La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 12 La sacerdotisa #2
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Capítulo 12 La sacerdotisa #2

La mujer levantó el brazo y tres agujas salieron disparadas de sus dedos.

Morlevo bloqueó dos; la tercera se hundió debajo de sus costillas.

Esmeralda tomó el cuchillo de Sima y lo arrojó.

La hoja alcanzó la muñeca blanca y desvió un segundo ataque destinado a Morlevo.

Safiya disparó desde el otro lado de la caverna.

La flecha atravesó la garganta de la mujer, aunque ella continuó avanzando varios pasos antes de caer. Detrás surgieron otras dos figuras.

Morlevo recogió una lámpara y la lanzó contra el aceite. El fuego subió por la grieta, alcanzó las túnicas blancas y llenó el túnel con un olor amargo que no pertenecía a la carne quemada.

—No respiran igual que nosotras —dijo Ligia, tapándose los oídos—. Continúan llamando aunque estén muertas.

Una de las mujeres atravesó las llamas. Kheira le clavó una lanza en el vientre y Yalena golpeó la cabeza con una piedra hasta que las láminas metálicas dejaron de moverse.

La última figura permaneció detrás del muro.

Morlevo se acercó a la grieta y hundió una espada en la oscuridad.

Se escuchó un golpe, después un cuerpo cayó al otro lado.

—Ahora podemos discutir sobre mis armas —dijo mientras recuperaba la hoja.

Safiya no bajó el arco.

—También podemos matarte y marcharnos.

—Puedes intentarlo, pero el humo llegará a la galería antes de que termines de decidir.

La mujer herida cerca del cuello tosió. Una nube blanca había comenzado a extenderse desde los cuerpos y las personas más cercanas se cubrieron la boca. Morlevo arrancó una tira de su capa, envolvió la vasija y se la entregó a Esmeralda.

—No permitas que la piel toque el barro. La pieza ya reconoció a tu hermana y buscará otra vez su pulso.

—¿Cómo sabes lo que es? —preguntó Esmeralda.

—Porque encontré tres dentro de los hombres que me acompañaban.

Safiya ordenó continuar la evacuación. Morlevo debía caminar delante de ella y mantener las manos visibles, aunque aquella disposición no disminuía el peligro que podía representar.

Esmeralda siguió cargando un extremo de la camilla de Idris.

Morlevo tomó el otro sin pedir permiso y avanzó con una ligera rigidez en el costado.

La aguja continuaba clavada debajo de sus costillas.

—Estás herido —dijo Esmeralda.

—Todavía no.

—Tienes metal dentro del cuerpo.

—La herida comienza cuando intenten sacarlo.

La galería oriental descendía hacia una serie de cámaras donde los canteros habían almacenado herramientas y cuerdas.

El humo las siguió durante varios minutos, aunque terminó atrapado detrás de una curva.

Salma abrió la puerta de madera que protegía el pozo de extracción.

Más allá solo encontraron una plataforma rota suspendida sobre un vacío del que ascendía aire húmedo.

—No hay salida —dijo Kheira—. El mecanismo se derrumbó hace años.

Morlevo dejó la camilla en el suelo y se inclinó sobre el borde.

—Hay otra galería doce pasos más abajo. Las cadenas todavía pueden sostener una plataforma si no intentan descender todas al mismo tiempo.

Safiya quiso saber cómo conocía el lugar.

Morlevo explicó que había entrado por la cantera inferior siguiendo a las mujeres blancas, aunque evitó responder qué buscaba antes de encontrar su rastro.

Kheira examinó la cadena principal. Varios eslabones estaban cubiertos de óxido y el torno había perdido una de sus manivelas.

—Podemos bajar a cuatro personas cada vez —calculó—. Si el engranaje no se parte.

—Se partirá —respondió Morlevo—. La pregunta es cuántos viajes permitirá antes de hacerlo.

Las mujeres encontraron una viga que podía sustituir la manivela.

Safiya envió primero a los niños y a dos adultas capaces de guiarlos hasta la galería inferior.

Ligia se negó a descender sin Esmeralda.

La vasija vibraba cada vez que la niña se aproximaba y el sonido de las tres agujas parecía haberse introducido dentro de su respiración.

—Yo iré en el siguiente grupo —prometió Esmeralda—. Necesito ayudar a bajar a Idris.

—La otra vez dijiste que regresarías y apareciste cuando ya había contado todas las piedras —recordó Ligia—. Ahora no quiero contar nada.

Morlevo se agachó frente a ella. Ligia lo miró con la misma desconfianza que dedicaba a cualquier adulto que se acercara demasiado.

—La plataforma necesita poco peso —dijo él—. Si bajas ahora, podrás escuchar el mecanismo desde abajo y avisarnos antes de que la cadena se rompa.

—¿Y tú sabes que puedo escucharla porque también estabas con Daruk?

La pregunta hizo que Safiya tensara el arco otra vez. Morlevo sostuvo la mirada de la niña.

—Lo sé porque te vi encontrar una cavidad debajo de una roca cuando nadie más podía oír el agua. Fue antes del río y antes de que tu hermana decidiera odiarme con razones nuevas.

Esmeralda recordó al comandante observándolas durante la marcha, siempre a suficiente distancia para que pareciera desinterés. No había comprendido cuánto había visto. Ligia aceptó descender después de que Esmeralda le entregara la talla de Samir.