La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 11 El precio del refugio #2
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Capítulo 11 El precio del refugio #2

Sacrificaron dos odres de agua para humedecer la tierra de la salida occidental.

Esmeralda arrastró una manta por el barro y dejó que una esquina se rasgara contra una roca.

Más adelante arrojaron una cuchara, una venda manchada con sangre de la herida de Nadira y un pequeño zapato que ya no pertenecía a ningún niño del campamento.

—Eso es demasiado —dijo Yalena.

—Daruk espera encontrar mujeres aterradas —respondió Esmeralda—. Las personas aterradas pierden cosas.

—También saben que cada cosa perdida puede señalar su camino.

—Las que han escapado antes lo saben. Daruk cree que yo no.

Safiya escuchó la respuesta sin corregirla.

Mientras las demás preparaban el túnel, Esmeralda acompañó a Safiya hasta el acueducto.

Kheira y Yalena llevaron el cuerpo de Sima entre ambas.

Ligia quiso ir, pero Nadira se negó. Cavaron junto al árbol donde había estado la jaula del ave.

La tierra era blanda por la crecida y olía a raíces abiertas.

Safiya retiró la manta del rostro de Sima.

La mancha negra del veneno había subido por su cuello.

Aun así, la boca conservaba la curva irreverente que había acompañado tantas de sus mentiras.

—Debí registrarla —dijo Safiya.

—Sí —respondió Esmeralda.

Safiya la miró.

—No vas a permitirme olvidarlo.

—No.

—Eso puede ser útil.

Kheira bajó el cuerpo a la fosa. Safiya colocó sobre el pecho de Sima una pluma gris encontrada dentro de la jaula.

—No merecía perdón —dijo—. Pero tampoco merecía a Rashid.

Cubrieron la tumba sin añadir una piedra que pudiera señalarla.

Cuando regresaron al campamento, la primera fila ya entraba en el túnel norte.

Los niños caminaban en silencio. Las mujeres con heridas leves cargaban provisiones; las que podían sostener armas protegían los extremos del grupo.

Dalia fue acomodada sobre una camilla. La fiebre había bajado, pero todavía no podía mover el brazo.

Nadira supervisaba el traslado con el rostro húmedo.

—Tu herida volvió a abrirse —dijo Esmeralda.

—La coseré cuando las demás estén a salvo.

—Eso dijiste antes.

—Y todavía no lo están.

Ligia salió de la enfermería con dos bolsas cruzadas sobre el pecho.

—Puedo cargar una más.

—No —respondió Esmeralda.

—Tú llevas tres.

—Yo soy mayor.

—Eso no hace que pesen menos.

Nadira le entregó un paquete pequeño.

—Lleva las vendas limpias. Si se mojan, tendremos que utilizar tu ropa.

Ligia sujetó el paquete con ambas manos.

—No se mojarán.

Safiya dividió al grupo. La mayoría atravesaría el túnel. Cuatro mujeres se quedarían en la entrada hasta que llegara la señal del equipo encargado de las huellas falsas.

—Kheira, Yalena y yo iremos hacia el desfiladero —dijo.

—Yo también —añadió Esmeralda.

—No.

—El plan es mío.

—Por eso mismo no necesito que te expongas.

—Si encuentran un rastro mío entre los demás, el engaño será más creíble.

Safiya señaló el medallón escondido debajo de su túnica.

—No vamos a dejar eso en el camino.

—No hablo del medallón.

Esmeralda sacó la pequeña talla de madera que había conservado desde Luzar. Samir había comenzado a tallar un pájaro y abandonó la pieza después de cortarse un dedo. Una de las alas estaba terminada. La otra seguía siendo una superficie sin forma.

—Puedo cortar una astilla.

—No vas a dejar el objeto completo —dijo Ligia.

—Solo una parte de la base. Rashid vio madera en mis manos cuando me sacaron de la carreta.

Safiya observó la talla.

—También podría pensar que la perdiste.

—Eso quiero.

Con el cuchillo de Sima, Esmeralda cortó una esquina pequeña. El fragmento cabía entre dos dedos. Guardó el pájaro y entregó la astilla a Safiya. Ligia se acercó.

—Regresarás antes de que salgamos del túnel.

—Probablemente no.

—Entonces voy contigo.

—Necesito que ayudes a Nadira con Dalia.

—Kheira puede hacerlo.

—Kheira viene con nosotras.

Ligia comprendió la mentira demasiado tarde.

—Siempre haces eso.

—¿Qué cosa?

—Me das una tarea para que no pueda seguirte.

—Porque siempre intentas seguirme.

—Sima me llevó porque tú estabas encerrada.

—Y no volverá a ocurrir.

—No puedes prometerlo.

Esmeralda reconoció sus propias palabras en la voz de su hermana. Se arrodilló frente a ella.

—No puedo prometer que nadie volverá a intentar separarnos. Puedo prometer que regresaré mientras tenga la posibilidad de hacerlo.

—Samir también prometió venir a buscarnos.

La frase la golpeó con una precisión que Ligia no había calculado. Esmeralda sostuvo la talla dentro del puño.

—Samir regresó a la plaza.

—Y tú no sabes qué ocurrió después.

—Vi cómo cayó.

—No lo tocaste.

—Ligia.

—No sabes si murió.

Esmeralda deseó creerle. Durante unos segundos permitió que la imagen cambiara: Samir respirando entre los cuerpos, Samir arrastrándose lejos del fuego, Samir despertando en algún lugar y pronunciando su nombre. Después recordó la espada de Rashid, la sangre y la inmovilidad.

—Entra en el túnel —dijo—. Quédate con Nadira.

Ligia la abrazó.

—Si tardas, iré a buscarte.

—Lo sé.

No era una amenaza. Era otra promesa que Esmeralda tampoco podía impedir.

El grupo desapareció en la galería. Las últimas mujeres borraron las marcas alrededor de la entrada y cerraron el muro falso detrás de ellas.

Safiya montó el primer caballo. Kheira y Yalena sujetaron los bastidores a los animales restantes. Esmeralda subió a la mula de Bahir.

—¿Sabes montar en la oscuridad? —preguntó Safiya.

—No.

—Procura aprender antes de caer.

Salieron por el oeste. Los bastidores producían un ruido seco sobre las piedras.

Las sandalias golpeaban la tierra con ritmos irregulares.

Desde lejos, el sonido podía confundirse con los pasos de un grupo numeroso.

Avanzaron durante una hora. Dejaron caer un recipiente junto al cauce, una manta enredada en una rama y restos de comida cerca de una pendiente.

Esmeralda colocó la astilla de la talla de Samir en una zona de barro donde una antorcha pudiera iluminarla. Le costó soltarla.

Era una parte insignificante de la madera, pero todo lo relacionado con él se había vuelto irremplazable. Safiya esperó hasta que retiró la mano.

—Rashid podría no encontrarla.

—Daruk sí.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque Daruk mira lo que las otras personas intentan ocultar. Rashid solo mira lo que quiere poseer.

Continuaron hacia el desfiladero. El camino se estrechó entre dos paredes de roca rojiza. Los caballos avanzaban en fila. Cualquier patrulla que siguiera las huellas tendría que entrar sin espacio para desplegarse. Safiya desmontó cerca de una formación partida.

—Hasta aquí.

Kheira y Yalena cortaron las cuerdas de los bastidores. Desarmaron la madera y arrojaron las sandalias dentro de una grieta. Después cubrieron las huellas de cuatro caballos con ramas.

—Falta la evacuación —dijo Esmeralda.

Safiya señaló la pendiente.

—El camino continúa hacia el sur. Dejaremos dos caballos sueltos con mantas amarradas a la silla. Seguirán hasta encontrar agua.

—Daruk descubrirá que no llevan jinetes.

—Cuando los encuentre, ya habrá entrado en el desfiladero.

Yalena golpeó las ancas de los animales.

Los caballos corrieron entre las paredes de piedra.

El resto descendió hasta un cauce cubierto por lajas.

Envolvieron los cascos de sus monturas con cuero y comenzaron el regreso por una ruta oriental.

No habían avanzado cien pasos cuando Safiya levantó el puño.

A lo lejos apareció una luz. Después otra.

Siete antorchas descendían por el camino que acababan de abandonar.

Safiya condujo a las mujeres detrás de una pared de roca.

Kheira sujetó el hocico de su caballo para impedir que relinchara.

Los soldados llegaron hasta el lugar donde habían dejado la última vasija. Uno desmontó y examinó el suelo.

—Pasaron hace menos de una hora —dijo.

Esmeralda reconoció el uniforme gris de las patrullas de Daruk. Otro hombre recogió la manta rota.

—Hay sangre.

—¿De la muchacha?

—No lo sé.

—Rashid dijo que tiene una herida en el costado.

Esmeralda tocó el punto donde la herida volvía a dolerle. El jefe de la patrulla hizo una señal. Los soldados entraron en el desfiladero. Safiya esperó hasta que desaparecieron las antorchas.

—Funcionó —susurró Yalena.

—Con siete hombres —dijo Esmeralda—. No sabemos dónde están los demás.

—No podemos regresar por el mismo camino.

Rodearon las colinas. La ruta oriental era más larga y atravesaba un bosque de pinos torcidos.

La oscuridad ocultaba los desniveles, pero también los protegía de los vigías.

Poco antes del amanecer llegaron a las canteras.

La entrada del nuevo refugio estaba detrás de un muro natural cubierto por raíces.

Kheira emitió dos silbidos. Una piedra se movió y Salma asomó el rostro.

—Pensamos que los habían capturado.

—Una patrulla siguió las huellas —dijo Safiya—. ¿Todas llegaron?

—Dalia perdió el conocimiento durante el trayecto. Nadira está con ella.

Esmeralda encontró a Ligia cerca de la entrada.

La niña corrió hacia ella y la abrazó antes de reclamarle por la demora.

El refugio era una caverna dividida por columnas de piedra.

Un riachuelo atravesaba el fondo y desaparecía debajo de una pared.

No había casas ni puertas. Las mujeres habían extendido mantas sobre el suelo y colgado lámparas de los salientes.

El aire olía a cal, ropa mojada y sudor.

No era un hogar. Era un lugar donde todavía no las habían encontrado.

Nadira había conseguido estabilizar a Dalia. Después permitió que Esmeralda limpiara y volviera a vendar la herida de su brazo.

—Necesitas dormir —dijo la sanadora.

—Tú también.

—Yo no estuve a punto de caerme tres veces de una mula.

—Fueron dos.

—Ligia contó cuatro.

Esmeralda miró a su hermana.

—Ligia exagera.

—Ligia presta atención.