La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 9 La prueba de safiya
28%

Capítulo 9 La prueba de safiya

LA PRUEBA DE SAFIYA

Esmeralda despertó antes del amanecer con la certeza de que alguien había entrado en la casa.

No escuchó pasos ni vio movimiento, pero la tapa de la caja estaba mal cerrada.

La esquina del vestido mojado sobresalía por un lado y ella recordaba haberlo empujado hasta el fondo antes de acostarse.

Sacó el cuchillo de debajo de la manta. Ligia dormía en el otro camastro, abrazada al pájaro de madera.

El ala nueva continuaba sin tallar junto a su mano. La puerta permanecía cerrada.

Esmeralda se acercó a la caja y desenvolvió el vestido.

El medallón seguía allí. Lo examinó a la luz débil de la lámpara.

La cadena no estaba rota y la piedra verde conservaba la misma corona grabada alrededor de los bordes.

Sin embargo, alguien la había tocado. El paño que lo envolvía tenía un pliegue distinto.

Se lo colocó alrededor del cuello y lo escondió debajo de la túnica. Ligia abrió los ojos.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Continúa durmiendo.

La niña miró la caja abierta.

—Ella entró.

Esmeralda se sentó junto a su camastro.

—¿La viste?

—La soñé.

—¿A Sima?

Ligia asintió.

—Había un pájaro.

Antes de que Esmeralda pudiera preguntarle algo más, tres golpes sonaron en la puerta. Safiya entró sin esperar respuesta. Llevaba una espada corta en la cintura y dos cuchillos sujetos a los antebrazos.

—Vístete —ordenó—. Salimos en cuanto haya luz.

—¿Adónde?

—A buscar medicinas.

—Nadira ya está atendiendo a las enfermas.

—Gracias a ella sabemos que una morirá antes de mañana si no conseguimos lo que necesita.

Esmeralda se levantó.

—No pienso dejar sola a Ligia.

—Se quedará con Nadira.

—Dijiste que Nadira estaría vigilada.

—Lo estará. También tu hermana.

Ligia se incorporó y apretó la manta alrededor del cuerpo.

—¿Por qué tiene que ir Esmeralda?

Safiya la miró al escucharla. La niña todavía hablaba poco, y cada nueva frase parecía sorprender a quienes no la habían conocido antes del ataque.

—Porque no tiene una marca de esclavitud —respondió—. Puede acercarse al almacén sin que la reconozcan como una fugitiva.

—También puedo marcharme sin ayudarte —dijo Esmeralda.

—Por supuesto. Tú y tu hermana pueden abandonar el campamento ahora mismo.

Safiya abrió la puerta. El cielo apenas comenzaba a aclararse sobre las ruinas. Algunas mujeres encendían los hornos y otras llenaban odres en el manantial. Nadira cruzó el patio con las manos manchadas de sangre y una tela cubriéndole la boca.

—La fiebre de Dalia ha subido —informó—. La herida llega al hueso.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Safiya.

—Poco.

Nadira le entregó una tablilla donde había anotado los nombres de varias sustancias. Safiya la pasó a Esmeralda.

—Si regresas con esto, podrás permanecer dos días más.

—¿Dos días?

—Las medicinas te ganarán una oportunidad, no una casa.

Esmeralda leyó la lista. Reconoció la tintura de amapola y el alcohol destilado. Los otros nombres pertenecían a cortezas, sales y ungüentos que nunca había utilizado.

—Si fracaso, ¿expulsarás también a Ligia?

—No voy a separar a una niña de su única familia. Se irán juntas.

Nadira limpió sus manos en el delantal.

—No tienes que hacerlo.

—Sí tiene que hacerlo —dijo Safiya.

—Me refería a Esmeralda.

—¿Conoces otra forma de conseguir los medicamentos?

—Puedo ir en su lugar.

—Tu rostro aparece en los avisos del reino desde hace siete años.

—Entonces acompáñala.

Safiya dobló la tablilla.

—Tú te quedarás aquí y mantendrás viva a Dalia hasta que regresemos.

Ligia bajó del camastro.

—Yo también voy.

—No —dijeron Esmeralda y Safiya al mismo tiempo.

La niña frunció el ceño. Esmeralda le sostuvo el rostro entre las manos.

—Quédate con Nadira. No salgas del campamento y no toques a Sima.

—Ella entró mientras dormíamos.

Safiya volvió la cabeza.

—¿Quién?

—Sima —respondió Esmeralda—. Alguien abrió nuestra caja durante la noche.

—¿Falta algo?

—No.

—Entonces quizá no la cerraste bien.

—La cerré.

Safiya se acercó a la caja y examinó la tapa. No encontró señales de que la hubieran forzado.

—Sima estuvo revisando las trampas hasta tarde.

—Eso dijo.

—Si quieres acusar a una de mis exploradoras, necesitarás algo más que una caja mal cerrada.

—No la he acusado. Te estoy diciendo que no confío en ella.

—No confías en nadie.

—Hasta ahora me ha resultado útil.

Safiya salió de la casa. Nadira esperó a que se alejara.

—No menciones el medallón.

Esmeralda cubrió la piedra bajo la túnica.

—Sima ya lo vio.

—Durante el baño.

—Y volvió para examinarlo.

—¿Estás segura?

—Ligia soñó con un pájaro.

El rostro de Nadira se tensó.

—Eso no demuestra nada.

—Tú sabes que Ligia no sueña como las demás personas.

—Precisamente por eso debes distinguir lo que ve de lo que teme.

Ligia abrazó a Esmeralda.

—Las manos eran de Sima.

Nadira miró hacia la puerta.

—Hablaré con Safiya mientras estás fuera. No te apartes del grupo y no bebas nada que Sima te entregue.

—Eso suena a que tú tampoco confías en ella.

—Yo no confío ni en el agua hasta que la hiervo.

Esmeralda besó la frente de Ligia y siguió a Safiya.

Cuatro mujeres esperaban junto a la abertura norte del campamento.

Sima era una de ellas. Llevaba una capa gris, un arco corto y el mismo cinturón lleno de cuchillos del día anterior.

Las otras dos se llamaban Kheira y Yalena.

Ambas tenían marcas alrededor del cuello. Sima sonrió al ver a Esmeralda.

—La túnica te queda mejor cuando está seca.

—¿Entraste anoche en nuestra casa?

—Estuve tentada.

—No he preguntado eso.

—Entonces deberías formular preguntas más interesantes.

Safiya le entregó una bolsa vacía.

—Esmeralda llevará los frascos.

—Creí que solo venía para distraer al guardia —dijo Sima.

—Ahora también es responsable de que regresen enteros.

Sima colocó una mano sobre el hombro de Esmeralda.

—Espero que no seas torpe.

Esmeralda apartó la mano. Salieron por el túnel que atravesaba la pared de roca.

Después de subir hasta el bosque, avanzaron hacia el este, lejos del río.

La crecida había dejado ramas y animales muertos entre los árboles.

El barro todavía cubría las zonas más bajas, pero el suelo se volvía seco cerca de las colinas.

Safiya caminaba delante. Sima cerraba la marcha.

—El almacén está junto al antiguo camino de las caravanas —explicó Safiya—. Antes pertenecía a un comerciante de sal. El ejército lo utiliza para guardar vendas, alimentos y medicinas destinadas a las patrullas de la frontera.

—¿Cuántos soldados hay?

—Dos durante el día. Uno vigila el camino y otro permanece detrás del almacén.

—¿Y por qué no roban el lugar durante la noche?

—Porque lo intentamos hace un mes. Ahora dejan perros sueltos cuando oscurece.

Kheira les mostró un envoltorio lleno de carne.

—Está mezclada con una hierba que los dormirá.

—¿También dormirá a los guardias? —preguntó Esmeralda.

—De los guardias nos ocuparemos nosotras —respondió Safiya.

El tono no dejaba dudas.

—¿Piensas matarlos?

—Pienso regresar con las medicinas.

—No es lo mismo.

Safiya continuó caminando.

—Cuando tengas que elegir entre la vida de Dalia y la de un hombre armado, veremos cuánto dura esa diferencia.

Esmeralda apretó la bolsa. Samir habría intentado encontrar otra solución.

También podía imaginarlo sujetando una piedra o un cuchillo si la persona amenazada fuera ella.

La guerra convertía cualquier principio en una pregunta formulada demasiado tarde.

El sol apareció sobre los árboles. Al llegar a una garganta estrecha, Sima se adelantó.

—La ruta inferior está despejada —dijo—. Podemos alcanzar el almacén antes del cambio de guardia.

Esmeralda observó el sendero. La tierra conservaba huellas recientes de caballos, pero ninguna entraba en la garganta. Todas se dirigían hacia el norte.

—¿Cuándo la revisaste?

—Ayer.

—Entonces no sabes si continúa despejada.

Sima señaló las piedras.

—No hay rastros.

—Precisamente. Los caballos pasaron por ambos lados y ninguno entró.

—Quizá no tenían motivos para hacerlo.

Safiya se agachó junto a las huellas. Tocó una de ellas y examinó el polvo.

—Son de anoche. Cuatro animales.

—Una patrulla —dijo Yalena.

—O cazadores —respondió Sima.

Safiya observó la garganta durante unos segundos.

—Seguimos por abajo.

Esmeralda no discutió. Todavía no conocía el terreno y una sospecha no bastaba para desobedecer a una mujer que llevaba años sobreviviendo en aquel bosque.

La garganta descendía entre dos paredes de roca.

Avanzaron en fila, procurando no desprender piedras.

El camino era tan estrecho que la capa de Sima rozaba la espalda de Esmeralda.

A mitad del descenso escucharon cascos. Safiya levantó el puño. Todas se agacharon.

Una patrulla cruzó por la parte superior de la garganta. Esmeralda contó cinco jinetes a través de las ramas. Llevaban las capas oscuras del ejército y uno de ellos sostenía una lanza con un paño rojo atado debajo de la punta.

—Buscan a las mujeres del río —dijo una voz.

—Rashid ofreció veinte monedas por la de los ojos verdes —respondió otro—. Cinco por cada una de las demás.

Esmeralda dejó de respirar. Sima colocó una mano sobre su boca y la obligó a retroceder hasta una grieta. Sus cuerpos quedaron apretados entre las rocas. Las otras mujeres encontraron refugio varios pasos más abajo. Los jinetes se detuvieron sobre ellas.

—¿Y si el comandante la encontró primero? —preguntó uno.

—Morlevo dice que se la llevó la corriente.

—Morlevo también perdió la mitad de los carros.

—Daruk quiere verlo colgado.

Los caballos removieron las piedras. Una cayó dentro de la garganta y golpeó el suelo junto a Safiya. Sima presionó con más fuerza la boca de Esmeralda. Su otra mano descendió hasta la cintura para mantenerla inmóvil.

—No hagas ruido —susurró junto a su oído.

Esmeralda intentó apartarla.

—Si te encuentran —continuó Sima—, no te matarán. Eso debería preocuparte mucho más.

Los jinetes comenzaron a alejarse, pero ella no retiró la mano.