La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 4 La caída de luzar #3
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Capítulo 4 La caída de luzar #3

—La puerta tiene dos guardias. Uno vigila el frente. El otro desaparece cada vez que escucha una discusión porque teme quedar fuera de cualquier reparto. Crea una pelea y espera.

Esmeralda tomó la llave.

—Cuando abramos el patio, envía a los niños por el canal.

—Esto no forma parte de mi plan.

—Ahora sí.

Nadira soltó una exhalación irritada, pero no se negó. Esmeralda salió de detrás de la cortina con el grillete cerrado solo en apariencia. Se acercó a las dos mujeres que estaban sentadas cerca de la entrada y les explicó en voz baja lo que necesitaba. La mayor empezó a gritar.

—¡Me robaste! —acusó a la otra, golpeando una vasija contra el suelo.

—¡Estás loca!

Las dos se abalanzaron una sobre otra. El soldado apostado frente al patio miró hacia el recinto.

Su compañero se acercó inmediatamente, interesado en la pelea.

Esmeralda dejó caer la cadena, cruzó la puerta y corrió hacia los niños.

Abrió el primer cierre. El segundo estaba deformado y la llave no entraba por completo.

Tuvo que girarla con ambas manos. Uno de los pequeños la observaba sin comprender.

—Cuando abra, corran hacia el taller de cerámica —dijo—. Una mujer llamada Nadira les mostrará la salida.

La cerradura cedió. Esmeralda abrió la puerta.

Los niños comenzaron a salir, primero con cautela y después empujándose.

Ligia los guiaba hacia el recinto. Nadira había retirado los estantes y mantenía despejada la entrada del canal.

El primer grupo desapareció bajo el suelo.

Una alarma sonó desde la plaza. El soldado que había abandonado el patio se volvió y descubrió la puerta abierta.

—¡Se escapan!

Esmeralda empujó a los últimos niños hacia Ligia.

—Entra con ellos.

Ligia negó con la cabeza.

—Hazlo.

La niña continuó inmóvil.

—¡Por una vez, obedéceme!

Ligia le arrojó los brazos al cuello. Después se separó y siguió a los demás hacia el canal.

Esmeralda corrió detrás de ella, pero no alcanzó la abertura.

Morlevo apareció en la entrada del recinto.

Llevaba la espada desenvainada y la capa ya no cubría los estantes.

Vio el grillete abierto, el canal descubierto y a Nadira ayudando a escapar a los niños.

Sus ojos encontraron los de Esmeralda. Durante un instante ninguno de los dos se movió.

—Cierra esa abertura —ordenó Morlevo.

Nadira palideció.

—Todavía quedan tres.

—He dicho que la cierres.

Esmeralda se lanzó hacia él. Morlevo esquivó el golpe, le sujetó el brazo y volvió a cerrar el grillete alrededor de su muñeca.

—¡Traidor! —gritó ella.

—Guarda silencio.

—Los llevarán al Reino Prohibido.

—Si Daruk descubre el canal, enviará jinetes detrás de ellos.

Morlevo levantó uno de los estantes y lo dejó caer frente a la abertura.

Después rompió varias vasijas y esparció los fragmentos sobre el suelo, ocultando las huellas.

Cuando los soldados entraron, encontraron a Esmeralda encadenada, a Nadira atendiendo a las heridas y una pared aparentemente intacta.

—¿Dónde están los niños? —preguntó uno.

Morlevo señaló la salida que conducía hacia la plaza.

—Corrieron hacia el sur. Reúne a todos los hombres disponibles y búsquenlos junto al cauce.

Los soldados obedecieron. Esmeralda comprendió que los había enviado en la dirección contraria.

—No te agradezco nada —murmuró.

Morlevo tiró de la cadena.

—No te pedí que lo hicieras.

La condujo hacia la plaza. Ligia había logrado escapar con los niños, pero Esmeralda no sabía cuánto tiempo permanecería a salvo ni si Nadira conseguiría reunirse con ellos.

A su alrededor, los escribas terminaban de clasificar a los cautivos y los soldados preparaban las columnas que abandonarían Luzar al amanecer. Daruk esperaba junto a la fuente.

—¿Dónde está la niña? —preguntó.

—Murió cuando cayó el taller —respondió Morlevo.

Esmeralda lo miró. Daruk examinó la sangre seca del vestido y la ceniza que cubría a ambos.

—Qué conveniente.

—La niña no tenía valor para la operación.

—Todo tiene algún valor, comandante. Incluso una hermana muerta puede servir para disciplinar a la que sobrevive.

Daruk hizo una señal. Dos soldados llevaron a Esmeralda hacia la fila de mujeres. Antes de que la separaran de Morlevo, él cerró la cadena alrededor de un nuevo poste.

—La próxima vez que abras un grillete —le dijo en voz baja—, no dejes la cerradura colgando a la vista.

Esmeralda no alcanzó a responder. En el extremo de la plaza, los carros comenzaron a avanzar.

El último transportaba los cuerpos recogidos junto al santuario.

Samir yacía debajo de dos hombres, con el rostro cubierto de sangre y los ojos cerrados.

El movimiento de las ruedas hizo que recuperara la conciencia por un instante.

No podía respirar profundamente. Cada golpe del carro empujaba la hoja rota que aún permanecía bajo sus costillas.

Escuchó voces y trató de pedir ayuda, pero solo consiguió expulsar un sonido débil.

Antes de que el carro cruzara la puerta de Luzar, Samir cerró los dedos alrededor de un objeto que alguien había perdido entre los cadáveres. Era una ficha militar marcada con un halcón. El emblema de Rashid.