Capítulo 10 La falsa traidora
LA FALSA TRAIDORA
El depósito no había sido construido para encerrar personas.
Las paredes conservaban el olor de los cereales que alguna vez se guardaron allí, mezclado con humedad, excrementos de rata y madera podrida.
Dos respiraderos abiertos cerca del techo dejaban entrar líneas estrechas de luz.
No bastaban para iluminar el suelo, pero permitían distinguir las vasijas rotas y los sacos vacíos acumulados en una esquina.
Esmeralda recorrió la puerta con las manos.
Las placas de hierro estaban sujetas por clavos gruesos.
Entre la madera y el suelo había una abertura demasiado pequeña para introducir los dedos.
El cerrojo se encontraba afuera. Escuchó pasos sobre su cabeza.
Las mujeres preparaban los caballos, movían cajas y discutían acerca de las provisiones que debían abandonar.
El campamento se disponía a marcharse mientras ella permanecía encerrada como la única traidora. Sima continuaba libre.
Esmeralda apoyó la espalda contra la puerta y pensó en Ligia.
Nadira había prometido protegerla, pero también tendría que atender a Dalia y a las demás heridas.
Safiya estaría ocupada organizando la evacuación.
Solo Sima conocía cada entrada del refugio y podía moverse sin despertar sospechas.
Unos pasos descendieron por la escalera.
Esmeralda sacó el cuchillo, aunque sabía que no podría utilizarlo contra una puerta revestida de hierro.
La llave giró en la cerradura. Después se levantó el cerrojo.
Sima entró con una lámpara. Cerró detrás de ella.
—Safiya dijo que nadie podía acercarse sin su permiso —dijo Esmeralda.
—Safiya está demasiado ocupada intentando salvar a mujeres que todavía no saben si quieren obedecerla.
Sima dejó la lámpara sobre una vasija. Ya no sonreía. Había sustituido la capa gris por una túnica de montar y llevaba el cabello recogido en una trenza apretada. Un cuchillo sobresalía de cada bota. Otro descansaba junto a su cadera.
—¿Dónde está Ligia?
—Con Nadira.
—¿Qué quieres?
La mirada de Sima descendió hasta el medallón.
—Evitar que cometas una estupidez.
—Llegas tarde.
Sima se acercó.
—Safiya te liberará cuando no encuentre ninguna otra prueba. Para entonces, los jinetes estarán cerca y este lugar no será seguro.
—Eso lo sabes porque fuiste tú quien los llamó.
—Lo supongo porque no soy ingenua.
—Entraste en nuestra casa. Examinaste el medallón y enviaste un ave hacia el camino militar.
—Tu hermana vio plumas.
—También vio tus manos colocando la ficha en mi bolsa.
—Ligia ve lo que tú necesitas que vea.
Esmeralda sostuvo el cuchillo frente a su cuerpo.
—Si hubieras conseguido que Safiya creyera por completo en tu mentira, no habrías bajado a convencerme.
Sima miró la hoja.
—No quiero convencerte. Quiero proponerte un acuerdo.
—No me interesa.
—Todavía no lo has escuchado.
—Entregaré el medallón, tú abrirás la puerta y después me apuñalarás antes de que alcance la escalera.
—Si quisiera matarte, habría permitido que entraras en el desfiladero.
—Querías que me capturaran.
—Existe una diferencia.
—Para ti.
Sima avanzó otro paso.
—Rashid no piensa matarte.
La confirmación produjo un frío más profundo que el encierro. Esmeralda no bajó el cuchillo.
—Entonces admites que trabajas para él.
—Admito que conozco lo que está dispuesto a ofrecer.
—¿También conoces lo que hará con Ligia?
La mandíbula de Sima se tensó.
—La niña no le interesa.
—Eso no es una respuesta.
—Rashid quiere a la mujer de los ojos verdes y la piedra que lleva sobre el pecho. Si se las entrego, no tendrá motivos para acercarse al campamento.
—A menos que quiera recuperar a las otras esclavas.
—No puede recuperar lo que ya no le pertenece.
—Hablas como si esa diferencia le importara.
Sima se detuvo frente a ella. El cuchillo de Esmeralda quedó entre ambos cuerpos.
—Si vienes conmigo, Ligia podrá quedarse aquí.
—¿Y tú esperas que confíe en tu palabra?
—No. Espero que comprendas que no tienes otra opción.
Sima sujetó la muñeca con la que Esmeralda sostenía el arma. La empujó contra la pared y acercó el rostro al suyo. El filo quedó atrapado entre sus vientres.
—Podría quitártelo —dijo.
—Inténtalo.
La mano libre de Sima descendió hasta la cintura de Esmeralda y encontró el medallón debajo de la túnica. Tiró de la cadena. La piedra apareció entre las telas.
—Esto vale más de lo que imaginas.
—Entonces cometiste un error al dejarlo conmigo.
—Rashid ordenó que no te lo quitara hasta tenerte delante de él.
—¿También te ordenó entrar en el baño?
Una sombra de la antigua sonrisa regresó a la boca de Sima.
—Eso fue curiosidad.
—Creí que todavía no habías decidido si te agradaba.
—Ya lo decidí.
Sima presionó el cuerpo contra el de Esmeralda. El contacto no se parecía a la caricia calculada del manantial. Había fuerza, impaciencia y una tensión que ninguna de las dos podía confundir con un accidente.
—En otra vida —murmuró Sima—, tal vez habría esperado a que me besaras.
—En otra vida, quizá no habrías vendido a mi hermana.
—No la he vendido.
—Todavía.
Sima deslizó el pulgar por el labio inferior de Esmeralda.
—Rashid borrará muy pronto el recuerdo de tu prometido.
Esmeralda pensó en la casa que Samir construía para los dos. Recordó las tardes en que él regresaba cubierto de polvo, se lavaba junto al manantial y la miraba como si llevara todo el día esperando ese momento. Sima no sabía lo que intentaba destruir.
No sabía cómo Samir había aprendido el cuerpo de Esmeralda sin tratarlo jamás como una propiedad.
Él conocía el punto exacto debajo de su oreja que la hacía estremecerse y la forma en que sus pechos se endurecían cuando los acariciaba con los pulgares.
Sabía cuándo ella deseaba que sus dedos avanzaran por debajo de la ropa y cuándo necesitaba que se detuvieran. También sabía esperar.
La última vez que estuvieron solos junto al manantial, Esmeralda se había sentado sobre sus piernas y había abierto la túnica hasta dejar uno de sus hombros desnudo. Samir la besó desde la clavícula hasta el pecho, mientras ella sentía su deseo firme contra la parte interior de sus muslos.
Esmeralda había movido las caderas sobre él, despacio al principio y después con una urgencia que hizo que ambos perdieran el aliento.
Había introducido una mano entre sus cuerpos para tocarlo por encima de la tela.
Samir cerró los ojos, pero no intentó llevarla más lejos.
Cuando ella pronunció su nombre, él abrió las manos y esperó.
La decisión siempre había sido de ambos. Esmeralda miró la boca de Sima.
—Rashid no puede borrar lo que nunca ha tocado.
—Todos terminan tocando lo que compran.
—Entonces no le permitas comprarme.
—Ya hizo su oferta.
Esmeralda eliminó la distancia que quedaba entre las dos.
La sorpresa inmovilizó a Sima durante un instante.
Después respondió al beso. Su boca era más suave de lo que Esmeralda esperaba.
Sabía a manzana y a la hierba amarga que las exploradoras masticaban para mantenerse despiertas.
Sima le sostuvo la nuca y profundizó el contacto, abriéndole los labios con la lengua.
Esmeralda dejó caer el cuchillo que llevaba en la mano. El arma golpeó el suelo.
Sima interpretó el gesto como una rendición.
La sujetó por la cintura y la acercó todavía más.
Una de sus piernas se introdujo entre las de Esmeralda.
La presión despertó un calor incómodo, mezclado con el peligro y con el recuerdo de las manos de Samir.
Esmeralda no retrocedió. Deslizó las manos por los costados de Sima y encontró la abertura de la túnica.
Tocó su piel, la curva firme de la cintura y el borde de la vaina escondida dentro de una de sus botas. Sima mordió su labio.
—Sabía que mentías en el baño.
—¿Sobre qué?
—Sobre no desearlo.
—Nunca dije eso.
Esmeralda introdujo dos dedos en la bota y sacó el cuchillo más pequeño. Lo ocultó dentro de su manga. Después se apartó. Sima tardó un instante en abrir los ojos.
—Podría haber sido distinto —dijo.
—Todavía puede serlo. Abre la puerta y ayuda a sacar a las mujeres antes de que lleguen los jinetes.
La exploradora le sostuvo el rostro con una mano.
—Demasiado tarde.
Recogió del suelo el cuchillo de Esmeralda y lo arrojó lejos de su alcance.
—Rashid no viene por las liberadas. Viene por ti.
Sima salió del depósito. El cerrojo volvió a cerrarse.
Esmeralda esperó hasta que sus pasos desaparecieron.
Después sacó el cuchillo oculto. La hoja era corta, pero tenía una punta delgada que podía introducirse entre las tablas.
Se arrodilló junto a la puerta y comenzó a trabajar sobre la madera alrededor de la cerradura.
Arriba se escuchó un grito. Después otro.
Un cuerno sonó una sola vez dentro del campamento.
Esmeralda clavó el cuchillo con más fuerza.
Una astilla se desprendió, pero el hierro continuó cubriendo el mecanismo.
—¡Ligia! —gritó.
Nadie respondió. Golpeó la puerta con el hombro. El dolor recorrió su costado y abrió de nuevo la herida que apenas había comenzado a cerrar. El cuerno sonó por segunda vez. Esta vez lo siguió la voz de Safiya.
—¡Cierren el túnel norte!
Varias mujeres corrieron sobre el depósito. Una vasija cayó y se rompió. Esmeralda golpeó la puerta con la empuñadura.
—¡Sáquenme de aquí!
Los pasos descendieron por la escalera. La llave no entró al primer intento. Al otro lado, alguien respiraba con dificultad. El cerrojo se levantó. Nadira apareció con sangre en la cara y una herida abierta en el brazo izquierdo.
—Se llevó a Ligia.
Esmeralda salió del depósito.
—¿Dónde está?
—En la salida occidental.
—¿Cómo ocurrió?
Nadira la sujetó antes de que subiera las escaleras.
—Ligia tocó la pieza de madera que Sima le entregó. Vio un árbol partido, una jaula y tiras de tela dentro del tronco. Me llevó hasta allí.
—¿Encontraron el ave?