Capítulo 4 La caída de luzar #2
El silencio se extendió por la plaza. Morlevo condujo a Esmeralda hasta un recinto improvisado junto al taller de cerámica. Varias mujeres heridas esperaban allí bajo la vigilancia de dos soldados. Nadira atendía a una joven con una flecha clavada en el hombro.
—Sabía que no escucharías —dijo al ver a Esmeralda.
—Sabías que ocurriría.
—Sabía que Rashid no había venido a comerciar.
—¿Por qué no advertiste a todo el pueblo?
—Lo intenté. Tus ancianos prefirieron proteger la fiesta.
Morlevo abrió el grillete de Esmeralda y volvió a cerrarlo alrededor de un poste.
—Cura a la niña —ordenó.
—También ella está herida —respondió Nadira, señalando a Esmeralda.
Solo entonces notó Esmeralda el corte que tenía bajo la clavícula. Probablemente se lo había hecho una astilla al entrar en el taller. La sangre había empapado el borde del vestido.
—Atiende primero a Ligia.
—La pierna no está rota. Necesita que la limpien y la vendan. Tu herida es más profunda.
Nadira sentó a Ligia sobre una manta y examinó su tobillo. Después llamó a una mujer mayor para que terminara de vendarla. Esmeralda continuaba observando la plaza.
—¿Viste a Samir?
—Vi demasiados hombres caer.
—Rashid lo hirió.
Nadira no respondió. Cortó con unas tijeras la tela alrededor de la herida de Esmeralda.
—Necesito quitarte la parte superior del vestido.
Esmeralda miró a los soldados. Morlevo también lo hizo.
—Fuera —les ordenó.
—Daruk dijo que debíamos vigilarlas —respondió uno.
—Pueden vigilarlas desde la entrada.
Los hombres obedecieron, aunque intercambiaron una mirada molesta. Morlevo permaneció junto al poste.
—Tú también —dijo Esmeralda.
—Si salgo, uno de ellos entrará.
—Prefiero a cualquiera antes que al hombre que invadió mi pueblo.
Morlevo sostuvo su mirada. Después se quitó la capa y la colgó entre dos estantes rotos, formando una cortina que separó a Esmeralda del resto del recinto.
—No tienes que verme para odiarme —dijo desde el otro lado.
Nadira bajó el vestido hasta liberar el hombro y una parte del pecho. Limpió la sangre con agua hervida. El contacto hizo que Esmeralda apretara los dientes.
—No es profunda —explicó la sanadora—, pero quedará cicatriz si se infecta.
—No me importa.
—Eso dicen todos antes de que empiece la fiebre.
Nadira aplicó una pasta fría alrededor del corte.
Sus dedos trabajaban cerca del pecho de Esmeralda con precisión clínica, pero el cuerpo de esta respondió al contacto antes de que pudiera evitarlo.
El recuerdo de Samir surgió con una violencia dolorosa.
La manta extendida sobre la paja. La boca de él descendiendo por su cuello.
Sus manos abriendo el vestido con una paciencia que parecía incompatible con el peligro.
El calor de su cuerpo entre sus piernas y la pregunta que había pronunciado antes de cada avance. ¿Quieres que continúe?
Esmeralda cerró los ojos. Por un instante volvió a sentir el deseo interrumpido, tan vivo que la culpa le provocó náuseas. Samir podía estar muerto y, sin embargo, su cuerpo conservaba el momento en que ambos habían querido entregarse.
—Respira —dijo Nadira.
—Estoy respirando.
—No lo suficiente.
Esmeralda abrió los ojos. A través de una separación entre la capa y el estante distinguió el perfil de Morlevo. Él permanecía de espaldas, vigilando la entrada.
—¿Por qué me ayudó a sacar a Ligia?
—Morlevo tiene la costumbre de reducir el daño causado por órdenes que acepta cumplir.
—Eso no lo vuelve bueno.
—No dije que lo fuera.
Nadira terminó la venda y subió el vestido.
—Escúchame con atención. Detrás de este recinto hay un depósito. Bajo el estante del fondo encontrarás una abertura utilizada para mover agua entre los talleres. El canal termina fuera de la plaza.
—¿Puedes abrir el grillete?
Nadira mostró una llave pequeña oculta dentro de la manga.
—Puedo abrir casi todos los cierres del ejército.
—¿Por qué estás ayudándome?
—Porque no permitiré que te lleven al Reino Prohibido.
—¿Por mi madre?
—Por lo que Al-Manzur hará cuando descubra que sigues viva.
Antes de que Esmeralda preguntara más, Nadira se acercó al poste y abrió la cadena. Cubrió el grillete con la capa para que desde la entrada pareciera cerrado.
—Lleva a Ligia y no te detengas.
—Ven con nosotras.
—Todavía hay heridos que no pueden moverse.
—Los matarán.
—Por eso no puedo irme.
Esmeralda tomó a Ligia de la mano y avanzó detrás de los estantes.
Encontró la abertura oculta bajo varias vasijas.
Era estrecha, pero suficiente para que ambas pasaran.
Ligia se arrodilló. Antes de entrar, inclinó la cabeza hacia el muro que separaba el recinto del patio del santuario. Del otro lado lloraban los niños.
Esmeralda apartó una tabla y miró a través de la grieta.
Había más de veinte, rodeados por una cerca improvisada y vigilados por un solo soldado.
Algunos tenían apenas cinco o seis años.
Entre ellos reconoció al hijo de la mujer que había gritado en la plaza.
La salida estaba a pocos pasos. Podía entrar en el canal con Ligia y abandonar Luzar antes de que alguien descubriera el grillete abierto.
No sabía adónde conduciría el pasadizo ni qué encontrarían fuera, pero era la oportunidad que Nadira le había prometido.
Ligia volvió a escuchar el llanto y apretó la mano de Esmeralda.
—Si intentamos ayudarlos, pueden capturarnos —susurró Esmeralda.
La niña miró la abertura. Después señaló a los niños.
No necesitó hablar. Esmeralda recordó a Samir diciendo que la posibilidad de elegir le pertenecía.
Aquello seguía siendo cierto incluso encadenada, incluso bajo el dominio de hombres que habían decidido convertir cada vida de Luzar en una mercancía.
No podía construir su libertad sobre el abandono de los demás.
—Primero los sacaremos —decidió.
Regresó junto a Nadira.
—Necesito la llave del patio.
—Te dije que huyeras.
—Hay niños encerrados al otro lado.
—Si vuelves a la plaza, perderás esta oportunidad.
—Entonces ayúdame a no perderla.
Nadira la observó durante varios segundos. Finalmente sacó una segunda pieza de metal del cabello.