Capítulo 9 La prueba de safiya #2
—He visto lo que hacen cuando reciben a una mujer nueva. La desnudan delante de los compradores, revisan sus dientes y deciden cuánto vale cada parte de su cuerpo.
Esmeralda clavó los dedos en la roca.
—A las más hermosas no las envían a las cocinas. Las preparan para los hombres importantes. Aceites, perfumes, telas finas y una puerta que solo se abre desde afuera.
La voz de Sima parecía demasiado tranquila para limitarse a una advertencia.
—Tú alcanzarías un precio extraordinario.
Esmeralda cerró los ojos. Se negó a imaginar las manos de Rashid o de Al-Manzur.
Buscó un recuerdo anterior al fuego, a las cadenas y al río.
Encontró a Samir. Estaban escondidos en el granero que él había levantado junto a la casa donde vivirían después de la boda.
La luz entraba entre las tablas y dibujaba líneas doradas sobre su piel.
Samir la había besado hasta hacerla olvidar que alguien podía descubrirlos.
Sus labios descendieron por el cuello de Esmeralda y apartaron la tela que cubría uno de sus pechos.
Ella recordaba el calor de su boca y la lentitud con la que había recorrido la piel sensible.
Recordaba sus propias manos guiándolo cuando la prudencia de Samir amenazó con detenerlo.
Él había deslizado los dedos por debajo de su falda, sin avanzar hasta que Esmeralda separó los muslos y le indicó lo que deseaba.
El contacto había sido íntimo, preciso y desesperante.
Esmeralda se había aferrado a sus hombros mientras las caricias se volvían más profundas y el placer le cerraba la garganta.
Samir la observaba, atento a cada respiración, como si el cuerpo de ella no fuera un territorio que pudiera tomar, sino un lugar al que solo entraba porque Esmeralda lo invitaba.
Habían detenido aquello antes de romper la promesa de esperar hasta la boda.
Sin embargo, el recuerdo no le pertenecía menos por haber quedado incompleto.
Sima podía hablar de compradores y puertas cerradas. Rashid podía ofrecer monedas. Al-Manzur podía enviar un ejército. Ninguno de ellos había estado en aquel granero. Había territorios interiores que un ejército no podía confiscar. Esmeralda abrió los ojos y apartó la mano de Sima.
—Mi cuerpo no vale lo que ellos decidan pagar.
—Cuando una cadena se cierra, el precio deja de importarte.
—Eso es lo que te dijeron a ti.
La expresión de Sima cambió.
—Ten cuidado.
—¿Es una advertencia o una amenaza?
Safiya hizo una señal desde el sendero. Los jinetes se habían alejado. Sima salió primero de la grieta.
—Algún día descubrirás que son la misma cosa.
Continuaron el descenso. El almacén apareció al final de la garganta.
Era un edificio rectangular, construido con piedra rojiza y cubierto por un techo de tejas.
Un cobertizo se extendía hacia la parte posterior.
Había dos caballos atados junto a un abrevadero y un perro dormía bajo la sombra.
Un soldado adulto vigilaba la entrada. El otro guardia era un muchacho que no parecía tener más de dieciséis años.
Llevaba un casco demasiado grande y una espada cuya vaina golpeaba sus piernas cada vez que caminaba.
Safiya reunió al grupo detrás de unas rocas.
—Kheira se ocupará del perro. Yalena distraerá al hombre de la entrada. Sima rodeará el edificio conmigo. Cuando el muchacho se acerque al cobertizo, lo eliminamos.
—¿Por qué tenemos que matarlo? —preguntó Esmeralda.
—Porque tiene la llave.
—Podemos quitársela.
—Y dejar que dé la alarma cuando nos marchemos.
—Podemos atarlo.
—Una patrulla pasa por aquí dos veces al día. Si lo encuentran, sabrán que las liberadas continúan en la zona.
Esmeralda miró al muchacho. Había sacado una manzana arrugada del bolsillo y cortaba las partes podridas con la punta de su cuchillo. Alrededor de una muñeca llevaba una tira de lana azul, como las que las madres de Luzar ataban a sus hijos durante los viajes para protegerlos del mal de ojo.
—Podría no pertenecer al ejército por voluntad propia.
—Eso no vuelve menos afilada su espada.
Safiya distribuyó las posiciones. Kheira arrojó la carne cerca del abrevadero. El perro levantó la cabeza, olfateó y se acercó. Comió dos pedazos antes de regresar a la sombra. Yalena se quitó la capa y se soltó el cabello. Después salió al camino fingiendo cojear. El soldado adulto la vio.
—Detente.
Yalena levantó las manos.
—Necesito agua.
—¿De dónde vienes?
—La crecida destruyó nuestra carreta. Mi esposo está herido.
El hombre bajó los escalones. Mantenía una mano sobre la espada, pero la mirada recorría el cuerpo de Yalena.
El muchacho abandonó el cobertizo para observar.
Safiya y Sima rodearon el edificio. Esmeralda debía esperar hasta que ambas regresaran con la llave.
Después entraría para identificar los medicamentos de la lista.
Sin embargo, cuando el muchacho se acercó a la esquina, vio el reflejo del cuchillo de Safiya.
Ella esperaba detrás del muro. La hoja estaba a la altura exacta de su garganta. Esmeralda salió de las rocas.
—¡Por fin!
El muchacho se volvió. Safiya permaneció oculta, a pocos pasos. Esmeralda caminó hacia él con la bolsa colgada del brazo.
—¿Eres el encargado del almacén?
—No puedes estar aquí.
—Daruk lleva una hora esperando sus medicinas.
El nombre produjo el efecto que esperaba. El muchacho enderezó la espalda.
—No recibimos ninguna orden.
—La orden se perdió con dos carros, ocho caballos y varios hombres. ¿Quieres que regrese para explicarle que no pudiste ayudar porque el río también se llevó tu sentido común?
El joven miró hacia el otro guardia. Yalena continuaba hablando con él junto al camino.
—¿Qué le ocurrió al emisario?
—Una herida del costado volvió a abrirse. La sanadora dice que la fiebre llegará al corazón si no recibe tintura de amapola, alcohol y corteza de sauce.
—Necesito una ficha de autorización.
—Daruk también la necesita. Se la tragó el río.
El muchacho dudó. Esmeralda bajó la voz.
—El comandante Morlevo fue quien me envió. Si Daruk muere, dirá que el almacén estaba cerrado. Si sobrevive, dirá que tú obedeciste de inmediato. Elige cuál de las dos historias quieres que escuche Al-Manzur.
El miedo reemplazó la desconfianza.
—Morlevo no puede dar órdenes sobre las reservas del emisario.
—Explícaselo tú cuando llegue.
El muchacho sacó una llave del cinturón. Safiya apareció detrás de él y ocultó el cuchillo dentro de la manga antes de que se volviera.
—Ella viene conmigo —dijo Esmeralda.
El joven miró la cicatriz del cuello de Safiya.
—¿Quién es?
—La mujer que ha mantenido vivo a Daruk desde la crecida. Si continúas haciendo preguntas, será también quien calcule cuánto tiempo le queda.
Safiya sostuvo la mirada del muchacho. Durante un instante, Esmeralda creyó que arruinaría la mentira.
—Abre —ordenó finalmente.
El joven abrió la puerta lateral. El interior olía a aceite, hierbas secas y madera húmeda. Varias estanterías ocupaban las paredes. Había frascos de vidrio, rollos de vendas, cajas de sales y jarras cubiertas con cera. Esmeralda le entregó la tablilla.
—Busca esto.
Safiya leyó la lista.
—Necesitamos dos frascos de alcohol, tres de tintura y toda la corteza que encuentres.
—Daruk no necesita tanto —protestó el muchacho.
—Los demás heridos sí.
Sima entró en el almacén.
—El soldado de la entrada pregunta por qué tardan.
—Dile que ayude a la mujer del camino —respondió Esmeralda.
—Prefiero ayudar aquí.
Sima tomó varios frascos y los colocó en la bolsa. Uno contenía un líquido azul que no figuraba en la lista.
—Eso no —dijo Esmeralda.
—Puede servir.
—Nadira no lo pidió.
—Nadira no es la única que sabe utilizar venenos.
El muchacho levantó la cabeza. Sima sonrió.
—Veneno para las ratas.
Esmeralda sacó el frasco de la bolsa y lo devolvió a la estantería.
—Si falta algo que no estaba en la orden, revisarán este lugar.
Mientras Safiya llenaba la bolsa, Esmeralda observó a Sima. La exploradora se había acercado a una tabla donde colgaban varias fichas de bronce. Eran discos pequeños, marcados con el sol de doce puntas de Al-Manzur. Sima pasó una mano sobre ellas.
—¿Qué son? —preguntó Esmeralda.
—Fichas para retirar suministros —respondió el muchacho—. Cada grupo tiene la suya.
—Daruk perdió la suya —recordó Esmeralda.
—Le entregarán otra cuando llegue a la fortaleza.
Sima se apartó de la pared. La bolsa estaba llena. Safiya se la entregó a Esmeralda.
—Ya tenemos suficiente.
El muchacho cerró el almacén. Esmeralda tomó uno de los rollos de vendas y lo colocó debajo de la capa.
—Esto es para ti.
—No estoy herido.
—Todavía.
El joven palideció.
—Cuando Daruk pregunte quién tardó en abrir el almacén, puedes decir que el guardia principal estaba interrogando a una mujer en el camino. Guarda las vendas para cuando terminen de discutirlo.
El muchacho miró hacia la entrada. El soldado adulto tenía a Yalena contra la pared y revisaba su cintura con más interés del necesario. La vergüenza apareció en el rostro del joven.
—No diré nada.
—Eso espero.
Esmeralda volvió con las otras mujeres. Kheira silbó desde los arbustos y Yalena empujó al soldado. Antes de que el hombre pudiera sujetarla, una piedra golpeó el abrevadero. El caballo más cercano se asustó y tiró de las riendas. El grupo corrió hacia la garganta.
—¡Alto! —gritó el soldado.
El muchacho sacó la espada, pero no las siguió. Se limitó a observar cómo desaparecían entre las rocas. Safiya no habló hasta que el almacén quedó oculto. Entonces sujetó a Esmeralda por la túnica y la empujó contra la pared.
—Cambiaste el plan.
—Tenemos las medicinas.
—El muchacho vio nuestros rostros.
—No vio el de Kheira.
—Vio el tuyo. Eso es mucho peor.
—Aún no sabía a quién buscaban.
—Lo sabrá cuando llegue la próxima patrulla.
Esmeralda apartó la mano de Safiya.
—No iba a permitir que le cortaras la garganta.
—No te correspondía decidirlo.
—Me obligaste a venir. Eso significa que también me obligaste a decidir.
Sima subió por el sendero.
—Podríamos discutir después. El soldado no tardará en seguirnos.