Capítulo 14 La mujer de la fortaleza #2
—Pueden continuar acusándose mientras caminamos —dijo—. Lo que está detrás de esa puerta no tardará mucho en encontrar otra entrada.
Samir intentó ponerse de pie sin ayuda. La pierna herida cedió, pero apartó el brazo de Esmeralda cuando ella quiso sostenerlo.
—La mujer de la fortaleza conocía mi nombre —continuó—. Sabía que tú conservabas el pájaro que te tallé y sabía que Daruk me había capturado en el canal. Me preguntó si habías conseguido escapar con Ligia.
—¿Te habló delante de Daruk?
—Él estaba junto a ella. No parecía vigilarla.
—Eso no significa que estuviera allí por voluntad propia —intervino Morlevo—. Daruk no necesita cadenas cuando conoce la amenaza adecuada.
Samir lo miró.
—Tampoco parecía temerle.
—Las mujeres blancas que atravesaron la caverna podían entrar en la mente de Idris, detenerle el corazón y utilizar su cuerpo para hablar. Daruk podría haberte mostrado cualquier rostro.
—La vi antes de que esas mujeres me tocaran.
—Daruk te tenía desde la noche de Luzar. No sabes cuándo comenzaron a modificar tus recuerdos.
Samir avanzó hacia él.
—Sé distinguir una memoria de una mentira.
—Hace unos minutos creías que Esmeralda me pertenecía porque me viste entrar en una tienda.
—Te vi negociar con el hombre que me torturaba.
—Y continuaremos regresando a ese asunto hasta que alguno de los dos se aburra o muera.
Esmeralda se interpuso antes de que Samir intentara golpearlo. La hostilidad entre ambos tenía demasiado de miedo y demasiado de ella para resolverse con una explicación.
—Samir, ¿qué llevaba puesto mi madre?
Él tardó en apartar los ojos de Morlevo.
—Una túnica oscura con un bordado de cobre en el cuello. El cabello recogido y un velo muy fino sobre la mitad del rostro.
—¿Tenía alguna herida?
—No pude acercarme lo suficiente.
—¿De qué mano colgaba el medallón?
—De la derecha.
Morlevo miró a Esmeralda, pero no dijo nada.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
—Cuando tocaste el medallón en las canteras, viste una mano con tres dedos oscurecidos. Era la izquierda.
—Las visiones no siempre muestran el cuerpo como existe ahora.
—Tampoco los recuerdos.
Un golpe más fuerte abrió una grieta sobre la puerta. Una sustancia blanca comenzó a filtrarse entre las piedras y se extendió por el suelo con movimientos semejantes a raíces. Morlevo levantó la lámpara.
—Tenemos que marcharnos.
El corredor descendía con una inclinación cada vez más pronunciada.
Los liberados avanzaron delante, guiados por Bahir y el muchacho de los canteros, mientras Morlevo cerraba la marcha.
Samir apoyaba una mano sobre la pared para proteger la pierna y se negaba a aceptar ayuda.
La claridad verde recorrió el suelo por delante de Esmeralda.
Cada vez que llegaban a una bifurcación, los símbolos se concentraban en uno de los caminos, como si el medallón recordara una ruta construida para la sangre de quien lo llevaba.
Atravesaron una sala circular donde siete mujeres coronadas aparecían talladas en las paredes.
Ninguna tenía rostro. Las manos de las figuras sostenían cadenas, espadas, cuencos y llaves, pero la última ofrecía un medallón idéntico al de Esmeralda.
Debajo había una inscripción casi borrada. Bahir limpió la piedra con la manga.
—No conozco estos signos.
Samir se aproximó.
—Estaban en la fortaleza de Daruk.
—¿En qué parte? —preguntó Morlevo.
—Alrededor de la mujer.
Esmeralda tocó la inscripción. La piedra se calentó y una voz surgió del muro, débil y fragmentada.
—La puerta… no debe… abrirse para él.
Las lámparas se apagaron. Algo se movió en el corredor por el que habían llegado. No caminaba, sino que se arrastraba sobre la roca con decenas de contactos pequeños y rápidos. Morlevo desenvainó las espadas.
—Continúen.
Una mujer liberada comenzó a rezar. Bahir la obligó a seguir mientras el muchacho buscaba una salida entre los relieves.
Esmeralda oyó el roce de una aguja detrás de ella.
Se volvió. Una de las mujeres blancas descendía por la pared con las extremidades dobladas en ángulos imposibles.
Ya no conservaba el rostro humano que habían visto en la caverna.
La superficie lisa de su cabeza estaba abierta desde la frente hasta la boca y en el interior se movían filamentos negros.
Samir tomó una barra de cobre y golpeó a la criatura antes de que alcanzara a Esmeralda.
La mujer cayó, pero una de sus manos se cerró alrededor de su tobillo herido.
Samir gritó. Morlevo cortó el brazo de la criatura.
No salió sangre de la herida, sino una masa blanca que trepó por el filo de la espada y comenzó a cubrirle los dedos.
Esmeralda arrancó el medallón de su cuello y lo presionó contra la sustancia.
La claridad verde atravesó el brazo de Morlevo. La masa blanca se contrajo y cayó al suelo convertida en un polvo húmedo. La criatura emitió una voz que no pertenecía a su cuerpo.
—Esmeralda.
Era la voz de su madre. Esmeralda quedó inmóvil. La mujer blanca se incorporó y extendió hacia ella la mano que todavía conservaba.
—Ven conmigo.
Morlevo la atravesó con las dos espadas. La criatura se sacudió, abrió la grieta de su rostro y trató de pronunciar otra palabra, pero Samir golpeó su cabeza hasta quebrarla contra la piedra. El silencio regresó.
—¿Todavía crees que reconocer una voz demuestra algo? —preguntó Morlevo.
Samir respiraba con dificultad. La mano cortada continuaba cerrada alrededor de su tobillo.
—La mujer que vi tenía un cuerpo.
—También lo tenía esta.
Esmeralda retiró los dedos blancos uno por uno.
En la palma de la criatura encontró el símbolo de las tres agujas y una letra trazada con tinta roja.
La misma letra iniciaba el nombre que su padre había grabado en la parte posterior del medallón y después había intentado borrar. No permitió que los demás la vieran.
—Hay una puerta —anunció el muchacho.
La última figura coronada ocultaba una separación vertical.
Bahir y Morlevo empujaron la piedra, pero no se movió hasta que Esmeralda acercó el medallón al relieve.
Un sonido de cadenas recorrió el interior de la montaña.
La pared se abrió. Al otro lado esperaban doce soldados con armaduras negras y velos de plata sobre la boca.
Sus lanzas formaron una barrera antes de que el grupo pudiera retroceder.
Morlevo reconoció la insignia grabada en sus petos. Guardó las espadas.
—Bajen las armas —ordenó.
Samir levantó la barra de cobre.
—¿También trabajan para Daruk?
—No. Estos responden directamente a Al-Manzur.
—Eso no los hace mejores.
—Los hace menos interesados en matarnos durante los próximos minutos.
El oficial de los soldados retiró el velo. Era un hombre de cabello gris, con una cicatriz que dividía una de sus cejas.
—El rey esperaba que la puerta se abriera esta noche —dijo.
Morlevo miró los soldados dispuestos alrededor de ellos.
—Entonces pudo haber enviado ayuda.
—No sabía desde qué lado llegarían.
El oficial observó a Esmeralda. No se detuvo en su ropa mojada ni en la sangre de su hombro, sino en el medallón que todavía sostenía.
—Al-Manzur recibirá a la mujer de los ojos verdes.
—No irá sola —respondieron Samir y Morlevo al mismo tiempo.
El oficial sonrió sin humor.
—El rey también esperaba esa dificultad.
Los condujeron a través de una puerta de hierro que se cerró antes de que la mujer blanca pudiera reconstruirse.
Detrás de las barras, la criatura comenzó a golpear la piedra con la voz de la madre de Esmeralda.
El nuevo corredor estaba seco y olía a incienso, metal caliente y agua estancada.
No habían escapado de la montaña. Habían entrado en una parte más profunda de ella.
—¿Dónde estamos? —preguntó Esmeralda.
Morlevo contempló los mosaicos negros que cubrían el techo.
—Debajo del palacio.