Capítulo 11 El precio del refugio
EL PRECIO DEL REFUGIO
No habían terminado de cubrir el cuerpo de Sima cuando uno de los caballos de vigilancia relinchó junto a la entrada oriental.
Safiya salió de la enfermería con la ficha del halcón guardada dentro de una caja.
Kheira y Yalena desenvainaron sus espadas.
Las demás mujeres dejaron caer mantas, vasijas y paquetes a medio cerrar.
—No abran —ordenó Safiya.
El animal volvió a relinchar. No se escuchaban voces ni pasos detrás de la puerta. Solo el golpe irregular de unos cascos y el tintineo de un cencerro. Kheira subió hasta uno de los respiraderos. Apartó la madera que ocultaba la abertura y miró hacia el camino.
—Es una mula.
—¿Lleva jinete?
—No.
Safiya levantó dos dedos. Yalena se colocó a un lado de la entrada mientras Kheira retiraba la barra.
La puerta se abrió apenas lo suficiente para dejar pasar al animal.
La mula entró con la cabeza baja. Tenía espuma seca alrededor de la boca y una herida en el costado producida por una espuela.
En la silla colgaban dos alforjas marcadas con un círculo atravesado por tres líneas. Nadira reconoció el símbolo.
—Es de Bahir.
—¿Quién es? —preguntó Esmeralda.
—Uno de los comerciantes que nos trae sal, grano y vendas. Debía llegar mañana con Idris.
Safiya registró las alforjas sin introducir las manos. Dentro encontró una cuerda cortada, un rollo de tela y un pequeño estuche utilizado para guardar especias. El estuche estaba sujeto con un hilo rojo.
—No lo abras —advirtió Esmeralda.
Safiya observó la caja que contenía la ficha envenenada.
—Kheira, trae las pinzas.
Kheira regresó con una tenaza de la enfermería. Safiya rompió el hilo, levantó la tapa y dejó el contenido sobre la mesa. Un dedo humano cayó sobre la madera. Todavía llevaba un anillo de cobre. Nadira retrocedió.
—Es de Idris.
Ligia se ocultó detrás de Esmeralda. Debajo del dedo había una tira de pergamino doblada. Safiya utilizó las pinzas para desplegarla. La letra era pequeña, precisa y casi elegante.
—Lee —dijo Nadira.
Safiya permaneció en silencio durante varios segundos.
Después dejó el pergamino sobre la mesa.
Esmeralda reconoció el sello antes de acercarse.
Un sol negro de doce puntas ocupaba la parte inferior de la página.
Daruk había utilizado el mismo símbolo en las órdenes de ejecución de Luzar. Tomó el mensaje.
“La mujer de ojos verdes se presentará sola en el puente seco antes del segundo anochecer. Llevará el medallón y ninguna arma. Cuando la tenga, Bahir y Idris quedarán libres. Si no viene, devolveré otra parte de ellos. Después buscaré entre quienes los conocen.” No aparecía su nombre. Daruk no lo necesitaba.
—¿Cuándo capturaron a los comerciantes? —preguntó Yalena.
Nadira examinó la sangre seca.
—Hace varias horas. Tal vez anoche.
—Sima tuvo que informarles de las rutas que utilizaban —dijo Kheira.
Safiya negó con la cabeza.
—Sima no conocía el día exacto de cada entrega. Alguien vigilaba a Bahir desde antes.
—Rashid —dijo Esmeralda.
El nombre silenció a las mujeres. Sima había muerto. Rashid continuaba libre y conocía el campamento, las rutas de abastecimiento y el aspecto de la mujer que buscaba. Una de las liberadas se acercó a la mesa. Se llamaba Salma y llevaba a un niño dormido dentro de una tela anudada a la espalda.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
—Hasta mañana por la noche —respondió Safiya.
—No pregunto por los comerciantes.
Salma miró la puerta.
—Pregunto cuánto tardarán en llegar aquí.
—No lo sabemos.
—Sima marcó la entrada.
—También enviamos exploradoras para borrar la señal.
—Borrar la cera no borra lo que decía el mensaje.
Varias mujeres se reunieron alrededor. Algunas todavía llevaban paquetes en los brazos. Otras habían regresado desde los túneles al escuchar la alarma.
—Tenemos que marcharnos —dijo Nadira—. Ahora.
Safiya dobló el pergamino.
—Si abandonamos el campamento, dejaremos huellas. Daruk sabrá que la información de Sima era correcta.
—Ya sabe que lo era —respondió Esmeralda—. De lo contrario, no habría enviado esto.
Salma miró el dedo.
—Quiere intercambiar a los comerciantes por ella.
Yalena soltó una respiración desdeñosa.
—Quiere que Esmeralda se entregue. No significa que vaya a liberar a nadie.
—¿Y si lo hace?
—No lo hará.
—No puedes saberlo.
—Conozco a Daruk.
—Yo conozco a Bahir —replicó Salma—. Cuando mi hijo enfermó, nos dio medicinas sin pedir nada. Idris ha cruzado tres veces los puestos del norte para traernos alimentos. Ahora les cortan los dedos porque nos ayudaron.
—No fue Esmeralda quien los capturó —dijo Ligia.
Salma bajó la mirada hacia ella.
—No he dicho eso.
—Pero quieres que vaya.
—Quiero que decidamos cuántas personas pueden morir para proteger a una sola.
Esmeralda sintió que Ligia se aferraba a su túnica. La pregunta no era injusta. Eso la volvía más peligrosa.
—Puedo ir al puente —dijo.
—No —respondieron Ligia y Safiya al mismo tiempo.
Esmeralda miró a la jefa de las liberadas.
—Daruk mantendrá a sus hombres lejos del campamento si cree que voy a entregarme.
—Mantendrá algunos hombres en el puente y enviará a los demás hacia aquí.
—Entonces necesito llegar antes de que lo hagan.
—¿Y después?
—Recuperaré a los comerciantes.
—¿Tú sola?
—No he dicho que vaya a estar sola.
Safiya golpeó el pergamino con dos dedos.
—Daruk eligió un puente seco porque no hay árboles, desniveles ni edificios en cien pasos. Verá a cualquiera que intente acercarse. También habrá arqueros debajo de los arcos.
—Podemos atacarlos desde el cauce.
—El cauce está cubierto de piedras blancas. Tus ojos todavía piensan en las calles de una aldea, Esmeralda. En terreno abierto, Daruk te verá antes de que tú sepas dónde está.
—Entonces enséñame a verlo.
—No hay tiempo.
—Sí hay tiempo para discutir si me entregarán.
Salma apretó los labios.
—Nadie ha dicho que vayamos a atarte.
—Todavía.
Nadira colocó la mano sana sobre la mesa. La venda del otro brazo volvía a mostrar una mancha roja.
—Daruk utiliza a Bahir y Idris para obligarnos a tomar una decisión visible. Si Esmeralda se presenta, la capturará. Si huimos, seguirá las huellas. Si permanecemos aquí, nos rodeará.
—No queda una decisión correcta —dijo Kheira.
—Nunca la hubo —respondió Esmeralda—. Solo tenemos que elegir qué error verá primero.
Safiya la observó.
—¿Qué propones?
Esmeralda miró las alforjas de la mula. Recordó los caminos de Luzar después de una feria, cuando los comerciantes se marchaban con animales cargados y docenas de personas caminaban detrás de los carros. Bastaba una mañana de viento para borrar los rostros. Las huellas permanecían durante días.
—Una evacuación —dijo.
—Acabas de escuchar a Nadira —respondió Safiya—. Dejaríamos un camino hasta el nuevo refugio.
—No si la evacuación que encuentran no es la verdadera.
Safiya no dijo nada. Esmeralda tomó una de las alforjas y la vació sobre la mesa.
—Necesitamos seis caballos, mantas, vasijas rotas, restos de comida y todas las sandalias que ya no puedan utilizarse.
—¿Para qué?
—Para que Daruk encuentre a cincuenta mujeres marchándose hacia el oeste.
Ligia fue la primera en comprender.
—Aunque nosotras iremos hacia otro lugar.
—Por el túnel norte —dijo Esmeralda—. Sima conocía la salida occidental y las rutas de los caballos. No sabemos cuánto les contó sobre los pasadizos interiores.
Safiya miró a Kheira.
—¿La galería norte sigue abierta?
—Hasta las canteras. El último tramo es estrecho, pero Dalia puede pasar en una camilla.
—Al otro lado hay una cueva —añadió Yalena—. No sirve como refugio permanente. El agua sube cuando llueve.
—Solo necesitamos que sirva durante dos días —dijo Esmeralda—. Mientras tanto, los caballos dejarán un rastro hacia el desfiladero.
—Seis caballos no producen las huellas de cincuenta personas —señaló Salma.
Esmeralda levantó una sandalia rota.
—Los caballos no.
Safiya contempló la suela. Después miró el resto del calzado acumulado junto a la entrada.
—Construiremos dos bastidores —dijo—. Ataremos las sandalias debajo y los arrastraremos detrás de los animales.
—También debe parecer que llevamos heridas y niños —añadió Esmeralda—. Dejen vendas usadas, una manta pequeña y marcas de una camilla.
Ligia frunció el ceño.
—No dejes mi manta.
—No será la tuya.
—Daruk conoce tu forma de pensar —dijo Nadira—. Te observó en Luzar.
—Me vio encadenada. No me vio dirigir una fuga.
Safiya comenzó a impartir órdenes. Kheira y Yalena construirían los bastidores. Salma reuniría los recipientes que pudieran abandonarse. Nadira prepararía a las heridas para el traslado.
—¿Y Sima? —preguntó Ligia.
Todas miraron el cuerpo cubierto. Safiya tardó en responder.
—No la dejaremos aquí.
—Nos traicionó —dijo Kheira.
—También vivió con nosotras durante dos años.
—Cuatro mujeres murieron por lo que hizo.
—Y Rashid la mató para que no pudiera explicar nada.
Safiya se acercó al cuerpo.
—La enterraremos junto al acueducto. No habrá ceremonia.
—¿Y su hermana? —preguntó Ligia.
—Si está viva, no tenemos forma de encontrarla.
—Sima intentó hacerlo.
—Sima eligió el modo equivocado.
Ligia miró la manta.
—Eso no significa que ella dejara de estar allí.
Nadie preguntó a cuál de las dos hermanas se refería.
Trabajaron hasta que desapareció la luz.
Las liberadas sacaron todo lo que pudiera revelar quiénes habían vivido en el refugio.
Rompieron las mesas demasiado grandes para transportarlas, cubrieron los pozos y esparcieron ceniza fría sobre las zonas donde el suelo conservaba más huellas.
Kheira construyó los bastidores con ramas flexibles. Ataron sandalias de distintos tamaños debajo de la madera y colocaron piedras encima para que las suelas presionaran la tierra. El conjunto parecía torpe, pero al arrastrarlo por el patio dejó una mezcla convincente de pisadas.
—Una persona que se detenga a examinarlas descubrirá el engaño —dijo Safiya.
—Por eso no le daremos razones para detenerse —respondió Esmeralda—. Las huellas deben parecer recientes.