La esclava (El reino prohibido nº 1) Capítulo 3 La noche interrumpida #2
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Capítulo 3 La noche interrumpida #2

Durante las últimas horas había sentido que otras personas reclamaban cada parte de su vida.

El consejo pretendía decidir con quién se casaría.

Yusuf guardaba el secreto de su origen. Nadira conocía el significado del medallón, pero administraba la verdad como si también le perteneciera.

Rashid la había observado como quien reconoce un objeto buscado.

Junto a Samir, en cambio, podía decidir.

El miedo no desapareció. Se transformó en una urgencia que recorrió su cuerpo y le hizo olvidar por unos instantes la plaza, la cinta roja y los hombres que vigilaban el camino. Samir se detuvo.

—Dime qué quieres.

Esmeralda tomó su mano y la llevó hasta el broche de su vestido.

—A ti.

Él abrió el broche lentamente, esperando después de cada movimiento.

La tela descendió por los hombros de Esmeralda y dejó al descubierto la parte superior de su pecho.

El aire del granero estaba frío, pero la mirada de Samir le produjo una oleada de calor.

La había visto mojada en el río, con la ropa pegada al cuerpo, y la había acariciado muchas veces por encima del vestido. Nunca habían llegado tan lejos.

Samir recorrió con los dedos la piel que acababa de descubrir. Esmeralda sintió un temblor que no tenía relación con el miedo. Cuando él inclinó la cabeza y la besó debajo de la clavícula, ella cerró los ojos.

No se parecía a las historias que las mujeres contaban en voz baja durante las celebraciones.

No había seguridad, música ni una habitación preparada para una noche de bodas.

Había polvo, lámparas temblorosas y una amenaza extendiéndose más allá de las paredes.

Sin embargo, el deseo era suyo. Nadie se lo había impuesto y ninguna profecía podía convertirlo en una obligación.

Esmeralda desató la camisa de Samir. Pasó las manos por su pecho y descendió hasta el abdomen.

Conocía la fuerza de aquel cuerpo por los años de trabajo, pero tocarlo sin la barrera de la ropa hizo que pareciera nuevo.

Samir la acostó sobre la manta y permaneció sobre ella sin apoyar todo su peso.

La besó en la boca, en el cuello y después más abajo.

Sus manos exploraron con una mezcla de confianza y torpeza que hizo sonreír a Esmeralda.

—¿Por qué te ríes? —preguntó él.

—Porque llevas siete meses preparando una fuga y no preparaste esto.

—He pensado mucho en esto.

—Pensar no parece haberte servido.

Samir fingió sentirse ofendido. Esmeralda lo atrajo de nuevo antes de que se apartara. Él respondió acariciándole la cintura y deslizando la mano por debajo de la tela que todavía la cubría. Se detuvo al percibir la tensión de su cuerpo.

—¿Quieres que continúe?

—Sí.

La respuesta salió sin vacilación. Samir la tocó con cuidado, atento a cada movimiento y a cada cambio de su respiración.

Esmeralda hundió los dedos en sus hombros.

La sensación creció lentamente, mezclada con la intimidad de reconocerlo y, al mismo tiempo, descubrir una parte desconocida de él.

Ella también quiso conocerlo. Lo acarició por encima de la ropa y sintió cómo Samir contenía el aire.

Aquel poder nuevo no era dominio, sino confianza: la certeza de que podía provocarle placer y detenerse cuando quisiera.

—Esmeralda —murmuró él.

Ella lo besó para pedirle que continuara.

Samir terminó de apartar la ropa que los separaba.

Los dos quedaron quietos durante un momento.

Esmeralda lo miró, consciente de que después de aquella noche ningún recuerdo de su relación volvería a ser completamente inocente. Él se colocó entre sus piernas.

—Todavía podemos esperar.

Esmeralda acarició su rostro.

—No quiero que el miedo decida por nosotros.

Samir comenzó a acercarse. La primera explosión sacudió el granero.

Las lámparas se balancearon. Polvo y fragmentos de paja cayeron del techo.

Esmeralda creyó que una de las vigas se había desplomado, pero después llegó un segundo estruendo, más distante, seguido por gritos.

Samir se apartó y se puso de pie. Esmeralda tardó unos segundos en comprender que el resplandor que entraba por las grietas no provenía de la fiesta. Era fuego.

—Vístete —ordenó él.

Esta vez Esmeralda no discutió. Se colocó el vestido, cerró el broche con manos torpes y guardó la talla de las palmeras junto al medallón.

Samir tomó la espada y abrió la puerta. El cielo sobre Luzar estaba rojo.

Una torre de la muralla ardía desde la base.

Varias flechas incendiarias cruzaron la noche y cayeron sobre los techos de palma.

Los gritos de la plaza se mezclaban con el estrépito de caballos y metal.

Los dos hombres que vigilaban el camino habían desaparecido.

—Ligia —dijo Esmeralda.

Corrió hacia las casas. Samir la alcanzó y la sujetó antes de que saliera al sendero principal.

—Por los corrales. Tendremos más cobertura.

Avanzaron entre cercas y depósitos. A medida que se acercaban al centro, la magnitud del ataque se hacía evidente.

Las puertas de Luzar estaban abiertas. Decenas de jinetes entraban por el acceso oriental y otros descendían desde el norte, donde alguien había retirado las vigas que protegían un paso secundario.

No habían derribado las defensas. Alguien las había abierto.

Los invasores vestían armaduras oscuras, reforzadas con placas rojizas. Algunos llevaban máscaras de cuero con aberturas estrechas alrededor de los ojos. No atacaban sin orden. Un grupo incendiaba los techos; otro rodeaba la plaza; un tercero separaba a quienes intentaban huir.

—Quieren capturarlos —dijo Samir.

Un aldeano corrió hacia ellos con una lanza de caza. Antes de llegar al corral, una flecha le atravesó la garganta. Cayó a pocos pasos de Esmeralda. Samir la empujó detrás de un muro.

—Quédate aquí.

—No.

—Necesito abrirnos paso.

Tomó la espada del hombre muerto y se la entregó.

Esmeralda la sostuvo con ambas manos. Era más pesada que los cuchillos del taller.

Continuaron hasta la calle que conducía a la plaza.

Allí encontraron la primera línea de soldados.

Samir derribó a uno golpeándolo con el hombro y bloqueó la espada de otro.

Nunca había combatido, pero su fuerza y la estrechez del paso le permitieron mantenerlos alejados durante unos segundos.

—¡Corre! —gritó.

Esmeralda avanzó, pero un tercer soldado salió de una puerta.

Ella levantó la espada por instinto. El golpe del hombre hizo vibrar el metal y casi le arrancó el arma.

Samir se interpuso, recibió un corte en el brazo y atacó con una furia que obligó al soldado a retroceder.

Un grupo de aldeanos apareció desde la plaza.

Llevaban herramientas, piedras y antorchas.

Samir se unió a ellos para abrir un corredor.

—¡Lleven a las familias hacia el cauce! —gritó—. ¡No vayan a las puertas!

Esmeralda buscó a Ligia entre las personas que escapaban.

Vio a varias mujeres conocidas, niños cubiertos de ceniza y ancianos que apenas podían caminar.

No encontró a su hermana ni a Yusuf. Entonces reconoció a Rashid.

Ya no llevaba la capa negra ni el broche de emisario.

Vestía una coraza roja y sostenía una espada curva.

Desde la escalinata del santuario daba instrucciones a los invasores.

—Cierren el paso occidental —ordenó—. Quiero vivos a los menores y a las mujeres de menos de cuarenta años. Los artesanos serán marcados por oficio. Quemen las casas después de registrarlas.

Sabal estaba de rodillas frente a él, con sangre en el rostro.

—Entraste bajo nuestra protección —dijo el anciano—. Comiste en nuestra mesa.

Rashid lo contempló sin emoción.

—Por eso conozco el valor de cada cosa que voy a llevarme.

Esmeralda sintió náuseas.

—¡Traidor! —gritó.

Rashid volvió la cabeza. Al reconocerla, sonrió.

—La muchacha de los ojos verdes.

Dos soldados se dirigieron hacia ella. Samir se colocó delante.

—Busca a Ligia —le dijo—. Yo los detendré.

—No pienso dejarte.

—No me estás dejando. Estás haciendo lo que vinimos a hacer.