La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 14 La mujer de la fortaleza
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Capítulo 14 La mujer de la fortaleza

LA MUJER DE LA FORTALEZA

Esmeralda y Morlevo observaron el campamento desde la galería hasta que los guardias cambiaron de turno.

La abertura cubierta por raíces se encontraba varios metros por encima del cauce seco.

Desde allí distinguían las treinta tiendas, las dos líneas de caballos y las jaulas construidas bajo el puente.

Bahir estaba sujeto al pilar central. El muchacho de los canteros permanecía a su lado.

Samir continuaba en el último cercado, despierto y demasiado inmóvil para un hombre que no hubiera aprendido a fingir ante sus vigilantes.

—Hay cuatro guardias entre la galería y las jaulas —susurró Esmeralda.

—Seis. Dos están debajo del puente.

—¿Cómo entraremos?

Morlevo señaló una carreta cargada con sacos. Cada vez que salía de la zona de suministros, el soldado de la puerta levantaba una esquina de la lona, contaba los bultos y permitía que continuara hacia las cocinas.

—Por la jaula de provisiones. Cuando cambien la guardia, el cocinero pedirá harina antes de que el nuevo turno termine de contar a los prisioneros.

—Hablas como si hubieras organizado este campamento.

—Organicé demasiados iguales.

La respuesta no buscó indulgencia. Esmeralda la guardó junto a todo lo que todavía tendría que exigirle cuando no hubiera soldados debajo de ellos.

Esperaron hasta que sonó el cuerno del cambio.

Morlevo descendió primero por las raíces y sostuvo la cuerda para ella.

La aguja extraída de su costado había dejado una rigidez que intentaba ocultar; Esmeralda lo vio protegerse las costillas al tocar el suelo.

—Si vuelves a caer, no pienso abrirte otra vez con un cuchillo.

—Tu preocupación sigue mejorando.

Rodearon el muro por un conducto tan estrecho que avanzaron de lado.

Morlevo levantó una rejilla oxidada y Esmeralda entró en la jaula de suministros.

Había sacos de harina, odres, frascos de aceite y una fila de cajas marcadas con el sello de Daruk.

Dentro de una se movía algo que arañaba la madera. Ninguno intentó abrirla.

Los pasos del cocinero llegaron antes de que pudieran esconderse. Esmeralda se deslizó detrás de los sacos. Morlevo esperó junto a la puerta. Cuando el hombre entró, el comandante le cubrió la boca y apoyó una hoja bajo su costado.

—¿Cuántas llaves?

—No sé de qué habla.

Morlevo presionó la hoja.

—La respuesta correcta era tres.

El cocinero entregó el aro. Esmeralda lo ató con una cuerda y lo ocultó dentro de una caja vacía, dejando una abertura suficiente para que respirara. Morlevo la miró.

—Yo habría elegido el aceite.

—Por eso yo llevo las llaves.

Cubrieron sus ropas con delantales de los ayudantes y empujaron la carreta hasta el patio.

El soldado levantó la lona. Esmeralda sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.

El hombre contó los sacos, reparó en la sangre seca de Morlevo y abrió la boca.

Morlevo lo golpeó antes de que pudiera gritar y lo dejó debajo de la carreta.

—Ahora quedan cinco —dijo Esmeralda.

—Empiezas a contar mejor.

Llegaron primero a Bahir. El comerciante levantó la cabeza y sonrió a través del rostro hinchado.

—Sabía que la deuda les impediría abandonarme.

—La deuda no —respondió Esmeralda mientras probaba las llaves—. Tu incapacidad para morir en silencio.

El segundo cierre cedió. Bahir no podía utilizar dos dedos, pero ayudó a liberar al muchacho y a otros cuatro canteros encerrados detrás de él. Morlevo les indicó el desagüe situado bajo las jaulas.

—Esperen hasta que abramos el último cercado. Si escuchan un cuerno, entren sin nosotros.

—¿Y si escuchamos gritos? —preguntó el muchacho.

—Serán el cuerno.

El último cercado estaba cubierto por una malla de hierro.

Samir se había puesto de pie. La pierna izquierda apenas sostenía su peso, y una cadena unía sus muñecas con un poste, pero los ojos permanecían fijos en Morlevo.

No miró a Esmeralda. Parecía temer que hacerlo terminara de construir una visión preparada por Daruk.

—Samir —dijo ella.

Él no respondió. Morlevo introdujo una llave. El clic del cierre transformó la quietud de Samir. Enrolló la cadena alrededor del antebrazo del comandante y tiró con todo el peso. Morlevo chocó contra la malla. Samir levantó el otro extremo para golpearle la garganta.

Esmeralda se interpuso.

—¡Basta!

Samir detuvo el hierro a pocos centímetros de su rostro. La furia desapareció. Durante un instante no quedó nada en su expresión, como si el cuerpo se negara a confiar en lo que veía.

—No eres real —murmuró.

Esmeralda tomó la mano que sostenía la cadena y la apoyó sobre la cicatriz detrás de su rodilla, el lugar que solo él conocía desde la caída junto al molino.

—Te reíste antes de ayudarme a levantarme. Después mentiste a mi padre y dijiste que me había atacado un perro.

Los dedos de Samir temblaron sobre la cicatriz.

—Daruk también conoce recuerdos.

—Entonces pregúntame algo que él no habría considerado importante.

Samir respiró una vez, con dificultad.

—¿Dónde escondiste la primera talla que te regalé?

—En el tejado del taller. Era un caballo horrible y no quería que supieras que lo había guardado.

La cadena cayó. Samir la sujetó por la cintura y escondió el rostro contra su cuello.

Esmeralda sintió la barba, el olor a humo y la respiración rota que había imaginado durante tantas noches.

Lo abrazó con una fuerza que no podía devolverle los meses perdidos, pero sí demostrar que aquella parte de ambos seguía viva.

—Vi cómo caías —dijo ella.

—Intenté volver.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Me llevaron en el carro de los muertos. Rashid encontró la ficha que había tomado y comprendió que lo había visto abrir la muralla.

Samir levantó la cabeza y encontró a Morlevo junto a la entrada. La ternura se convirtió otra vez en rabia.

—Él estaba con Daruk.

—También te ha sacado de la jaula —dijo Esmeralda.

—Después de llevarte hasta ella.

—Pueden decidir cuál de los dos merece matarme cuando salgamos —interrumpió Morlevo—. Rashid acaba de entrar por el camino oriental.

El cuerno sonó antes de que terminara. Bahir abrió la rejilla del desagüe. Los canteros comenzaron a descender mientras dos guardias corrían hacia el último cercado. Morlevo lanzó una de sus espadas a Samir. Este la atrapó por instinto.

—No necesito nada tuyo.

—Entonces devuélvemela después de usarla.

Samir bloqueó el primer ataque. La pierna cedió al girar y Esmeralda tuvo que sostenerlo para que no cayera sobre las antorchas. Morlevo atravesó al segundo guardia, tomó las llaves de su cinturón y abrió las cadenas restantes.

Rashid apareció entre las tiendas con diez jinetes.

—¡Cierren el puente!

Morlevo volcó la carreta de aceite. Esmeralda prendió la lona con una antorcha y una pared de fuego separó las jaulas de los caballos. Los liberados entraron en el desagüe. Bahir descendió primero para recibir a los heridos. Samir se negó a pasar hasta que Esmeralda estuviera dentro.

—Esta vez no voy delante de ti.

—Esta vez ninguno se queda.

Morlevo cerró la reja detrás del último hombre.

Una lanza atravesó el hierro y le abrió el hombro, pero consiguió girar el mecanismo antes de que Rashid alcanzara la entrada.

El grupo avanzó encorvado por un canal donde el agua les llegaba hasta la cintura.

Los golpes de los soldados siguieron resonando a su espalda.

Samir caminaba con una mano sobre Esmeralda y otra apoyada en la pared. No la soltaba ni cuando el dolor de la pierna le borraba el color del rostro. Morlevo cerraba la marcha. Entre los tres había demasiadas preguntas y demasiado poco aire.

El conducto terminó ante una puerta de piedra cubierta por los mismos signos de la fortaleza. Bahir y los canteros intentaron moverla. No cedió. Las voces de Rashid ya entraban en el desagüe.

Esmeralda acercó el medallón. Las líneas grabadas se iluminaron, reconocieron su sangre y abrieron la piedra con un sonido semejante al de una respiración profunda. Todos cruzaron. Samir fue el último en pasar junto a ella.

—Hay algo que debes saber —dijo antes de que Morlevo cerrara la puerta—. Vi a una mujer en la fortaleza. No llevaba cadenas y hablaba con Daruk usando recuerdos que solo tu familia podía conocer.

—¿Quién era?

Samir tomó su mano.

—Tu madre.

Las mujeres blancas empezaron a golpear el otro lado de la piedra. Esmeralda no supo qué la perturbaba más: que su madre estuviera viva o que hubiera permanecido junto a Daruk sin cadenas.

Samir conservaba su mano entre las suyas, como si temiera que ella fuera a desaparecer antes de que pudiera terminar la explicación. La puerta de piedra volvió a estremecerse a sus espaldas y el agua golpeó con mayor fuerza el otro lado, pero durante unos instantes nadie se movió.

—¿Estás seguro de que era ella? —preguntó Esmeralda.

—La mujer que vino a buscarme la noche anterior al ataque y la que vi en la fortaleza eran la misma.

—Nunca conociste a mi madre.

—Me dijo cosas que nadie más podía saber. Describió el medallón, el lugar donde tu padre lo ocultaba y la cicatriz que tienes detrás de la rodilla desde que caíste junto al molino.

Esmeralda retrocedió. Aquella cicatriz se la había hecho cuando tenía seis años. Samir había estado con ella, pero jamás le habían explicado que su madre la sostuvo durante la noche mientras la herida le producía fiebre.

—Tú también conocías esas cosas.

—No sabía dónde estaba el medallón.

—Podías haberlo descubierto.

El dolor que cruzó el rostro de Samir no consiguió detenerla.

—¿Por qué no me lo dijiste aquella noche?

—Porque me hizo prometer que te sacaría de Luzar antes de hablar. Afirmó que, si te contaba algo, intentarías buscarla y pondrías a todos en peligro.

—Y decidiste obedecer a una mujer que apareció después de años fingiendo estar muerta.

—Decidí sacarte de Luzar. Eso era lo que tú también querías.

Morlevo se acercó a la puerta y apoyó la mano sobre la piedra. Las vibraciones se repetían a intervalos regulares, acompañadas por el roce metálico de las agujas.