La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 8 El campamento sin hombres
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Capítulo 8 El campamento sin hombres

EL CAMPAMENTO SIN HOMbrES

El cuerno volvió a sonar al otro lado del bosque.

Safiya mantuvo la punta de la espada contra el cuello de Nadira, aunque varias mujeres miraron hacia el río.

Las voces de los soldados se acercaban por la orilla y el choque de las ramas indicaba que algunos habían desmontado para registrar la maleza.

—Decide después si quieres matarme —dijo Nadira—. Si permanecemos aquí, no tendrás que hacerlo.

Safiya retiró la espada.

—Átenla.

Dos mujeres sujetaron las muñecas de la sanadora con una cuerda. Esmeralda intentó interponerse, pero otra fugitiva levantó el arco.

—Ella nos sacó de la columna —dijo Esmeralda.

—Y también puede habernos conducido hasta aquí —respondió Safiya—. Camina.

Ligia temblaba junto a la orilla, empapada y con el cabello pegado al rostro.

Esmeralda le quitó el resto del velo mojado y se lo anudó alrededor de los hombros, aunque la tela no podía darle calor.

La niña había perdido una sandalia en el río y apretaba contra el pecho el pájaro de madera con el ala rota.

—¿Puedes avanzar?

Ligia asintió. Safiya hizo una señal. Cuatro mujeres se separaron del grupo y regresaron hacia el cauce para borrar huellas.

Una de ellas se colocó las sandalias de Esmeralda sobre las manos y dejó marcas que conducían río abajo.

Otra arrastró una rama sobre el barro. El resto se internó en el bosque.

No siguieron un sendero visible. Cruzaron entre arbustos espinosos, pasaron bajo troncos caídos y atravesaron dos veces el mismo arroyo para confundir a los rastreadores.

Nadira avanzaba con las manos atadas y una espada junto a la espalda.

Nadie le permitía acercarse a Esmeralda.

Ligia empezó a cojear. Esmeralda la sostuvo por la cintura.

—Puedo cargarla —ofreció una mujer.

—No.

—Entonces retrasarás a todas.

Esmeralda se agachó para que Ligia subiera a su espalda. El cuerpo de la niña estaba helado y pesaba más de lo que esperaba, pero consiguió incorporarse. Detrás de ellas sonó una voz.

—¡Busquen en la curva!

Esmeralda reconoció a uno de los soldados de Morlevo.

Durante un instante recordó el cuerpo del comandante dentro del río, su brazo alrededor de Ligia y la mano extendida sobre su vientre.

Había cortado la cuerda sabiendo que Daruk podía ejecutarlo por permitir la fuga.

También había dirigido a los hombres que destruyeron Luzar.

Las dos acciones pertenecían al mismo hombre.

Safiya las condujo hasta una pared de roca cubierta por plantas trepadoras. Apartó varias ramas y reveló una abertura estrecha. Las fugitivas entraron de lado. Esmeralda tuvo que bajar a Ligia y avanzar detrás de ella. El paso descendía hacia la oscuridad.

—¿Adónde nos llevan? —preguntó Esmeralda.

—A un lugar que dejará de ser seguro si continúas hablando —respondió Safiya.

Caminaron por un túnel donde el agua les cubría los tobillos. El techo descendió hasta obligarlas a agacharse. Ligia apoyó una mano en la pared y se detuvo.

—No toques nada —le advirtió Esmeralda.

La niña cerró los ojos.

—Mujeres —murmuró.

Safiya volvió la cabeza.

—¿Qué dijo?

—Que escucha agua detrás de la piedra.

Ligia miró a Esmeralda. Había comprendido la mentira y guardó silencio. Al final del túnel encontraron una escalera excavada en la roca. El aire se volvió más cálido a medida que subían. Safiya empujó una trampilla de madera y la luz apareció sobre sus cabezas.

El campamento ocupaba las ruinas de un antiguo poblado construido dentro de una depresión del terreno.

Desde el bosque no podían verse las casas porque los techos quedaban por debajo de las rocas.

Varias viviendas conservaban solo tres paredes; otras habían sido reparadas con pieles, madera y fragmentos de carros.

Un canal llevaba agua desde un manantial hasta dos depósitos cubiertos.

Había mujeres moliendo grano, cosiendo ropa y reparando armas.

Algunas llevaban las marcas del reino alrededor del cuello.

Otras tenían cicatrices en las muñecas o zonas del cabello donde nunca había vuelto a crecer después de una quemadura.

Varias niñas practicaban con arcos pequeños cerca de una pared.

Esmeralda vio también niños de corta edad, pero ningún hombre adulto. La llegada interrumpió el trabajo.

—¿A quiénes trajiste? —preguntó una anciana.

—Las encontramos en el río —respondió Safiya.

—Dijimos que no aceptaríamos a nadie más.

—Todavía no las hemos aceptado.

Las miradas se concentraron en Esmeralda y Ligia. La niña se escondió detrás de su hermana. Una mujer dejó una cesta sobre el suelo.

—Tenemos comida para cuatro días.

—Cinco, si reducimos las porciones —dijo otra.

—Tres, si continúan llegando niños.

Una madre abrazó al pequeño que llevaba de la mano.

—También dijiste eso cuando llegamos nosotros.

—Y desde entonces perdimos dos caballos buscando provisiones.

—Basta —ordenó Safiya.

La discusión no terminó. Solo descendió hasta convertirse en murmullos.

Esmeralda entendió que aquel lugar no era el refugio que había imaginado mientras caminaba encadenada.

Las liberadas no vivían fuera del miedo.

Habían construido una forma distinta de administrarlo.

Una joven se abrió paso entre las mujeres.

Llevaba el cabello negro cortado a la altura de la mandíbula y una túnica de viaje ajustada con un cinturón lleno de pequeños cuchillos.

Una cicatriz redonda marcaba la piel debajo de su clavícula. A diferencia de Safiya, sonreía.

—Antes de decidir si las expulsamos, podríamos impedir que mueran de frío —dijo.

Se quitó una capa seca y la colocó sobre Esmeralda.

—Me llamo Sima.

—Esmeralda.

La joven miró sus ojos durante unos segundos.

—Es difícil no recordarte.

Después se agachó frente a Ligia.

—¿Y tú?

La niña no respondió.

—Es mi hermana. Se llama Ligia.

Sima no insistió. Le entregó una tira de fruta seca y examinó el pie descalzo sin tocarlo.

—Necesita una sandalia. Creo que conservamos algunas de las niñas que crecieron este invierno.

—Primero el interrogatorio —dijo Safiya—. Lleva a Ligia con Dalia.

Esmeralda sujetó la mano de su hermana.

—Ella viene conmigo.

—La niña no tiene nada que ver con lo que Nadira hizo.

—Precisamente por eso no pienso separarme de ella.

Safiya observó los dedos enlazados.

—Estará al otro lado de la puerta.

—Eso dijeron los soldados antes de dividir a las familias.

Varias mujeres levantaron la cabeza. Safiya se acercó hasta quedar frente a Esmeralda.

—Este campamento existe porque aprendimos a distinguir una precaución de una amenaza. Si no puedes hacerlo, no durarás aquí.

—Aprendí que las personas utilizan ambas con la misma voz.

Sima soltó una risa breve. Safiya no sonrió.

—La niña puede entrar. Si toca algo que no debe, las tres se marcharán antes del anochecer.

Condujeron a Esmeralda, Ligia y Nadira hasta una habitación circular que alguna vez había servido como horno.

El humo había ennegrecido las paredes. Había una mesa, cuatro bancos y un mapa dibujado sobre una piel.

Safiya ocupó un extremo. Dos mujeres mayores permanecieron junto a la puerta.

Sima entró con mantas y las colocó sobre los hombros de las hermanas.

—No te pedí que vinieras —dijo Safiya.

—Tampoco me pediste que dejara que la niña enfermara.

Sima se sentó junto a la pared. Safiya miró a Nadira.

—Empieza por el palacio.

—Trabajé allí como sanadora.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces pregunta algo que no sepas.

Una de las mujeres golpeó la mesa.

—No estás en posición de provocarla.

Nadira levantó las manos atadas.

—Mi posición resulta bastante clara.

Safiya sacó un cuchillo y cortó la cuerda. Nadira se frotó las muñecas, pero no intentó moverse.

—¿Para quién trabajabas? —preguntó Safiya.

—Para quien llegara herido.

—Los guardias. Las sacerdotisas. Los hombres de Daruk.

—También las mujeres a las que esos hombres herían.

—Las curabas para que pudieran soportar otro castigo.

El rostro de Nadira cambió.

—Sí.

Esmeralda la miró. La sanadora nunca había mencionado aquella parte.

—Curé a personas que habrían muerto —continuó Nadira—. A veces eso significó devolverlas a la misma habitación donde las habían lastimado. Si me negaba, enviaban a otra sanadora y castigaban a las dos.

—Siempre tienes una razón.

—Sobrevivir produce muchas.

Safiya apoyó las manos sobre la mesa.

—Habla de la fuga.

Nadira observó a las otras mujeres antes de responder.

—La preparamos durante siete meses. Robamos llaves, guardamos alimentos y aprendimos las rotaciones. La puerta norte debía permanecer sin vigilancia durante el cambio de turno.

—Pero no estaba vacía.

—Dos guardias llegaron antes.

—Y tú cerraste el paso.

—La reja descendió. Los soldados sujetaron la cadena desde el otro lado.

—Catorce mujeres continuaban en el corredor.

—Si no cortaba la cuerda, habrían arrastrado de regreso a las que ya habían cruzado.

—Mi hermana estaba entre las catorce.

El silencio llenó la habitación. Ligia miró la cicatriz del cuello de Safiya.

—No lo sabía —dijo Esmeralda.

—Nadira sí.

—Sabía que no podía volver por ellas —respondió la sanadora.

Safiya rodeó la mesa.

—Escuché sus gritos mientras tú nos obligabas a correr.

—Y si hubiera regresado, ahora estarías muerta o seguirías en el reino.

—No puedes saberlo.

—Tú tampoco.

Safiya levantó el puño, pero se detuvo antes de golpearla.

—Elegiste quién merecía salir.

—Elegí no perder a todas.

—Después desapareciste.

—Tenía que buscar a alguien.

—¿A quién?

Nadira bajó la vista. Esmeralda conocía aquella expresión. Era la misma que adoptaba cada vez que una pregunta se acercaba demasiado a la verdad.

—A mi hijo —admitió.

Safiya quedó inmóvil.

—Nunca hablaste de un hijo.

—Porque lo dejé dentro del palacio.

—¿Escapaste sin él?

—Daruk lo había trasladado la noche anterior. Pensé que sería una precaución de rutina. Cuando comprendí que conocía parte del plan, ya no podía advertir a las demás sin condenarlas.

—¿Cuántos años tenía?

—Nueve.

Esmeralda sintió que Ligia apretaba su mano.

—¿Está vivo? —preguntó.