Capítulo 12 La sacerdotisa
LA SACERDOTISA
La marca del comerciante emitió otro pulso antes del amanecer.
Nadira reconoció entonces el círculo atravesado por tres agujas y pronunció el nombre que había evitado desde que abandonó el palacio: Soraya, sacerdotisa del templo y creadora de los sellos con que el reino localizaba a quienes intentaban escapar.
La sanadora explicó la regla sin levantar la voz.
El sello necesitaba un cuerpo y un objeto vinculados; el cuerpo transmitía el pulso, el objeto conservaba la dirección.
El agua podía deformar la señal, pero arrancar la pieza después de que despertara equivalía a tocar una campana.
Daruk no había enviado al comerciante para que las guiara hasta él, sino para que ellas mismas llamaran a Soraya.
Nadira había aprendido a reconocer aquellos sellos de Laleh, muchos años antes de que la partera desapareciera hacia el norte.
Laleh afirmaba que la orden de las tres agujas nació para localizar personas perdidas después de las guerras, pero Soraya la convirtió en una herramienta de captura cuando Al-Manzur prometió preservar el templo y a sus sacerdotisas.
—Soraya marcó a mi hijo —dijo Nadira—. También marcó a las mujeres que intentaron sacarlo del palacio. Si ahora nos encuentra, no confundiremos su religión con misericordia.
Safiya comprendió el odio que la sanadora había evitado explicar. No le pidió que lo abandonara; solo le exigió que recordara que una enemiga capaz de alterar sus propias reglas podía ser más peligrosa que un soldado obediente.
—Entonces no hablaremos —ordenó Safiya.
Su voz apenas superó el murmullo del riachuelo, aunque Ligia se llevó un dedo a los labios y negó con la cabeza.
No era suficiente guardar silencio. La marca emitía un pulso cada vez que alguien se movía cerca de Idris, como si aquello oculto bajo su piel pudiera sentir el calor, la respiración o el peso de los pasos sobre la piedra.
Nadira retiró la hoja sin apartar la lámpara del hombro.
El círculo atravesado por tres agujas continuaba oscureciéndose debajo de la piel y, alrededor de la incisión, la carne había adquirido un tono gris.
Ligia señaló el colgante envuelto en tela y después el riachuelo.
Esmeralda comprendió la indicación y tomó una vasija de barro.
La llenó hasta la mitad, dejó caer la piedra dentro y colocó una tapa sobre la abertura. El cambio fue inmediato.
Idris arqueó la espalda y soltó un gemido. La marca de su clavícula se iluminó con una claridad amarillenta antes de apagarse, mientras el agua dentro de la vasija comenzaba a vibrar.
—Ahora no escucha igual —susurró Ligia—. Parece que está debajo de una tormenta.
Safiya hizo señas para que las mujeres recogieran las armas y despertaran a quienes todavía dormían.
Salma debía preparar la galería oriental, aunque nadie comenzaría el traslado hasta descubrir si la marca revelaba el refugio o únicamente transmitía sonidos.
Nadira examinó la incisión con la punta de una aguja.
Encontró una superficie dura a poca profundidad, demasiado regular para tratarse de un fragmento de hueso.
—Puedo extraerla —dijo—, pero no sé qué ocurrirá cuando la separe del cuerpo. Podría apagarse o emitir una señal más fuerte.
Idris abrió los ojos. La fiebre y el dolor habían borrado parte de la confusión de su rostro, pero no el miedo que apareció al comprender que Daruk había introducido algo debajo de su piel.
—Sácala —pidió—. Si conduce a sus hombres hasta aquí, no importa lo que me ocurra.
—Importa si mueres mientras la retiro —respondió Nadira—. También importa que Daruk haya contado con que encontraríamos la marca. Tal vez desea que intentemos sacarla.
Esmeralda observó la vasija. El agua producía pequeños golpes contra la tapa, siempre tres seguidos y después una pausa.
Tres golpes. Silencio. Tres golpes otra vez.
Ligia se acercó al muro oriental y apoyó la oreja sobre la piedra.
Permaneció inmóvil durante varios segundos, con las manos pegadas a los costados para evitar tocar cualquier superficie.
—Le están respondiendo —dijo—. Desde el túnel.
Safiya levantó el arco. Kheira y Yalena ocuparon los dos extremos de la caverna mientras las demás apagaban las lámparas. Solo quedó encendida la que Nadira necesitaba para atender a Idris.
—¿A qué distancia? —preguntó Esmeralda.
Ligia cerró los ojos. El sonido viajaba por las paredes, se mezclaba con el agua y regresaba deformado, pero consiguió distinguir una serie de roces que avanzaban desde la galería abandonada.
—Todavía están lejos. Cuatro personas, quizá cinco. Una arrastra algo de metal.
Safiya conocía aquella sección de las canteras. El túnel oriental terminaba en un pozo de extracción cerrado desde hacía años, y ninguna de las liberadas había encontrado una salida al otro lado.
—Si vienen por allí, Daruk conoce una entrada que nosotras no descubrimos —dijo.
—O alguien la abrió para él —respondió Esmeralda.
Nadira cubrió la boca de Idris con una tira de cuero para impedir que gritara y comenzó a limpiar la incisión.
La punta de la hoja entró debajo de la resina y abrió la piel con un corte breve.
El comerciante hundió los dedos en la manta.
La sangre descendió por su pecho mientras Nadira separaba los bordes de la herida y buscaba el objeto con unas pinzas. Ligia volvió a contar los sonidos.
—Se detuvieron.
La vasija respondió con tres golpes violentos. Desde la pared oriental llegó una vibración tan profunda que varias piedras pequeñas se desprendieron del techo.
—Ya saben dónde estamos —afirmó Safiya—. Salma, saca a las heridas. Kheira, prepara aceite en la galería. Si atraviesan el pozo, quemaremos el túnel detrás de nosotras.
Dalia no podía caminar y Idris apenas conservaba el conocimiento.
Cuatro mujeres levantaron las camillas mientras las madres sujetaban a los niños y distribuían entre ellos los paquetes más ligeros.
Nadira introdujo las pinzas una vez más.
El metal tocó algo oculto y la marca se encendió alrededor de la herida. Idris gritó contra la tira de cuero.
—Lo tengo —dijo la sanadora.
Extrajo una pieza negra del tamaño de una uña.
Tres filamentos finos habían penetrado en la carne y continuaron moviéndose durante unos segundos, como patas que buscaran un nuevo lugar donde sujetarse.
Nadira la dejó caer dentro de una taza. La pieza golpeó el barro y emitió un chillido agudo.
Las paredes respondieron. Esta vez el ruido no llegó desde la distancia.
Algo chocó contra el otro lado del muro oriental y abrió una grieta entre dos bloques de caliza.
—¡Muévanse! —ordenó Safiya.
Las primeras mujeres entraron en la galería mientras Kheira derramaba aceite sobre el suelo.
Yalena colocó varias vasijas cerca de la grieta y preparó una flecha envuelta en tela.
Nadira cubrió la herida de Idris, pero el comerciante continuaba perdiendo sangre.
Esmeralda tomó un extremo de la camilla y ayudó a levantarlo. La pared volvió a estremecerse.
Una hoja estrecha atravesó la grieta y encontró el cuello de una mujer que todavía recogía las provisiones.
Salma la arrastró antes de que una segunda hoja apareciera, aunque la sangre ya bajaba por su hombro.
Yalena encendió la flecha y disparó contra las vasijas.
El aceite ardió sobre la piedra, llenó la grieta de fuego y obligó a retroceder a quienes intentaban abrirse paso.
—Eso no los detendrá mucho tiempo —advirtió Kheira.
Ligia permanecía junto al riachuelo, mirando la taza donde Nadira había dejado la pieza negra. Los filamentos se aferraban al borde y el símbolo de las tres agujas había aparecido sobre el barro. Esmeralda dejó la camilla y corrió hacia ella.
—Tenemos que irnos.
—Ahora llama desde dos lugares —respondió Ligia—. La piedra continúa hablando, pero esto también.
Esmeralda envolvió la pieza con un vendaje y la arrojó dentro de la vasija.
El agua comenzó a hervir a pesar de estar fría segundos antes.
La tapa saltó y una columna de vapor se elevó hasta el techo.
Al otro lado del fuego, los golpes contra la pared cesaron.
Safiya interpretó el silencio como una preparación y ordenó que nadie esperara a comprobarlo.
Esmeralda tomó la vasija con ambas manos, pero el calor atravesó el barro y le quemó las palmas.
Antes de que pudiera soltarla, una voz surgió detrás del muro.
—Si quieren conservar las manos, no transporten eso sin cubrirlo con hierro.
Esmeralda reconoció la voz antes de que una figura atravesara las llamas.
Morlevo llevaba una capa oscura sobre el rostro y una espada corta en cada mano.
La tela ardía en uno de sus hombros, aunque la apagó contra la pared mientras avanzaba hacia la caverna.
Kheira disparó. Morlevo desvió la flecha con una espada.
La segunda hoja quedó apuntando directamente a Esmeralda, aunque bajó el arma en cuanto sus ojos encontraron los de ella.
El humo ennegrecía parte de su rostro. Tenía un corte reciente sobre la ceja y la sangre se había secado cerca de la sien, pero la expresión continuaba siendo la misma que Esmeralda recordaba del río: contenida, alerta y demasiado acostumbrada a decidir en medio del peligro.
—Retira la espada —ordenó Safiya.
—Cuando las mujeres que vienen detrás de mí estén muertas.
Morlevo se volvió antes de terminar la frase. Una figura cubierta con una túnica blanca cruzó el fuego sin protegerse el rostro. La piel de sus manos tenía el color de la cal y cada dedo terminaba en una lámina metálica semejante a las patas de un insecto. Ligia retrocedió.
—Esas son las manos que vi.