La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 9 La prueba de safiya #3
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Capítulo 9 La prueba de safiya #3

Safiya señaló la ruta inferior.

—Regresamos por el desfiladero del sur.

Esmeralda observó las piedras. Sobre una de ellas había una pequeña mancha de cera roja. Parecía reciente. Un fragmento de tela gris estaba atrapado debajo. Miró la capa de Sima. En el borde faltaba una tira del mismo tamaño.

—No por ahí —dijo.

Safiya se volvió.

—Es la ruta más rápida.

—También es la que la patrulla puede cerrar con seis hombres.

—La revisamos antes de llegar.

—La patrulla apareció después.

Esmeralda señaló la cera.

—Alguien marcó el camino.

Sima se agachó.

—Eso puede llevar ahí varias semanas.

Esmeralda tocó la mancha. La cera cedió bajo su dedo.

—Sigue blanda.

Safiya examinó el fragmento de tela.

—¿Por qué llevaría una patrulla cera roja?

—Para marcar una ruta —respondió Esmeralda—. O para señalar dónde esperar.

—Perderemos una hora si subimos por las laderas —dijo Kheira.

—Y quizá ganemos el resto de nuestras vidas.

Safiya miró a Sima.

—Tú revisaste el camino.

—Estaba despejado.

—¿Viste la marca?

—No.

Esmeralda recordó el mensaje escuchado en la garganta. Rashid ofrecía una recompensa y los soldados sabían que Morlevo había permitido que el río se la llevara. No buscaban sobrevivientes al azar. La buscaban a ella.

—Yo subiré por la ladera —dijo—. Puedes acompañarme o regresar por el desfiladero.

Safiya apretó la mandíbula.

—Cambiamos la ruta.

Sima no protestó, pero su mirada se endureció.

El ascenso fue lento. Tuvieron que trepar entre árboles de raíces expuestas y pasar la bolsa de mano en mano para evitar que los frascos se rompieran.

Esmeralda sentía la herida del costado abrirse con cada movimiento, aunque continuó subiendo.

Al alcanzar una terraza de roca, se agacharon detrás de unos matorrales.

Desde allí podían ver el desfiladero del sur.

Seis jinetes esperaban en la salida. Dos desmontaron y se ocultaron detrás de las piedras.

Otro examinaba el suelo, buscando huellas.

Safiya permaneció en silencio. Esmeralda miró a Sima. La exploradora observaba a los soldados sin sorpresa.

—Era una emboscada —murmuró Yalena.

—Tal vez esperaban a cualquier fugitivo que regresara del almacén —dijo Sima.

—O sabían que vendríamos —respondió Esmeralda.

Safiya levantó una mano.

—Nadie habla hasta que salgamos de aquí.

Rodearon la patrulla por la parte alta y regresaron al bosque. El trayecto duró casi tres horas. Cuando alcanzaron la entrada oculta del campamento, el sol ya estaba en el centro del cielo. Nadira las esperaba en el túnel.

—¿Lo consiguieron?

Esmeralda le entregó la bolsa. La sanadora comprobó los frascos.

—Es suficiente.

—Perdimos la ruta segura —dijo Safiya—. Había soldados esperando.

Nadira miró a Esmeralda.

—¿Cómo escaparon?

—Ella vio la marca —admitió Safiya.

No añadió nada más. Nadira llevó las medicinas a la enfermería. Esmeralda la siguió hasta la entrada, donde Ligia estaba sentada moliendo corteza dentro de un cuenco. La niña corrió hacia ella.

—Pensé que no volverías.

—Yo también.

Esmeralda la abrazó. El alivio duró poco. Varias mujeres cerraban las entradas del campamento mientras otras preparaban los caballos.

—¿Van a marcharse? —preguntó.

—Safiya cree que los soldados están demasiado cerca —respondió Nadira—. Si encontraron el almacén, pueden encontrar el río.

—No fue el almacén. Nos estaban esperando en la ruta de regreso.

Nadira dejó de ordenar los frascos.

—¿Quién conocía esa ruta?

—Safiya, Sima, Kheira y Yalena.

—También quienes la vigilaron durante las últimas semanas.

Esmeralda observó a Sima desde la puerta. La joven ayudaba a sujetar unas alforjas y conversaba con Safiya.

—Entró en nuestra casa anoche.

—Ya lo sé. Safiya le preguntó.

—¿Qué respondió?

—Que fue a buscar una manta.

—No faltaba ninguna manta.

Nadira destapó el alcohol.

—Sima ha salvado a muchas mujeres. Safiya confía en ella.

—Eso no significa que deba hacerlo yo.

—No. Significa que acusarla sin pruebas solo conseguirá que Safiya deje de escucharte.

Un grito interrumpió la conversación.

—¡Revisen todas las bolsas!

Safiya estaba junto al almacén de alimentos.

Una de las exploradoras había encontrado una marca roja en la puerta exterior del túnel.

Las mujeres empezaron a registrar las alforjas, las cajas y la ropa de quienes habían participado en la incursión.

Sima vació su bolsa sobre una mesa. Cayeron cuerdas, pedernales, un cuchillo y una manzana.

Kheira y Yalena hicieron lo mismo. Safiya se acercó a Esmeralda.

—La tuya.

—Nadira la tiene.

La sanadora llevó la bolsa vacía de los medicamentos.

Safiya introdujo una mano y sacudió el fondo.

Un objeto metálico cayó sobre la mesa. El disco de bronce giró varias veces antes de detenerse.

El sol de doce puntas quedó hacia arriba.

Esmeralda reconoció una de las fichas del almacén. Nadie habló. Safiya la tomó.

—¿Cómo llegó esto a tu bolsa?

—No lo sé.

—La llevaste todo el camino.

—Sima también la tocó.

La exploradora dio un paso al frente.

—Ayudé a guardar los frascos.

—También estuviste junto a las fichas.

—Y tú preguntaste cómo se utilizaban.

Safiya olió el disco. Después raspó con una uña el borde. Había barro oscuro en las ranuras.

—Esto no viene del almacén. El suelo allí estaba seco.

Nadira tomó una pequeña porción de barro entre los dedos.

—Es del campamento.

—¿De dónde? —preguntó Safiya.

—Del establo. El manantial arrastra arcilla negra hasta los pesebres.

Todas miraron hacia Esmeralda.

—No he entrado en el establo —dijo.

—Sima te vio junto a los caballos ayer —respondió una mujer.

—Ella fue quien contó las monturas.

—¿Cómo sabes que las contó? —preguntó Safiya.

Esmeralda comprendió demasiado tarde que solo la había observado hacerlo.

—Porque miraba los animales como alguien que necesitaba saber cuántos podían escapar.

Sima soltó una risa incrédula.

—Ahora resulta que observar caballos me convierte en traidora.

—No. Entrar en mi casa, revisar el medallón y marcar una ruta para los soldados se acerca bastante más.

El campamento quedó en silencio. Safiya miró el cuello de Esmeralda.

—¿Qué medallón?

Sima fingió sorpresa. Esmeralda supo que había cometido un error. Sacó la piedra verde de debajo de la túnica antes de que alguien intentara hacerlo por ella. La corona grabada brilló bajo el sol. Varias mujeres retrocedieron. Una de las ancianas murmuró una plegaria. Safiya examinó la piedra.

—¿Por qué ocultaste esto?

—Era de mi madre.

—No he preguntado de quién era. He preguntado por qué lo escondiste.

—Porque todos los que lo reconocen intentan utilizarme.

Ligia se acercó a la mesa. Antes de que Esmeralda pudiera detenerla, tomó la ficha militar. Su cuerpo se estremeció. Los ojos se le desenfocaron y el disco cayó de sus dedos. Esmeralda alcanzó a sujetarla antes de que golpeara el suelo.

—Ligia.

La niña respiraba con dificultad.

—Las manos.

—¿Qué manos?

Ligia señaló a Sima.

—Ella lo puso en la bolsa.

Sima palideció apenas un instante.

—La niña estaba en el campamento.

—Ve cosas cuando toca objetos —dijo Esmeralda.

Safiya la miró como si acabara de escuchar una nueva mentira.

—¿Qué clase de cosas?

—Lo que ocurrió antes. Fragmentos.

—Conveniente.

—Ayer tocó a Sima y vio plumas. Durante la noche soñó con un pájaro.

Sima cruzó los brazos.

—Todas las exploradoras recogen plumas para las flechas.

—No eran para una flecha —dijo Ligia.

Safiya recogió la ficha.

—Basta.

—Tienes que registrarla —insistió Esmeralda—. También revisar dónde estuvo anoche.

—Ya lo hice. Dos mujeres confirmaron que regresó de las trampas poco antes de entrar en tu casa.

—Eso no explica la ficha.

—Tampoco explica por qué estaba en tu bolsa.

Safiya hizo una señal a las guardias.

—Enciérrenla en el depósito inferior.

Ligia se aferró a Esmeralda.

—¡Ella no hizo nada!

—Ligia se queda con Nadira —dijo Safiya—. Nadie se acercará a ella sin mi permiso.

—No voy a permitir que nos separen.

—Encontramos una ficha militar entre tus cosas y una marca en nuestra entrada. Hasta que sepa quién condujo a los soldados hasta aquí, no permitiré que camines libremente por el campamento.

Dos mujeres sujetaron los brazos de Esmeralda. Ella forcejeó.

—Sima envió un mensaje.

—No tienes pruebas.

—Ligia la vio.

—Ligia vio unas manos y unas plumas.

—Es suficiente para encerrarme a mí, pero no para interrogarla a ella.

Safiya sostuvo su mirada.

—Tú llegaste ayer. Sima lleva dos años arriesgando la vida por estas mujeres.

—Nadira también salvó vidas y querías cortarle el cuello.

La acusación hizo vacilar a Safiya, pero no cambió su decisión.

—Llévensela.

Arrastraron a Esmeralda hacia una escalera excavada debajo del antiguo almacén de grano. Ligia intentó seguirlas. Nadira tuvo que sujetarla por la cintura.

—¡Esmeralda!

—Quédate con Nadira —gritó ella—. No toques nada que Sima te entregue.

La puerta del depósito estaba cubierta por placas de hierro.

Las guardias la empujaron al interior. Antes de que la cerraran, Esmeralda miró hacia el patio.

Sima permanecía junto a la mesa. Nadie la vigilaba.

Nadie había registrado el interior de su capa.

La exploradora levantó una mano y se llevó dos dedos a los labios.

Era el mismo gesto que utilizaban los soldados de Rashid para ordenar silencio.

La puerta se cerró. El cerrojo cayó desde afuera.

En la oscuridad, Esmeralda comprendió que la ficha no pretendía demostrar que ella trabajaba para el ejército. Pretendía mantenerla encerrada hasta que Rashid llegara.