Capítulo 3 La noche interrumpida #3
Los soldados atacaron. Samir bloqueó el primer golpe y esquivó el segundo. Esmeralda intentó ayudarlo, pero alguien la agarró desde atrás. Golpeó con el codo, se soltó y utilizó la empuñadura de la espada contra el rostro del atacante.
—¡Vete! —volvió a gritar Samir.
Esmeralda retrocedió hacia el taller. Antes de doblar la esquina, miró por última vez.
Samir seguía luchando. Entonces los invasores se apartaron.
Un caballo negro entró en la plaza. El jinete no llevaba los colores rojos de Rashid, sino una armadura de placas oscuras y una capa gris cubierta de polvo.
Una cicatriz le cruzaba la ceja izquierda y descendía hasta el pómulo.
Su rostro estaba descubierto. Parecía más joven de lo que Esmeralda habría esperado de un comandante, aunque nada en su expresión permitía confundirlo con un hombre inexperto.
Morlevo tenía treinta y dos años, aunque la quietud con que examinó la plaza pertenecía a alguien que llevaba demasiado tiempo tomando decisiones capaces de matar a otros.
Los soldados abrieron espacio a su alrededor.
—Comandante Morlevo —saludó Rashid.
Morlevo observó el incendio, los cuerpos y a los cautivos reunidos junto a la fuente. Su mirada se endureció al ver a un soldado arrastrar a una niña por el cabello.
—He ordenado tomar vivos a mujeres y menores —dijo—. Vivos no significa mutilados. Quien no comprenda la diferencia perderá la mano con la que desobedezca.
El soldado soltó a la niña. Morlevo desmontó. No necesitó elevar la voz para que los hombres próximos dejaran de moverse.
—Apaguen el fuego en las casas del sur. Si destruyen los depósitos, cargaremos agua y alimento desde nuestras propias provisiones. Cierren las salidas y reúnan a los sobrevivientes.
—La resistencia ha sido mayor de lo previsto —dijo Rashid.
Morlevo miró a los aldeanos armados con palas y cuchillos.
—Porque les permitiste celebrar hasta que estuvieron todos reunidos.
—Eso facilitó la captura.
—También convirtió la plaza en un matadero.
Rashid sonrió sin alegría.
—Creí que habíamos venido a conquistar, no a pedir disculpas.
—Vinimos a cumplir una orden. No confundas las dos cosas.
Samir aprovechó la discusión para avanzar hacia Esmeralda. Había sangre en su brazo y respiraba con dificultad. Rashid lo vio.
—Ese es uno de los que preparaban los caballos —dijo.
Morlevo volvió la mirada hacia Samir.
—Ríndete.
—Después de que saques a tus hombres de Luzar.
—No ocurrirá.
—Entonces tampoco ocurrirá lo primero.
Samir levantó la espada. Esmeralda quiso llamarlo, pero la voz se le quedó atrapada.
En ese momento escuchó a Ligia gritar desde algún lugar próximo al taller.
Giró hacia el sonido. Rashid atacó mientras Samir miraba a Esmeralda.
La hoja curva entró por debajo de sus costillas.
Samir abrió los ojos. El arma cayó de su mano.
Rashid retiró la espada y lo golpeó con el pomo en la sien.
Samir cayó entre dos aldeanos muertos. La sangre comenzó a extenderse bajo su cuerpo.
—¡Samir!
Esmeralda corrió hacia él. No llegó. Morlevo se interpuso en su camino y le quitó la espada con un movimiento rápido. Esmeralda trató de golpearlo, pero él le sujetó ambas muñecas.
—Suéltame.
—Si corres hacia la plaza, te matarán.
—Él está vivo.
Morlevo miró por encima del hombro. Rashid ya daba otras órdenes. Varios soldados arrastraban los cadáveres hacia un carro.
—No puedes ayudarlo.
—¡Samir!
Él no se movió. La rabia venció al miedo. Esmeralda intentó morder la mano de Morlevo. El comandante la sujetó con más fuerza y la obligó a volverse. La piedra del medallón salió del vestido. Morlevo la vio. Su expresión cambió.
—¿Dónde conseguiste eso?
Esmeralda le escupió en el rostro. Morlevo cerró los ojos durante un segundo. Cuando volvió a abrirlos, se limpió con el dorso de la mano.
—Rashid —llamó—. ¿Sabías que estaba aquí?
El otro hombre miró el medallón.
—Por supuesto.
—La orden era informar antes de actuar.
—La orden era encontrarla.
El grito de Ligia volvió a escucharse. Esta vez fue seguido por un estrépito de madera. Esmeralda dejó de forcejear.
—Mi hermana.
Morlevo observó hacia el taller, donde parte del techo acababa de derrumbarse.
—¿La niña que estaba contigo en la fiesta?
—Está allí. Déjame ir.
—Te matarán antes de que cruces la calle.
—Entonces ayúdame.
Rashid soltó una carcajada.
—No hemos venido a rescatar aldeanos, comandante.
Morlevo lo ignoró. Sacó de su cinturón una cadena corta y cerró uno de los grilletes alrededor de la muñeca de Esmeralda.
Ella sintió que el metal se calentaba en contacto con su piel.
La visión regresó en un relámpago: columnas negras, una corona bajo el agua y la máscara sin boca.
Esmeralda perdió el equilibrio. Morlevo cerró el otro extremo de la cadena alrededor de su propio antebrazo.
—Camina —ordenó—. Si tu hermana sigue viva, todavía podemos sacarla.
Detrás de ellos, dos soldados levantaron el cuerpo de Samir y lo arrojaron sobre el carro de los muertos. Ninguno reparó en el movimiento débil de su mano.