Capítulo 10 La falsa traidora #2
—Encontramos la jaula y restos de cera roja. Sima nos siguió. Me golpeó antes de que pudiera gritar.
—¿Ligia está herida?
—No lo sé.
Esmeralda apartó la mano de Nadira y subió.
El campamento se había convertido en un espacio de movimiento desordenado.
Varias mujeres bloqueaban los túneles con piedras.
Otras recorrían las casas en busca de Sima.
Los caballos relinchaban dentro del establo.
Uno de los pesebres estaba vacío. Safiya apareció junto a la pared occidental.
Llevaba un arco y una aljaba sujeta a la espalda.
—Fue hacia el antiguo acueducto —dijo—. Kheira encontró huellas de un caballo.
—¿Por qué no la detuvieron en el túnel?
—Utilizó a Ligia para atravesarlo.
—Te advertí.
Safiya no intentó defenderse.
—Sí.
Aquella respuesta desarmó una parte de la rabia de Esmeralda, pero no el miedo.
—Si le hace daño…
—No se lo hará mientras la necesite.
—Sima no necesita a Ligia. Me necesita a mí.
Safiya observó el medallón.
—Entonces eso es lo que vamos a utilizar.
Nadira se acercó con una venda apretada alrededor del brazo.
—Kheira y Yalena rodearán el acueducto por el sur.
—Tú te quedas —ordenó Safiya.
—Puedo caminar.
—También puedes desangrarte.
—Dalia todavía me necesita.
—Por eso mismo.
Safiya miró a Esmeralda.
—Vendrás conmigo, pero no harás nada sin que yo te lo ordene.
—Ya vimos cómo terminó la última vez que acepté tus órdenes.
—Entonces escucha el plan antes de desobedecerlo.
Atravesaron la abertura occidental. El sendero descendía entre tamariscos, rocas cubiertas de musgo y árboles inclinados por la crecida.
A unos cien pasos encontraron el tronco partido por un rayo.
La pequeña jaula estaba en el suelo. Dentro quedaban plumas grises y un recipiente de agua.
Varias tiras de tela habían sido quemadas junto a las raíces.
En una de ellas todavía podía distinguirse una mancha de tinta.
Safiya se agachó y recogió un fragmento.
—Era mensajera desde antes de que ustedes llegaran.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Cuántas rutas conocía?
—Todas.
Continuaron avanzando. Las huellas del caballo se dirigían hacia un cauce seco.
El antiguo acueducto había sido construido sobre dos paredes de piedra y atravesaba la garganta como un puente estrecho.
Parte de los ladrillos se había desprendido.
Abajo, el agua de la crecida formaba charcos oscuros entre las rocas.
Safiya levantó el puño. El caballo de Sima estaba atado a un árbol cerca del acueducto.
La silla llevaba dos odres, una manta y provisiones suficientes para varios días. Esmeralda vio a Ligia sobre el puente.
Sima la sujetaba contra su cuerpo y mantenía un cuchillo debajo de su mandíbula. La niña tenía las manos atadas. Una línea de sangre recorría su cuello, pero el corte parecía superficial.
—¡Esmeralda! —gritó Ligia.
Sima apretó el filo.
—No vuelvas a hacerlo.
Safiya levantó el arco.
—Si la cortas, no saldrás de aquí.
—Si disparas, la flecha atravesará primero a la niña.
—Tengo más de una.
—Y yo solo necesito un movimiento.
Esmeralda salió de los árboles.
—Suéltala.
—Acércate.
Safiya la sujetó por el brazo.
—Todavía no.
—Sima vino a buscarme.
—También preparó un caballo.
—Porque no piensa esperar a Rashid.
Sima arrastró a Ligia hasta el centro del acueducto.
—Quiero el medallón, tu caballo y la entrada libre al camino del oeste.
—No llevarás a Ligia —dijo Esmeralda.
—Ella regresará cuando yo esté a salvo.
—No.
—Entonces morirá contigo.
Esmeralda miró a Safiya.
—Dame tu caballo.
—No voy a permitir que te entregue.
—Hace una hora me encerraste porque creías que yo las había entregado a todas.
—Me equivoqué.
—Puedes corregirlo ayudándome a sacar a Ligia de ese puente.
Safiya mantuvo la mano sobre su brazo.
—Si te acercas, Sima tendrá lo único que necesita para negociar con Rashid.
—Ya lo tiene. Él sabe dónde estoy.
Esmeralda se liberó.
—Kheira y Yalena están detrás del muro sur —susurró Safiya—. Necesitamos que Sima gire hacia la izquierda.
—Entonces espero que no fallen.
Avanzó hacia el puente.
—¡Detente! —ordenó Sima.
Esmeralda se detuvo al comienzo de los ladrillos.
—Ligia viene hacia mí. Cuando llegue, te entregaré el medallón y caminaré contigo hasta el caballo.
—No estás en condiciones de exigir nada.
—Y tú no estás en condiciones de cargar con las dos.
Sima observó a Safiya y las posiciones que las demás mujeres ocupaban entre los árboles.
—Quítate el medallón.
Esmeralda levantó la cadena sobre su cabeza. La piedra verde quedó suspendida de sus dedos. Ligia miró la joya. La corona tallada pareció oscurecerse alrededor de los bordes.
—¿Qué te prometió Rashid? —preguntó Esmeralda.
—Eso no te importa.
—Si vas a cambiar mi vida por la tuya, quiero saber el precio.
—Mi libertad.
—Ya eras libre.
Una expresión amarga deformó la boca de Sima.
—No mientras ella continúe encerrada.
Esmeralda comprendió.
—Tu hermana.
Sima tiró de Ligia para obligarla a permanecer erguida.
—Escapamos juntas de la casa de Al-Manzur. Yo atravesé el conducto de las cocinas, pero ella quedó atrapada al otro lado. Las guardias cerraron la compuerta antes de que pudiera regresar.
—Safiya dijo que llevas dos años con las liberadas.
—Dos años buscándola.
—¿Cómo sabes que sigue viva?
—Rashid me mostró una trenza de su cabello y una pulsera que yo misma le había fabricado.
—También pudo quitárselas a un cadáver.
Sima apoyó la mejilla contra la cabeza de Ligia.
—Está viva.
No sonó convencida. Sonó como alguien que había repetido la misma frase demasiadas veces para permitirse dudar.
—¿Cuándo comenzaste a enviarle mensajes? —preguntó Safiya.
—Después del invierno.
—¿Fuiste tú quien condujo a las patrullas hasta el refugio anterior?
—Les di una ruta abandonada. Nadie debía morir.
—Murieron cuatro mujeres.
—Rashid cambió el recorrido.
Safiya bajó el arco apenas un dedo.
—Confié en ti.
—Yo también confié en ti. Dijiste que me ayudarías a encontrarla.
—Y lo habría hecho.
—¿Cuándo? ¿Después de cruzar el mar? ¿Después de que Al-Manzur la vendiera a otra ciudad? ¿Después de que olvidaras que no todas las que dejamos atrás tuvieron la suerte de escapar?
Safiya volvió a tensar el arco.
—No olvidé a ninguna.
—Pero aprendiste a vivir sin ellas.
—Tú aprendiste a vendernos.
Sima miró a Esmeralda.
—Rashid no me pidió el campamento. Solo quería saber si llegaba una mujer con ojos verdes y un medallón coronado. Cuando te vi, comprendí que podía recuperarla.
—Por eso entraste en nuestra casa.
—Necesitaba asegurarme.
—Y colocaste la ficha en mi bolsa.
—Solo debía mantenerte encerrada hasta la llegada de los jinetes. Si Safiya te expulsaba, tendría que seguirte. Si te encerraba, permanecerías donde Rashid pudiera encontrarte.
—También marcaste el desfiladero.
—No esperaba que vieras la cera.
—¿Y la entrada del campamento?
Sima guardó silencio. Safiya recuperó la tensión del arco.
—Responde.
—Rashid necesitaba una prueba de que el mensaje era mío.
—Le entregaste la ubicación de mujeres y niños para recuperar a una sola persona.
—Tú habrías hecho lo mismo.
—No.
—Nunca tuviste una hermana.
Safiya no respondió. Sima metió una mano dentro de su túnica y sacó un disco más pequeño que la ficha encontrada en la bolsa de Esmeralda. El metal estaba grabado con un halcón en lugar del sol de doce puntas.
—Esto me permitirá atravesar cualquier puesto de vigilancia —dijo—. Rashid me lo entregó cuando hicimos el acuerdo.
Presionó el centro del disco. El halcón se abrió en dos mitades. Sima retiró el dedo de inmediato y observó una gota diminuta de sangre en la yema.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Esmeralda.
—El borde está roto.
Sima cerró la ficha y la guardó.
—Cuando llegue al camino militar, mostraré el halcón. Me llevarán con Rashid y él cumplirá su promesa.
—Un hombre que exige traiciones no paga con libertad —dijo Esmeralda—. Paga con otra cadena.
—Samir no pudo protegerte. No hables como si supieras reconocer a los hombres.
La mención de su nombre despertó la rabia que Esmeralda había contenido desde el depósito.
—Samir nunca necesitó encerrarme para que permaneciera a su lado.
—Samir está muerto.
—Eso no convierte a Rashid en dueño de lo que sentí con él.
—Los muertos no conservan nada.
—Él conoció mi cuerpo porque yo quise entregárselo. Sabía cómo hacerme temblar y también cuándo detenerse. Rashid puede encadenarme, desnudarme o exhibirme frente a todo su ejército. Seguirá sin poseer un solo instante de lo que elegí darle a Samir.
Sima la miró en silencio. Esmeralda avanzó un paso.
—Eso es lo que no comprendes. La libertad no empieza cuando otra persona abre una puerta. Empieza cuando dejas de creer que puede decidir quién eres detrás de ella.
—Las palabras no sacarán a mi hermana del palacio.
—Entregarme tampoco.
La mano con la que Sima sostenía el cuchillo tembló. Fue un movimiento breve. Casi imperceptible. Esmeralda miró el dedo que había rozado el interior de la ficha. La gota de sangre ya no estaba. En su lugar aparecía un punto oscuro.
—Déjame ocupar el lugar de Ligia —dijo.
—Esmeralda, no —suplicó la niña.
—Mírame.
Ligia levantó los ojos.
—Regresarás con Nadira.
—No quiero dejarte.
—No me dejarás. Caminarás hasta los árboles y esperarás allí.
Sima aflojó las cuerdas de Ligia.
—Ven despacio.
Esmeralda avanzó sobre el acueducto. Cada ladrillo se movía bajo sus sandalias. El viento ascendía desde la garganta y hacía oscilar el medallón entre sus dedos. A mitad del puente se detuvo.
—Suéltala.
Sima empujó a Ligia hacia adelante sin apartar el cuchillo de su espalda. Esmeralda extendió la mano. La niña dio un paso. Después otro. Cuando se encontraron, Esmeralda la sostuvo por el hombro.
—Ahora corre hacia Safiya.
—No.
—Hazlo.
Ligia la abrazó con fuerza. Sima tiró de la túnica de Esmeralda y la separó de su hermana.
—Se acabó el tiempo.
Ligia caminó hacia la orilla. Miró hacia atrás varias veces, pero continuó avanzando hasta que Safiya pudo sujetarla. Sima colocó el cuchillo debajo del pecho de Esmeralda.
—El medallón.
—Está aquí.