La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 10 La falsa traidora #4
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Capítulo 10 La falsa traidora #4

Nadira presionó la herida para extraer más sangre. Después aplicó una pasta negra sobre el corte. Sima empezó a temblar.

—Rashid dijo que el halcón me abriría las puertas.

—Tal vez pensaba utilizarte para cruzarlas muerta —dijo Safiya.

—Él tiene a mi hermana.

—No sabes si está viva.

—La vi.

—¿Cuándo?

Sima intentó responder, pero los músculos de su mandíbula se contrajeron. Nadira le sostuvo el rostro.

—No intentes hablar. Respira despacio.

—Necesitamos saber lo que envió —dijo Safiya.

—Si la obligas, morirá más rápido.

—Morirá de todas maneras.

El silencio llenó la enfermería. Sima miró a Esmeralda. Sus pupilas se habían reducido hasta convertirse en dos puntos oscuros.

—La ficha —consiguió decir—. Él sabía…

Un espasmo le dobló el cuerpo. Esmeralda dejó la lámpara y la sostuvo antes de que la cuerda le cortara las muñecas.

—¿Qué sabía?

Sima buscó aire.

—Mi hermana.

—¿Dónde está?

—Dijo…

No pudo terminar. Su cuerpo se tensó contra Esmeralda.

Durante unos segundos no pareció una exploradora, una traidora ni la mujer que había colocado un cuchillo sobre el cuello de Ligia.

Pareció alguien demasiado joven para haber cargado durante tantos años con una culpa que Rashid supo convertir en obediencia.

—No quiero morir —susurró.

Esmeralda sostuvo su mano sana.

—Mira hacia mí.

Sima obedeció.

—Mi hermana no sabe que intenté regresar.

—Lo sabe.

—No puedes saberlo.

—Tú también sabías que yo regresaría por Ligia.

Los labios de Sima intentaron formar una sonrisa.

—Eres peor besando de lo que crees.

—Tú tampoco eras inolvidable.

Sima soltó una respiración parecida a una risa. Después su cuerpo perdió toda la fuerza. Nadira apoyó dos dedos en su cuello. Esperó.

—Ha muerto.

Safiya permaneció inmóvil frente al pilar. Miraba a Sima como si todavía esperara que abriera los ojos y explicara en qué momento había dejado de ser la mujer que conocía. Ligia se acercó a Esmeralda.

—¿Rashid la mató?

—Sí.

—Pero ella trabajaba para él.

—Precisamente por eso.

Nadira cubrió el cuerpo con una manta.

—La cantidad de veneno era suficiente para matar un caballo. Rashid nunca esperó que llegara viva hasta él.

Safiya tomó la ficha con la tela y examinó el halcón.

—Si la hubiera mostrado en un puesto militar, habría muerto delante de los guardias.

—Y ellos habrían encontrado el campamento después de registrar su cuerpo —dijo Esmeralda—. Rashid recuperaría el medallón, me capturaría y eliminaría a la única persona capaz de contar cómo nos encontró.

Safiya guardó el disco dentro de una caja de madera.

—Debí escucharte.

—Sí.

—También debí registrar a Sima cuando Ligia la señaló.

—Sí.

Safiya levantó la mirada.

—No volveré a encerrarte por una acusación que no he comprobado.

—No puedes prometer eso.

—Puedo darte mi palabra.

—Dame algo más útil. La próxima vez, escucha antes de decidir que la persona que conoces desde hace años no puede traicionarte.

La dureza regresó al rostro de Safiya, pero esta vez no estaba dirigida contra Esmeralda.

—Lo haré.

Desde el patio llegó el ruido de una discusión.

Las mujeres querían abandonar el campamento antes del anochecer, pero muchos caballos no podían cargar con las heridas y con los niños.

La muerte de Sima no había eliminado la amenaza.

Solo había dejado al grupo sin saber cuánto tiempo les quedaba. Safiya se dirigió hacia la puerta.

—Prepararemos una ruta falsa y saldremos cuando oscurezca.

—Rashid conoce este refugio —dijo Esmeralda—. Si lo abandonamos sin engañarlo, seguirá nuestras huellas.

—Entonces ayúdame a engañarlo.

Safiya salió. Nadira comenzó a ordenar los instrumentos utilizados para intentar salvar a Sima. Tenía el rostro pálido y la venda del brazo se había empapado de sangre.

—Siéntate —le dijo Esmeralda.

—Dalia necesita otra dosis dentro de una hora.

—Yo puedo medirla.

—No sabes hacerlo.

—Entonces enséñame mientras vuelves a coserte el brazo.

Nadira se sentó junto a la mesa. Ligia permaneció cerca del cuerpo cubierto.

—Las manos ya no muestran nada cuando una persona muere —dijo.

Esmeralda la apartó con suavidad.

—No necesitas comprobarlo.

—Ella tenía miedo.

—También nos traicionó.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Esmeralda miró la manta. Recordó la forma en que Sima había compartido su comida con Ligia, la pieza de madera que le entregó y el beso en el depósito.

Ninguno de esos momentos la convertía en inocente.

Tampoco la traición conseguía volver falsos todos los demás.

Sima había intentado comprar la vida de su hermana con las vidas de otras mujeres.

Rashid había utilizado ese amor para convertirla en un arma.

Después ocultó la muerte dentro de la única prueba de su promesa.

Esmeralda tomó el medallón y lo guardó debajo de la túnica.

El ave de Sima ya había llevado el mensaje.

En algún punto del camino militar, Rashid sabía que la mujer de los ojos verdes continuaba viva.

Ahora también sabía dónde buscarla. La primera persona que había muerto por aquel descubrimiento no era Esmeralda.

Era la mujer que le había dicho la verdad.