Capítulo 13 El camino sepultado
EL CAMINO SEPULTADO
—Hay una conexión con la galería del puente —dijo—. Si el agua no la ha cubierto.
Esmeralda encontró una lámpara pequeña dentro de la bolsa de Morlevo y consiguió encenderla. La aguja había desaparecido dentro de la herida, dejando únicamente tres puntos oscuros sobre la piel.
—Tengo que sacarla.
—Nadira debe hacerlo.
—Nadira está detrás de varias toneladas de roca.
Morlevo retiró la capa y abrió la túnica sobre el costado. El corte no parecía profundo, aunque alrededor se extendía una red de líneas grises semejantes a las que habían aparecido en el hombro de Idris. Esmeralda calentó el cuchillo de Sima sobre la lámpara.
—Esto va a doler.
—He notado que disfrutas advirtiéndome cuando ya no puedo elegir.
—Puedes dejarla dentro.
—Continúa.
Esmeralda introdujo la punta en uno de los puntos oscuros.
Morlevo apretó la mandíbula, pero no apartó el cuerpo.
La aguja estaba alojada entre dos costillas.
Esmeralda tuvo que apoyar una mano sobre su abdomen para mantenerlo inmóvil mientras buscaba el metal.
La piel estaba caliente y los músculos se contraían debajo de sus dedos.
Aquella cercanía hizo regresar partes del sueño que había conseguido apartar durante la huida. Morlevo la observó en silencio.
—¿Por qué me miras como si hubiera hecho algo contigo mientras no estaba? —preguntó.
El cuchillo se detuvo.
—Tienes fiebre.
—Todavía no.
—Entonces estás perdiendo demasiada sangre.
—Tampoco.
Esmeralda presionó la herida con más fuerza de la necesaria. Morlevo cerró los ojos y soltó una respiración áspera.
—Si quieres vengarte por algo que hice dentro de tu imaginación, al menos explícame el delito.
—Cállate.
—Eso se acerca bastante a una confesión.
La punta del cuchillo tocó metal. Esmeralda utilizó las pinzas de Nadira y extrajo una aguja corta, cubierta por una sustancia gris.
Morlevo inclinó la cabeza contra la pared.
El sudor le cubría el cuello y parte del pecho descubierto.
Esmeralda envolvió la pieza en un trozo de tela y presionó la herida con una venda.
El pulso del hombre golpeaba contra su palma.
—Soñé con Samir —admitió, sin comprender por qué decía aquello—. Después apareció tu rostro.
Morlevo abrió los ojos.
—¿Lo maté?
—No.
—¿Te llevé ante Daruk?
—No.
La mano de Esmeralda continuaba sobre su abdomen. Morlevo la cubrió con la suya, aunque no intentó moverla.
—Entonces el sueño parece más interesante de lo que quieres reconocer.
Ella debió apartarse. En lugar de hacerlo, levantó la vista hasta encontrar sus ojos.
—Me tocaste.
La respiración de Morlevo cambió.
—¿Querías que lo hiciera?
Esmeralda recordó el instante exacto en que había reconocido su rostro. Podía mentirle, pero la mentira no borraría el deseo que había permanecido dentro de su cuerpo.
—Al principio no sabía que eras tú.
—No fue lo que pregunté.
—Cuando lo supe, te pedí que te detuvieras.
Morlevo retiró la mano.
—Entonces me detuve.
—Sí.
—Incluso dentro de tus sueños obedezco mejor de lo que supones.
La respuesta debía tranquilizarla, pero la distancia repentina entre los dos produjo la misma ausencia dolorosa que había sentido al despertar. Morlevo comenzó a cerrar la túnica. Esmeralda le sujetó la tela.
—No he terminado de vendarte.
—La herida está cerrada.
—No hablo de la herida.
El silencio se llenó con el agua que descendía por las paredes.
Esmeralda no sabía si deseaba castigarlo por obligarla a pronunciar la verdad o comprobar hasta dónde llegaba aquella verdad fuera del sueño.
Se inclinó y apoyó la boca sobre la suya antes de encontrar una respuesta.
Morlevo permaneció inmóvil durante el primer instante.
Después le sostuvo la nuca y devolvió el beso con una intensidad que parecía haber contenido desde el río.
Esmeralda separó los labios. La lengua de Morlevo encontró la suya y el contacto encendió el mismo calor que había intentado expulsar con el agua fría.
Él la atrajo hasta colocarla entre sus piernas.
La mano que rodeaba su cintura descendió lentamente sobre la cadera, sin acercarla más de lo que ella permitía.
Esmeralda tocó su pecho y sintió el latido acelerado debajo de la piel.
La barba áspera rozó su rostro cuando Morlevo abandonó su boca y besó el lugar donde el cuello se unía con el hombro.
El placer descendió hasta su vientre. Ella hundió los dedos en su cabello y lo acercó, pero la talla de Samir presionó entre ambos debajo de la túnica.
La madera se clavó contra sus costillas.
Esmeralda abrió los ojos. Morlevo debió sentir el cambio, porque retiró la boca de su cuello y aflojó la mano sobre su cadera.
—No voy a competir con un muerto —dijo.
—No sabes si murió.
Aquellas palabras pertenecían a Ligia, aunque esta vez salieron de la boca de Esmeralda. Morlevo la observó durante varios segundos.
—Entonces es peor.
Ella se apartó. El frío de la galería ocupó de inmediato el espacio que había existido entre sus cuerpos.
—No te pedí que compitieras con nadie.
—Me besaste mientras llevabas su recuerdo entre los dos.
—También me besaste.
—Llevo queriendo hacerlo desde antes del río.
La franqueza la dejó sin una acusación sencilla. Morlevo ajustó la venda y se puso de pie. Todavía estaba pálido, aunque podía caminar sin apoyarse sobre la pared.
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó Esmeralda.
—Porque eras una prisionera, porque me odiabas y porque cada vez que me acercaba intentabas encontrar un lugar donde clavarme un cuchillo.
—Dos de esas cosas continúan siendo ciertas.
—La tercera acaba de cambiar.
Morlevo levantó la lámpara y encontró una abertura por donde el agua escapaba hacia otra galería.
Tuvieron que avanzar inclinados durante varios pasos hasta alcanzar un pasadizo reforzado con vigas.
El aire olía a caballos y humo. Morlevo apagó la lámpara.
Delante de ellos aparecía una claridad amarilla.
Se acercaron hasta una abertura cubierta por raíces y descubrieron que se encontraban sobre el cauce seco, a poca distancia del puente elegido por Daruk.
El campamento se extendía debajo. Había más de treinta tiendas, dos líneas de caballos y soldados vigilando los accesos.
Bahir permanecía atado cerca del pilar central. Una tablilla colgaba de su cuello y dos de sus dedos estaban sujetos dentro de una estructura de madera.
—La entrada occidental está protegida —susurró Morlevo—. La galería continúa por debajo del puente y desemboca cerca de las jaulas. Si esperamos hasta que cambien la guardia, podremos llegar hasta él.
—Safiya llevará a las demás hacia el norte.
—Por eso tenemos poco tiempo. Cuando Daruk comprenda que las mujeres blancas fracasaron, cerrará todos los caminos.
Esmeralda examinó el campamento. Rashid todavía no había regresado del desfiladero y Daruk no se encontraba junto a las tiendas principales.
Había dos prisioneros más detrás de Bahir.
Uno era un muchacho de los canteros. El otro permanecía sentado contra el pilar, con las muñecas sujetas detrás de la espalda y el cabello cubriéndole parte del rostro.
Su ropa estaba rasgada y una cicatriz reciente descendía desde la sien hasta la mandíbula.
Había perdido peso, pero Esmeralda reconoció la forma de sus hombros, las manos marcadas por las herramientas y el modo en que protegía la pierna izquierda cuando intentaba incorporarse.
El pájaro de madera pareció volverse más pesado debajo de su túnica.
—No puede ser —murmuró.
Morlevo siguió la dirección de su mirada. El prisionero levantó la cabeza al escuchar una orden de los soldados. La luz de una antorcha cruzó su rostro y mostró los ojos que Esmeralda había visto por última vez entre el fuego y los cuerpos de Luzar. Samir estaba vivo.