La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 11 El precio del refugio #4
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Capítulo 11 El precio del refugio #4

Las liberadas salieron de las canteras. Esmeralda cubrió la cabeza con la manta mojada y entró en una casa. Encontró a una mujer intentando levantar una viga que había caído sobre su esposo.

—Ayúdame —suplicó.

Esmeralda sujetó la madera. Yalena se colocó al otro lado. Entre ambas consiguieron elevarla lo suficiente para que el hombre arrastrara las piernas. El techo crujió.

—¡Fuera! —gritó Yalena.

Salieron segundos antes de que una parte de la habitación se derrumbara.

Kheira rompió la puerta del establo y liberó a los animales.

Safiya organizó una segunda cadena desde el pozo.

Salma y las demás cubrieron el depósito de aceite con telas mojadas.

El fuego tardó casi una hora en ceder. Tres casas quedaron destruidas.

Un niño tenía quemaduras en las manos. El anciano al que Rashid había golpeado respiraba, aunque había perdido varios dientes.

Junto al horno principal encontraron a un hombre atado a un poste.

Tenía la cabeza caída y la ropa cubierta de ceniza. Nadira no estaba con ellas, pero Esmeralda reconoció la herida en la mano derecha. Le faltaba el dedo que había llegado dentro del estuche.

—Idris —dijo Safiya.

El comerciante abrió los ojos.

—Llegaron.

Kheira cortó las cuerdas.

—¿Dónde está Bahir?

—Daruk lo conserva.

Idris intentó ponerse de pie. Las piernas no lo sostuvieron. Esmeralda se arrodilló frente a él.

—¿Qué quieren que digas?

El comerciante observó sus ojos verdes.

—Eres tú.

Safiya se colocó entre ambos.

—No digas su nombre.

Idris soltó una risa débil.

—Daruk tampoco lo dijo. Solo habló de los ojos.

—¿Qué mensaje te dio?

—Que el puente continúa esperando. Bahir seguirá vivo hasta mañana por la noche.

—¿Y después?

—No lo sé.

—Sí lo sabes —dijo Esmeralda.

Idris miró su mano mutilada.

—Dijo que no necesita capturarte para castigarte.

La mujer de la casa se acercó con el rostro manchado de hollín.

—¿Por ella quemaron nuestras casas?

Idris cerró los ojos. Esmeralda se levantó.

—Sí.

—¿Quién eres?

Safiya respondió antes que ella.

—Una mujer a la que persiguen los mismos hombres que incendiaron este lugar.

—No pregunté eso.

—Es la única respuesta que podemos darte.

La mujer miró a Esmeralda.

—Rashid dijo que protegíamos a una esclava.

—Nunca he estado aquí.

—Lo sé. Le dijimos que no te conocíamos.

—Y aun así encendió el fuego.

—Por eso quiero saber quién eres.

Esmeralda contempló las casas destruidas. Daruk había calculado que el secreto se volvería más pesado si otras personas pagaban por él. Cada superviviente podría culparla. Cada familia tendría una razón para entregarla si regresaba.

—Me llamo Esmeralda.

Safiya tensó la mandíbula. La mujer repitió el nombre.

—¿Eres una reina?

—No.

—¿Una sacerdotisa?

—No.

—¿Entonces por qué un ejército quema casas para encontrarte?

—Todavía no lo sé.

No era una mentira. La mujer miró el medallón oculto debajo de su túnica.

—Será mejor que lo descubras antes de que regrese.

Dos hombres colocaron a Idris sobre una puerta arrancada. El comerciante sujetó la muñeca herida contra el pecho.

—Daruk dijo algo más —murmuró.

Esmeralda se acercó.

—¿Qué?

—Cada vez que te niegues a ir con él, elegirá a otra persona que no pueda defenderse. No tiene que conocerla. No tiene que haber hablado contigo.

—Quiere que crea que cada muerte será una decisión mía.

—Quiere que los demás también lo crean.

—¿Bahir sigue herido?

—Le rompieron dos dedos. Nada más.

—¿Viste cuántos soldados había?

—Treinta en el campamento de Daruk. Rashid se llevó ocho hacia el desfiladero. Había otros en el camino del río.

—¿Morlevo estaba con ellos? —preguntó Esmeralda.

Safiya la miró. La pregunta había salido antes de que pudiera contenerla. Idris negó con la cabeza.

—No escuché ese nombre.

Esmeralda no sabía si aquello era un alivio. Recordó el sueño, la mano inmóvil y el rostro de Morlevo ocupando el lugar de Samir. Sintió de nuevo una parte del calor que había intentado apagar en el riachuelo. Se obligó a mirar la herida de Idris.

—Lo llevaremos con Nadira.

—Si llevamos a un desconocido al refugio, podemos perderlo —advirtió Kheira.

—Bahir y Idris abastecieron este campamento durante meses —dijo Safiya.

—También Sima vivió con nosotras durante años.

Idris abrió los ojos.

—Daruk me liberó para que entregara el mensaje. No trabajo para él.

—Sima dijo lo mismo sobre Rashid —respondió Kheira.

Esmeralda examinó sus ropas.

—Regístrenlo.

Idris no protestó. Revisaron las costuras, el cabello, las botas y las vendas. No encontraron fichas, agujas ni pergaminos. Llevaba un pequeño colgante de piedra gris alrededor del cuello.

—Era de mi hija —explicó—. Daruk lo dejó porque no tiene valor.

Safiya sostuvo la piedra con una tela.

—Nada que Daruk decida dejar carece de valor.

—No ha salido de mi cuello desde que me capturaron.

—Eso no significa que no lo haya tocado.

Safiya envolvió el colgante sin retirarlo.

Antes de marcharse, ayudaron a levantar una cubierta provisional sobre una de las casas.

Los habitantes del asentamiento no les agradecieron.

Tampoco intentaron detenerlas. La gratitud habría sido demasiado sencilla para lo que acababa de ocurrir.

Transportaron a Idris por las canteras. El comerciante perdió el conocimiento dos veces durante el trayecto.

Cuando llegaron a la cueva, Nadira preparó una mesa junto al riachuelo.

—¿Por qué lo trajeron aquí? —preguntó mientras retiraba las vendas.

—Daruk conserva al otro comerciante —dijo Esmeralda—. Idris conoce el campamento militar.

—También podría llevar algo encima.

—Lo registramos.

—Sima llevaba el veneno dentro de una ficha que todas vimos.

Nadira examinó la mano mutilada. El corte había sido cauterizado. Daruk quería que Idris sobreviviera lo suficiente para entregar el mensaje.

—Necesito agua hervida, sal y el frasco de corteza amarilla.

Ligia acercó los materiales. Idris abrió los ojos al escuchar su voz.

—¿Eres su hermana?

Ligia no respondió.

—Daruk preguntó por una niña.

Esmeralda se volvió.

—¿Qué preguntó?

—Si viajabas con una menor que tocaba objetos. Rashid dijo que podía reconocerla porque no se separaba de ti.

Safiya tomó el arco.

—Tenemos que movernos otra vez.

—Dalia no resistirá otro traslado —dijo Nadira.

—No podemos quedarnos.

—La patrulla siguió las huellas hacia el desfiladero —recordó Esmeralda—. Todavía creen que nos dirigimos al oeste.

—Daruk no envía a todos sus hombres detrás de una sola respuesta.

Ligia observaba el colgante de Idris. La piedra gris se movía sobre su pecho con cada respiración.

—¿Quién te lo dio? —preguntó.

—Mi hija.

—¿Ella está viva?

Idris cerró los ojos.

—No.

Ligia extendió la mano. Esmeralda la sujetó por la muñeca.

—No toques nada.

—Está haciendo ruido.

Las mujeres guardaron silencio. Solo se escuchaban el agua y la respiración de las heridas.

—Yo no oigo nada —dijo Kheira.

—No es un ruido de afuera.

Ligia acercó la cabeza al pecho del comerciante.

—Está dentro de la piedra.

Nadira cubrió el colgante con una tela y lo levantó.

—¿Qué escuchas?

—Un zumbido.

—¿Como el ave de Sima?

—No. Como cuando alguien raspa una aguja contra una copa.

Esmeralda soltó su muñeca.

—Tócala una sola vez.

Ligia cerró los dedos alrededor de la piedra. Su cuerpo se puso rígido. Esmeralda la sostuvo antes de que cayera.

—¿Qué viste?

Ligia no respondió. Tenía los ojos abiertos, pero miraba algo que no se encontraba en la caverna.

—Ligia.

La niña soltó el colgante.

—Manos blancas.

—¿De una mujer?

—Creo que sí.

—¿Qué hacían?

Ligia llevó los dedos hasta su propia clavícula.

—Abrían la piel. Introducían algo debajo.

Nadira apartó la túnica de Idris. Cerca del hombro había una incisión pequeña cubierta con resina.

Parecía una herida producida por una rama.

La sanadora humedeció la zona y retiró con cuidado la capa endurecida.

Debajo de la piel apareció una línea oscura.

No formaba una cicatriz. Era un círculo atravesado por tres agujas.

El mismo símbolo estaba dibujado en la piedra del colgante, aunque antes nadie lo había visto.

Las líneas se habían vuelto visibles después de que Ligia la tocara.

—¿Qué es? —preguntó Safiya.

Nadira acercó la lámpara. La marca emitió un pulso débil. Idris arqueó la espalda.

—Está caliente.

—No la cortes —advirtió Ligia.

Nadira detuvo la hoja.

—¿Por qué?

La niña miró hacia la pared oriental de la caverna.

—Porque alguien está escuchando.

Muy lejos de las canteras, dentro de una habitación sin ventanas, una mujer vestida con telas blancas sostenía un cuenco de piedra entre las manos.

Una gota de sangre apareció en el agua. Soraya abrió los ojos.

El círculo dibujado bajo la piel de Idris acababa de responder.

La sacerdotisa inclinó la cabeza hacia el norte. Después sonrió. Ya sabía dónde buscar.