La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 5 Las cadenas
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Capítulo 5 Las cadenas

LAS CADENAS

Los primeros niños regresaron antes del amanecer.

Los soldados los empujaron a través de la entrada oriental de Luzar, cubiertos de barro y con las manos atadas mediante una misma cuerda.

Algunos lloraban. Otros caminaban en silencio, demasiado agotados para comprender que el pasadizo por el que habían escapado los había conducido hacia otra trampa.

Esmeralda los vio llegar desde el cercado de los cautivos.

Se puso de pie y buscó a Ligia entre las cabezas, pero un soldado la golpeó en la espalda con el asta de una lanza.

—De rodillas.

Esmeralda apenas sintió el dolor.

—¿Dónde los encontraron?

El hombre levantó la lanza de nuevo. Morlevo apareció detrás de él y detuvo el golpe sujetando la madera.

—Daruk los quiere capaces de caminar —dijo—. Si le rompes la espalda, cargarás con ella hasta el reino.

El soldado soltó el arma.

—Intentó levantarse.

—Y ahora está de rodillas.

Morlevo miró hacia la columna de niños. Esmeralda advirtió el instante exacto en que comprendió lo que significaba su regreso. Su expresión no cambió, pero la mano permaneció cerrada alrededor de la lanza.

—Enviaste a tus hombres hacia el cauce del sur —dijo Esmeralda.

—No son mis hombres.

Rashid entró en la plaza montado en un caballo gris. Varios jinetes lo seguían. Había reemplazado la coraza ensangrentada por una túnica limpia y llevaba el cabello húmedo, como si hubiera encontrado tiempo para bañarse mientras Luzar todavía ardía.

—Una fuga bastante ingeniosa —anunció—. El canal desemboca cerca del antiguo olivar. Habría funcionado si alguien no hubiera dejado huellas de veinte niños sobre el barro.

Morlevo se acercó.

—Ordené buscar junto al cauce.

—Precisamente por eso busqué en la dirección contraria.

Rashid desmontó. Sujetaba el extremo de una cuerda separada de las demás.

Ligia apareció detrás del caballo. Tenía el vestido rasgado, la pierna vendada y una mancha de tierra sobre el rostro.

Continuaba apretando contra la palma el pájaro que Samir le había regalado.

Al ver a Esmeralda, intentó correr, pero la cuerda alrededor de su cintura la detuvo.

—Ligia.

Esmeralda se lanzó contra la cadena que la mantenía sujeta al poste. El grillete cortó la piel de su muñeca. Rashid condujo a la niña hasta el centro de la plaza.

—Encontré algo que, según el comandante Morlevo, había muerto bajo un techo.

Daruk observaba desde la tarima. La claridad azul del amanecer hacía que su rostro pareciera tallado en hueso.

—Quizás en Luzar los muertos caminan —dijo.

Morlevo no se defendió.

—La confundí con otra niña.

—No —respondió Daruk—. Mentiste.

Ligia trató de soltarse. Rashid tiró de la cuerda y la obligó a caer. Morlevo avanzó un paso.

—No necesitas lastimarla.

—No la estoy lastimando. Estoy comprobando cuánto estás dispuesto a arriesgar por una cautiva a la que conoces desde hace unas horas.

—La niña no tiene relación con mis decisiones.

—Entonces no te importará verla en la Casa de las Niñas.

Esmeralda no sabía qué era ese lugar, pero el nombre bastó para que varias mujeres del cercado se estremecieran. Nadira estaba sentada al otro extremo, con las manos atadas. Había sido capturada poco después de que Morlevo sacara a Esmeralda del taller. Levantó la cabeza al escuchar a Daruk.

—Tiene doce años —dijo—. Es demasiado pequeña.

—La obediencia se aprende mejor antes de que el carácter termine de formarse —respondió él.

Esmeralda tiró de la cadena hasta que la sangre le cubrió la mano.

—¡Llévame a mí!

Daruk volvió la cabeza.

—Ya te llevamos.

—Deja a Ligia en Luzar. No sabe nada del medallón.

—Pero tú harías cualquier cosa por ella. Eso le concede un valor considerable.

Rashid desató la cuerda y entregó a Ligia a un soldado. La niña arañó la mano del hombre. Él alzó el brazo para golpearla.

—Hazlo —dijo Morlevo— y perderás dos dedos.

El soldado se quedó inmóvil. Daruk sonrió.

—No dudas cuando la violencia depende de ti. Solo cuando debo autorizarla yo.

—Golpear a una niña herida no mejora el control de los cautivos.

—Siempre encuentras una explicación militar para tus debilidades.

Daruk bajó de la tarima y se detuvo frente a Morlevo.

—La próxima vez que mientas sobre una orden, no castigaré a quien pretendas proteger. Castigaré a uno de tus hombres. Así descubrirás si tu compasión resiste cuando el precio lo paga alguien que te respeta.

Morlevo sostuvo su mirada.

—Entendido.

—No te pedí que entendieras. Te pedí que recordaras.

Daruk señaló a Ligia.

—Encadénenla junto a su hermana. Quiero que ambas lleguen vivas al reino.

Esmeralda sintió alivio y miedo al mismo tiempo.

Ligia no sería enviada todavía a la Casa de las Niñas, pero Daruk acababa de convertirla abiertamente en un instrumento para controlarla.

El soldado retiró la cadena del poste y cerró un grillete alrededor de la muñeca de Ligia.

La niña se abrazó a Esmeralda en cuanto quedaron juntas.

—Pensé que habías salido —susurró Esmeralda—. Pensé que estabas a salvo.

Ligia escondió el rostro contra su pecho.

—Lo siento.

La niña se apartó y la miró con enojo. Después señaló primero a Esmeralda y luego a sí misma.

—Juntas —comprendió Esmeralda—. Sí. Juntas.

Morlevo se alejó sin mirarlas. Apenas salió el sol, los soldados comenzaron a preparar la partida.

No quedaba en Luzar autoridad suficiente para negociar ni resistencia capaz de impedirla.

Los sobrevivientes fueron organizados en columnas según la clasificación de Daruk.

Los artesanos recibieron placas de madera marcadas con sus oficios; los jóvenes capaces de trabajar fueron unidos mediante cadenas más pesadas; las mujeres y los niños quedaron repartidos entre carros y filas vigiladas.

Los ancianos que aún vivían permanecieron en la plaza. Daruk aseguró que podrían reconstruir el pueblo y trabajar para el reino, aunque nadie creyó que aquella decisión fuera misericordiosa. Sin animales, alimentos ni agua suficiente, Luzar tardaría pocos días en convertirse en una tumba.

Esmeralda buscó a Yusuf hasta el último momento.

Preguntó a cada persona que pasó cerca, pero nadie sabía qué había ocurrido con él.

Algunos lo habían visto durante el comienzo del ataque; otros aseguraban que un hombre enmascarado lo sacó por la puerta trasera del taller.

No había aparecido entre los muertos ni en las listas de cautivos.

La incertidumbre era distinta al duelo. No permitía despedirse ni conservar esperanza.

Dejaba una herida abierta, incapaz de decidir si debía sangrar.

Cuando la columna comenzó a moverse, Esmeralda volvió la cabeza.

El humo ocultaba parte del oasis. La casa donde había crecido seguía en pie, pero el taller era una estructura negra rodeada de cenizas. Cerca del manantial, las telas de la fiesta flotaban sobre el agua junto con platos rotos y flores pisoteadas. Samir tampoco estaba.

El carro de los muertos había salido durante la noche.

Esmeralda no sabía adónde llevaban los cuerpos ni por qué los invasores se molestaban en transportarlos.

Quizá pensaban quemarlos lejos del manantial.

Tal vez Daruk temía que los sobrevivientes se rebelaran si contemplaban durante demasiado tiempo lo que habían perdido.

Apretó dentro del vestido la talla de las dos palmeras.

No permitiría que le quitaran también aquel recuerdo.

La columna abandonó Luzar por la puerta oriental.

Esmeralda caminaba entre Ligia y Nadira.

Las tres compartían una misma cadena, separadas por tramos que apenas les permitían extender los brazos.

Delante marchaban una mujer llamada Mara y su hija Talia, una joven de unos veinte años que había trabajado en el horno de su familia.

Detrás avanzaban seis mujeres que Esmeralda conocía del mercado.

El camino bordeaba el manantial antes de internarse en una llanura pedregosa.

Los soldados se distribuían a ambos lados, montados a caballo o caminando con lanzas.

Cada cierto tiempo pasaba un escriba y comprobaba las placas de los cautivos.

Rashid recorría la columna como si inspeccionara mercancía.

—No lo mires —murmuró Nadira.

—Sabe que lo estoy mirando.

—Precisamente por eso.

—¿Qué hará con nosotros?

—La columna se dividirá en el cruce del río. Los artesanos irán hacia las ciudades del oeste. Los jóvenes, a los campos militares. Las mujeres serán examinadas antes de llegar al Reino Prohibido.

—¿Examinadas para qué?

Nadira tardó en responder.

—Para decidir dónde resultan más útiles.

Esmeralda miró a Ligia.

—Daruk habló de una Casa de las Niñas.

—Es una escuela de obediencia administrada por las sacerdotisas. Enseñan idiomas, música, servicio y las normas del palacio.

—Eso no parece lo que asustó a las mujeres.

—Porque la palabra escuela disfraza lo que ocurre dentro.

—¿Tú estuviste allí?

Nadira sostuvo la mirada hacia el camino.

—Trabajé como sanadora en el palacio.

—Dijiste que habías viajado desde el este.

—También he viajado desde el este.

—Respondes solo lo que te conviene.

—Y tú haces preguntas en medio de cincuenta soldados.

Esmeralda bajó la voz.

—Reconociste el medallón. Sabías que atacarían Luzar. Puedes abrir sus cerraduras. No llegaste por casualidad.

—Nadie llega a ninguna parte por casualidad.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte mientras Daruk esté lo bastante cerca para vernos respirar.

La marcha continuó durante horas. El sol secó el barro de sus vestidos y volvió abrasador el metal de las cadenas.

Los soldados permitieron que los cautivos bebieran en grupos pequeños, pero la cantidad de agua era insuficiente.

Ligia empezó a arrastrar la pierna herida.

Esmeralda pasó uno de sus brazos alrededor de la cintura de la niña.

—Apóyate en mí.

La cadena obligó a Nadira a acercarse.

—La venda está demasiado apretada —dijo—. Necesito cambiarla.

Esmeralda llamó a uno de los guardias.

—La niña necesita detenerse.

El hombre ni siquiera la miró.