La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 8 El campamento sin hombres #2
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Capítulo 8 El campamento sin hombres #2

—No lo sé.

La respuesta salió demasiado rápido. Safiya también lo advirtió.

—Mientes.

—Recibo rumores.

—¿De quién?

—Mercaderes. Guardias dispuestos a vender información. Mujeres que entran y salen del reino.

—Nadie entra y sale del Reino Prohibido sin ayuda.

Nadira sostuvo su mirada.

—La puerta norte estaba abierta cuando llegamos. Nunca supe quién alteró la guardia.

Esmeralda recordó a Morlevo advirtiéndoles sobre las sacerdotisas, cambiando la cerradura de Ligia y explicándole a Nadira cómo tratar a los soldados intoxicados. La sanadora sabía más sobre él de lo que había admitido. Safiya se inclinó sobre la mesa.

—No creo en puertas que se abren solas.

—Entonces pregunta a la puerta.

—Te pregunto a ti.

—Y ya respondí.

Esmeralda observó a Nadira. La mentira no estaba en que ignorara el nombre de quien la ayudó. Estaba en la tranquilidad con la que había preparado la frase.

—¿Sabías que buscaban a Esmeralda? —preguntó Sima.

Nadira la miró.

—Sabía que buscaban a una mujer de Luzar.

—Con ojos verdes —añadió Safiya.

—Los rumores no mencionaban los ojos.

—Rashid sí los mencionó —dijo Esmeralda—. Durante la captura ordenó que me llevaran viva.

Nadira permaneció callada.

—Reconociste el medallón la primera vez que me viste —continuó Esmeralda—. Me advertiste sobre una profecía. ¿Cuándo pensabas decirme que el ejército venía por mí?

—Cuando estuviera segura.

—Luzar ardió mientras te asegurabas.

—Si hubiera acusado al emisario del consejo sin pruebas, me habrían expulsado. Rashid llevaba semanas preparando la invasión. No podía detenerla sola.

—Pero conocías el peligro.

—Conocía una parte.

Esmeralda quiso golpearla. También recordó a Nadira curando a Ligia, envenenando el agua de los soldados y abriendo las cadenas durante la crecida. Nada borraba lo anterior. Nada volvía inútil lo que había hecho después. Safiya regresó a su asiento.

—No puedes quedarte.

—Tienes tres mujeres con fiebre y una herida que empieza a oler a podredumbre —respondió Nadira—. Tu sanadora utiliza hojas secas sobre una infección profunda.

Una de las ancianas frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—La olí al entrar.

—No compraremos tu ayuda con un lugar aquí —dijo Safiya.

—No tienes que comprarla. Las atenderé aunque después me expulses.

Safiya miró hacia Ligia.

—La niña puede quedarse.

—Yo me quedaré con ella —dijo Esmeralda.

—No te he ofrecido nada.

—Entonces nos iremos las dos.

—No llegarán vivas al siguiente río.

—Eso nos corresponde decidirlo.

Safiya parecía a punto de responder, pero Sima habló desde la pared.

—Podemos permitirles pasar la noche. La crecida borró sus rastros y las patrullas buscarán río abajo. Mañana decidimos cuánto riesgo representan.

—Representan tres raciones —objetó una de las ancianas.

—Nadira puede ganarse la suya. Yo compartiré la mía con la niña.

Ligia observó a Sima. La exploradora le sonrió con una dulzura que parecía natural. Safiya guardó el cuchillo.

—Una noche. Nadira dormirá junto a la enfermería y estará vigilada. Esmeralda y Ligia se quedarán en la casa de la pared occidental.

—Juntas —precisó Esmeralda.

—Juntas.

Sima se puso de pie.

—Vengan. Si esperan más, tendrán que arrancarles la ropa del cuerpo cuando se seque.

Fuera del horno, el campamento había recuperado su actividad. Una niña llevaba cubos desde el depósito. Dos mujeres desmontaban las tablas de un carro para reparar un techo. Cerca de los establos, una discusión continuaba alrededor de un saco de grano.

—Safiya siempre recibe así a las visitas —dijo Sima—. Las amenaza, las interroga y después se pregunta por qué nadie quiere quedarse.

—No parecía interesada en que nos quedáramos.

—Tampoco quería dejarme entrar a mí.

—¿De dónde escapaste?

—De muchos sitios.

Sima tomó un montón de ropa de una cesta. Eligió una túnica color arena para Esmeralda y un vestido más corto para Ligia.

—Esta debería servirte. La otra quizá necesite un ajuste.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Lo suficiente para saber qué preguntas contestar.

Esmeralda reconoció la evasión. Sima las condujo entre las construcciones. Saludaba a todas por su nombre y parecía conocer el lugar exacto de cada herramienta. Al pasar junto al establo, miró las monturas.

—Perdimos dos caballos esta semana —comentó—. Tendremos que abandonar algunas tiendas si nos obligan a trasladarnos.

Sus ojos recorrieron los pesebres con rapidez. Esmeralda contó once animales. Dos tenían heridas en las patas y otro era demasiado viejo para cargar peso. Sima también los contó, aunque fingió buscar una montura determinada.

—¿Quién decide cuándo se trasladan? —preguntó Esmeralda.

—Safiya escucha al consejo.

—No pregunté a quién escucha.

Sima volvió a sonreír.

—Aprendes rápido.

Llegaron a una zona donde el canal formaba una piscina estrecha entre paredes de piedra. Varias telas colgadas separaban los espacios. Del otro lado se escuchaban voces de mujeres y el sonido del agua.

—El manantial sale tibio —explicó Sima—. Es el único lujo que tenemos.

Una mujer mayor se llevó a Ligia detrás de una de las divisiones para limpiarle los cortes y buscarle una sandalia. Esmeralda no la dejó marchar hasta que la niña le aseguró que podía verla por una abertura en la tela. Sima entró con ella en la piscina contigua.

—Puedes dejar la ropa ahí.

Esmeralda observó la entrada. No había puerta, solo otra tela que se movía con el viento.

—Nadie entrará —dijo Sima—. Y si entra, puedo sacarle un ojo antes de que vea demasiado.

Se quitó la túnica sin vacilar y entró en el agua. Esmeralda permaneció vestida. Durante el cautiverio había deseado desprenderse de la suciedad, el sudor y el olor de la cadena. Ahora que podía hacerlo, la desnudez le parecía otra forma de bajar la guardia.

—Todas llegamos pensando que debíamos dormir con un cuchillo entre las piernas —dijo Sima—. Después descubres que el miedo también necesita descansar.

—El miedo que descansa se despierta tarde.

—O más fuerte.

Sima se volvió de espaldas para darle intimidad.

Esmeralda se quitó el vestido. El tejido mojado se había adherido a su cuerpo y tuvo que desprenderlo lentamente.

La herida de su costado había vuelto a sangrar.

Conservó el medallón alrededor del cuello y entró en el agua.

El calor le produjo un dolor profundo en los músculos.

Se sumergió hasta los hombros. El barro empezó a separarse de su piel.

Cerró los ojos y permitió que el agua le cubriera el cabello. Sima le entregó una pastilla de jabón.

—Inclina la cabeza.

—Puedo hacerlo sola.

—No llegas a la sangre seca.

Esmeralda se llevó una mano a la nuca. Los dedos encontraron un corte. Sima esperó. Finalmente, Esmeralda se volvió y apartó el cabello. La exploradora frotó el jabón entre las manos y empezó a limpiar con cuidado. Sus movimientos eran lentos y expertos.

—Tienes más heridas de las que mostraste durante el interrogatorio.

—Safiya no preguntó por ellas.

—Safiya solo pregunta por las heridas que pueden matarnos a todas.

Los dedos de Sima descendieron por la espalda.

Esmeralda sintió un estremecimiento que no se debía al frío.

Recordó a Samir en el río de Luzar, con la camisa empapada y el cabello sobre la frente.

Él había deslizado las manos por debajo de la tela mojada sin dejar de mirarla, esperando en cada movimiento la respuesta de su cuerpo.

Nunca había supuesto que desearla le concediera un derecho. Después el recuerdo cambió.

Volvió al granero, a la boca de Samir junto a su cuello y a sus dedos recorriéndole los pechos, el vientre y la parte interior de los muslos.

Recordó la forma en que había pronunciado su nombre cuando ella lo atrajo hacia sí.

El deseo regresó con una precisión dolorosa.

Esmeralda apoyó las manos en la piedra. Sima apartó el cabello y acercó la boca a su oído.

—¿Siempre te pones así cuando alguien te lava la espalda?

La voz contenía una sonrisa.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras recordando algo que no quieres compartir.

Los dedos de Sima bajaron hasta la cintura.

El contacto fue ligero, pero Esmeralda pensó en la mano de Morlevo extendida sobre su vientre mientras el río intentaba arrastrarlas.

La memoria se impuso sin permiso: el pecho contra su espalda, la fuerza con la que la había sostenido y su voz junto al oído.

Esmeralda se apartó. El agua golpeó los bordes de la piscina. Sima levantó las manos.

—No pretendía incomodarte.

—Pretendías averiguar si podías hacerlo.

La joven ladeó la cabeza.

—Tal vez.

—¿También interroga Safiya de esta manera?

—Safiya carece de paciencia.

Sima se acercó lo suficiente para que sus rodillas rozaran las de Esmeralda bajo el agua.

—Puedes besarme si eso deseas —dijo—. Aquí nadie decidirá por ti.