La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 7 La fuga
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Capítulo 7 La fuga

LA FUGA

La tormenta comenzó más allá de las montañas, en un lugar donde ninguno de los cautivos podía verla.

Durante la mañana, el cielo permaneció despejado sobre el bosque y el calor volvió pesado el aire entre los árboles.

Los soldados se quejaban del barro seco, los insectos y las ramas que golpeaban sus armaduras.

Nada anunciaba lluvia. Sin embargo, el río oculto bajo el cauce de piedras empezó a producir un rumor profundo, semejante al movimiento de algo que despertaba bajo la tierra. Ligia lo oyó primero.

Se detuvo de golpe y obligó a Esmeralda y a Nadira a frenar con ella. Los grilletes se tensaron.

—Continúa —ordenó el guardia que caminaba detrás.

Ligia miraba hacia el cauce. El pájaro de madera se había quedado inmóvil dentro de su mano, con el pico orientado hacia las montañas.

—¿Qué ocurre? —preguntó Esmeralda.

La niña señaló las piedras. El guardia la empujó con el asta de la lanza.

—He dicho que camine.

Esmeralda se interpuso.

—Está herida.

—Lleva dos días utilizando la herida como excusa.

—Tiene doce años.

—Y tú hablas como si quisieras que te cierre la boca.

Nadira se agachó junto a Ligia, fingiendo revisar el vendaje.

—¿Escuchas agua?

La niña asintió.

—¿Debajo de nosotros?

Ligia volvió a asentir, pero después levantó el brazo y señaló hacia el oeste, donde el cauce desaparecía entre una sucesión de rocas. Nadira apoyó la palma sobre el suelo.

—Tenemos que salir de aquí.

El guardia soltó una carcajada.

—Por supuesto.

—No hablo de nosotras. El río crecerá.

—No hay una nube sobre nuestras cabezas.

—Las tormentas de las montañas llegan al cauce antes que el sonido.

El soldado miró el cielo y volvió a empujarla.

—Camina.

La columna avanzó. Esmeralda escuchó con atención.

Al principio solo distinguió el roce de los pasos y el metal de las cadenas.

Después percibió la vibración bajo sus sandalias.

No era continua. Aparecía en pulsos, cada vez más fuertes.

Morlevo cabalgaba cerca de la cabeza de la formación.

Esmeralda lo llamó, pero el ruido de la marcha ocultó su voz.

—No desperdicies el aliento —dijo Nadira—. Cuando lo comprueben será demasiado tarde.

—¿Cuánto falta?

—No puedo saberlo.

—Dijiste que habías recorrido esta ruta.

—La última vez el agua solo llegó hasta las rodillas.

El bosque comenzó a cerrarse alrededor de la columna.

Los árboles obligaban a los carros a circular sobre el cauce, donde la superficie era más uniforme.

Daruk viajaba dentro del primero, protegido por una cubierta de cuero.

Rashid avanzaba con los exploradores, varios cientos de pasos por delante.

Esmeralda observó las cadenas. Morlevo había sustituido el cierre principal por uno que Nadira no podía abrir con la llave robada, pero la sanadora había pasado la noche estudiándolo mediante el tacto.

—¿Encontraste la forma? —preguntó Esmeralda.

—Necesito dos piezas delgadas y algo que pueda utilizar como palanca.

Ligia levantó el pájaro de madera. El cuerpo de la figura estaba tallado alrededor de una pequeña lámina metálica. Samir la había utilizado para reforzar las alas.

—No quiero romperlo —dijo Esmeralda.

Ligia tomó el pájaro con ambas manos y arrancó una de las alas. El sonido de la madera al quebrarse le produjo a Esmeralda un dolor absurdo. Aquel objeto era una de las pocas cosas que conservaban de Samir, pero la niña no vaciló. Sacó la lámina y se la entregó a Nadira.

—Todavía falta otra.

Esmeralda se quitó una de las cuentas de cobre que Ligia había trenzado en su cabello para la fiesta. La estiró contra un eslabón hasta convertirla en una varilla curva. Nadira ocultó ambas piezas dentro de la manga.

—Cuando nos detengamos.

Un cuerno sonó desde el frente. La columna se frenó. Los soldados empezaron a gritar órdenes contradictorias. Uno de los exploradores regresó al galope, con el caballo cubierto de espuma. Morlevo avanzó para interceptarlo.

—El puente ha desaparecido —informó el hombre—. El agua arrancó los soportes.

Daruk salió del carruaje.

—¿Cuánto tardarán en repararlo?

—No podemos acercarnos. El río sigue creciendo.

Morlevo miró hacia las montañas. El cielo permanecía azul sobre el bosque, pero una línea de nubes negras se levantaba a lo lejos.

—Saquen los carros del cauce —ordenó—. Lleven a los cautivos al terreno alto.

Daruk bajó con cuidado.

—Si desviamos la columna, perderemos un día.

—Si permanecemos aquí, perderemos los carros.

—El agua no ha llegado.

Un estruendo recorrió el bosque. Los caballos levantaron las cabezas. Algunos intentaron retroceder. El sonido ya no provenía del suelo, sino de algún punto situado detrás de la curva del río. Morlevo desenvainó la espada.

—¡Todos fuera del cauce!

Los soldados obedecieron. Los jinetes trataron de empujar a los cautivos hacia una ladera, mientras los conductores giraban los carros en un espacio demasiado estrecho. Las ruedas chocaron. Un animal cayó entre los arneses y bloqueó el paso. Nadira se acercó a Esmeralda.

—Ahora.

Introdujo la lámina del pájaro en la cerradura y utilizó la cuenta de cobre para presionar el mecanismo. Sus manos permanecían firmes a pesar de los empujones. El cierre emitió un chasquido.

—Morlevo dijo que se atascaría —recordó Esmeralda.

—Morlevo miente incluso cuando intenta ayudar.

Nadira giró la lámina. La cerradura se abrió. La cadena cayó alrededor de sus pies. Esmeralda liberó primero a Ligia. Después tomó las piezas y abrió el grillete de Nadira. A su alrededor, nadie reparó en ellas. Los guardias intentaban controlar los caballos y levantar el carro atravesado.

—Talia —dijo Esmeralda.

La joven y su madre permanecían encadenadas a la fila siguiente. El hermano herido viajaba en uno de los carros.

—No hay tiempo —respondió Nadira.

—Podemos abrir su cierre.

—No es el mismo.

Esmeralda corrió hacia ellas.

—¿Qué haces? —preguntó Talia.

—Voy a intentarlo.

Introdujo la lámina en la cerradura. No entró. Mara miró hacia el cauce.

—Llévate a la niña.

—No pienso dejarlas.

—Si nos quedamos todas, tampoco ayudarás a mi hijo.

El estruendo aumentó. Entre los árboles apareció una pared de agua oscura, cargada de ramas, piedras y espuma. Avanzaba por el cauce con una velocidad imposible. Los soldados abandonaron los carros y corrieron hacia la ladera.

—¡Esmeralda! —gritó Nadira.

Talia le arrancó la lámina de la mano.

—Vete. Si sobrevivo, encontraré mi propia salida.

La primera ola golpeó la parte posterior de la columna. Un carro se levantó y giró de costado. El agua arrastró caballos, barriles y personas. La cadena de Talia se tensó cuando varios cautivos cayeron. Esmeralda la sujetó, pero Nadira la agarró por la cintura y tiró de ella.

—¡No puedes salvarla así!

Ligia corría hacia los árboles. Esmeralda la siguió. El agua alcanzó sus tobillos, después las rodillas. No llegaba de manera gradual; cada nueva corriente era más alta que la anterior. Nadira señaló una formación rocosa en la ladera.

—¡Suban!

Las tres avanzaron entre arbustos. Esmeralda miró atrás y vio a Morlevo en el cauce, cortando las correas de un caballo atrapado.

Daruk ya estaba a salvo en la parte alta, rodeado por sus guardias.

Rashid no había regresado. Una segunda ola golpeó los carros.

El suelo desapareció bajo los pies de Esmeralda.

Cayó al agua y se sujetó de una raíz. Nadira alcanzó la roca.

Ligia estaba unos pasos más adelante, pero la corriente la golpeó por detrás y la arrancó de la ladera.

—¡Ligia!

La niña desapareció debajo del agua. Esmeralda soltó la raíz.

Se lanzó tras ella antes de escuchar el grito de Nadira.

La corriente la arrastró entre árboles y fragmentos de madera.

Intentó mantener la cabeza fuera, pero la falda empapada pesaba demasiado.

Chocó contra una piedra, giró y perdió la orientación.

Vio la mano de Ligia a varios metros. Nadó hacia ella.

Cada movimiento parecía alejarla. Un tronco pasó entre ambas y estuvo a punto de golpear a la niña.

Esmeralda consiguió sujetarle la muñeca.

—No me sueltes.

Ligia se aferró a su cuello. El peso de las dos las hundió. Esmeralda pateó hasta recuperar la superficie, pero la corriente las conducía hacia el centro del cauce. Una cuerda cayó delante de ellas.

—¡Agárrala!

Morlevo estaba dentro del agua, sujeto a un árbol mediante el otro extremo.

Había perdido la capa y parte de la armadura.

La corriente le golpeaba el pecho. Esmeralda alcanzó la cuerda con una mano.

Morlevo tiró. El agua arrastraba los cuerpos en dirección contraria y la fibra comenzó a cortarle la palma. Ligia continuaba aferrada a Esmeralda.

—Pasa la cuerda alrededor de la niña —ordenó él.

—Si la suelto, se la llevará.

—No tienes que soltarla.

Morlevo avanzó contra la corriente hasta alcanzarlas.

Rodeó a Ligia con un brazo y sujetó a Esmeralda por la cintura con el otro.

El contacto fue brutal, necesario. Los tres chocaron contra el tronco.

Esmeralda quedó atrapada entre la madera y el cuerpo de Morlevo.

Sintió la fuerza de su pecho contra la espalda y el calor de su mano extendida sobre el vientre, a pesar del agua helada.

Su cuerpo registró aquella cercanía antes que su mente.

Era el hombre que había cerrado una cadena alrededor de su muñeca. El comandante que había dirigido a los soldados hasta Luzar. No tenía derecho a percibir la firmeza de sus músculos ni la seguridad con la que la mantenía fuera del agua. Se odió por notarlo.

—Toma a Ligia —dijo Morlevo cerca de su oído.

Esmeralda giró. Sus rostros quedaron separados por unos pocos centímetros. El agua corría sobre la cicatriz que atravesaba la ceja del comandante y descendía hasta el pómulo.

—No confío en ti.

—Entonces confía en que Daruk me ejecutará si la dejo morir.

Morlevo pasó la cuerda alrededor de la cintura de Ligia y aseguró el nudo. Esmeralda mantuvo los brazos alrededor de la niña mientras él empezaba a tirar hacia la orilla. Desde la ladera se escucharon voces.

—¡Comandante!

Varios soldados descendían hacia ellos. Daruk permanecía arriba. Si llegaban, descubrirían los grilletes abiertos. Morlevo también los vio.

—¿Nadira abrió la cadena?

Esmeralda no respondió.

—La cerradura que instalé podía abrirse con dos láminas. No con una llave.

—Dijiste que se atascaría.

—Necesitaba que Nadira dejara de buscar una llave y estudiara el mecanismo.

Esmeralda comprendió.

—Sabías que intentaría abrirla.

—Sabía que no desperdiciaría una tormenta.

Los soldados se acercaban. Morlevo miró a Ligia, después a Esmeralda.

—Cuando corte la cuerda, la corriente las llevará hacia la curva. Hay una rama baja junto a la orilla izquierda. Sujétense.

—¿Por qué harías eso?

—No hay tiempo.

—Dime por qué.

Morlevo apretó el brazo alrededor de su cintura cuando otra corriente golpeó el tronco.

—Porque no quiero llevarte ante Al-Manzur.

—Pero destruiste mi pueblo para encontrarme.

—Yo no sabía que eras tú.

Uno de los soldados entró en el agua. Morlevo sacó el cuchillo.

—Si sobrevivimos, me explicarás eso —dijo Esmeralda.

—Si sobrevivimos, probablemente intentarás matarme.

—También.

Por primera vez, algo semejante a una sonrisa apareció en el rostro de Morlevo.

Después cortó la cuerda. La corriente arrancó a Esmeralda y a Ligia de sus brazos.

El cuerpo del comandante desapareció detrás de una ola.

Esmeralda giró sobre sí misma, manteniendo a su hermana contra el pecho. Escuchó a Morlevo gritar:

—¡La cuerda se rompió! ¡Río abajo!

Los soldados corrieron hacia los caballos para seguir la corriente. Esmeralda buscó la orilla izquierda. Apenas distinguía las ramas entre la espuma. La curva apareció más rápido de lo esperado.

—¡Ahora!

Ligia extendió los brazos. Sus dedos rozaron la primera rama y resbalaron.

Esmeralda alcanzó una segunda, pero la madera se quebró bajo el peso de ambas.

Continuaron río abajo. El agua las empujó dentro de una zona cubierta por raíces.

Una cuerda diferente cayó desde los árboles y rodeó el pecho de Esmeralda.

Alguien tiró con fuerza. Varias manos las sacaron del río.

Esmeralda cayó sobre la orilla, tosiendo agua.

Ligia permanecía junto a ella, consciente pero temblando.

Un grupo de mujeres las rodeaba. Llevaban ropas de viaje, arcos cortos y cuchillos curvos.

Algunas tenían cicatrices alrededor del cuello y las muñecas.

Nadira apareció detrás de ellas, empapada y sin aliento.

—Creí que las había perdido.

Esmeralda la abrazó antes de pensar en lo que hacía.

—¿Cómo llegaste?

—No salté al centro del río.

—Ligia cayó.

—Y tú fuiste detrás. Exactamente como sabía que harías.

Nadira examinó a la niña. No encontró heridas nuevas, aparte de varios cortes superficiales.

—Debemos movernos —dijo una de las mujeres armadas—. Los soldados registrarán ambas orillas.

Era joven, quizás de la misma edad que Esmeralda, pero la cicatriz que le atravesaba el cuello endurecía sus facciones. Llevaba el cabello recogido y una espada sujeta a la espalda.

—¿Quién eres? —preguntó Esmeralda.

—Safiya.

Nadira levantó la cabeza al escuchar el nombre. Las dos mujeres se observaron. Safiya sacó la espada. La punta quedó apoyada contra el cuello de Nadira.

—Sabía que volverías a aparecer —dijo.

Las demás mujeres tensaron sus arcos. Esmeralda se puso de pie y colocó a Ligia detrás de ella.

—Nos ayudó a escapar.

—Eso también lo hacía antes —respondió Safiya—. Ayudaba a unas pocas para que confiaran en ella. Después elegía a quién dejar atrás.

Nadira no trató de apartar la espada.

—No sabes lo que ocurrió.

—Sé que trabajabas para Al-Manzur.

Esmeralda miró a la sanadora.

—Eso ya me lo dijo.

Safiya presionó la hoja. Una línea de sangre apareció en el cuello de Nadira.

—¿También te dijo que abandonó a catorce mujeres cuando escapó del Reino Prohibido?

Nadira sostuvo la mirada de Safiya.

—No podía salvarlas a todas.

—Ni siquiera lo intentaste.

A lo lejos sonó un cuerno. Los soldados de Morlevo empezaban a registrar la orilla. Safiya no bajó el arma.

—Quizá Nadira ya no trabaje para Al-Manzur —dijo—. O quizá acaba de llevarle hasta su amo a la mujer que estaba buscando.