Capítulo 8 El campamento sin hombres #3
Esmeralda sostuvo su mirada. Sima era hermosa y sabía utilizarlo. La curva de su boca, la proximidad de su cuerpo y la mano apoyada sobre la piedra formaban una invitación demasiado calculada.
—No sabes qué deseo.
—Podría averiguarlo.
—Eso intentas desde que llegamos.
La sonrisa desapareció por un instante.
—¿Prefieres a los hombres?
—Prefiero que no disfracen las preguntas de caricias.
Sima retrocedió. Después soltó una carcajada.
—Safiya va a odiarte.
—Parece haber empezado.
—Yo todavía no he decidido.
Su mirada descendió hasta el medallón. El agua había oscurecido la piedra verde y el metal dibujaba una forma semejante a una corona alrededor de los bordes.
—Es bonito —dijo Sima—. ¿De dónde lo sacaste?
Esmeralda lo cubrió con la mano.
—Era de mi madre.
—¿Vivía en Luzar?
—Murió cuando yo era pequeña.
—Entonces no pudo contarte de dónde procedía.
—Tampoco te lo habría contado a ti.
Sima tomó la ropa seca.
—Definitivamente voy a disfrutar tenerte aquí.
—Solo estaremos una noche.
—Eso creen casi todas cuando llegan.
Esmeralda salió del agua y se vistió. La túnica le quedaba estrecha sobre el pecho, pero permitía moverse con facilidad.
Escondió el medallón debajo de la tela. Cuando fue a buscar a Ligia, la niña llevaba dos sandalias distintas y una manta alrededor del cuerpo.
La mujer que la había atendido aseguró que los cortes eran superficiales.
Nadira ya trabajaba en la enfermería. Desde la entrada, Esmeralda la vio inclinarse sobre una mujer con fiebre mientras una guardia observaba cada movimiento.
—¿Crees lo que dijo? —preguntó Sima.
—Creo que dejó gente atrás.
—No pregunté eso.
—También creo que no dijo todo.
Sima siguió la dirección de su mirada.
—Aquí nadie cuenta todo durante la primera noche.
Las condujo hasta una casa levantada contra la pared occidental. El techo estaba formado por vigas y lonas remendadas. Dentro había dos camastros, una lámpara y una caja para guardar ropa. Sima dejó una escudilla de guiso sobre el suelo.
—Coman despacio. Después de varios días con poco alimento, el estómago puede rechazarlo.
Ligia se sentó junto a Esmeralda.
—¿Y tú? —preguntó esta.
—Tengo que revisar las trampas del oeste.
—Creí que compartirías tu ración con Ligia.
—Ya lo hice.
Sima señaló la escudilla.
—Yo comeré cuando regrese.
Se agachó frente a la niña y le entregó una nueva pieza de madera para reemplazar el ala rota del pájaro.
—No es igual, pero puedes tallarla.
Ligia recibió el fragmento. Sus dedos rozaron los de Sima. La niña quedó inmóvil.
—¿Qué ocurre? —preguntó Esmeralda.
Ligia retiró la mano.
—Nada.
Sima la observó durante un instante.
—Descansen. Mañana Safiya decidirá qué hacer con ustedes.
Salió de la casa. Esmeralda esperó hasta dejar de escuchar sus pasos.
—¿Qué viste?
Ligia sostuvo el pedazo de madera, pero no lo tocó de nuevo.
—Plumas.
—¿Del pájaro?
La niña negó con la cabeza.
—Muchas.
—¿Dónde?
Ligia no respondió. Se acostó y colocó la figura rota debajo de la manta. Esmeralda comió una parte del guiso. Guardó el resto para la mañana y envolvió el medallón dentro del vestido mojado. Después lo ocultó en el fondo de la caja. La noche cubrió el campamento.
Durante horas continuaron las discusiones.
Algunas mujeres querían abandonar el refugio antes de que las patrullas descubrieran el río.
Otras se negaban a perder las cosechas pequeñas que habían sembrado entre las ruinas.
Una madre preguntó cuántas veces tendrían que dejar atrás a los niños para que los adultos pudieran avanzar más rápido.
Esmeralda escuchó hasta que el cansancio la venció.
Sima regresó cuando casi todas las lámparas se habían apagado.
Se detuvo primero junto al establo. Contó once caballos, dos animales inútiles para una marcha prolongada y ocho monturas capaces de soportar jinetes armados.
Memorizó también el número de arcos apoyados junto al almacén.
Después cruzó hacia la pared occidental.
Entró en la casa sin producir sonido. Ligia dormía acurrucada contra su hermana.
Esmeralda mantenía una mano sobre el cuchillo que alguien le había permitido conservar. Sima abrió la caja.
Encontró el vestido mojado y desenvolvió el medallón.
Lo acercó a la luz de la luna. La corona tallada alrededor de la piedra confirmó lo que había visto durante el baño.
Lo guardó exactamente como estaba. Abandonó el campamento por una abertura utilizada por las exploradoras.
Caminó hasta un tamarisco partido por un rayo y sacó de su interior una pequeña jaula.
El ave gris que esperaba dentro agitó las alas al reconocerla.
Sima escribió una frase sobre una tira de tela, la enrolló y la sujetó a una de sus patas.
Había necesitado acercarse a Esmeralda para confirmar los ojos. El medallón eliminaba cualquier duda. Soltó el ave. El pájaro se elevó sobre el bosque y emprendió el vuelo hacia el camino militar, donde Rashid esperaba noticias. El mensaje contenía siete palabras: «La de los ojos verdes está aquí».