Capítulo 11 El precio del refugio #3
Nadira se acostó junto a Dalia. Esmeralda eligió un espacio cerca de la pared.
Ligia se acomodó a su lado, con las vendas limpias utilizadas como almohada.
La talla de Samir continuaba dentro de su túnica.
Esmeralda la sostuvo sobre el pecho y recorrió con el pulgar la parte de la base que había cortado.
Pensó en la astilla abandonada en el barro.
En algún momento del día, Daruk la recogería.
Comprendería que había pertenecido a la misma madera que Esmeralda apretaba cuando la sacaron de Luzar.
Creería que había perdido otra parte de Samir durante la fuga.
Aquella idea debería haberle producido satisfacción.
En cambio, sintió que había dejado un fragmento verdadero de su vida para alimentar una mentira.
Cerró los ojos. El sueño la alcanzó antes de que pudiera guardar la talla.
Samir la esperaba dentro de la casa que no alcanzaron a terminar.
Las paredes estaban completas, pero no había techo. Sobre ellos se extendía un cielo cubierto de estrellas y ninguna aldea ardía más allá de la puerta. La madera olía a cedro recién cortado. Una lámpara encendida junto a la cama iluminaba las manos de Samir.
—Llegaste tarde —dijo él.
Esmeralda quiso preguntarle dónde había estado.
En lugar de hacerlo, se acercó. Samir le retiró la túnica de los hombros con la paciencia que ella recordaba.
Besó la piel descubierta y recorrió con los labios el espacio entre su cuello y uno de sus pechos.
Esmeralda apoyó las manos sobre su cabello.
—Pensé que habías muerto.
—Estoy aquí.
Su voz tenía el tono de Samir, pero era más grave.
Ella no reconoció la diferencia. Samir abrió la tela sobre su pecho y rodeó uno de sus pezones con la lengua.
El calor descendió hasta su vientre. Esmeralda cerró los ojos y arqueó la espalda para acercarse a su boca.
Él la sostuvo por la cintura. Sus manos parecían más grandes. Más ásperas.
Esmeralda pensó en el trabajo de Samir, en la madera, las cuerdas y los clavos. No pensó en el río ni en el comandante que había sujetado su cuerpo contra el suyo mientras el agua intentaba arrastrarlos. Samir la acostó sobre la cama.
—Mírame —dijo.
Esmeralda abrió los ojos. Su rostro seguía siendo el de Samir.
Las manos no. Una descendió por su vientre y se introdujo entre sus piernas.
Los dedos encontraron la humedad que ya se había acumulado allí.
Ella abrió las rodillas. El primer contacto la hizo estremecerse.
Samir conocía la presión que prefería, pero aquellas manos no se movían como las suyas.
Eran más contenidas, como si temieran avanzar incluso dentro de un sueño.
—No te detengas —pidió Esmeralda.
El hombre inclinó el rostro sobre su pecho.
Durante un instante, la boca volvió a ser la de Samir.
Sus labios cerraron alrededor de ella mientras los dedos continuaban tocándola.
Esmeralda movió las caderas, buscando una presión más intensa.
La mano libre le sostuvo el muslo. Entonces vio una capa oscura sobre el suelo.
Samir nunca había llevado una igual. La respiración de Esmeralda se aceleró.
Su cuerpo se encontraba demasiado cerca del placer para obedecer a la alarma que comenzaba a abrirse dentro de ella.
—Samir.
El hombre levantó la cabeza. El rostro cambió mientras ella lo miraba.
Primero desapareció la sonrisa. Después la línea de la mandíbula se endureció.
Los ojos se volvieron más oscuros. La sombra de Morlevo ocupó el lugar donde debía estar el hombre que había amado.
Esmeralda intentó cerrar las piernas. Morlevo mantuvo la mano inmóvil. No la forzó. No se apartó. Esperó.
Su cuerpo continuó respondiendo al contacto que ya había recibido. El placer no se interrumpió cuando reconoció al enemigo. Permaneció en sus músculos, en la humedad entre sus piernas y en el pulso que exigía que aquella mano volviera a moverse.
—Tú no —susurró.
Morlevo retiró los dedos. La ausencia del contacto resultó casi dolorosa.
—Entonces despierta —dijo con la voz de Samir.
Esmeralda abrió los ojos. La caverna estaba oscura.
Una lámpara ardía cerca del riachuelo. Ligia dormía a su lado.
Esmeralda tenía una mano apretada alrededor de la talla.
La otra descansaba debajo de su túnica, entre sus propios muslos.
La retiró de inmediato. Su respiración era demasiado rápida.
Los pechos se habían endurecido debajo de la tela y el deseo continuaba latiendo dentro de ella, incompleto y vergonzoso. Se incorporó sin despertar a Ligia.
No había sido Morlevo al principio. Había elegido a Samir, su casa y sus manos.
Morlevo se había introducido después, utilizando un cuerpo que ya estaba dispuesto a sentir.
Sin embargo, la excitación no había desaparecido al verlo.
Esmeralda salió de entre las mantas y caminó hasta el riachuelo.
Introdujo las manos en el agua helada. Se lavó el rostro y mantuvo los dedos sumergidos hasta que comenzaron a dolerle.
—El frío no siempre sirve.
Nadira estaba sentada detrás de ella.
—Creí que dormías.
—Dalia empezó a respirar mejor. Eso me despertó.
Esmeralda se secó las manos.
—Solo fue un sueño.
—Los sueños también dejan heridas.
—Este no.
Nadira observó su rostro, pero no preguntó qué había ocurrido.
—Cuando dormías, dijiste el nombre de Samir.
Esmeralda apretó la talla.
—¿Solo el suyo?
—Solo el suyo.
El alivio fue inmediato. También deshonesto.
—Ligia cree que podría estar vivo.
—Ligia ve posibilidades donde los demás vemos pérdidas.
—No es lo mismo que saber.
—No.
Nadira se sentó junto al agua.
—Pero tú tampoco viste su muerte.
—Vi cómo Rashid lo derribaba.
—Eso no responde a lo que he dicho.
Esmeralda guardó la talla.
—Si convierto cada duda en esperanza, nunca podré salir de Luzar.
—Tal vez todavía no tengas que salir.
—Todos tuvimos que hacerlo.
Un resplandor rojizo apareció en la entrada de la caverna. Al principio Esmeralda creyó que era el amanecer. Después el color aumentó y comenzó a moverse sobre las paredes. Safiya llamó desde el exterior.
—¡Kheira!
Las mujeres despertaron. Esmeralda corrió hacia la entrada. El sol todavía no había salido. La luz procedía del sur. Una columna de humo ascendía detrás de las colinas.
—¿Está ardiendo el antiguo refugio? —preguntó Salma.
Safiya calculó la dirección.
—No. Está más al oeste.
Kheira llegó desde el puesto de vigilancia.
—Es el asentamiento de los canteros.
—Ellos no saben nada de nosotras —dijo Yalena.
—Rashid no necesita que sepan —respondió Esmeralda.
Safiya tomó el arco.
—Es una trampa.
—Hay familias allí.
—Precisamente.
—Podemos llegar por las canteras.
—Y encontrar una patrulla esperándonos.
Un sonido lejano atravesó el valle. No era un cuerno militar. Era una campana. Sonó tres veces y se interrumpió.
—La utilizan cuando el fuego alcanza las casas —dijo Salma.
Esmeralda tomó una manta y la sumergió en el riachuelo.
—No pienso mirar desde aquí.
—Eso es lo que Rashid espera —dijo Safiya.
—Rashid espera que me entregue. Daruk espera que huyamos. Ninguno necesita que dejemos morir a personas que no conocen nuestros nombres.
Safiya maldijo.
—Kheira, Yalena, cinco mujeres conmigo. Las demás se quedan. Nadira, si no regresamos antes de que el sol aparezca por completo, saca a todas por la galería oriental.
Ligia tomó otra manta.
—Tú no vienes —dijo Esmeralda.
—Puedo ayudar.
—También puedes escuchar las piedras de esta cueva. Si alguien se acerca, Nadira necesitará saberlo.
Ligia comprendió que volvía a recibir una tarea para mantenerla lejos, pero esta vez no discutió.
—Regresa antes de que termine de escucharlas.
El grupo atravesó las canteras. La ruta descendía entre bloques abandonados y herramientas oxidadas.
El humo hacía arder los ojos mucho antes de que pudieran ver las primeras casas.
El asentamiento ocupaba una explanada alrededor de tres hornos de cal.
Las viviendas tenían techos de madera y muros bajos.
Dos ya se habían derrumbado. Las llamas avanzaban hacia los depósitos de aceite.
Varias personas formaban una cadena desde el pozo.
Otras intentaban sacar animales de un establo.
Los soldados permanecían en el camino principal.
Esmeralda se ocultó detrás de una carreta volcada. Desde allí vio a Rashid. Montaba un caballo negro. Su capa estaba recogida sobre un hombro y no llevaba casco. Observaba el incendio con la serenidad de quien espera que termine una tarea. Un anciano permanecía de rodillas frente a él.
—No hemos visto a ninguna mujer —dijo—. Aquí solo vienen comerciantes.
Rashid inclinó la cabeza.
—Eso también dijeron los habitantes de Luzar.
—No sabemos dónde está Luzar.
—Ahora ya no importa.
Rashid tomó una antorcha de uno de sus hombres y la arrojó sobre el techo del almacén. El anciano intentó levantarse. Un soldado lo golpeó con la base de la lanza. Esmeralda avanzó un paso. Safiya le cerró la mano alrededor del brazo.
—Si sales, todo esto habrá servido para encontrarte.
—Va a matarlo.
—Y si te ve, matará a todos después de capturarte.
Rashid miró hacia las canteras. Durante un instante, Esmeralda creyó que podía verla detrás del humo. El caballo movió las orejas. Rashid sonrió.
—Dile a Daruk que la evacuación iba hacia el desfiladero —ordenó a uno de los soldados—. Encontraremos el lugar donde dejó a las heridas.
El hombre montó.
—¿Y el asentamiento?
Rashid observó las llamas.
—Cuando pierdan el primer depósito, apagarán el resto.
No pretendía destruir todas las casas. Solo quería asegurarse de que la población recordara el nombre de la desconocida por quien había ardido. Los soldados abandonaron el camino. Rashid fue el último en marcharse. Safiya esperó hasta que el sonido de los caballos desapareció.
—Ahora.