Capítulo 15 El prisionero sin nombre
EL PRISIONERO SIN NOMbrE
Los túneles desembocaban bajo Azmar, capital del reino. Luzar seguía siendo la aldea destruida que Esmeralda llevaba en la memoria; aquella ciudad de torres, canales y palacios tendría desde entonces un nombre propio y una culpa distinta. Samir se volvió hacia él.
—Dijiste que la fortaleza de Daruk estaba al este.
—Lo está. Los túneles conectan ambos lugares.
—¿Lo sabías?
—Sabía que existían. Nunca había conseguido abrirlos.
—Pero conocías la cámara elevada.
—Una ruta robada no necesita estar completa para resultar útil.
Bahir dejó escapar una risa agotada.
—Cuando salgamos de aquí, pienso vender mapas falsos. Parece una profesión más segura.
El oficial detuvo al grupo frente a dos puertas. Detrás de la primera había una enfermería con camas estrechas, cuencos de cobre y armarios llenos de vendas. Detrás de la segunda esperaba una escalera custodiada.
—Los prisioneros recibirán atención y saldrán por la puerta occidental antes del anochecer —explicó—. Bahir puede acompañarlos.
—¿Y el muchacho? —preguntó Esmeralda.
—También.
—¿Samir?
—El rey desea escuchar lo que vio en la fortaleza.
—¿Morlevo?
El oficial examinó las heridas del comandante.
—El rey todavía no ha decidido si desea escucharlo o ejecutarlo.
—Que tome la decisión después de que alguien vuelva a coserme el costado —respondió Morlevo.
Dos sanadores se acercaron para llevarlo a otra habitación. Antes de seguirlos, él sujetó el brazo del oficial.
—Daruk sobrevivió a la corriente.
—Lo sabemos.
—Tiene piezas de las mujeres blancas dentro del cuerpo.
—También lo sabemos.
—Entonces Al-Manzur lleva demasiado tiempo permitiendo que su enemigo construya un ejército debajo de sus propias puertas.
El oficial sostuvo su mirada.
—Eso puedes decírselo tú mismo, si decide no ejecutarte.
Esmeralda quiso seguir a Morlevo, pero una mujer de túnica azul se interpuso.
—Primero atenderán tu hombro. Después te prepararán para la audiencia.
—No necesito que me preparen.
—En este palacio, hasta los condenados deben presentarse con ropa limpia.
La mujer la condujo hacia la enfermería. Al pasar junto a Samir, Esmeralda rozó sus dedos.
—No vuelvas a desaparecer.
Él apretó su mano.
—Esta vez tendrás que pedírmelo mirándome.
Los sanadores cerraron una cortina alrededor de Samir para examinarle la pierna.
Esmeralda permaneció con los liberados hasta asegurarse de que recibieran agua, comida y atención.
Bahir se negó a abandonar el palacio antes de conocer el resultado de la audiencia, pero el oficial le recordó que tenía dos dedos rotos y ninguna autoridad para negociar.
—Nunca necesité autoridad para cobrar una deuda —replicó el comerciante.
—Entonces considérate pagado.
—Eso lo decidiré yo.
Esmeralda entró detrás de la cortina de Samir antes de que los guardias pudieran detenerla.
Él estaba sentado en el borde de una cama, sin túnica.
Las costillas se dibujaban bajo la piel y una cicatriz irregular atravesaba su abdomen.
Había marcas de látigo en los hombros y quemaduras pequeñas alrededor de los brazos.
Esmeralda se quedó frente a él sin encontrar una pregunta que no fuera otra forma de dolor.
—No mires como si todavía estuviera encadenado —dijo Samir.
—No sé cómo mirarte.
—Antes no necesitabas aprenderlo.
—Antes no tenías estas heridas.
Samir tomó una tela, la humedeció en el cuenco y comenzó a limpiar la sangre del tobillo.
Esmeralda se arrodilló, le quitó el paño y lo hizo por él.
Las tres perforaciones de las agujas habían adquirido un color violáceo.
Al presionar alrededor, no encontró filamentos bajo la piel, aunque Samir se tensó.
—¿Te duele?
—Menos que verte regresar por Morlevo.
Esmeralda dejó el paño dentro del cuenco.
—Regresé porque Daruk iba a matarlo.
—También regresaste por mí en Luzar.
—Sí.
—No me mirabas de esta manera.
—¿De qué manera?
Samir le tocó el rostro. Los dedos conservaron la misma delicadeza que ella recordaba, pero las manos estaban endurecidas por meses de trabajo, encierro y castigo.
—Como si cualquier respuesta fuera a herir a alguien.
Esmeralda cerró los ojos.
—Te amaba cuando Luzar ardió.
—¿Y ahora?
—Ahora te encontré hace menos de una hora.
—Eso no responde.
—No puedo convertir los meses que perdimos en una frase sencilla para tranquilizarte.
Samir retiró la mano.
—¿Lo besaste?
Esmeralda habría podido mentir. Samir estaba herido, acababa de recuperar la libertad y todavía tenía el rostro marcado por los golpes de Daruk. Una mentira habría sido una crueldad más lenta.
—Sí.
La mandíbula de Samir se tensó.
—¿Él te obligó?
—No.
—¿Lo deseabas?
—Sí.
Samir miró hacia la abertura de la cortina, como si esperara encontrar allí a Morlevo.
—¿Te acostaste con él?
—No.
—¿Porque pensabas que yo estaba vivo?
—Porque me aparté.
—No fue lo que pregunté.
Esmeralda se puso de pie.
—No pienso responder a un interrogatorio para demostrar que sufrí de la manera correcta mientras tú no estabas.
Samir la sujetó por la muñeca, aunque aflojó los dedos de inmediato.
—No quiero castigarte.
—Pero quieres recuperar lo que dejamos como si yo hubiera permanecido inmóvil desde la noche del incendio.
—Quiero saber si todavía existe.
Esmeralda miró su boca. Tenía una herida reciente en el labio y otra casi curada junto a la barbilla. El cuerpo reconoció antes que la razón la distancia exacta que debía recorrer.
—No lo sé —admitió.
Samir la acercó lentamente. Se detuvo cuando sus rostros quedaron a un aliento de distancia.
—Dime que no.
Esmeralda no lo dijo. El beso comenzó con una cautela que apenas duró unos segundos.
Ella le sostuvo la nuca y Samir abrió la boca sobre la suya, recuperando un ritmo que ambos habían aprendido mucho antes de saber cuánto podía cambiar una persona.
El sabor de la sangre desapareció bajo el calor.
Samir deslizó las manos hasta su cintura y la atrajo entre sus piernas.
Esmeralda sintió la presión de su cuerpo, la piel desnuda de su pecho y la respiración acelerada contra el cuello.
Él apartó la tela que cubría su hombro herido.
—Puedo detenerme.
—No te lo he pedido.
Samir besó la marca dejada por la flecha y descendió hacia la clavícula.
Esmeralda inclinó la cabeza y hundió los dedos en su cabello.
El deseo llegó acompañado por una familiaridad tan intensa que durante un instante pudo imaginar que afuera continuaba la fiesta de la luna y que todavía tenían caballos preparados para abandonar Luzar.
La mano de Samir entró bajo la túnica. Recorrió su espalda, se detuvo en la curva de la cintura y avanzó hacia el costado. Esmeralda lo besó con mayor fuerza cuando sus dedos encontraron la piel desnuda bajo el pecho.
—Te recordaba cada noche —murmuró él.
Aquellas palabras produjeron una fisura en el recuerdo.
Esmeralda abrió los ojos y vio las cicatrices, las paredes negras del palacio y el agua manchada de sangre dentro del cuenco.
También recordó a Morlevo sentado en la galería, permitiéndole ajustar la venda, y la forma en que había dicho que no competiría con un muerto.
Samir notó el cambio. Retiró la mano antes de que ella tuviera que pedírselo.
—Pensaste en él.
Esmeralda apoyó la frente contra la suya.
—No quería hacerlo.
—Eso no lo vuelve mejor.
—Tampoco lo convierte en una elección.
Samir se apartó. No la acusó ni intentó besarla de nuevo, pero la distancia que dejó entre ambos resultó más dolorosa que su enojo.
—Daruk me hablaba de ti mientras me torturaba —dijo—. Me aseguraba que Morlevo te había convertido en su mujer. Yo pensaba que intentaba quebrarme.
—Lo intentaba.
—También decía la verdad suficiente para que las mentiras funcionaran.
Esmeralda volvió a cubrirle la pierna con la venda.
—No soy la mujer que Daruk describió.
—Tampoco eres la que dejé en Luzar.
—No.
Samir levantó su rostro.
—Entonces tendré que decidir si quiero conocer a la que regresó por Morlevo.
—Y yo tendré que conocer al hombre que estuvo dispuesto a condenar a otro prisionero para entrar en el palacio.
La acusación lo alcanzó. Samir había admitido que manipuló a un muchacho para conseguir un pase y no había explicado qué ocurrió después.
—No sabía que lo ejecutarían.
—Pero sabías que lo castigarían.
—Necesitaba encontrarte.
—Morlevo también utilizaba esa respuesta cada vez que obedecía una orden.
Samir soltó su mano.
—No me compares con él.
—Entonces no me obligues a fingir que sigues siendo el hombre que eras.
La cortina se abrió. Morlevo estaba al otro lado con el costado vendado y una túnica limpia sobre los hombros. Su mirada pasó de la boca enrojecida de Esmeralda al pecho desnudo de Samir, pero no permitió que la reacción llegara al rostro.
—Al-Manzur está preparado para recibirnos.
Samir se puso la túnica.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente para comprender que tocar la tela antes de entrar habría sido una cortesía inútil.
Esmeralda caminó hacia él.
—No te debo una explicación.
—No te la he pedido.
—Bien.
—También puedes dejar de apretar los puños. No soy yo quien está enfadado contigo.
Morlevo se volvió y avanzó hacia la escalera.