La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 10 La falsa traidora #3
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Capítulo 10 La falsa traidora #3

Esmeralda abrió la mano. La piedra verde reflejó la luz del sol. Sima intentó tomarla. Esmeralda cerró los dedos.

—Primero ordena que desaten el caballo.

—Safiya puede hacerlo.

—Safiya no dejará el arco.

—Entonces tú y yo caminaremos hasta allí.

Sima la obligó a girar. Por un instante, su cuerpo dejó de cubrirla del lado sur.

Esmeralda vio un movimiento entre las piedras.

Kheira había alcanzado la base del acueducto.

Yalena esperaba detrás de una columna derrumbada.

Todavía no tenían un ángulo limpio. Sima comenzó a retroceder hacia el extremo occidental.

—Besas mejor de lo que mientes —murmuró junto al oído de Esmeralda.

—Tú mientes mejor de lo que besas.

—¿Samir aprobaría que utilizaras la boca de esa manera?

—Samir sabía que haría cualquier cosa para proteger a Ligia.

—Qué conveniente amar a un hombre que ya no puede contradecirte.

Esmeralda sintió que la empuñadura se alejaba un poco de su espalda. Sima extendió la otra mano para recibir el medallón. Esmeralda lo arrojó hacia la izquierda. La piedra golpeó los ladrillos y se deslizó hasta el borde del puente. Sima giró por reflejo.

—¡Ahora! —gritó Esmeralda.

Ligia se dejó caer. Safiya soltó la cuerda del arco.

La flecha atravesó la manga de Sima y se clavó en la madera de una antigua compuerta.

El impacto le arrancó el cuchillo de la mano.

Esmeralda empujó a Ligia hacia el suelo y cubrió su cuerpo.

Sima intentó sacar el arma de la bota. Encontró la vaina vacía.

Esmeralda ya sostenía el pequeño cuchillo contra su garganta.

—¿Buscabas esto?

La exploradora comprendió en ese momento lo que había ocurrido durante el beso. Kheira apareció detrás de ella y le golpeó las rodillas. Sima cayó. Yalena sujetó su brazo libre mientras Safiya cruzaba el puente. Ligia se incorporó y abrazó a Esmeralda por la cintura.

—¿Estás herida?

—No.

—Te puso el cuchillo aquí.

La niña tocó el punto debajo de su pecho.

—No alcanzó a cortarme.

Safiya arrancó la flecha de la madera sin sacar la punta de la manga. Sima quedó inmovilizada contra la compuerta.

—¿Cuántos soldados vienen? —preguntó.

Sima respiraba con dificultad.

—Mátame.

Safiya sacó otro cuchillo.

—No será tan rápido.

—Safiya —dijo Esmeralda.

—Cuatro mujeres murieron por ella.

—Y otras morirán si no descubrimos qué le dijo a Rashid.

—Ya confesó que entregó el campamento.

—No sabemos cuándo llegarán, cuántos son ni qué rutas conocen.

Sima soltó una risa breve.

—La aldeana está aprendiendo.

Esmeralda le quitó la ficha del halcón. La sostuvo por los bordes para no rozar la parte central.

—También necesitamos saber cómo utiliza Rashid esto.

La piel alrededor del dedo de Sima comenzaba a oscurecerse. Safiya la observó.

—La llevaremos viva.

Cortó la manga atrapada y ató las manos de Sima con una cuerda. Regresaron al campamento antes de que el sol descendiera detrás de las colinas. Sima caminó entre Kheira y Yalena. Al principio avanzó sin dificultad, pero cerca del tamarisco tropezó con una raíz.

—Levántate —ordenó Kheira.

—Estoy bien.

Sima se incorporó. El color había desaparecido de sus labios. Esmeralda miró de nuevo su dedo. La mancha negra se extendía hasta la primera articulación.

—Nadira tiene que verla.

—Es una prisionera —dijo Safiya.

—Una prisionera muerta no puede responder preguntas.

Safiya no discutió. En el refugio, las preparaciones para la evacuación se habían detenido.

Las mujeres observaron a Sima atravesar el patio.

Algunas parecían furiosas. Otras bajaron la mirada.

Sima había compartido comida con ellas, vigilado a sus hijos y arriesgado la vida durante las incursiones.

La traición no borraba lo que había hecho antes.

Lo volvía más difícil de comprender. Nadira esperaba en la enfermería.

Dalia dormía sobre un camastro, con el brazo vendado y la fiebre ligeramente más baja.

Los medicamentos habían empezado a actuar. Ligia corrió hacia la sanadora.

—Estoy bien.

Nadira la abrazó con el brazo sano. Después buscó heridas en su cuello y sus manos.

—Te dije que no tocaras nada que Sima te entregara.

—Si no hubiera tocado la madera, no habríamos encontrado el pájaro.

—Eso no significa que debas volver a hacerlo.

Ligia miró a Esmeralda.

—Ella también hace cosas peligrosas.

—Lo sé —respondió Nadira—. Llevo todo el día intentando impedírselo.

Safiya ató a Sima a uno de los pilares de la enfermería. Varias mujeres se reunieron alrededor.

—Salgan —ordenó—. Kheira y Yalena se quedan en la puerta.

Nadie obedeció de inmediato.

—Sima entregó la ubicación del campamento —continuó Safiya—. Hasta que sepamos qué información envió, nadie abandona el refugio ni se separa de su grupo.

Una mujer mayor dio un paso al frente.

—Ella sacó a mi hija de una carreta de esclavos.

—Y condujo a los soldados hasta nosotras —respondió Safiya.

—¿Por qué?

Sima levantó el rostro.

—Porque Rashid tiene a mi hermana.

—Eso no te daba derecho a entregar a las nuestras.

—No pedí tu perdón.

—No lo tienes.

La mujer se alejó. Las demás salieron detrás de ella. La puerta se cerró. Nadira se arrodilló frente a Sima y examinó la herida de su brazo.

—La flecha no rompió el hueso.

—No necesito que me cures.

—Eso lo decidirá Safiya.

Nadira limpió la sangre. Sima no reaccionó al contacto.

—¿Sientes esto?

Presionó dos dedos debajo del codo.

—Sí.

—¿Y esto?

Clavó una aguja en la palma. Sima observó su propia mano.

—Apenas.

Nadira le tomó el dedo ennegrecido.

—¿Qué te hirió aquí?

—Nada.

Esmeralda mostró la ficha del halcón.

—Presionó el centro y algo la pinchó.

Sima levantó la cabeza.

—Solo fue un borde.

—Los bordes no producen una mancha como esta —dijo Nadira.

Tomó el disco con una tela. Después apoyó el centro contra el extremo de una cuchara de madera. El halcón se abrió. Una aguja casi invisible salió entre las dos alas. La punta estaba cubierta por una sustancia oscura. Nadira acercó la ficha a la lámpara.

—Veneno de escorpión negro mezclado con raíz de abat.

Safiya se volvió hacia Sima.

—Rashid te entregó esto.

La respiración de la exploradora se aceleró.

—Es un salvoconducto.

—Es una sentencia —dijo Nadira.

Sima miró su dedo. La mancha había alcanzado el nudillo.

—No.

—¿Cuánto tiempo hace que te pinchaste? —preguntó Nadira.

—En el acueducto.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

Nadira preparó una tira de cuero y la apretó alrededor de la muñeca.

—Necesito carbón, sal y la corteza azul del segundo frasco.

Ligia corrió hacia las estanterías. Esmeralda sostuvo la lámpara mientras Nadira hacía un corte sobre la yema del dedo. La sangre salió espesa y demasiado oscura. Sima no gritó.

—No siente dolor —dijo Nadira—. El veneno ya alcanzó los nervios.

—Haz algo —ordenó Safiya.

—Estoy haciéndolo.