Capítulo 5 Las cadenas #2
—La columna se detiene al mediodía.
—No llegará al mediodía si la herida vuelve a abrirse.
—Entonces la cargarás.
Morlevo cabalgaba unos metros más adelante. Esmeralda pronunció su nombre. Él volvió la cabeza, pero antes de acercarse Rashid apareció junto a las tres.
—No necesitas llamar al comandante cada vez que algo te incomoda.
—Ligia está sangrando.
Rashid observó la venda manchada.
—Daruk quiere que llegue viva. No dijo que deba llegar caminando.
Tomó a Ligia por el brazo. Esmeralda se interpuso.
—No la toques.
—Solo voy a trasladarla a un carro.
—¿A cuál?
—Al que yo decida.
Rashid hizo una señal. Dos soldados abrieron el grillete de Ligia y la separaron de la cadena. La niña se aferró a Esmeralda.
—¡No!
El grito sorprendió a todos. Era la primera palabra clara que Ligia pronunciaba desde que había comenzado el ataque.
Esmeralda la sujetó, pero uno de los soldados la golpeó en el estómago.
Perdió el aire y cayó de rodillas. Rashid arrastró a Ligia hacia la parte posterior de la columna. Morlevo llegó al galope y desmontó.
—¿Qué haces?
—Redistribuyo a los cautivos.
—La niña debe permanecer junto a su hermana.
—Daruk ordenó que las dos llegaran vivas. No especificó que viajaran juntas.
—Yo lo especifico.
Rashid sonrió.
—No sabía que podías modificar órdenes.
Morlevo tomó a Ligia y la colocó detrás de él. La niña corrió hacia Esmeralda.
—La niña está herida —dijo Morlevo—. La sanadora atenderá la pierna durante el descanso. Después caminará junto a su hermana.
Rashid se aproximó.
—Desde que encontraste a la muchacha de los ojos verdes, has olvidado quién eres.
—No. Recuerdo perfectamente quién eres tú.
Los dos hombres se observaron en silencio. Esmeralda comprendió que aquella enemistad no había comenzado en Luzar. Rashid se apartó primero.
—Cuida bien de tus cautivas, comandante. Cuando lleguemos al reino, dejarán de estar bajo tu autoridad.
Morlevo volvió a cerrar el grillete alrededor de la muñeca de Ligia. Sus dedos trabajaron con cuidado para evitar la piel herida.
—No está demasiado ajustado —dijo.
Esmeralda se puso de pie.
—Eso no lo convierte en un brazalete.
—Nunca dije que lo fuera.
Morlevo montó y regresó a la cabeza de la columna. Al mediodía se detuvieron junto a una formación rocosa. Los soldados repartieron agua y un pan duro entre cada cuatro cautivos. Nadira cambió la venda de Ligia mientras Esmeralda observaba la organización del campamento.
Los caballos descansaban al norte. Los carros formaban una barrera hacia el este.
Había guardias en las rutas más visibles, pero apenas dos vigilaban la franja de tamariscos que crecía alrededor de un cauce seco.
Los soldados rotaban cada pocas horas. Las llaves de las cadenas no eran todas iguales: los jefes llevaban aros grandes con cierres de varios tamaños, mientras cada guardia poseía una sola llave para su grupo. Esmeralda empezó a contar.
—¿Qué haces? —preguntó Nadira.
—Aprendo.
—Eso es peligroso.
—Caminar sin saber nada me parece más peligroso.
Nadira terminó el vendaje y se sentó junto a ella.
—Hay un bosque bajo siguiendo el cauce. No es grande, pero los árboles crecen juntos y los caballos no pueden avanzar con rapidez. Lo cruzaremos mañana por la tarde.
—¿Cómo lo sabes?
—He recorrido esta ruta.
—¿Como sanadora?
—Como prisionera.
Esmeralda la miró.
—Dijiste que trabajaste en el palacio.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Nadira abrió la mano. En la palma tenía una llave.
—¿De dónde la sacaste?
—Del cinturón del guardia que te golpeó.
—¿Puede abrir estas cadenas?
—Lo sabremos esta noche.
Esmeralda miró hacia los soldados.
—¿Por qué esperar al bosque?
—Porque en esta llanura pueden vernos a kilómetros. Entre los árboles podremos separarnos, ocultar las huellas y llegar al río.
—Rashid nos encontrará.
—Rashid te encontrará si sigues reaccionando cada vez que intenta provocarte. Quiere que cometas un error delante de Daruk.
—Se llevó a Ligia.
—Y sabía que Morlevo intervendría.
—¿Por qué le importa Morlevo?
—Porque los dos quieren ocupar el mismo lugar junto a Al-Manzur.
—Morlevo no parece desear nada de lo que está haciendo.
—No confundas el disgusto con la inocencia. Ha dirigido campañas durante años. Ha cerrado ciudades, trasladado prisioneros y protegido las rutas del rey.
Esmeralda recordó el modo en que había sostenido la viga para liberar a Ligia. También lo recordó junto a Daruk, inmóvil mientras ejecutaban al anciano.
—Ayuda cuando no tiene que pagar por hacerlo.
—A veces paga —dijo Nadira—. Solo procura que nadie lo vea.
Un grito interrumpió la conversación. A pocos metros, Rashid sujetaba a Talia por el brazo. Mara, la madre de la joven, trataba de impedir que se la llevaran.
—Fue clasificada como trabajadora del horno —decía Mara—. Debe ir con los artesanos.
—La clasificación puede corregirse —respondió Rashid—. Una mujer joven vale más en la ciudad que junto a un horno.
Talia intentó soltarse.
—No soy tuya.
Rashid la abofeteó. Morlevo se acercó desde el grupo de oficiales.
—Suéltala.
—Estoy trasladando un bien del reino.
—Estás alterando las listas para venderla fuera del registro.
—¿Tienes pruebas?
—Tu mano sobre ella.
Rashid soltó a Talia.
—El comandante vuelve a salvar mujeres.
—El comandante protege la propiedad de Al-Manzur de quienes pretenden robársela.
La frase hizo que Talia mirara a Morlevo con el mismo desprecio que antes había dirigido a Rashid. Morlevo lo notó.
—Devuélvela a su cadena —ordenó.
Uno de los cautivos se levantó de pronto. Era el hermano mayor de Talia, un hombre ancho de hombros que tenía las manos encadenadas detrás de la espalda. Embistió al guardia más próximo y trató de alcanzar a Rashid. No llegó. Tres soldados lo derribaron. Uno le apoyó una lanza en el cuello.
—Mátenlo —dijo Rashid.
—No —ordenó Morlevo.
Mara cayó de rodillas.
—Por favor. Es mi hijo.
Morlevo contempló al hombre. Después miró a los demás cautivos, que habían empezado a ponerse de pie.
—Veinte azotes —decidió—. Frente a la columna.
Esmeralda sintió una oleada de rabia.
—Acabas de impedir que lo maten —dijo Rashid—. Qué generoso.