La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 16 El rey sin rostro
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Capítulo 16 El rey sin rostro

EL REY SIN ROSTRO

La mujer de túnica azul que esperaba en la habitación de baño no era una desconocida.

Era Talia, la joven que había marchado delante de Esmeralda en la columna de cautivos y a quien Rashid intentó separar de Mara.

Después de la fuga la capturaron de nuevo y la vendieron al palacio; allí tuvo que fingir que servía en las habitaciones interiores desde niña para que nadie preguntara qué rutas usaba Rashid.

Dos muchachas llenaron una bañera de cobre, limpiaron la herida del hombro y extendieron sobre una mesa un vestido verde oscuro con bordados de hilo negro.

—No pienso usar eso.

—El comandante pidió que no ocultáramos tus ojos con otro color —explicó Talia.

Esmeralda miró hacia la puerta por donde Morlevo había desaparecido.

—¿Cuándo lo pidió?

—Mientras atendían su herida.

—Estuve a pocos pasos.

—Los hombres suelen encontrar tiempo para dar órdenes sobre la ropa de una mujer.

La mentira era hábil porque se apoyaba en algo que Esmeralda estaba dispuesta a creer. Se puso el vestido, pero ocultó el cuchillo bajo la falda. Talia fingió no verlo. Después le recogió el cabello con dos agujas de cobre y colocó el medallón sobre la tela.

—¿Sabes qué significa este símbolo? —preguntó Esmeralda.

—En el palacio todos saben algo diferente. Esa es la forma más eficaz de que nadie conozca la verdad.

—¿Qué sabes tú?

Talia ajustó la cadena.

—Que Al-Manzur conserva otro.

La sala de audiencias se encontraba en el interior de una torre excavada en la montaña. No tenía ventanas. Las paredes estaban cubiertas por placas de obsidiana que reflejaban figuras deformadas, y un canal estrecho conducía agua alrededor de una plataforma central. Al-Manzur esperaba de pie.

Llevaba una máscara negra sin abertura para la boca.

Dos láminas articuladas cubrían las mejillas y una línea de plata descendía desde la frente hasta la barbilla.

La túnica gris ocultaba por completo su cuerpo, aunque la rigidez de uno de sus brazos mostraba que debajo había algo distinto a la carne. Samir se detuvo al verlo.

—La sombra de mis sueños —murmuró Esmeralda.

Morlevo se colocó a su derecha. Samir ocupó el lado contrario, como si ambos hubieran decidido protegerla el uno del otro además del rey. Al-Manzur observó la disposición.

—Daruk ha conseguido reunir en una misma habitación tres problemas que esperaba mantener separados.

Su voz no parecía salir de la máscara. Resonaba alrededor de ellos desde las paredes.

—No estamos aquí gracias a Daruk —respondió Esmeralda.

—Todas las rutas de esta montaña terminan perteneciendo a quien obliga a otro a utilizarlas.

—Entonces la puerta nos trajo hasta usted.

—La puerta respondió a tu medallón. Yo me limité a esperar.

Al-Manzur descendió de la plataforma. Samir intentó adelantarse, pero dos guardias cruzaron las lanzas frente a él. El rey no miró el vestido ni el cuerpo de Esmeralda. Examinó sus ojos, el medallón y la mano con que ella lo protegía.

—¿Dónde está tu madre?

—Eso vine a preguntarle.

—No has venido por voluntad propia.

—Tampoco estoy arrodillada.

Morlevo dejó escapar una respiración que pudo ser una risa. Al-Manzur inclinó ligeramente la cabeza.

—Daruk me aseguró que eras difícil.

—Daruk confunde la dificultad con cualquier cosa que no puede romper.

—Esa es una de sus limitaciones.

El rey abrió la mano. Otro medallón descansaba sobre su palma.

Era idéntico al de Esmeralda, salvo por una grieta que atravesaba el centro y una mancha oscura alrededor del borde.

Cuando lo acercó, el metal de ella comenzó a calentarse.

No hubo dolor. La quemadura del hombro dejó de arder y las líneas grises ocultas bajo la piel retrocedieron.

Esmeralda sintió una calma breve y ajena, como si el cuerpo reconociera una autoridad anterior a su voluntad.

—¿Qué me está haciendo?

—Nada. Esa es la parte que debería preocuparte.

Al-Manzur colocó ambos medallones juntos. Las líneas grabadas formaron una corona rodeada por tres agujas.

—¿Pertenecía a mi madre?

—Pertenecía a su casa.

—¿Qué casa?

—Una que gobernaba estas puertas antes de que mi familia aprendiera a abrirlas con sangre ajena.

Samir dio un paso.

—La mujer que vi en la fortaleza llevaba uno igual.

El rey se volvió hacia él.

—Descríbela.

Samir repitió la túnica oscura, el velo, el cabello y la ausencia de cadenas. Al-Manzur preguntó por sus manos, por el tono de la voz y por las palabras exactas que utilizó. Cuando Samir mencionó que sostenía el medallón con la derecha, el rey cerró los dedos alrededor de la copia.

—Daruk te mostró lo que necesitaba que reconocieras.

—Era ella.

—Quizá.

—Habló de Luzar.

—Las piedras conservan voces. Las mujeres blancas conservan rostros. Daruk conserva personas el tiempo suficiente para vaciarlas.

Esmeralda sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Mi madre está viva?

Al-Manzur no respondió. Una puerta lateral se abrió. Daruk entró acompañado por cuatro soldados. La túnica ocultaba la herida del vientre, pero una línea negra ascendía por su cuello y uno de sus ojos había adquirido un color blanco opaco.

—La respuesta pertenece a la fortaleza —dijo—. Esmeralda puede verla cuando regrese conmigo.

Morlevo desenvainó una espada.

—Todavía hueles al río.

—Y tú continúas interponiéndote entre una esclava y su dueño.

—Ella no te pertenece.

—En este reino, todas las personas pertenecen a alguien.

Al-Manzur alzó una mano. Los guardias rodearon a Daruk, aunque ninguno parecía seguro de que sus armas pudieran detenerlo.

—Esa costumbre terminará destruyendo un reino que todavía necesito —dijo el rey.

Daruk miró a Esmeralda.

—Al-Manzur no te ha traído para liberarte. Pregunta cuántas mujeres han usado ese vestido antes de entrar en sus habitaciones.

Esmeralda reconoció la intención. Daruk quería colocar miedo donde no había conseguido imponer obediencia.

—Si el rey quisiera llevarme a su cama, no necesitaría que tú me lo explicaras.

—Todavía no conoces lo que necesita.

—Tampoco tú —intervino Al-Manzur—. Por eso continúas construyendo criaturas con piezas que no comprendes.

Daruk no apartó los ojos de Esmeralda.

—Tu madre también creyó que podía negociar con él.

—Basta —ordenó el rey.

La palabra hizo vibrar las placas de obsidiana. La línea negra del cuello de Daruk se contrajo y el ojo blanco recuperó durante un instante su color natural. Al-Manzur miró a Morlevo.

—Daruk tiene razón en una sola cosa. El deseo acostumbra a presentar la posesión como una forma de cuidado.

—No necesito una lección suya —respondió Morlevo.

—La necesitas precisamente porque crees que no.

—Esmeralda decide a quién permite acercarse.

—Mientras continúe bajo una ley que la llama esclava, ninguna decisión ocurre sin una sombra sobre ella. No confundas deseo con derecho.

Morlevo sostuvo la mirada inexpresiva de la máscara.

—Nunca he creído tener derecho sobre ella.

Al-Manzur observó el lugar exacto donde Esmeralda permanecía entre Morlevo y Samir.

—Todavía no.

Samir recibió la frase como una confirmación de todo lo que temía.

—Esmeralda se marchará conmigo —dijo.

—No tienes autoridad para decidirlo —respondió ella.

El rey inclinó la cabeza.

—Al menos uno de los dos aprende con rapidez.

Samir se volvió hacia Esmeralda.

—¿Quieres quedarte aquí?

—Quiero encontrar a Ligia, sacar a Safiya del desfiladero y averiguar por qué Daruk conserva una mujer con el rostro de mi madre.

—Eso no responde.

—No voy a escapar hacia una vida que ya no existe mientras las demás continúen perseguidas.

Al-Manzur regresó a la plataforma.

—Bahir y los prisioneros saldrán por la puerta occidental. Samir permanecerá como testigo hasta que pueda mostrarme la entrada de la fortaleza donde vio a la mujer. Morlevo recuperará el mando de la guardia interior y responderá por cualquier intento de Daruk contra ellos.

—No trabajo para usted —dijo Morlevo.

—Nunca dejaste de hacerlo. Solo comenzaste a seleccionar qué órdenes te convenían.

—¿Y Esmeralda? —preguntó Samir.

—Permanecerá en las habitaciones interiores y recibirá la educación que le habría correspondido si su madre hubiera cumplido el pacto.

Esmeralda apretó el medallón.

—No aceptaré otro nombre ni otra cadena.

—No necesitarás una cadena. Las puertas no se abrirán sin ti.

—Entonces estoy prisionera.

—Sí.

La franqueza eliminó cualquier posibilidad de confundir a Al-Manzur con un salvador.

—Daruk dijo que usted era distinto —respondió Esmeralda.

—Daruk considera distinta cualquier crueldad que no produzca un grito inmediato.

—¿Qué quiere de mí?

—Que abras una puerta antes de que él consiga hacerlo con el cuerpo de tu madre.

Esmeralda sintió que Samir la sujetaba del brazo. Morlevo avanzó hacia la plataforma, pero los guardias cerraron el paso.

—¿Está viva? —preguntó ella.

Al-Manzur guardó el segundo medallón.

—La mujer que te dio a luz no murió cuando te dijeron. Todo lo demás depende de cuánto de ella haya conseguido conservar Daruk.

La puerta lateral se cerró alrededor de Daruk. Su sonrisa fue lo último que desapareció. Talia entró para conducir a Esmeralda hacia las habitaciones interiores. Dos guardias separaron a Samir y otros esperaron a Morlevo.

—No permitas que vuelvan a llevarte —dijo Samir.

—Encuentra la entrada donde la viste.

—Esmeralda.

Ella se acercó y besó su mejilla. Samir giró el rostro buscando su boca, pero Esmeralda ya se había apartado. Morlevo la observó sin hablar.

—Talia afirmó que elegiste este vestido —dijo Esmeralda.

—Nunca había visto ese vestido.

Talia continuó caminando como si no hubiera escuchado.

—Entonces alguien quería que pareciera que intentabas exhibirme.

—En este palacio, las mentiras más eficaces son las que dos personas desean creer por razones opuestas.

—¿Tú deseabas creerlo?

La mirada de Morlevo descendió por el vestido y regresó a sus ojos.

—Deseaba que lo hubieras elegido tú.

Los guardias lo obligaron a detenerse. Esmeralda continuó detrás de Talia, consciente de que Samir había escuchado la respuesta. Cuando llegó al umbral, Al-Manzur pronunció una palabra en voz baja.

—Naima.

Esmeralda se volvió. El rey permanecía solo sobre la plataforma y sostenía entre los dedos el medallón agrietado. Por primera vez, la máscara no consiguió ocultar la impresión de que observaba a otra mujer.

—¿Ese era el nombre de mi madre?

Al-Manzur no respondió. Samir sí.

—Así la llamó Daruk en la fortaleza.

Las puertas se cerraron entre ellos.