Capítulo 17 Lecciones de obediencia
LECCIONES DE OBEDIENCIA
El nombre de Naima acompañó a Esmeralda durante todo el recorrido hacia las habitaciones interiores.
No sabía si pertenecía realmente a su madre o si Al-Manzur lo había pronunciado para obligarla a seguir pensando en él después de abandonar la sala.
En aquel palacio, una verdad entregada en el momento preciso podía resultar más útil que una mentira.
Talia caminaba delante con una lámpara de aceite. Los corredores estaban cubiertos por mosaicos que representaban jardines, animales y ciudades desaparecidas, pero no había una sola ventana ni una corriente de aire que permitiera adivinar la cercanía del exterior.
—¿Cuántas mujeres han vivido en estas habitaciones? —preguntó Esmeralda.
—Las suficientes para que ninguna pueda reclamar que algo le pertenece.
—¿También mi madre?
Talia no volvió la cabeza.
—No conocí a Naima.
—Al-Manzur sí.
—El rey conoce a muchas personas que desearían no haberlo conocido.
Dos guardias abrieron una puerta de madera oscura.
La habitación tenía una cama cubierta con telas verdes, un brasero de cobre y una mesa sobre la que habían dejado frutas, agua y un juego de escritura.
Los barrotes de la puerta interior habían sido disimulados detrás de tallas con forma de ramas.
Esmeralda recorrió el cuarto antes de permitir que Talia la ayudara a quitarse las agujas del cabello.
No encontró otra salida. La pared detrás de la cama producía un sonido hueco, aunque la separación oculta era demasiado estrecha para atravesarla.
—Morlevo no eligió el vestido —dijo.
Talia continuó doblando la tela como si la acusación no tuviera importancia.
—Entonces alguien me dio una información equivocada.
—Me dijiste que él pidió que no ocultaran mis ojos con otro color.
—Eso fue lo que escuché.
—¿De quién?
Talia levantó el vestido y revisó una mancha oscura junto al borde.
—De un sanador que afirmó haber recibido la orden del comandante.
—Morlevo estaba junto a los sanadores y nunca vio la ropa.
—En ese caso, el hombre mintió.
—O mentiste tú.
Talia dejó el vestido sobre una silla.
—¿Qué habría conseguido?
—Que Samir creyera que Morlevo intentaba exhibirme. Que yo pensara que Morlevo había dedicado tiempo a decidir cómo quería verme. Que los dos hombres llegaran a la audiencia preocupados por algo distinto al rey.
La expresión de Talia cambió apenas. No parecía asustada por haber sido descubierta, sino decepcionada porque Esmeralda hubiera comprendido la maniobra demasiado pronto.
—Quizá ya no necesitas las lecciones de Maela.
—Necesito saber para quién trabajas.
—Trabajo para la persona que conserva la llave de la puerta frente a la que estoy de pie.
—Esa persona puede cambiar.
—Por eso continúo viva.
Talia tomó una jarra, llenó el cuenco de la mesa y se lavó las manos. Una cicatriz fina le rodeaba una muñeca. Parecía la marca dejada por una pulsera estrecha que hubiera llevado durante demasiado tiempo.
—No elegí el vestido —admitió—, pero sí permití que creyeras que Morlevo lo había hecho. Necesitaba saber cómo reaccionarías y, sobre todo, cómo reaccionaría él.
—¿Se lo ordenó Al-Manzur?
—El rey no necesita ordenar todo lo que desea conocer.
—¿Qué descubrieron?
—Que Samir todavía cree que puede regresar y encontrarte intacta dentro del recuerdo que conserva. Que Morlevo no sabe ocultar el deseo cuando otro hombre tiene derecho a sentir celos. Y que tú desconfías más de una declaración de amor que de una amenaza.
—Morlevo no me ha declarado amor.
—Por eso todavía lo escuchas.
Esmeralda tomó el cuchillo oculto bajo la falda y lo colocó sobre la mesa. Talia observó el arma.
—Si quisiera entregarte, ya estarías con Daruk.
—Estuve con él hace menos de una hora.
—Daruk entró en la audiencia porque Al-Manzur lo permitió. No confundas libertad de movimiento con poder.
—Tú tampoco.
Talia sonrió con cansancio.
—Maela llegará al amanecer. Te enseñará a inclinar la cabeza sin parecer vencida, a reconocer el rango de un hombre por el lugar donde deja la copa y a escribir mensajes que puedan condenar a alguien sin mencionar su nombre. Si la obedeces, quizá te permitan moverte por el palacio.
—No pienso obedecerla.
—Entonces aprende a fingir mejor de lo que fingiste conmigo.
Talia se dirigió hacia la puerta.
—Dijiste que podías ayudarme a encontrar a Ligia.
La mujer se detuvo.
—Dije que las habitaciones interiores tienen oídos. Los exploradores del rey enviarán informes sobre todos los grupos que se dirigen al norte. Si Safiya conserva a tu hermana, su ruta aparecerá en esos informes.
—¿Puedes conseguirlos?
—Puedo averiguar dónde los guardan.
—No es lo mismo.
—En este palacio, nadie te entrega una puerta abierta. Primero te muestran la cerradura y esperan que les agradezcas.
Talia salió. Los barrotes quedaron ocultos detrás de las ramas talladas y la cerradura giró desde el otro lado.
Esmeralda no durmió. Permaneció sentada sobre la cama con el medallón entre las manos, intentando recordar todo lo que sabía de su madre.
Las imágenes eran demasiado escasas para formar una persona: una voz grave cantando durante una tormenta, dedos cubiertos de harina, el olor de una resina que su padre continuó quemando años después de su muerte.
Ahora debía colocar junto a esos recuerdos una túnica oscura, un velo y la imagen de una mujer sin cadenas sentada al lado de Daruk.
También debía aceptar que el nombre con el que había pensado en ella quizá fuera falso.
Naima. Lo pronunció en voz baja. El medallón se calentó.
Esmeralda cerró los dedos alrededor del metal.
Una claridad verde recorrió las líneas grabadas y desapareció antes de alcanzar la cadena.
Hubo un roce dentro de la pared hueca. Acercó el oído.
Al principio solo distinguió el agua que corría detrás de la piedra. Después escuchó una respiración y tres golpes pausados.
—¿Madre?
El silencio respondió. Esmeralda utilizó el mango del cuchillo para repetir los tres golpes.
La pared vibró. Una línea verde recorrió la junta que había descubierto y dibujó una puerta estrecha.
Ella acercó el medallón; la piedra se separó apenas lo suficiente para que una mano apareciera en la abertura.
Esmeralda levantó el cuchillo.
—Si eres una criatura, te conviene elegir otro rostro.
—No tengo ninguno mejor —respondió Morlevo desde el otro lado.
Esmeralda abrió. Él entró de lado y cerró la piedra tras de sí. No llevaba armadura ni insignias, solo una camisa negra y la venda limpia alrededor del costado. Había utilizado el paso de los sirvientes para evitar a los guardias de Al-Manzur.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—No lo sabía. Seguí tres golpes y encontré una mujer armada que llama madre a las paredes.
—Entonces ya puedes marcharte.
Morlevo observó las agujas, el vestido preparado para el consejo y el bastón que Maela había dejado el día anterior.
—Te enseñarán a obedecer esta mañana.
—Me enseñarán a parecer obediente.
—La diferencia solo existe mientras recuerdes quién decide detener el juego.
Esmeralda dejó el cuchillo sobre la cama.
—Arrodíllate.
Morlevo no sonrió. Se quitó el cinturón de armas, lo colocó fuera de su alcance y bajó sobre una rodilla frente a ella. El gesto habría podido parecer sumisión si su mirada no hubiera permanecido a la altura del rostro de Esmeralda, esperando la siguiente decisión.
—¿Esto querías? —preguntó.
—Quería comprobar si sabes obedecer cuando no hay soldados mirando.
Ella se acercó y abrió los primeros botones de su camisa. Pasó los dedos por la cicatriz de la clavícula, descendió hasta el pecho y se detuvo antes de la venda. Morlevo mantuvo las manos sobre sus propios muslos.
—No me toques.
—No lo estoy haciendo.
—Tampoco hables como si fueras tú quien me concede algo.
Morlevo inclinó la cabeza. Esmeralda rodeó su cuello con una mano y lo obligó a levantar el rostro. Lo besó despacio, sin permitir que él acortara la distancia. La boca de Morlevo respondió solo cuando ella profundizó el contacto.
El control le produjo un calor distinto al del sueño: no nacía de imaginar que el comandante podía dominarla, sino de comprobar que era capaz de detenerse. Esmeralda abrió el frente de su propio vestido hasta dejar visible la parte superior de un pecho.
—Ahora puedes tocarme. Con una mano.
Morlevo apoyó la palma sobre su cintura y esperó.
—Más arriba.
Los dedos siguieron la orden. Cubrieron su pecho por encima de la tela y el pulgar encontró el pezón endurecido. Esmeralda contuvo la respiración, pero no apartó la mirada. Él volvió a moverse cuando ella asintió.
—¿Qué estás aprendiendo? —preguntó Esmeralda.
—Que pronuncias las órdenes con mayor claridad cuando las deseas.
—Respuesta incorrecta.
Tiró de su cabello y lo acercó hasta que la boca de Morlevo quedó a un aliento de la piel descubierta.
—Aprendo que puedes detenerme —corrigió él.
—Y que puedo detenerme yo.
Esmeralda cerró el vestido y retrocedió. Morlevo retiró la mano sin intentar prolongar el contacto. La obediencia inmediata dejó el deseo suspendido entre ambos, intenso precisamente porque ninguno lo utilizó para exigir más.
—Levántate.
Morlevo recogió el cinturón. Antes de abrir la pared, dejó sobre la mesa una tablilla con el sello de la guardia.
—Da paso a los corredores del consejo y a dos depósitos. Si alguien pregunta, la robaste.
—La estoy recibiendo de un traidor.
—Eso resulta menos creíble en este palacio.
La cerradura exterior comenzó a girar. Morlevo cruzó la abertura, y Esmeralda cerró la piedra segundos antes de que una anciana entrara sin esperar permiso.
Maela llevaba una túnica gris, el cabello blanco recogido en una trenza y un bastón cuyo extremo tenía la forma de una mano cerrada.
Talia apareció detrás con una bandeja de pan, queso y leche.
—Levántate —ordenó Maela.
Esmeralda continuó sentada.
—Buenos días.
La anciana golpeó el suelo con el bastón.
—Al-Manzur ha ordenado que recibas la educación de una mujer de la corte.
—Entonces puede buscar a una mujer de la corte.