Capítulo 6 El sueño del muerto
EL SUEÑO DEL MUERTO
La palabra que Ligia había pronunciado continuó despierta mucho después de que el campamento quedara en silencio.
Rey. Esmeralda la oyó mientras los guardias apagaban las lámparas, mientras una mujer intentaba acomodarse sobre la tierra sin tirar de las cadenas y mientras Morlevo recorría por última vez el perímetro.
No sabía si Ligia había visto a un hombre, una corona o algo que todavía no poseía forma, pero el modo en que el comandante levantó la cabeza confirmó que también él había entendido que la niña no hablaba al azar.
Ligia se durmió aferrada al pájaro de madera.
Esmeralda mantuvo la mano sobre sus dedos hasta que la respiración de la niña se volvió profunda, y solo entonces apoyó la cabeza contra el tronco al que las habían encadenado.
Nadira permanecía al otro lado, inmóvil bajo su manta, aunque Esmeralda distinguía el brillo de sus ojos cada vez que un guardia pasaba cerca.
—¿Qué quiso decir? —susurró Esmeralda.
—No lo sé. A veces los objetos conservan un eco; otras veces solo despiertan el miedo de quien los toca. Si conviertes cada palabra de Ligia en una profecía, terminarás obligándola a cargar con decisiones que todavía no comprende.
—Morlevo sí comprendió algo.
—Morlevo conoce el reino al que nos llevan. Eso no significa que vaya a explicártelo.
Esmeralda miró hacia la última fogata. El comandante estaba de pie junto a los caballos, con la silueta recortada contra las brasas.
No llevaba casco y el viento le apartaba el cabello de la frente.
A esa distancia habría podido parecer un viajero que vigilaba el sueño de su gente; las cadenas extendidas entre los árboles destruían la mentira.
—Duerme —ordenó Nadira—. Mañana necesitaremos que puedas caminar sin tropezar con tu propia rabia.
Esmeralda cerró los ojos, pero el campamento no desapareció.
El olor de la tierra húmeda se transformó en heno, la presión del grillete dejó de existir y, cuando volvió a abrirlos, se encontraba dentro de una caballeriza iluminada por una lámpara azul.
Samir estaba de espaldas, inclinado sobre un pesebre.
Llevaba la camisa de la fiesta y tenía las manos limpias, como si el incendio no hubiera ocurrido.
—Llegaste tarde —dijo él sin volverse.
Esmeralda avanzó. La paja rozó sus tobillos desnudos y comprendió que tampoco ella llevaba la ropa del cautiverio. El vestido verde se abría sobre uno de sus hombros, todavía húmedo por el río, y la memoria de la boca de Samir regresó con una precisión que le calentó el pecho.
—Pensé que estabas muerto.
—Lo pensaste muy rápido.
Samir se volvió. Había sangre en su vientre, aunque el rostro permanecía intacto. Esmeralda trató de cubrir la herida con las manos, pero él le sostuvo las muñecas y las llevó hasta su cuello. La piel estaba caliente. El pulso golpeaba debajo de sus dedos.
—Dime dónde estás —pidió ella.
Samir la besó antes de responder. Al principio fue el beso confiado del granero, lleno de una vida que ambos daban por segura.
Esmeralda abrió su camisa y buscó debajo de la tela el cuerpo que creía perdido.
Él la levantó sobre el pesebre, apartó el vestido de sus piernas y la tocó con la paciencia que ella recordaba.
La boca de Samir descendió hasta uno de sus pechos, pero la mano que sostenía la cintura de Esmeralda cambió. Los dedos se volvieron más largos, la palma más áspera y una cicatriz atravesó la piel. La sombra proyectada por la lámpara llevaba la armadura de Morlevo.
—No —dijo Esmeralda.
La figura se detuvo de inmediato. No intentó sujetarla ni convertir la negativa en una vacilación.
La quietud dejó la elección completamente en manos de ella, y esa libertad resultó más perturbadora que una amenaza.
El cuerpo de Esmeralda seguía abierto, caliente y demasiado cerca del placer para obedecer al miedo con la misma rapidez que su voz.
Pronunció el nombre de Samir para recordar a quién había buscado. La caballeriza se llenó de agua hasta las rodillas. El rostro delante de ella siguió siendo el de su prometido, pero las manos eran las de Morlevo.
—Si quieres que despierte, apártate —ordenó Esmeralda.
El hombre retiró la mano. La ausencia del contacto le produjo una punzada casi dolorosa. Esmeralda lo miró, furiosa con él, con el sueño y con la respuesta de su propio cuerpo.
—Vuelve a tocarme —dijo al fin—. No porque lo ordenes. Porque yo lo he elegido.
Los ojos se volvieron grises. Morlevo regresó la mano al lugar donde la había dejado y la acarició sin apartar la mirada.
Esmeralda sostuvo sus hombros mientras los dedos recuperaban el ritmo interrumpido.
La boca de él rozó su pecho; ya no fingía ser la de Samir.
El placer creció con una precisión imposible, construido por el sueño a partir de todo lo que ella no quería admitir despierta.
Esmeralda alcanzó el clímax pronunciando un nombre que el agua deshizo antes de que pudiera reconocerlo. Entonces la sangre oscureció la camisa del hombre, el cuerpo se volvió frío y una máscara negra apareció detrás de su rostro. Una mano sin piel cortó el sueño de arriba abajo.
Esmeralda despertó con un jadeo. Ligia continuaba dormida junto a ella. El deseo y el miedo permanecían mezclados dentro de su cuerpo, tan físicos como el grillete, pero nadie la había tocado fuera del sueño. Nadira la observaba desde el otro lado de la cadena.
—Pronunciaste su nombre —murmuró la sanadora.
—¿Cuál de los dos?
La pregunta salió antes de que Esmeralda pudiera contenerla. Nadira no sonrió ni exigió una explicación; se limitó a mirar hacia Morlevo, que seguía junto a los caballos.
—Solo escuché a Samir.
El alivio fue inmediato y deshonesto. Esmeralda se incorporó, fingiendo que necesitaba acomodar la manta sobre Ligia. El pájaro de madera había quedado entre ambas y una de sus alas señalaba hacia el camino oriental.
—¿Crees que está vivo?
—Creo que los vínculos intensos dejan rastros en los objetos, en los lugares y algunas veces en las personas. Un rastro no es una prueba de vida, pero tampoco es una tumba. Tendrás que soportar no saberlo.
Antes del amanecer, un guardia comenzó a vomitar cerca de los carros. Otro se dobló sobre el vientre y pidió agua. La enfermedad pasó de una fogata a la siguiente con la rapidez suficiente para parecer contagiosa, aunque Nadira reconoció el olor amargo que salía de las vasijas.
—¿Qué hiciste? —preguntó Esmeralda.
—Nada que vaya a matarlos. Las semillas que mastican para mantenerse despiertos producen cólicos si se mezclan con corteza de sauce. Ayer vi dónde guardaban ambas cosas.
El desorden obligó a reducir la vigilancia. Dos soldados llevaron a los enfermos hacia el río y otros comenzaron a discutir sobre el agua contaminada. Nadira deslizó una pieza de metal dentro de la mano de Esmeralda: no era una llave, sino la hebilla rota de una cincha.
—Puede levantar el resorte si encuentras el ángulo —explicó—. No intentes abrir todos los grilletes. Libera a Ligia y espera mi señal.
Esmeralda fingió ayudar a la niña a ponerse de pie.
Cubrió la cerradura con el cuerpo, introdujo el extremo de la hebilla y sintió el mecanismo sin verlo.
El primer intento solo empujó el resorte.
El segundo abrió una herida en su dedo. Ligia permaneció quieta, con el pájaro escondido entre las manos.
—Mírame —susurró Esmeralda—. Cuando esto se abra, caminarás hacia Nadira y no correrás hasta que yo lo diga.
Ligia negó con la cabeza.
—No voy a dejarte.
—No me dejas. Abres el camino primero.
La hebilla encontró el resorte. El grillete se aflojó alrededor de la muñeca de Ligia, aunque Esmeralda lo sostuvo para impedir que cayera.
Buscó después su propia cerradura. Estaba a punto de introducir el metal cuando una bota se detuvo frente a ella.
Morlevo no llamó a los guardias. Miró la mano libre de Ligia, la hebilla manchada de sangre y el grillete que Esmeralda todavía fingía sostener cerrado.
—Ese resorte se atasca cuando lo empujan desde el lado izquierdo —dijo.
Esmeralda ocultó la pieza en el puño.
—Entonces agradezco la lección.
—No era una lección.
Morlevo se agachó. Ligia retrocedió, pero él no trató de sujetarla. Tomó la cadena de Esmeralda, introdujo una llave y retiró la cerradura completa. Después eligió otra de su cinturón y la colocó en sentido contrario.
—Ahora el resorte queda a la derecha —explicó con una voz que solo ellas podían escuchar—. La próxima vez que intentes abrirlo, comprueba primero qué mano puede ocultar la sangre.
—¿Por qué no nos denuncias?
—Porque la mitad de mis hombres no puede alejarse de una letrina y prefiero no explicar que una cautiva desarmada entiende mejor las cerraduras que ellos.
—No te creo.
—Eso puede mantenerte viva.
Morlevo cerró otra vez el grillete de Ligia sin apretarlo. Sus dedos no rozaron la piel herida. Cuando se incorporó, Esmeralda distinguió la misma cicatriz que había sentido en la mano del sueño y el cuerpo le devolvió una oleada de calor que la llenó de rabia.
—La próxima vez no podré fingir que no vi nada —advirtió él.
—La próxima vez no estarás mirando.
Morlevo sostuvo su mirada durante un instante.
Después se alejó para ordenar la marcha.
Nadira se acercó cuando los primeros truenos empezaron a sonar detrás de las montañas.
Abrió el grillete de Esmeralda con una llave verdadera que había robado durante la confusión, pero volvió a cerrarlo antes de que los guardias terminaran de reunir los caballos.
—Nos descubrió —dijo Esmeralda.
—Y cambió la cerradura.
—También nos dejó una amenaza.
Nadira examinó el cielo. Las nubes se acumulaban sobre un cauce que llevaba meses seco y el viento traía olor a lluvia desde un lugar demasiado lejano para verla.
—Los hombres que quieren obediencia castigan el primer intento —respondió—. Los que esperan un segundo quizá necesiten otra cosa.
Esmeralda miró la espalda de Morlevo. No confundió la omisión con bondad ni la curiosidad con protección, pero comprendió que el comandante acababa de abrir una grieta dentro de sus propias órdenes. La tormenta avanzaba hacia ellos, y esta vez ella sabría dónde colocar las manos cuando llegara.