Capítulo 5 Las cadenas #3
—Acaba de atacar a un guardia durante una marcha militar. La sanción es suficiente.
Los soldados ataron al hombre a una rueda.
El primer latigazo abrió su camisa. Mara trató de acercarse, pero Talia la sostuvo.
Morlevo no se retiró. Permaneció frente al cautivo durante todo el castigo.
Esmeralda comprendió entonces lo que Nadira había querido decir.
Morlevo podía salvar una vida y perpetuar el sistema que la destruía durante la misma hora.
Podía impedir que Rashid vendiera a Talia y ordenar que azotaran a su hermano.
Cada gesto de piedad terminaba convertido en otra forma de obediencia.
Al décimo golpe, Esmeralda apartó la vista.
Metió una mano dentro del vestido y encontró la talla de las palmeras.
La madera conservaba una pequeña hendidura producida por la uña de Samir cuando se la entregó.
Cerró los dedos. Recordó su cuerpo sobre la manta del granero, la piel caliente bajo sus manos y la respiración de él cuando ella lo acarició.
No quiso detener el recuerdo en la explosión.
Volvió deliberadamente al momento anterior, al rostro de Samir inclinado sobre el suyo.
—Dime qué quieres —había pedido él.
—A ti.
Esmeralda reconstruyó cada contacto. La boca de Samir en su cuello.
La mano que se detenía para esperar su consentimiento.
El peso contenido de su cuerpo. El deseo que la había recorrido cuando él comenzó a colocarse entre sus piernas.
Los latigazos continuaban, pero durante unos segundos no consiguió oírlos.
Aquella memoria le pertenecía. Daruk podía marcarla, Rashid podía separarla de su hermana y Morlevo podía cerrar cadenas alrededor de sus muñecas, pero ninguno había estado dentro del granero antes de que el fuego iluminara las paredes.
No podían transformar lo elegido en una posesión del reino.
El recuerdo terminó con la imagen de Samir cayendo.
La culpa llegó después. Esmeralda abrió los ojos y descubrió que Ligia observaba la talla.
—Era para los dos —dijo—. Samir y yo íbamos a marcharnos. También queríamos llevarte.
No sabía si aquella última parte era completamente cierta. Apenas habían tenido tiempo de acordarla, pero necesitaba creer que sí.
—Si logramos escapar, volveremos a buscarlo. Y a nuestro padre.
Ligia apoyó la cabeza en su hombro. Cuando terminó el castigo, el hermano de Talia continuaba vivo.
Morlevo ordenó que le vendaran la espalda y lo colocaran en un carro.
Rashid se alejó sin ocultar su satisfacción.
Había conseguido demostrar a los cautivos que incluso la intervención del comandante terminaba en dolor. La columna retomó la marcha.
Durante la tarde, el terreno se volvió más irregular. Dejaron atrás la llanura y entraron en una región donde las rocas retenían humedad bajo la superficie. Aparecieron matorrales, después árboles bajos y retorcidos. Nadira señaló discretamente hacia el cauce.
—Mañana entraremos allí.
La llave seguía oculta entre los pliegues de su manga.
—¿A cuántas puedes liberar? —preguntó Esmeralda.
—A las que compartan nuestro cierre. Si trato de abrir todas las cadenas, nos descubrirán.
—No pienso escapar dejando a Talia y a su familia.
—Si intentas salvar a toda la columna, no salvarás a nadie.
—Eso dijiste sobre los niños.
—Y capturaron a casi todos.
Esmeralda miró a Ligia.
—No a todos.
Había contado diecisiete niños al regresar. Al menos cuatro no estaban entre ellos. Tal vez se hubieran ocultado en el olivar o hubieran encontrado un camino hacia los sobrevivientes de Luzar.
—Primero probaremos la llave —dijo Nadira—. Después decidirás cuántas vidas quieres poner en riesgo además de la tuya.
Al caer la noche, los soldados instalaron el campamento en un claro.
Los cautivos durmieron unidos por las cadenas, con guardias distribuidos alrededor.
Esmeralda quedó tendida entre Ligia y Nadira.
La tierra estaba fría y no les entregaron mantas.
Ligia no podía dormir. Sostenía el pájaro de madera contra el pecho y miraba los eslabones que unían su muñeca con la de Esmeralda.
—¿Te duele? —preguntó esta.
La niña negó con la cabeza. Tocó la cadena con la mano libre. Su cuerpo se tensó. El cambio fue tan repentino que Esmeralda se incorporó.
—¿Qué sucede?
Ligia cerró los ojos. Los dedos se le pusieron blancos alrededor del metal. Su respiración se volvió irregular y la boca empezó a moverse como si repitiera palabras que nadie más podía escuchar. Nadira también se levantó.
—Haz que la suelte.
Esmeralda intentó abrirle la mano, pero Ligia se aferró con más fuerza.
—¿Qué oye?
—Ecos.
—¿De quién?
—De todos los que llevaron esa cadena antes que ella.
Ligia arqueó la espalda. Un sonido agudo escapó de su garganta. Esmeralda consiguió separar sus dedos del eslabón. La niña cayó contra ella y abrió los ojos.
—Ligia, mírame. ¿Qué escuchaste?
La niña buscó aire. Después pronunció una única palabra:
—Rey.
Al otro lado del campamento, Morlevo levantó la cabeza.