La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 4 La caída de luzar
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Capítulo 4 La caída de luzar

LA CAÍDA DE LUZAR

La cadena que unía a Esmeralda con Morlevo no medía más de tres pasos.

Cuando él comenzó a correr hacia el taller, el tirón estuvo a punto de hacerla caer.

Esmeralda recuperó el equilibrio y avanzó detrás del comandante, obligada a acompasar sus movimientos con los del hombre que dirigía la destrucción de su pueblo.

A ambos lados de la calle ardían los techos de palma.

El calor golpeaba en oleadas y el humo convertía las casas conocidas en formas irreconocibles.

Soldados con armaduras oscuras arrastraban a los sobrevivientes hacia la plaza.

Algunos habitantes de Luzar todavía resistían con cuchillos de trabajo, piedras y herramientas, pero cada intento terminaba del mismo modo: un cuerpo en el suelo y una familia obligada a contemplarlo.

—¡Ligia! —gritó Esmeralda.

Morlevo la condujo detrás de un abrevadero cuando una flecha cruzó la calle.

—Mantén la cabeza baja.

—Son tus hombres.

—Eso no impedirá que te atraviesen si no te reconocen.

—Entonces ordénales que dejen de disparar.

Morlevo no respondió. Esperó hasta que pasó un grupo de jinetes y volvió a avanzar. Esmeralda miró hacia la plaza. El carro donde habían arrojado a Samir desaparecía detrás de una fila de cautivos. Quiso detenerse, pero la cadena la arrastró en dirección contraria.

—Él podría estar vivo.

—Lo vi caer.

—No comprobaste si respiraba.

—Si regresamos, Rashid te separará de mí y no llegarás hasta tu hermana.

Esmeralda sintió que aquellas palabras buscaban reducir el mundo a una elección imposible.

Samir o Ligia. El hombre con quien había planeado escapar o la niña a la que había prometido proteger desde que murió la mujer que las había criado.

Otro grito llegó desde el taller. Ligia seguía viva.

Esmeralda corrió. La fachada del edificio se había derrumbado.

Una viga atravesaba la entrada y parte del techo continuaba ardiendo.

Sobre el suelo había herramientas, muebles destrozados y láminas de madera cubiertas de brasas.

—¡Ligia!

Un golpe respondió desde el interior. Morlevo examinó la estructura.

—El techo puede caer.

—Entonces quítame la cadena.

—No.

—¿Crees que voy a escapar dejando a mi hermana ahí dentro?

—Creo que podrías tomar un arma y obligarme a matarte.

—No necesitas una razón para hacerlo. Ya tienes mi pueblo.

Esmeralda tiró del grillete, pero la cerradura no cedió. El metal le quemaba la piel. Morlevo sacó una llave de su cinturón, abrió el extremo sujeto a su propio antebrazo y cerró la cadena alrededor de una columna exterior.

—Tienes hasta que esa viga empiece a moverse.

—No necesito tu permiso.

Se agachó para pasar bajo los restos de la entrada. Morlevo la agarró por la cintura y la apartó justo cuando una sección del muro se desplomaba delante de ella.

—Si mueres, la niña seguirá atrapada.

Esmeralda se soltó. Sabía que él tenía razón y lo odiaba más por eso. Morlevo cubrió su cabeza con la capa húmeda de un soldado muerto y levantó una tabla para abrir un paso. Esmeralda entró arrastrando la cadena. El humo le irritó los ojos y la obligó a avanzar casi a ciegas.

—¡Golpea otra vez! —gritó.

Escuchó tres golpes procedentes del fondo. Ligia estaba debajo de la mesa de trabajo. Una viga había caído en diagonal y bloqueaba la salida. La niña tenía sangre en el rostro, pero se movía. Yusuf no estaba junto a ella.

—¿Dónde está nuestro padre?

Ligia señaló hacia la puerta trasera. Movió los labios sin producir sonido.

—¿Salió?

La niña sacudió la cabeza y dibujó con un dedo una forma circular sobre el suelo. Después señaló el compartimento donde Yusuf había escondido el medallón. Alguien se lo había llevado por allí.

—Después lo encontraremos.

Esmeralda se tendió sobre el suelo para acercarse. La cadena no le permitía avanzar lo suficiente.

—Morlevo.

El comandante apareció detrás del humo.

—Necesito más distancia.

Él observó el grillete de Esmeralda, la viga y el techo debilitado.

—No puedo abrirlo desde aquí.

—Entonces rompe la columna.

Morlevo regresó a la entrada. Esmeralda oyó varios golpes. La cadena se aflojó de pronto y cayó hacia el interior con un fragmento de madera sujeto al extremo. Se arrastró hasta Ligia y le tomó las manos.

—Voy a sacarte.

La niña señaló la viga. Tenía una pierna atrapada debajo, aunque el peso principal descansaba sobre el borde de la mesa. Morlevo se agachó junto a ellas. Examinó la madera y apoyó el hombro.

—Cuando la levante, tira de la niña.

—No necesito que me expliques eso.

—Tu rabia puede esperar hasta que estemos fuera.

Morlevo hizo fuerza. Los músculos de su cuello se tensaron y la viga se elevó apenas unos centímetros.

Esmeralda agarró a Ligia por debajo de los brazos y tiró.

La niña dejó escapar un grito cuando liberó la pierna.

Morlevo sostuvo el peso hasta que ambas se apartaron y después permitió que la madera cayera. El impacto hizo temblar el edificio.

—Ahora —ordenó.

Morlevo cargó a Ligia. Esmeralda lo siguió, protegiéndose con la capa. Llegaron a la calle segundos antes de que la parte central del techo se desplomara. Una explosión de chispas salió por la entrada y cubrió el suelo a su alrededor. Ligia tosía contra el pecho de Morlevo.

—Dámela.

Él la depositó en brazos de Esmeralda. La niña se aferró a su cuello.

—¿Dónde está Yusuf? —preguntó el comandante.

—Se lo llevaron.

—¿Quién?

Ligia volvió a dibujar un círculo en el aire y se cubrió el rostro con una mano. Esmeralda comprendió.

—Alguien con una máscara.

Morlevo la observó con atención.

—Mis soldados no usan máscaras completas.

—Rashid sí tenía hombres en el pueblo antes del ataque.

—Rashid no responde ante ti.

—¿Responde ante ti?

Antes de que pudiera contestar, una formación de jinetes entró en la calle.

Sus armaduras no eran iguales a las de los otros soldados.

Llevaban placas de metal claro y capas blancas bordeadas de rojo.

En el centro cabalgaba un hombre de edad incierta, delgado y completamente erguido sobre la silla.

Tenía la cabeza afeitada, la piel pálida y unos ojos tan claros que parecían no conservar ningún color.

No llevaba casco. En uno de sus dedos brillaba un anillo de hierro con el emblema de una puerta cerrada. Morlevo se tensó.

—Daruk.

El recién llegado desmontó sin ayuda. Observó el taller en llamas, a Ligia abrazada a Esmeralda y la cadena que colgaba de la muñeca de esta última.

—Veo que ya encontraste el objeto principal de la expedición —dijo.

—Es una mujer, no un objeto.

Daruk sonrió.

—Esa precisión moral te honra, comandante. No cambia su valor.

Extendió una mano hacia el medallón. Esmeralda retrocedió. Morlevo se colocó entre ambos.

—La llevaré a la plaza.

—Rashid informó que intentó escapar.

—Todo el pueblo intentaba escapar.

—Entonces conviene enseñarles que algunas decisiones tienen consecuencias.

Daruk hizo un gesto y sus soldados comenzaron a registrar las casas. Uno de ellos encontró a un anciano escondido detrás de un muro y lo arrastró hasta la calle.

—¿Dónde guardan las armas? —preguntó Daruk.

—No tenemos armas —respondió el hombre—. Solo herramientas.

Daruk miró la espada que Esmeralda había perdido cerca de la plaza, las lanzas de caza y los cuchillos dispersos por el suelo.

—Por cada arma que permanezca oculta, morirá un habitante. Empezaremos con él.

—No quedan arsenales —dijo Morlevo—. Luzar no tenía ejército.

—Entonces la demostración será breve.

El soldado obligó al anciano a arrodillarse. Esmeralda cubrió los ojos de Ligia.

—No hagas esto —dijo Morlevo.

Daruk lo contempló con una curiosidad tranquila.

—¿Es una objeción táctica o una súplica?

—Matar a quienes podrían guiarnos hasta los depósitos es un desperdicio.

—Ahí está el comandante que conozco. Por un momento creí que la muchacha había despertado tu conciencia.

Daruk levantó dos dedos. El soldado cortó la garganta del anciano. Esmeralda sintió que Ligia se estremecía entre sus brazos. Morlevo permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa. No volvió a protestar.

—Lleva a las dos a la plaza —ordenó Daruk—. Quiero terminar la clasificación antes del amanecer.

—La niña está herida.

—Entonces que camine despacio.

Morlevo tomó el extremo de la cadena. Esmeralda esperó que volviera a unirla a su brazo, pero él la mantuvo en la mano y permitió que cargara a Ligia.

—No lo detuviste —dijo ella mientras avanzaban.

—No podía.

—Tienes hombres. Una espada. Te llaman comandante.

—Y Daruk puede ordenar que ejecuten a diez personas por mi desobediencia.

—Eso te permite dormir mejor.

Morlevo la miró.

—No duermo bien desde antes de conocerte.

—No conviertas tu culpa en algo que deba compadecer.

Llegaron a la plaza. Las lámparas de la fiesta seguían encendidas, aunque muchas yacían rotas entre platos, frutas pisoteadas y manchas de sangre.

Los invasores habían dividido a los sobrevivientes en grupos.

Los niños estaban encerrados en el patio del santuario; los artesanos permanecían arrodillados junto a la fuente; las mujeres formaban dos filas frente a varios escribas que anotaban edades, nombres y habilidades.

Quienes se resistían eran golpeados. Quienes no podían caminar eran apartados cerca de los carros.

Esmeralda buscó a Yusuf. No estaba entre los artesanos ni entre los heridos. Tampoco distinguió a Samir entre los cuerpos. Daruk subió a la tarima de los músicos.

—Luzar pertenece desde esta noche al rey Al-Manzur —anunció—.

Quienes colaboren conservarán la vida. Quienes oculten alimentos, armas o personas serán ejecutados junto con sus familias.

Los menores serán enviados a las casas de instrucción.

Los artesanos trabajarán para el reino. Los demás recibirán un destino conforme a su utilidad.

Una mujer gritó cuando un soldado intentó separarla de su hijo.

—¡No pueden llevarse a los niños!

Daruk la observó desde la tarima.

—Puedo demostrarte cuánto peor sería dejarlos aquí.