

Esmeralda mojó la pluma y escribió Zahra debajo de su nombre. Después atravesó la palabra con una línea. Talia desvió la mirada para ocultar una sonrisa. Maela no reaccionó.

—La primera lección es sencilla: puedes negarte a obedecer una orden y obedecerla al mismo tiempo. Eso te vuelve más difícil de castigar, no más libre.

Durante las horas siguientes, Maela le enseñó a identificar las insignias de las casas que sostenían a Al-Manzur.

Tres peces negros pertenecían a los mercaderes del canal.

Una serpiente partida distinguía a los hombres de Rashid.

La torre roja indicaba las propiedades administradas por Daruk, aunque los documentos nunca utilizaban su nombre.

La corona atravesada por tres agujas no aparecía en ningún registro reciente.

—¿Qué casa usaba este símbolo? —preguntó Esmeralda.

Maela contempló el medallón.

—Una casa sin herederos no necesita emblema.

—Al-Manzur dijo que pertenecía a la familia de mi madre.

—El rey también conserva los sellos de las familias que destruyó.

—¿Él destruyó la suya?

La anciana apoyó las manos sobre el bastón.

—Si quieres sobrevivir, aprende a distinguir entre las preguntas que incomodan y las que conceden al otro el derecho de matarte.

—¿Cuál fue esa?

—Todavía no lo sé.

Maela pasó a las fichas de metal. Había permisos para las cocinas, los baños, los archivos y las puertas exteriores. Cada uno tenía un relieve diferente y una perforación destinada a una cadena. Esmeralda tomó una ficha de cobre con la palabra libertad grabada en el borde.

—¿Esto permite abandonar el palacio?

—No.

—Dice que sí.

—Dice que quien la lleva ha sido liberado de un dueño particular. Para salir necesita la marca del rey en el reverso y un registro de propiedad cancelado.

Esmeralda dio vuelta a la ficha. La cara posterior estaba vacía.

—Entonces no sirve de nada.

—Sirve para que una persona trabaje durante años creyendo que está cerca de marcharse.

Talia dejó de ordenar los pergaminos. Maela la miró.

—¿Quieres añadir algo?

—No.

—Eso imaginé.

La anciana entregó a Esmeralda otra ficha, esta vez de hierro.

—Acceso al consejo militar. El rey desea que sirvas el vino durante la reunión de esta tarde.

—Al-Manzur ordenó educarme como mujer de la corte.

—Las mujeres de la corte sirven cuando el rey necesita que los hombres olviden que están siendo observados.

—¿Por qué me quiere allí?

—Para descubrir a quién miras cuando aparezca en el mapa la ruta de las liberadas.

Talia dejó caer una cuchara. El sonido resultó demasiado preciso para ser accidental. Maela la recogió y la puso de nuevo sobre la bandeja.

—La segunda lección —continuó— es que nunca debes revelar todo lo que sabes. A veces basta con demostrar que podrías saberlo.

Esmeralda cerró los dedos alrededor de la ficha.

—¿Quién estará en el consejo?

—Al-Manzur, Daruk, los representantes del templo y tres comandantes. Morlevo ha recuperado el mando de la guardia interior. Rashid llegará con los informes del norte.

—¿Samir?

—El prisionero de Luzar será llevado para identificar la entrada de la fortaleza.

Esmeralda sintió un alivio que procuró no mostrar.

—No es un prisionero.

—Ningún hombre que duerme bajo una puerta cerrada recibe otro nombre aquí.

Maela extendió un mapa de la mesa. El palacio aparecía dividido en siete sectores, aunque los pasadizos inferiores habían sido representados con líneas discontinuas. Esmeralda reconoció la cámara a la que habían llegado desde las canteras.

—Memorízalo —ordenó la anciana.

—¿Por qué?

—Porque voy a retirarlo dentro de un minuto.

Esmeralda estudió los canales, las escaleras y los patios. La entrada occidental se comunicaba con las caballerizas. Un corredor de servicio rodeaba la sala del consejo y descendía hacia el archivo de mensajeros.

—Tiempo.

Maela dobló el mapa.

—Dibújalo.

Esmeralda reprodujo lo que recordaba. Cambió la posición de dos escaleras y fingió no haber visto el corredor del archivo. Maela examinó el resultado.

—Las escaleras están mal.

—Necesito practicar.

—El pasadizo detrás del consejo conduce al archivo, no a los almacenes.

Esmeralda sostuvo su mirada.

—Entonces también lo recordé mal.

Maela rompió la hoja.

—Bien.

—¿Bien?

—Ahora sé que comprendes la tercera lección: una mujer inteligente debe aprender a parecer menos peligrosa antes de que los hombres decidan demostrar que lo es.

Maela abandonó la habitación cuando las lámparas del corredor anunciaron el mediodía. Talia esperó hasta que los pasos desaparecieron.

—Recordaste el pasadizo.

—También tú.

—He llevado bandejas por esas galerías durante quince años.

—¿Allí guardan los informes del norte?

Talia miró la puerta antes de responder.

—Los mensajeros dejan las copias junto a la escalera. Los originales llegan al consejo.

—Necesito verlos.

—Esta tarde tendrás algo más urgente. Rashid marcará en el mapa los desfiladeros donde piensa buscar a Safiya.

—¿Cómo lo sabes?

—Los soldados de su casa solicitaron cadenas ligeras, provisiones para diez días y dos jaulas pequeñas.

El miedo por Ligia recorrió a Esmeralda, pero no permitió que llegara al rostro.

—¿Puedes retrasarlos?

—Puedo enseñarte a distraer a quienes deciden cuándo salen.

Talia abrió un armario. Dentro esperaba un vestido negro de mangas estrechas y cuello bajo.

—No voy a presentarme como una favorita.

—Hoy no necesitan una favorita. Necesitan creer que eres una mujer demasiado preocupada por dos hombres para escuchar una conversación militar.

Esmeralda tomó el vestido.

—Eso ya lo creen.

—Entonces utiliza el error.

Talia la ayudó a cambiarse. La tela se ajustaba a la cintura y dejaba visible la marca del hombro. Esmeralda intentó cubrirla, pero Talia retiró su mano.

—La herida hace que parezcas vulnerable.

—También muestra que sobreviví.

—Mejor todavía.

Talia se colocó detrás de ella y le soltó el cabello. Después le enseñó a sostener la jarra sin ocultar las manos y a inclinarse lo suficiente para obligar a un hombre a apartar la mirada del mapa.

—No mires su boca —explicó—. Mira un punto junto al oído. Él creerá que contemplas sus labios sin poder demostrarlo.

—¿Cuántas veces has tenido que hacer esto?

—Las suficientes para saber que los hombres confunden la atención con el deseo.

—Al-Manzur no lo hizo.

—La máscara le permite ocultar qué confunde.

Talia le indicó que apoyara una mano sobre la mesa y cruzó los dedos sobre su muñeca.

—El contacto debe parecer accidental.

—Un accidente no dura tanto.

—Exactamente.

Deslizó los dedos hasta la palma de Esmeralda y los retiró.

—Si Morlevo te toca, no te apartes de inmediato.

—No necesito tus instrucciones para saber cómo me toca.

La frase salió antes de que pudiera contenerla. Talia la observó a través del espejo de cobre.

—Eso también lo escuchará Samir si pierdes el control.

Esmeralda ajustó el vestido.

—¿Disfrutas enfrentándolos?

—Disfruto cuando dos hombres preocupados por una mujer dejan de observar a la sirvienta que atraviesa la habitación.

Talia le entregó la jarra vacía.

—Necesito que algo ocurra con el mapa —dijo Esmeralda.

—Un accidente.

—El vino debe cubrir la ruta del norte.

—Daruk sabrá que fuiste tú.

—Daruk ya lo sabe todo cuando le conviene.

—Entonces necesitará a otra persona a quien castigar.

Esmeralda dejó la jarra sobre la mesa.

—No permitiré que castiguen a una inocente por mí.

—Aquí no te preguntarán qué permites.

—Puedo confesar.

—Eso solo garantizará dos castigos.

La puerta se abrió. Una muchacha de unos veinte años entró con un cinturón de copas. Tenía el cabello rojizo y una mancha de nacimiento junto a la boca.

—Maha te acompañará —explicó Talia—. Servirá a los comandantes del lado oriental.

Maha inclinó la cabeza.

—No tiene que hacerlo —dijo Esmeralda.

—No me han preguntado —respondió la muchacha.